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231209 - Paul Walder - Michele Bachelet termina su administración con una marca histórica: es la jefa de Estado chilena con el mayor índice de aprobación, 80 por ciento, dice Adimark. Un registro estadístico que intenta convertirse en uno político. Porque el universo estadístico y aritmético corre en una pista paralela a la complejidad de los universos políticos. Mundos sólo relacionados en la apariencia.

La presidenta exhibe un sello numeral con máxima calificación de apoyo ciudadano. Pero un ochenta por ciento de popularidad no puede interpretarse simplemente como apoyo político: ha de ser clamor, deleite, idolatría. Es un exceso que puede estar a un paso del culto a la personalidad, del delirio sociopolítico. Tal vez ni Eva Perón, que desataba fruición y pasión, consiguió tener el apoyo que hoy tiene Bachelet.

Las encuestas son pura estadística. Intentan medir, traducir un clima de opinión. Intentan reflejar la mirada ciudadana hacia sus gobernantes. Es posible que aquí no exista truco, porque la trampa está en otra parte. No en el método, sino en las herramientas. Porque Bachelet, la que detenta estas máximas calificaciones, superando a todos los líderes políticos de nuestra historia, “y probablemente del mundo”, dice Adimark, es también la misma que hoy dirige un gobierno que se enfrenta a conflictos sociales en varios y extensos frentes: la mayor represión y persecución hacia el pueblo mapuche registrada en la historia reciente y malestar acumulativo entre otros grupos, como los profesores, los empleados públicos, los deudores habitacionales, los trabajadores portuarios, entre otros.

La respuesta al increíble 80 por ciento de apoyo hay que buscarla en otra parte. Está en la creación de este clima que no es ni pasión, ni amor, ni afecto. El tremendo apoyo surge también del desinterés y abulia, de la fragmentación social, de la nula participación ciudadana. Es un apoyo que se entrega desde el sofá que enfrenta la pantalla de televisión. Bachelet es campeona de las estadísticas porque la televisión y los medios lo dicen.

Un fenómeno similar sucede con su ministro estrella, Andrés Velasco. El ministro mejor calificado en las encuestas (74 por ciento, según Adimark) es el responsable, directa o indirectamente, del casi millón de desempleados y otras penurias socioeconómicas. Y es hoy la bestia negra de miles de profesores y empleados fiscales. Durante la negociación entre la Anef y Hacienda, el presidente de la agrupación de los trabajadores públicos, Raúl de la Puente, dijo que nunca, en toda su historia de dirigente gremial, había tratado con un ministro tan distante, duro y persistente en sus argumentos. ¡Pero a Velasco lo aman! No los ciudadanos, sino los medios.

El triunfo estadístico de Bachelet hay que buscarlo en fenómenos similares. Está más relacionado con el éxito, también estadístico, de la teleserie ¿Dónde está Elisa? que con un fenómeno político. Bachelet rompe un récord histórico de aprobación, que es también rating o sintonía, en un país que también detenta otra marca histórica: nunca había habido tanto desinterés por la política, nunca menos inscritos en los registros electorales, nunca tanto rechazo a la actividad de los políticos.

A Michelle Bachelet debiera amarla la ciudadanía, debiera desatar pasiones, movilizar a multitudes. Pero sabemos que nada de aquello es real, que ni los expertos en marketing de La Moneda se lo creen. Lo que miden esas estadísticas es la muerte de la participación ciudadana, la corrupta vigencia del sistema binominal, la falta de representación política. Lo que reflejan las encuestas es el poder y los intereses del duopolio de la prensa escrita y la obsesión por la liviandad y la farándula de la televisión. No es otra cosa que el mantenimiento del statu quo por la concentrada maquinaria empresarial-política-mediática.
 
Las encuestas han pasado a ser como el people meter de la televisión. Son estadísticas sobre la capacidad comunicacional de La Moneda y sus estrategias de penetración en los intereses del duopolio de la prensa escrita. Son estadísticas sobre las estrategias del mismo poder hacia una población pasiva, apática, moldeable. Son el efecto de las herramientas para crear opinión, que es ficción mediante argumentaciones falsas, como lo vemos cada día en las omisiones de la prensa, en el sesgo editorial de los conflictos laborales “que perjudican al usuario”, en los cada vez más vergonzosos montajes comunicacionales contra el pueblo mapuche, los que responden más a criterios propios de una sociedad sin libertad de expresión, a una dictadura encubierta, que a una democracia. Por todo ello, no hay pudor al acusar a las comunidades mapuches de usar a sus niños como escudos humanos, denuncia que El Mercurio amplificó con gozo en portada: “Dura acusación del gobierno: dirigentes mapuches usan a niños y mujeres como escudos”. Entre este montaje -desarmado por varios analistas honestos- y aquel otro, reproducido en un ominoso titular de La Segunda durante la dictadura que decía “Los mataron como ratas” hay sólo una diferencia de matices.

Bachelet está fuera de todo conflicto. Es sólo número y apariencia. Es una ficción. El mundo es de otros.

(Publicado en la la edición Nº 698 de Punto Final. 13 de noviembre, 2009. Suscríbase a PF. punto@interaccess.cl)

 


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