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Reutemann enfrenta los secretos de Mimicha Bobbio

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220310 - Gabriel Pandolfo * - La ex esposa del senador por Santa Fe y probable candidato presidencial denuncia un “juego inadmisible”, del que no da detalles, pero advierte : “Si esto no finaliza, me encargaré de contar la verdad, la cual por pudor y respeto, he sabido callar”. ¿Qué es lo que que guarda Mimicha, quien mantuvo una batalla legal de 23 años con el ex gobernador? La figura de esa mujer como el gran escollo para lanzarse a la primera magistratura.


Reutemann y Mimicha Bobbio



 

 

 

 

 














Desde el balcón terraza de su octavo piso en el extremo este de Cap Ferrat, lindante con Cap D’Alil, a 8 km de Mónaco, María Noemí Claudia Bobbio, Mimicha, escribió en su blog el jueves pasado un amenazante mensaje dirigido a su ex marido: “Comunicado Urgente desde mi residencia en Europa. Directamente desde Europa hago saber al senador y a sus seguidores, en honor a la Verdad, a la cual defiendo como virtud primordial del SER, no aceptar más este juego inadmisible y solapado en el cual me veo envuelta. Si esto no finaliza, me encargaré de contar la Verdad, la cual por pudor y respeto he sabido callar. Con toda responsabilidad, saludo a mis queridos lectores”.
 

¿A qué se refiere? ¿A que Alan Jones, su compañero de Williams, lo boicoteara para que no fuera campeón mundial y dijera ante 700 millones de teleespectadores que “él sólo puede correr en un concurso de Miss Argentina”? ¿A su íntima amistad con el ex obispo Edgardo Storni, por quien impidió durante sus dos mandatos que el cura pedófilo fuera investigado y juzgado por corrupción de menores? ¿A los asesinatos de nueve personas durante la represión de 2001? ¿A las inundaciones de 2003 con un saldo de 150 mil evacuados, 23 muertos durante el primer día y 116 por secuelas? ¿A que nunca pisó Tribunales porque armó una Corte Suprema provincial adicta? ¿A haber llevado a los hermanos Rohm al ex Banco de Santa Fe, finalmente privatizado por su sucesor, Jorge Obeid? ¿A sus cuentas en un banco de Ginebra no declaradas, sobre las que dijo: “¿Quién no tiene un millón de dólares afuera?” No, seguramente que no. Esas, según él, “son mentiras de la máquina hitleriana” de Hermes Binner, gobernador de Santa Fe.
 

Carlos “Lole” Reutemann padece dos síndromes que se potencian. El primero es el de segundo: segundo hermano de Enrique, quien padece ciertos trastornos mentales; segundo hombre de su primera mujer; eterno segundo de todas las escuderías en que corrió y segundo en su último campeonato mundial por un punto. El otro síndrome que lo acosa es el de la mujer despechada. Como Menem, quien quedó en la historia como su mentor, aunque su primer coqueteo con la política fue cerca de Alvaro Alsogaray.

Un hombre misterioso, amigo del bajo perfil y la discreción, producto de su austera formación en el colegio jesuita de la Inmaculada Concepción, en el que pasó seis años pupilo bajo una rígida disciplina. Un hombre que parece cargar con un oscuro secreto que lo persigue como una sombra con más insistencia desde que sus posibilidades de acceder a la presidencia son más que ciertas.

Ya en 2003 se alejó de la contienda cuando las encuestas lo daban como un seguro ganador. Se especuló con que era un apriete del menemismo para dejarlo fuera de la carrera. El sólo habría dicho que abandonó sus aspiraciones porque vio algo que no le gustó. Negó contundentemente esa frase, se la atribuyó a Jorge Lanata y sólo seis años después aseguró que si alguien tenía una foto suya en actitud comprometedora, se la llevara, que tenía mucha plata para pagarla.

Todas conjeturas. Su único vicio conocido es la oncofagia, se come las uñas.

La mujer despechada. No se le conocieron mujeres hasta que llegó Mimicha, a pesar de que “era el tipo más guapo de toda la provincia”. El tenía 19 años y ella 15. El romance sólo duró hasta que ella se fue a Roma, a los 16 años, a pasar unos meses con su hermano Marcos. “A veces dormíamos en la playa y hasta llegamos a trabajar de extras en la película Cleopatra, con Elizabeth Taylor, para ganar unos pesos”, recuerda. Cuando volvió retomaron la relación y se casaron el 18 de mayo de 1968. “¡Me pasé gran parte de lo que restaba de la noche llorando en el baño! –contó Mimicha sobre su noche de bodas–. Aunque no lo crean, el padre de mis hijas tuvo que esperar quince días para convertirme en señora.” La luna de miel en Río fue más de lo mismo. Pero finalmente llegó el gran momento, horas antes de que ella le anunciara que le había llegado el período.

—¡Que lástima! –dijo él con total ingenuidad–. No estás esperando un bebé.

Tenía 26 años y ella 22.

Al año siguiente se fueron a vivir a Londres, a un sótano ubicado en Queen’s Gate 12. “No teníamos una esterlina”, recuerda.

La primera crisis seria entre ellos fue en el ’78. “A Lole lo deslumbraron los laureles de cada victoria. Ni con las chicas es cariñoso, pero últimamente esa situación se agravó.”

“Estoy agotado, ésa es la palabra justa –decía él–. Estoy como un adoquín que lo exprimieron y ya no queda nada. Lo único que quiero es ir al campo a mirar el verde. Fue un año en que económicamente, físicamente, profesionalmente y humanamente me fue muy mal.”

Pero pasaron los meses y ella, al ver que él no corría detrás suyo, lo llamó. “Cuando me llamó sentí una gran confusión –contó él–. Tenía por un lado a los abogados de Mimicha, y por el otro lado a los abogados de Chapman. No entendía nada. Primero me dijo que se quería separar. Después cambió y me dijo lo contrario. Creo que ella pasó por un mal momento psíquico.”

Pero la estabilidad no duraría mucho. El 29 de febrero del ’80, en Sudáfrica, mientras tomaba sol en la piscina del Kyalami Ranch, escuchó su nombre por el altoparlante. Se le heló la sangre. Pero Lole estaba bien. Su hermano le informaba que su padre había muerto. Al contarle la triste noticia a Lole, él sólo le dijo: “Corro mañana y tengo que dormir. Si querés, podés llamar cuando quieras a Argentina”. Los sedantes que tomaba a escondidas desde hacía tiempo, que mezclaba con alcohol, no mejoraban las cosas. Deambulaba en la bruma somnoliente del diazepam, conocida comercialmente como Valium, una droga antipsicótica, efectiva contra estados alucinatorios, pero que provoca dependencia, amnesia, mareos, confusión, vómitos, desorientación, embotamiento afectivo. Su uso prolongado puede generar crisis psiquiátricas, estados psiconeuróticos, efectos sobre el sistema límbico y desinterés sexual. En estados de ansiedad, asociados con depresión, puede llevar al suicidio.

Carlos Reutemann salió quinto. Después de la carrera, en el hotel, ella se tiró en la cama, él se fue a duchar. Desde el baño le gritó: “Andate con Zunino –piloto sanjuanino de poca fortuna en la F1–, él se vuelve a la Argentina. Yo no puedo acompañarte, tengo pruebas en Inglaterra”.

Su psiquis estaba quebrada. “Mi mundo está lleno de cosas, de fantasías y realidades. Nunca me siento sola. Juego a que estoy rodeada de gente, de enanitos, como yo los llamo. Son seres que me cuidan y me vigilan como los ángeles de la guarda. Sólo que mis enanitos no tienen alas, usan un jardinero azul gastado, debajo de una camisa muy blanca, unos zapatos con punta que se dan vuelta hacia arriba. Lo más gracioso es que no tienen pelo. A veces siento que me espían y cuando me hablan lo hacen en suizo. Siempre son los mismos: crecen, mueren, pero no nacen, son muy tiernos y cuando lloran tienen unas lágrimas muy grandotas…”

En el ’82, Reutemann abandonó el automovilismo y volvió a Buenos Aires, instaló a su familia en un piso de Recoleta y se fue a vivir al campo. Ella se sentía abandonada. Las noches se le hacían largas e insoportables. “Mi cama se sacudía de arriba abajo, con mi cabeza que giraba. Mis gritos parecían mover las paredes.” La emergencia era inevitable. Los médicos recomendaron la internación.

—¿Querés bajarte del tren de la vida? –le preguntó aquella noche el médico psiquiatra Eduardo Kalina.

“Me llevaron al Instituto Fleni y me convertí en una muñeca de trapo”, recordó tiempo después.

Enterado de la situación, Reutemann manejó hasta Buenos Aires. “¡Fue un escándalo! –dijo Mimicha–. Quería sacarme a toda costa del sanatorio. A cada comentario de Kalina, mi marido repetía a los gritos: “¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no tengo la culpa!”.

A la prensa sólo le dijo: “Me importa un bledo lo que digan. No, mejor poné que me importan dos bledos”. Ella, por su parte, sólo dejó en el aire un enigmático “Carlos Alberto no sabía cómo enfrentar su problema”.

“Yo hablé con Alain Delon una vez y ni para él las cosas fueron fáciles con las mujeres. Hay muchas fábulas”, dijo él años después. Pero ella no se resignó: “Ni él volvió a tener pareja ni yo volví a tener pareja. Nos vamos a morir juntos. Lo sigo amando”.

Lole, en cambio, decía que casarse con Mimicha había sido el gran error de su vida. “Son dos personas que se conocen, que se juntan, y que después de tres años siguen caminando juntas a veces sin saber muy bien por qué. Yo creo que en la antesala de un matrimonio no salen todas las cosas a la luz.”

Cuando comenzó la batalla legal, que duraría 23 años, Mimicha dijo que su ex marido no había aportado dinero, que todo lo había puesto ella y que habían crecido gracias a la ayuda de la familia Bobbio. Recién a mediados de 2006 concluyó la división de bienes, en la que, según Mimicha, resignó millones a cambio de un poco de paz. Meses después, Reutemann se casaba con Verónica Ghio.

Apenas pinceladas de la historia de una mujer obsesionada y frívola que no se resigna a quedar al costado de la historia. Lole Reutemann, más allá de sus responsabilidades, vive tentado con tirar sus aspiraciones a cambio de silencio.

El ejército británico descubrió en el siglo XIX que la imaginación genera cobardía. Y él no puede dejar de imaginar todas las cosas que puede decir Mimicha.

¿Volverá a sacar la lapicera pluma que le regaló Juan Perón en el ’74, la misma que usó para firmar la ficha de afiliación al PJ en Anillaco y las dos asunciones como gobernador, o se retirará a un ocaso apacible en la tranquilidad de Los Aromos?

* Autor de Lole Position (Ed. Sudamericana), de próxima aparición.

 


 

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