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220311
- Paul Walder -
Punto Final
La prensa empresarial destacó, hace unas semanas, la compra de
la viña californiana Fetzer Vineyard por Viña Concha y Toro, en
238 millones de dólares. Se trató de la mayor inversión chilena
en el extranjero en este rubro. Sin duda el negocio destacaba
por su gran simbolismo: la Viña Concha y Toro se sumaba al
proceso de expansión de las inversiones chilenas en el exterior,
ya profusas en Latinoamérica, para hacerlas llegar al corazón
mismo del capital. En la actualidad,
Estados Unidos
es el quinto receptor de la inversión chilena en el extranjero,
con un total de 3.700 millones de dólares. (Ver:
Neoliberalismo)
Chile
es, desde 2004, socio comercial de
Estados Unidos
a través de un tratado de libre comercio que los gobiernos de la
Concertación persiguieron durante casi quince años. Se firmó
durante la administración de
Ricardo Lagos y se presentó como un triunfo, como el ingreso
a los grandes mercados. A partir de entonces, las exportaciones
chilenas ingresarían a los mercados y supermercados
estadounidenses de forma privilegiada, en tanto los productos y
las inversiones de
Estados Unidos
tendrían también especiales garantías para asentarse en estas
latitudes.
Pese a la globalización y a la fuerte presencia de las
inversiones europeas, especialmente españolas,
Estados Unidos
continúa siendo el principal inversionista extranjero en
Chile,
con cerca de 20 mil millones de dólares. Entre 1974 y 2009, del
total de inversiones foráneas en el país el 26,4 por ciento
corresponde a
Estados Unidos,
seguido por España, con casi el 20 por ciento, Reino Unido, con
8,7 por ciento, Australia, con 4,7 y
Japón, con 3,7 por ciento. Pero al observar la evolución de
las inversiones durante este período, Estados Unidos exhibe una
fuerte pérdida de terreno. La inversión estadounidense ha venido
descendiendo sensiblemente en las últimas dos décadas. Entre
1996 y 2000, las empresas estadounidenses invirtieron en Chile
más de 6.700 millones de dólares, pero entre 2002 y 2008 estos
flujos cayeron a 2.300 millones. Aun cuando en 2009 aumentó a
2.900 millones, por la compra de la cadena de supermercados D&S
por la multinacional Wal-Mart, no es probable que esto marque
una tendencia.
Por sectores de la economía, la inversión estadounidense es
diversificada, con un predominio en el sector servicios y la
minería. Pero también tiene una fuerte presencia en los
servicios básicos (electricidad, gas y agua), transportes y
telecomunicaciones e industria. Del total de las inversiones en
el área de servicios, que suman 6.600 millones de dólares, casi
la mitad radica en el sector comercio, en tanto el resto en
diversos tipos de negocios financieros, desde bancos, compañías
de seguros, sociedades de inversión o fondos de inversión.
Tras los procesos de privatización y posteriormente de fusión y
adquisición, las inversiones de
Estados Unidos
en Chile se han destinado a la adquisición de empresas de
servicios ya existentes, particularmente de los sectores de
electricidad, telecomunicaciones, financiero y comercial. Son
las denominadas inversiones sustitutivas, que no generan nuevos
empleos y que, por el contrario, generalmente vienen acompañadas
de reestructuraciones y despidos.
Las inversiones norteamericanas se han desplazado de forma
evidente desde el sector minero a los servicios. Entre 1974 y
1993, el 70 por ciento de la inversión de Estados Unidos estaba
concentrada en la minería, distribución que ha disminuido a
partir de entonces. Entre 1999 y 2004 los flujos norteamericanos
destinados a la minería descendieron al 15,3 por ciento del
total. En sentido inverso, las inversiones en servicios
alcanzaron el 77 por ciento del total durante el período
1999-2004, principalmente en los sectores electricidad, gas,
agua, comercio y comunicaciones.
Un intercambio comercial deficitario
Pese a contar con uno de los primeros grandes TLCs, el comercio
chileno con Estados Unidos ha sido desplazado durante la última
década por otros países. Hoy más importante es
China
-nación con la que también existe un TLC-, primer comprador de
las materias primas chilenas. Las tasas de crecimiento de las
exportaciones hacia ese mercado, principalmente mineras,
probablemente cambiarán en el corto plazo la estructura de la
canasta exportadora, colocando a
China
como el gran mercado chileno. Y el cobre, muy por encima del
resto de las materias primas, será el principal producto. Hacia
finales del año pasado, las exportaciones chilenas a China
representaron casi un cuarto del total de bienes exportados.
Con Estados Unidos la relación es muy diferente. A diferencia de
las ventas a China, que
crecieron el año pasado a una tasa del 50 por ciento, las
destinadas al mercado estadounidense aumentaron sólo un 16 por
ciento. Hoy Estados Unidos es el tercer socio comercial chileno,
y absorbe apenas el diez por ciento del total de las
exportaciones, básicamente cobre, productos forestales y fruta
fresca.
Si nos remontamos a 2005, la estructura era totalmente distinta.
Estados Unidos era el primer socio comercial chileno, con el 15
por ciento del total de las exportaciones chilenas, seguido por
Japón, con poco más del once por ciento, y China, con el diez
por ciento.
En importaciones es otra la figura: Estados Unidos sigue siendo,
como ha sido históricamente, el principal abastecedor de
productos para el mercado chileno, con casi el 20 por ciento del
total importado por Chile. Entre enero y septiembre del año
pasado
Estados Unidos
vendió a Chile bienes por casi siete mil millones de dólares,
superando a China y a todos los países de la
Unión Europea juntos. Hace cinco años, Estados Unidos
concentraba sólo el 14 por ciento de las importaciones chilenas.
Los gobiernos chilenos persiguieron, hasta finalmente
conseguirlo, suscribir el TLC con
Estados Unidos
pensando en el poderoso mercado estadounidense para las
exportaciones nacionales. Pero a seis años de vigencia del
tratado, el gran beneficiado ha sido
Estados Unidos:
el país con el mayor déficit del mundo, tiene superávit
comercial con Chile. La canasta de productos estadounidenses que
nuestro país importa en general está compuesta de bienes
intermedios e insumos, básicamente combustibles y alimentos
básicos, como trigo. Sólo una escasa proporción corresponde a
bienes elaborados, como camiones, automóviles, motores y
maquinarias.
A merced de la especulación financiera internacional
Si en el comercio bilateral Chile no ha ganado con el TLC con
Estados Unidos,
en otras áreas tampoco ha resultado muy favorecido. La firma del
tratado en 2003 incluyó la completa eliminación del encaje al
ingreso de capitales foráneos, mecanismo que obligaba a los
inversionistas extranjeros a depositar un determinado monto en
el Banco Central chileno por un período mínimo de un año, medida
que inhibía las inversiones especulativas y las salidas masivas
de capitales en momentos de inestabilidad. Con la eliminación de
esta cláusula, se incentivaron las inversiones especulativas, en
tanto que la economía chilena quedó en una situación de mayor
vulnerabilidad ante las crisis financieras externas. La actual
baja del dólar y pérdida de competitividad de los exportadores
chilenos es un efecto de esas políticas: cada día pueden
ingresar y salir ingentes cantidades de divisas, las que
circulan por los mercados chilenos en busca de ganancias de
corto plazo.
El tratado de libre comercio, aun cuando libera los intercambios
comerciales y los flujos de inversión a unos pocos actores
poderosos y privilegiados, por otro lado acota y limita
gravemente el libre comercio. Estas limitaciones surgen de
cláusulas que implican miradas políticas e ideológicas, como
ocurrió con la adquisición de la cadena de supermercados D&S por
la multinacional Wal-Mart. Pocos meses después de la compra, los
nuevos dueños retiraron de las góndolas todos los productos
cubanos y venezolanos, argumentando razones de Estado. Un caso
similar sucedió en México, cuando el hotel Sheraton, en el DF,
presionado desde Washington, expulsó a una delegación cubana.
México, recordemos, ingresó en el Nafta o TLC de América del
Norte en 1994, con resultados hasta el día de hoy muy poco
felices.
Control de la información
Otros casos igualmente preocupantes suceden con la información y
la televisión. VTR, el mayor operador de la televisión por
cable, con cerca de un 70 por ciento de los abonados, es una
empresa controlada por la estadounidense Liberty Global, cuyos
contenidos en gran parte corresponden a industrias de la misma
nacionalidad. Prácticamente la totalidad de los canales de
filmes y series son norteamericanos, lo mismo ocurre en los de
contenidos para el público infantil. La información-entretención
no sólo está bajo el control de corporaciones de la misma
nacionalidad, sino está en manos de un solo propietario. La
empresa Time Warner tiene características de cuasi monopolio en
la televisión por cable.
De los 17 canales de cine y series que ofrece VTR, 14 son de
propiedad estadounidense, de corporaciones como Fox, Universal,
Disney, Hearst Corporation, NBC y, por cierto, Time Warner.
Porque de estos 14 canales, la mitad pertenece a Time Warner.
Pero donde el sesgo es evidente es en la información, con las
diferentes versiones de CNN (de Time Warner) y la BBC. Un canal
regional como Telesur no está disponible en la norteamericana
VTR, como sí lo está en Movistar, controlada por Telefónica de
España.
El poderío comunicacional estadounidense está presente también
en la televisión abierta, a través de Chilevisión, canal que
Time Warner compró al presidente-empresario Sebastián Piñera el
año pasado, en 155 millones de dólares. Con esta compra, Time
Warner está presente en la generación de informativos no sólo a
través de Chilevisión, sino también de CNN Chile. Chilevisión es
hoy un gran negocio, que crece en sintonía y utilidades. La
estación controlada por Time Warner duplicó sus ganancias el año
pasado, al sumar 36 millones de dólares, cifra muy por encima de
su inmediato competidor, Mega, con ganancias por 14 millones de
dólares.
Si sumamos al dominio de la televisión chilena la industria del
cine, veremos una fuerte hegemonía cultural estadounidense. El
control no sólo existe en las cadenas de salas de cine a través
de Hoyts (de propiedad del fondo de inversión estadounidense
Linzor Capital Partners, que también controla la Universidad
Santo Tomás y la Isapre Cruz Blanca) y Cinemark USA (con casi
cinco mil salas en
Estados Unidos
y Latinoamérica), sino también en los contenidos,
abrumadoramente estadounidenses.
Las inversiones chilenas en Estados Unidos celebradas como un
gran éxito para la economía nacional, son un simple espejismo.
Se trata de operaciones que sólo reflejan la fuerte
concentración del capital en Chile, fenómeno que ha permitido
que unas pocas grandes corporaciones de capitales locales
inviertan en otros mercados, como ha sido el caso de Cencosud y
Falabella en diversos países latinoamericanos. Este proceso de
inversión en nada ha favorecido a la desconcentración del
capital, a la generación local de empleos ni al bienestar de la
población.
La balanza de servicios con Estados Unidos (que es el reflejo de
las transacciones sobre transporte, viajes, comunicaciones,
construcción, seguros, servicios financieros, informática,
derechos de licencia, culturales y recreativos, entre otros) es
claramente deficitaria para
Chile,
lo que expresa la fuerte presencia de compañías estadounidenses
en el mercado chileno. Entre 2004 y 2007 los servicios
exportados por Chile a
Estados Unidos
aumentaron menos de un 40 por ciento, en tanto los de Estados
Unidos a Chile crecieron más de un 60 por ciento. Si en 2004
Chile importaba servicios desde Estados Unidos por 1.300
millones de dólares, en 2008 la cifra llegó a casi dos mil
millones. El TLC en esta área ha sido también muy beneficioso
para el país del norte, y muy poco favorable para Chile.
Esta situación era previsible a la hora de firmar el TLC.
Estados Unidos tiene una aplastante superioridad mundial en el
comercio de servicios, por lo cual el TLC, lleno de concesiones
a esas compañías, ha sido un traje a la medida para su expansión
en
Chile.
Lo que observamos en el ámbito de las comunicaciones, la
cultura, la publicidad, el comercio, el transporte de
encomiendas y otros servicios, es un efecto de esas concesiones.
Y si la norma o los convenios comerciales no se ajustan a los
intereses de las transnacionales, Estados Unidos recurre, como
tradicionalmente lo ha hecho, a otras técnicas, que van desde la
presión a la intervención política.
Las filtraciones divulgadas hace unas semanas por
WikiLeaks y publicadas por Ciper Chile son una evidente
muestra de esta otra forma de hacer negocios. Durante el
gobierno de
Michelle Bachelet la embajada de Estados Unidos presionó a
su gobierno para que aprobara el proyecto termoeléctrico
Campiche, de la empresa estadounidenses AES Gener. Como el lugar
de emplazamiento de esta central no era apto para este tipo de
actividades, el gobierno, a través de un decreto supremo, cambió
de la noche a la mañana el uso de ese suelo. - (Publicado en
“Punto Final”, edición Nº 729, 18 de marzo, 2011) -
www.pf-memoriahistorica.org
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