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130910 - Guillermo Almeyra - Brasil es el país más vasto (más de ocho millones de kilómetros cuadrados, casi cuatro veces el tamaño de Argentina, casi ocho el de México) y el más poblado, con 194 millones de habitantes. Es también el país más desigual de América Latina y del mundo, ya que menos de uno por ciento posee la mitad de la riqueza total.

Cuando los portugueses, holandeses y franceses comenzaron hace 500 años a colonizar
Brasil, había una población indígena estimada entre dos y cinco millones. Apenas cien años después quedaban sólo 200 mil. La importación masiva de esclavos negros creó una sociedad que producía en plantaciones para exportar al mercado capitalista y marcó un capitalismo basado en la esclavitud; ésta fue abolida mucho después que en todos los países del continente y, por consiguiente, el racismo marcó profundamente a una sociedad cuya elite es blanca (en realidad, mestizada).

Desde los años 80 del siglo pasado, el país conoció un gran cambio: surgió una central sindical de masas independiente de la dictadura militar (la CUT) y nació un partido de masas, el Partido de los Trabajadores (PT), a partir de los sindicatos, de las organizaciones campesinas y de las comunidades eclesiales de base, con apoyo de las izquierdas. Símbolo de este cambio fue la llegada al gobierno, en 2003, de un ex campesino mestizo del seco nordeste emigrado a la ciudad y convertido en tornero y en sindicalista. Aunque no cambió ni la estructura económica y social ni la política neoliberal aplicada por los gobiernos anteriores orientados por el FMI, sí introdujo en la misma cambios sociales significativos, sobre todo para los más pobres y modificó, además, el personal político del aparato estatal.

Cincuenta millones de brasileños, sobre todo nordestinos, escaparon así del hambre y de la miseria y comenzaron a tener algo, además de derechos y de dignidad. Las clases medias urbanas sufrieron, en cambio, los efectos de la continuidad esencial de las políticas que favorecen al capital financiero y a la agroindustria exportadora y que, en algunos casos, redujeron los ingresos reales (como en el caso de los funcionarios públicos). Al mismo tiempo, el PT se transformó, ya que su fusión virtual con el aparato estatal, ocupando en él cargos decisivos, favoreció el desarrollo de la corrupción y del ala más conservadora y partidaria de aceptar cualquier clase de concesiones para obtener puestos en los centros de poder.

Parafraseando a las feministas que alegan justamente que ninguna mujer nace para puta, se puede decir que nadie nace tampoco para burócrata. La burocracia es una casta intermediaria y parasitaria que se desarrolla al inflarse artificialmente el aparato estatal gracias al clientelismo político (te doy un puestito y me das tu voto). Es posible porque hay una aceptación generalizada de la idea de que el aparato estatal pertenece al que lo ocupa y, por lo tanto, puede poner en él gente segura, y porque no hay un control democrático masivo sobre el funcionamiento del mismo. Los sindicalistas y los militantes que ingresan en el aparato estatal, supuestamente para reorientarlo y dirigirlo, son tragados por la lógica burguesa de aquél y tentados por los privilegios individuales y de camarilla. La única vacuna es una sólida concepción ética anticapitalista.

Pero el PT nació como la suma de sindicalistas combativos, socialcristianos, demócratas antidictatoriales, ex maoístas, ex estalinistas, ex trotskistas y no tenía ni orientación anticapitalista ni formación ética propia. Lula jamás dijo que era anticapitalista o socialista y quienes le atribuyeron a él y a ese partido esa línea se desilusionaron porque se habían ilusionado previamente. El PT y su gobierno fueron y son reformistas favorables a los más pobres, pero no enemigos del gran capital. Por eso Plinio Sampaio, ex dirigente del PT y viejo luchador social, candidato del Psol (Partido Socialismo y Libertad), que ataca a
Lula da Silva por la izquierda, recogerá menos votos que en el pasado. Y por eso Lula mantiene todavía más de 82 por ciento de aprobación y es capaz de transmitir ese apoyo a una tecnócrata hasta hace poco casi desconocida, Dilma Rousseff, que a pesar del handicap de ser mujer y ex guerrillera maoísta, sucederá casi seguramente al ex sindicalista y ex campesino sin tierra en la presidencia de un país racista y conservador. Y el mismo PT, a pesar de que comprobaron casos de corrupción, probablemente reforzará mucho su presencia en todos los niveles (se vota para renovar la mitad de las cámaras, además de para gobernadores, y hoy el PT tiene sólo 80 diputados sobre 513).

Ante este apoyo popular creciente y ante la división de la burguesía antilulista y la crisis de la ultraizquierda, lo más probable es que si
Dilma triunfa, reforzando su aparato, continúe la política de Lula pero buscando llevar al PT más hacia el centroderecha, incorporándole sus aliados oportunistas de todo tipo. Los movimientos sociales, que le dan un apoyo crítico, en tal caso podrían reconsiderar su actitud, si esa política tuviese resultados sociales inmediatos aún menos favorables que los actuales. Los sectores de las clases medias que abandonaron la oposición porque ésta es descaradamente derechista, no le dan a Dilma un voto de esperanza, y podrían volver a quitárselo ante cualquier cambio importante en la situación social o internacional. De todos modos, el triunfo de una mujer ex guerrillera, por moderada que sea, será un éxito indirecto de los trabajadores brasileños y latinoamericanos y reforzará el Mercosur, la Unasur y las tendencias integracionistas y antimperialistas en la región. - La Jornada

 


 

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