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La Moneda, sede del gobierno que
ocupará S Piñera a partir del 11 de Marzo del 2010 |
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- Mario Amorós - El empresario
multimillonario Sebastián Piñera, candidato de la derechista
Coalición por el Cambio, se convirtió ayer en Presidente electo
de
Chile
al derrotar en el ballotage a Eduardo Frei, candidato de la
Concertación de Partidos por la Democracia, por un 51,61% de los
votos a un 48,38%.
El 11 de marzo la presidenta
Michelle Bachelet
traspasará la banda presidencial a Piñera, un empresario
multimillonario, íntimo amigo de
José María Aznar, quien le visitó en Chile en septiembre y
calificó de “trascendentales” unas elecciones que se celebran
cuando la mayor parte de países de Sudamérica tienen gobiernos
progresistas o revolucionarios. Por si fuera poco, Piñera
también es admirador del presidente colombiano
Álvaro Uribe, a quien rindió pleitesía en julio de 2008 y de
cuya política genocida de “seguridad democrática” se considera
admirador. Y entre quienes le han acompañado en los últimos días
de campaña ha estado el escritor Mario Vargas Llosa.
La victoria de Piñera significa un retroceso enorme en un
país que aún no ha culminado la transición. Con Piñera en La
Moneda, la Constitución de 1980 (impuesta por
Pinochet) continuará vigente y no será reformada; el
movimiento obrero seguirá sufriendo el Código del Trabajo
pinochetista (impuesto en 1980 por el ministro de Trabajo, José
Piñera, hermano del presidente electo), que dificulta el derecho
a la huelga e impide la negociación de convenios colectivos; los
casi 800 represores de la dictadura actualmente procesados
tendrán garantías de impunidad; la empresa pública del cobre (Codelco)
será probablemente privatizada, al menos en parte; el millón de
chilenos que vive en el exterior no conquistarán su derecho al
voto; la ley electoral binominal no será reformada; el pueblo
mapuche seguirá siendo masacrado en la Araucanía (región donde,
por cierto, ayer Piñera obtuvo el 57,51% de los votos); y, en
definitiva, los grandes capitales podrán seguir acumulando
riquezas en uno de los países del mundo donde la brecha entre
clases sociales es más acentuada.
Entre las incógnitas que abre el nuevo escenario está el futuro
de la Concertación, una coalición que aglutina a democristianos,
socialistas, liberales y radicales. En sus palabras de
reconocimiento de la derrota, Frei y otros dirigentes dejaron
entrever anoche que la coalición que ha gobernado el país desde
1990 permanecerá unida. Sin embargo, esta coalición ha estado
unida en la última década sobre todo por el interés por
conservar el poder, y las prebendas que conlleva, y en la
primera vuelta del 13 de diciembre un diputado salido de las
filas del Partido Socialista,
Marco
Enríquez-Ominami, fue capaz de obtener el 20% de los votos.
El hastío ante la Concertación, ante las mismas caras que han
copado la escena política del país durante veinte años, ha
podido más que la memoria de una dictadura en la que la derecha
brindó su apoyo a Pinochet, secundó su proyecto político y
económico e ignoró las gravísimas violaciones de los derechos
humanos.
Una especial responsabilidad en el nuevo escenario corresponde a
las fuerzas de izquierda, al movimiento popular chileno, hayan o
no votado ayer por Frei. Ante el horizonte de cuatro años de
gobierno de la derecha, con un papel relevante probablemente del
partido pinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI), la
necesidad de una confluencia de todas aquellas fuerzas políticas
y sociales que defienden una alternativa al
neoliberalismo, que volverá a su mayor expresión a partir
del 11 de marzo, es más necesaria que nunca -
Rebelión
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