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"Alternancia en Chile: 20 años no son en balde"

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300110 - Anna Ayuso - Barcelona -

La victoria de la coalición derechista Alianza por
Chile pone fin a 20 años de gobiernos de la coalición de centro-izquierda Concertación Democrática y comporta, por primera vez, una alternancia en el poder tras la recuperación democrática que puso fin a la dictadura de Augusto Pinochet.

Esos 20 años no han sido en balde. Todos los analistas han destacado tras las elecciones lo impecable de la regularidad del proceso, la transparencia y la normalidad, un balance que certifica la consolidación de la democracia chilena. Otro denominador común predominante es que el balance de la acción de gobierno de los cuatro mandatos de la concertación es positivo: Chile es un país más prospero que dos décadas atrás; ha protagonizado un crecimiento sostenido, ha incrementado la renta per cápita de sus ciudadanos, ha reducido la pobreza de un 40 a un 15% y ha dado pasos para ampliar el alcance de las políticas sociales, esfumadas bajo la dictadura. Aunque quedan grandes desafíos en materia de lucha contra la desigualdad, la eficaz gestión durante la crisis económica mundial ha mostrado también que esos resultados son sólidos.

Pero entonces ¿por qué perdió la Concertación el poder cuando la acción del Gobierno tiene un nivel de aprobación del 60% y la actual presidenta
Michelle Bachelet del 80%? La respuesta ha de buscarse en ambos lados de la contienda electoral. Algunos ponen el acento en los errores propios, otros en los aciertos ajenos y otros en una suerte de determinismo histórico. Estos últimos aluden a un desgaste natural de 20 años de gobierno y a un fin de ciclo necesario para perfeccionar la transición democrática, pero por si solo ello no justifica el cambio del voto ciudadano.

En el lado del mea culpa de la Concertación se entonan otras causas. Por una parte se buscan pecados individuales: desde dentro, la rebeldía de Marco Enríquez-Ominami, que logró arrastrar a un 20% del electorado en la primera vuelta, se ha llegado a calificar de traición; también se apunta la mala elección en la re-edición como candidato del ex-presidente Eduardo Frei, que representaba a una vieja guardia incapaz de insuflar nuevos aires al proyecto. Incluso se cuestiona que la presidenta esperara a la segunda vuelta para dar apoyo decidido a la candidatura de Frei. Sin embargo, más que causas, eso son consecuencias de las dificultades para hilar el difícil encaje entre las diferentes corrientes de la coalición y el reparto de poder. La irrupción de Enriquez–Ominami se dio por la negativa a convocar unas primarias e impidió forjar un consenso sobre el candidato de la coalición. Esta imposición fue interpretada por las bases como una resistencia de la vieja guardia a ceder poder y a incrementar la democracia interna en los diversos partidos de la coalición. Hay quien incluso vaticina el final de la concertación tras la pérdida del Gobierno y el regreso a la composición tripartita del espectro político (derecha-centro-izquierda) previa al golpe de Estado.
 

Los errores ajenos ayudan pero la victoria de Piñera también se basa en aciertos propios: ¿por qué si logró su objetivo al tercer intento? No me atrevería a tildar de casual que la derecha haya llegado al poder en las primeras elecciones tras la muerte de Pinochet. Con su sombra bajo tierra ha sido más fácil eludir el hecho que en el partido mayoritario de la Alianza, la UDI, sigue albergando una buena parte de los sectores pinochetistas que aún reivindican las bondades de la dictadura y niegan sus crímenes. Piñera, cuyo compromiso democrático no está cuestionado gracias a su apoyo a la campaña del NO en el referéndum de 1988 que logró desplazar a Pinochet del poder, ha conseguido unir al bloque entorno a su candidatura única con el señuelo de desplazar a una Concertación desunida. Las otras grandes bazas, han sido la promesa de trasladar su éxito como empresario a las instituciones haciéndolas más eficientes, la renovación generacional, la voluntad de dar carpetazo a la retórica de polarización y de reconstruir una unidad nacional.

No obstante, sus armas en la campaña, pueden devenir en obstáculos para el Gobierno. Es una incógnita saber hasta qué punto la UDI va a reclamar su cuota de poder como partido con mayor representación parlamentaria y determinar así un giro ultra-derechista. También se apuntan como factores de riesgo las dificultades de trasladar la lógica empresarial a la burocracia institucional y la inexperiencia de las jóvenes generaciones derechistas, ausentes de las instituciones de Gobierno durante 20 años. De momento, el discurso del presidente electo sigue siendo de llamada a la unidad nacional y tendente a minimizar las diferencias ideológicas. No faltan los cantos de sirena a sectores de la Democracia Cristiana (de la que una vez fue militante) a incorporarse a su proyecto y la revuelta interna que vive este partido no permite excluir una escisión. Si Piñera consigue ampliar el espectro de su apoyo hacia el centro mataría dos pájaros de un tiro: neutralizar en parte la presión de la extrema derecha y debilitar a la Concertación dividiéndola. En ese escenario, las posibilidades de la derecha para preservar y ampliar el poder en futuras elecciones presidenciales y parlamentarias se incrementarían.

Detentar la jefatura del Estado en un país tan centralista y con la extremada concentración de poder en el presidente como Chile, significa tener en exclusiva la iniciativa parlamentaria en gran número de materias, incluido el nombramiento de los altos cargos de toda la Administración, de los intendentes y los gobiernos regionales. Prácticamente toda la maquinaria del Estado está al servicio de la presidencia. Mientras la Concertación estuvo en el poder la derecha mantuvo su posición en el sector privado, pero ahora el poder económico y el político van a estar más concentrados, pues la izquierda tan sólo conserva su mayoría en el Senado, siempre que se mantenga unida. A esto cabe añadir las dificultades financieras de los partidos y el apoyo que brindan los medios de comunicación más poderosos del país al ala conservadora. Tras la reforma del 2005, el mandato presidencial dura cuatro años sin posibilidad de reelección consecutiva. Es decir, si Piñera consolida un centro-derecha amplio en estos próximos cuatro años debería pasar el testigo a otro líder, salvo que ceda a las tentaciones re-eleccionistas hoy abundantes en la región. Por su parte, si la izquierda consigue cohesionarse de nuevo y recomponer su liderazgo lo tendría difícil. Cuatro años de cambios no dejan mucho margen para perder tiempo, ni como Gobierno ni como oposición.

Anna Ayuso - Coordinadora del Programa América Latina, CIDOB
 

 


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