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Arrate, Piñera, Frei y
Enriquez-Ominami |
111209
- Txente Rekondo - Sin embargo,
pronto te encuentras con una nueva realidad. En las calles de la
zona universitaria se muestran las pintadas y los carteles
reivindicativos de todos aquellos que siguen luchando por
cambiar la situación actual y que no renuncian a recuperar su
memoria histórica. El contraste lo encontramos en el centro de
la ciudad, donde se suceden las concentraciones de las diversas
iglesias que inundan el país, muchas de las cuales están
sustituyendo el papel de la tradicional iglesia católica,
proclamando a los cuatro vientos las bondades de su credo y
haciendo una evidente labor de proselitismo ante la mirada
curiosa de los viandantes santiagueños.
Unos metros más alejados de la plaza de la Catedral nos
acercamos a uno de los iconos de aquel golpe fascista de 1973,
el Palacio de la Moneda, la sede presidencial de Salvador
Allende y donde en aquella fatídica fecha los golpistas acabaron
con su vida y con las esperanzas de buena parte del pueblo
chileno. Y uno de los primeros detalles que llama la atención es
observar cómo en torno al citado edificio se puede ver a los
mismos milicos (o a los sucesores de éstos) que lo bombardearon
con sus trajes de gala, haciendo una evidente ostentación de
quién es el que, todavía hoy, sostiene las riendas del poder en
Chile.
Y es que como dice Laura, una estudiante universitaria, nos
encontramos ante un escenario «que es el fruto del sistema que
pusieron en marcha los militares golpistas y sus aliados
(empresarios y oligarcas) tras diecisiete años de dictadura, y
que no es más que una transición donde todo está atado y bien
atado».
Los principales pueblos y ciudades del país han visto cómo en
esta larga campaña pre-electoral se han mezclado los mensajes
electoralistas con las movilizaciones, los conflictos y las
huelgas de diversos sectores de la ciudadanía, cada uno con sus
reivindicaciones particulares, pero todos ellos demandando un
cambio real a la política gubernamental y al rumbo que ha
adquirido el país de manos de la actual clase política.
El profesorado de las escuelas municipales se ha venido
manifestando en defensa del pago de «la deuda histórica» y
contra los planes privatizadores de la enseñanza; los
funcionarios públicos han logrado paralizar el servicio en
defensa de una estabilidad para los trabajadores temporales y
solicitando al mismo tiempo mejoras salariales; miles de
personas sin casa han salido también a las calles estos días
solicitando el derecho a una vivienda digna; los desempleados
ven cómo la crisis sigue cebándose en los sectores más
desfavorecidos, a pesar de las grandilocuentes declaraciones del
Gobierno; y el conflicto mapuche entra en una nueva fase de
lucha, y la respuesta del Ejecutivo es más Policía, más
represión, con fatales consecuencias para sectores más amplios
de este pueblo originario.
Esta breve visita a Chile nos ha permitido ver de primera mano
las diferencias abismales entre los que la clase política
chilena dice defender y el escenario real que se puede encontrar
en cualquier esquina del país. Mientras los políticos siguen
inmersos en la campaña electoral, los asuntos clave para una
buena parte de la población seguirán guardados en el cajón del
olvido.
Las elecciones del próximo domingo están cada vez más cerca, y
los principales candidatos a la presidencia están volcando sus
esfuerzos para hacerse con el apoyo de sus ciudadanos. La
atención se ha centrado en los cuatro candidatos: Eduardo Frei,
de la Concertación; Sebastián Piñera, de la Coalición por el
Cambio; Marco Enríquez-Ominami, de la Nueva Mayoría para Chile;
y Jorge Arrate, del Junto Podemos Más (JPM).
El candidato de la Concentración (calificada vehementemente como
una coalición de centro izquierda), Frei, representa la imagen
más triste de la ambición personal de un político. Ángel,
conductor de autobús, nos apunta con cierta sorna, y señalando
la propaganda de Frei, «vamos a vivir mejor», que «ese lema es
el motor que mueve a ese político, quiere seguir en pontica para
seguir enriqueciéndose personalmente». La escasa capacidad
comunicativa de Frei, su anterior paso por la Presidencia
chilena, marcada por una enloquecida campaña privatizadora, y
sus antecedentes políticos, que le sitúan como representante de
los sectores más conservadores de la coalición, no pueden
augurar nada bueno.
Además, hay otros factores en torno a esta alianza de
socialistas, democristianos y radicales, que incide en esa misma
línea pesimista. Las divergencias internas en el proceso de
elección del candidato han supuesto el abandono de importantes
figuras, así como cerrar el paso a una candidatura «más fresca,
con aires nuevos». La propia elección de Frei ha abierto las
heridas de ese difícil equilibrio de la coalición, lo que unido
al desgaste de los años en el Gobierno y a la presencia de un
candidato derechista que reúne a todas las fuerzas reaccionarias
y conservadoras a su alrededor (mientras que Frei tendrá que
afrontar la presencia de candidatos salidos de sus propias
filas), hacen que las posibilidades de la derecha por vencer por
primera vez desde el final oficial de la dictadura gane puntos.
La campaña de la derecha es el más fiel reflejo del oportunismo
político. Utilizando el tirón propagandístico del famoso cambio
de Barack Obama, la derecha lo ha incorporado a su propia
campaña. Al mismo tiempo, ha utilizado el arco iris (símbolo
habitual de la Concertación) y la música popular (ligada
históricamente a la izquierda), en un evidente intento por
hacerse con el respaldo de aquellos sectores que normalmente no
apoyan sus candidaturas.
La elección de Piñera, empresario acusado de mantener «negocios
oscuros», y su supuesta participación en especulaciones
financieras no parecen ser un obstáculo para lograr cuando menos
el paso a la segunda vuelta. El apoyo de Piñera a las
megaempresas y otros proyectos de desarrollo salvaje se han
intentado ocultar durante la campaña, poniendo el énfasis en la
lucha contra la delincuencia. Los principales medios de
comunicación, afines a los sectores reaccionarios y oligarcas
del país también han puesto su granito de arena, y no han dudado
en repetir un día tras otro cualquier incidente relacionado con
la seguridad ciudadana para dar la imagen de un Chile donde la
delincuencia estaría campando a sus anchas bajo el Gobierno de
la Concertación.
El tercer candidato, Enríquez-Ominami (MEO), pretende
presentarse como el candidato de la renovación generacional.
Dolido por su exclusión del proceso de primarias en la
Concertación no ha dudado en presentarse en solitario, y ha
conseguido el apoyo de diversos sectores ideológicos del
espectro político chileno. Su candidatura está siendo mimada por
los medios afines a la derecha, en un evidente intento de restar
votos a Frei, y otros señalan que «detrás de sus intenciones y
del marketing electoral se pueden esconder los trazos de una
política claramente neoliberal».
Arrate es el candidato del JPM, la alianza del PC chileno y
otras formaciones para acabar con el dominio de las dos
principales coaliciones. No lo va a atener sencillo, de hecho y
a pesar de que todos reconocen que es el vencedor moral de los
debates televisivos, su presencia en los medios es muy escasa,
relegado a espacios mínimos, lo que ha hecho que algunos lo
definan como «el candidato oculto». Arrate tampoco está exento
de las críticas por parte de los sectores de izquierda, sobre
todo de los movimientos extraparlamentarios, quienes le señalan
como el candidato más conservador de esa alianza.
Proveniente del PS chileno, Arrate está utilizando la imagen de
Allende junto a su figura como un claro reclamo de la herencia
ideológica del presidente chileno. Por otro lado, ha sabido
articular un discurso que recoge las principales demandas de la
población, pero los obstáculos financieros, mediáticos y
políticos pueden hacer que sus resultados sean inferiores a lo
esperado.
El JPM ha puesto buena parte de su futuro político en torno al
pacto instrumental o «contra la exclusión» que ha firmado con la
Concertación, y que se basa en dos pilares. El primero es el
apoyo del JPM a Frei en el caso de una segunda vuelta, y el
segundo concreta el reparto de los distritos electorales en las
elecciones parlamentarias, por el que JPM se presenta en 12 de
ellos y la Concertación en otros tantos, evitando competir entre
ellos. El argumento para defender este acuerdo se sustenta en el
intento de romper el sistema electoral diseñado por el post-pinochetismo.
Chile necesita una transformación, que «difícilmente puede venir
de la mano de la clase política actual», apunta la estudiante
santiagueña. La recuperación del cobre, el fin del poder de los
militares, la recuperación de la memoria histórica, la
estatalización de los recursos naturales o unos servicios
educativos y sanitarios de calidad son, junto a la «necesidad de
una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución
democrática y participativa», los ejes que debería adoptar el
cambio en este país.
De no lograr ningún candidato la mayoría absoluta el próximo
domingo, los dos mejores situados volverían a enfrentarse el 17
de enero. Todavía es pronto para que se plasme en la realidad
chilena la letra de aquella otra canción que veía marchar «por
las alamedas a los oprimidos» y «de banderas de pobres se
llenarán los caminos». Las grandes alamedas de Chile siguen
esperando los aires de cambio y que éstas se abran
definitivamente para que los sueños y proyectos de todos
aquellos que quedaron en el camino bajo la vota de los milicos y
sus aliados puedan convertirse en realidad.
Mientras tanto, habrá que esperar para que cobra peso aquella
estrofa de hace años, «porque esta vez no se trata de cambiar un
presidente / será el pueblo quien construya un Chile bien
diferente» - Gara
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