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Antecedentes: Propiedad a la
china - Xulio Ríos
En Beijing, el Parlamento debe dar esta semana su visto bueno a
la primera legislación acerca de la propiedad privada en más de
medio siglo. Pudiera pensarse por ello, y equivocadamente, que
el régimen chino introduce en su largo proceso modernizador una
variable antes inexistente. Por el contrario, la primera
singularidad de esta reglamentación, en discusión desde hace
casi una década, es que va muy por detrás de la realidad. Por
utilizar un símil urbanístico, de lo que se trata, simplemente,
es de hacer los planos de una casa ya construida.
En efecto, son casi ya cinco millones
las empresas privadas inventariadas en China y están presentes
en casi todo tipo de ámbitos desde que el Partido Comunista, en
2005, aprobó sus “36 puntos sobre la economía privada”,
documento guía para todo tipo de autoridades y poderes. He ahí
otra expresión de la singularidad china, en especial en lo que
atañe a la coherencia del compromiso por establecer un estado de
derecho: no importa que no exista legislación ni decisiones
estatales; la clave radica en la formulación de una política
partidaria al respecto. A finales de 2006, los empleados del
sector sumaban 130 millones de personas. Y en 2005 ya
representaba más del 65% del PIB. Su participación en el
comercio exterior ha pasado de representar el 1% en 2000, al 15%
en 2005.
A la par del desarrollo autónomo del sector, y
aunque oficialmente se ha negado la existencia de una política
privatizadora, cabe decir que, muy al contrario, esta si ha
existido, afectando esencialmente a la llamada propiedad social,
que ha sido el auténtico motor del crecimiento chino en los
últimos lustros. Muchos de los gerentes de este tipo de unidades
de producción, en su día “elegidos” por la colectividad laboral,
hoy se han convertido en los auténticos dueños de las empresas.
Eso explica que en torno al 30% de los empresarios privados
chinos pertenezcan al PCCh y que la empresarial sea, en buena
medida, una elite “dirigida”.
La propiedad privada china es urbana y costera.
Su presencia en el ámbito rural y en las zonas del interior del
país es poco significativa y ello incide en un factor de
diferenciación importante en la configuración y consolidación de
diferentes sistemas económicos a lo largo y ancho del país.
Por último, el desarrollo de la propiedad privada
ha contribuido al deterioro del ambiente laboral. La firma de
contratos en este sector es casi una excepción. Las violaciones
de todo tipo de derechos y el respeto de las condiciones de
trabajo más elementales (seguridad, descanso, retribución, etc.)
son una constante escandalosa. Las autoridades chinas, muy
celosas de la observación de la ley en otros ámbitos, hacen la
vista gorda en este asunto. A diferencia de lo que ha ocurrido
con el desarrollo de la propiedad privada, en este aspecto
parecen haber optado por esperar a la próxima aprobación de una
nueva ley de contratación laboral, actualmente en discusión, y
que, aún otorgando poquísimos derechos laborales y sociales, ya
ha provocado numerosas quejas del sector, tanto nacional como
extranjero, especialmente de las mismas multinacionales cuya
falsa propaganda asegura que contribuyen a mejorar el estándar
laboral de los trabajadores chinos.
Según se ha anunciado, el código de derechos
reales no contemplará la privatización de la tierra, que seguirá
en manos del poder público, “al menos por cien años más”. No
obstante, pese a esta negativa formal, lo cierto es que si uno
se adentra por algunas zonas rurales de las provincias costeras,
puede comprobar como los agricultores han “vendido” sus parcelas
a empresas constructoras privadas que han poblado de nuevas
construcciones numerosas superficies antes dedicadas al cultivo
de cereales. Y nadie se lo ha impedido aunque, probablemente, no
sea del todo legal.
La regulación que sancione el Parlamento chino
“blanqueará” las apropiaciones registradas en los últimos años a
manos de jefes del Partido y otras autoridades, aportará mayores
garantías a los sectores adinerados del país (unos 50 millones
de personas) para calmar sus temores y evitar lamentables fugas
de capital, pero probablemente no otorgará las garantías
suficientes para reprimir los abusos de funcionarios y
autoridades que “expropian” las tierras de los campesinos en
beneficio de controvertidos proyectos que les permiten amasar
grandes fortunas.
La nueva clase empresarial china y el PCCh
tendrán que entenderse. Jiang Zemin propuso la teoría de la
triple representatividad para argumentar su inclusión en las
filas partidarias. En su día, Deng Xiaoping había alertado sobre
el fracaso de la reforma si como consecuencia de ella surgía una
nueva clase burguesa. Esos temores obsesionan aún a los
comunistas chinos ya que, paradójicamente, alentando la
propiedad privada, bien pudieran estar promoviendo a los propios
sepultureros del sistema instaurado en 1949, en muchos aspectos
ya poco reconocible.
En 1985, Deng Xiaoping, el reconocido padre del cambio chino y
tantas veces tildado de liberal en lo económico y conservador en
lo político, en una alocución poco recordada, advertía que si
como consecuencia de la reforma surgía una nueva clase burguesa,
aquella habría fracasado.
A diez años de su muerte, cuando el PCCh se
dispone a impulsar un nuevo y más completo reconocimiento de la
propiedad privada (está previsto que la APN apruebe en marzo el
código de derechos reales), cabe preguntarse si ello no supondrá
contrariar aquella advertencia de Deng y, por ende, enterrar el
proyecto reformista iniciado a finales de la década de los
setenta del siglo pasado, llevándolo por otro camino.
Se dirá que ha llovido mucho desde entonces y que las
circunstancias ya no son las mismas. Pero la esencia de la gaige
y la kaifang era esa y no otra: cambiar para que nada cambie.
Por eso, a las cuatro modernizaciones se oponían los cuatro
principios irrenunciables, que deberían garantizar la
inalterabilidad del sistema político, es decir, la posición
predominante del PCCh.
Hoy, la economía privada en China, en pleno auge,
presenta muchas dimensiones. Naturalmente económica, ya que su
contribución al PIB ha aumentado de forma exponencial (65% dice
la Federación Nacional de Industria y Comercio de China). Pero
también, social, por el volumen de empleo que genera, por
ejemplo, y su delicada configuración; o cultural, dada la
diferente percepción de lo privado en las sociedades asiáticas,
un rasgo que, en teoría, debería facilitar la asunción de una
cierta responsabilidad social; y, por supuesto, política.
Según Chen Xiqing, director adjunto del
Departamento del Frente Unido del PCCh, la “nueva capa social”
integrada por empresarios privados, propietarios de pequeñas
empresas, gerentes de sociedades privadas o con financiación
exterior, suma un total aproximado de 50 millones de personas,
con un capital acumulado equivalente a un billón de euros. El
reconocimiento institucional y legal de la economía privada, su
irrupción con fuerza en el conjunto de la economía del país,
plantea al PCCh el problema del surgimiento de una clase
empresarial que, en buena lógica, debería abrigar intereses
divergentes a los suyos e incluso podría, en un plazo
determinado, entrar en clara colisión. ¿Que hacer para evitarlo?
La primera reacción del PCCh ha consistido en crear su propia
clase empresarial. Entre ellos cabe señalar no solo a los
dirigentes, más o menos coyunturales, de las empresas estatales
dependientes del poder central o de las diversas autoridades
territoriales, sino también a los nuevos dueños de las empresas
de cantón y poblado, los antiguos gerentes de la llamada
propiedad social que en los años ochenta y noventa sirvió de
base al notable crecimiento chino. En aquel entonces se negaba
cualquier propósito privatizador, pero la realidad actual
desmiente al PCCh. El 33 por ciento de los nuevos empresarios
privados censados por el Partido militan en sus filas y tienen
su origen mayoritario en este sector, adueñado, a través de
métodos casi nunca elogiables, de una propiedad social que ahora
podrá acelerar su liquidación, abriendo paso al “blanqueo” de
las privatizaciones, disimuladas o no. Por eso Bao Yujun,
director de la Asociación de Estudios de Negocios Privados de
China, asegura que la composición de los propietarios de
negocios privados está deviniendo una “élite orientada”.Lo
segundo, en lo teórico, la triple representatividad, concepto
promovido por Jiang Zemin como barniz que justifica la
cooptación de las nuevas elites empresariales que han emergido
desde otros ámbitos. Esta teoría, no obstante, puede acentuar el
perfil interclasista del PCCh y afectar a su condición
“proletaria”, pero es preferible a consentir cierto dinamismo
social ajeno a las propias estructuras del PCCh.
A mayores, el Partido dispone de otras palancas
de control. En primer lugar, la negativa a privatizar la tierra,
propuesta claramente descartada por el momento (¿pero con igual
rechazo, a la larga, que la privatización de las empresas en los
años ochenta?). En segundo lugar, los resortes administrativos
en manos de unas autoridades que pueden hacer la vida imposible
a cualquier emprendedor que se salga del guión. En tercer lugar,
el convencimiento general de que nada se puede hacer a la contra
del PCCh o sin su asentimiento. En cuarto lugar, controlando las
estructuras representativas del sector y siendo implacables
contra cualquier intento de conformar grupos de poder al margen
de las estructuras oficiales. En quinto lugar, reforzando el
papel del movimiento sindical, claramente amaestrado, fomentando
su implantación en la economía privada, influyendo, a través de
él, tanto en la producción como en el comportamiento
empresarial.
Los intereses de la clase empresarial y del
Partido coinciden en el auge del crecimiento económico y en la
exigencia de estabilidad. Pero hay tensiones. El sector privado
expresa poca preocupación en temas como las condiciones de
trabajo; la seguridad en las minas o en sectores que emplean
mucha mano de obra, como el calzado, la seguridad y la salud de
los trabajadores no figura en la agenda. La mayor parte de los
100.000 trabajadores que mueren cada año en China en accidentes
laborales, se registran en el sector privado. Además, en otros
aspectos como el retraso en el pago de salarios, la ausencia de
contratos, el respeto de los horarios de trabajo, etc., el
sector privado observa muy poco la legalidad. Está por ver
también como asume las exigencias ambientales planteadas por el
gobierno y que incidirán en la reducción de los márgenes de
beneficio empresarial. O como digiere el código de conducta
auspiciado por Hu Jintao en las inversiones desarrolladas en el
exterior, hoy no siempre caracterizadas por buenas prácticas,
ensombreciendo la benefactora diplomacia china. Una prueba de
estas tensiones lo constituye el rechazo a la nueva ley de
contratación laboral, que deberá aprobar también la APN en la
sesión a iniciar el 5 de marzo, aunque quienes más han
protestado han sido los inversores extranjeros, muchos de ellos
occidentales, ciudadanos de países cuyos gobiernos acostumbran a
exigir a China un mayor respeto de todos los derechos humanos.
Pero más derechos significa menos beneficios…
Las tensiones pueden ir a más porque ya no se
puede hacer la vista gorda sin que afecte a la propia
estabilidad social. Por quien tomará partido el Partido? Quizás
poniéndose el parche antes de la herida, apuesta por la armonía,
es decir, por la paz social. Está por ver que sea posible y que
ese intento de armonizar intereses no se traduzca no solo en
insatisfacción empresarial sino también laboral, lo que pudiera
conducir a expresiones de autoorganización obrera, al margen de
los canales oficiales.
La política de paños calientes que promueve el
PCCh para proseguir la reforma, puede moderar y evitar el
agravamiento de las tensiones, pero no resolver el problema de
fondo. La economía determina la ideología. ¿Cuánto cambiará la
ideología la nueva economía china? En muchos ámbitos locales,
los poderes emergentes ya tercian muy activamente en la
configuración partidaria moviendo sus peones de forma que pueda
situar el Partido en nómina y a su servicio. El poder central
parece consciente de este problema y ha reaccionado
multiplicando la lucha contra la corrupción (97.000 militantes
sancionados en 2006) como uno de sus objetivos esenciales, pero
parece una lucha contra el tiempo.
Todo ello apunta a que el PCCh intenta aún
desarrollar una política atenta a la advertencia de Deng, no
solo conservando una influencia directa sobre segmentos
importantes de la economía china sino también controlando a los
sectores empresariales emergentes al margen del sector público.
Pero sus dificultades no serán menores y en el venidero XVII
Congreso, a celebrar este otoño, pudieran manifestarse los
primeros signos de una pugna que en el próximo lustro puede
llevar a repensar la identidad del PCCh y, a la postre, poner en
entredicho la naturaleza mismo del propio sistema político chino
en su formato actual.