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221007 -
Xulio Ríos -
Observatorio de
la Política China
Finalizado el
XVII Congreso del Partido
Comunista Chino, Hu Jintao, reelegido para un
segundo y último mandato, ha presentado en Beijing a los nuevos líderes.
El retrato del Comité Permanente del Buró Político, el máximo órgano de
poder en China, refleja un delicado y complejo equilibrio que contrasta
con la unanimidad generada por el giro social y “científico” que
Hu Jintao ha promovido en este evento.
Las palabras, pues, no parecen ser el problema. Otra cosa es el poder.
Las lecturas que podemos hacer de la composición de la cúpula dirigente
china son las siguientes. En primer lugar, se aprecia una clara
continuidad, no solo por la renovada presencia de Hu Jintao o de Wen
Jiabao, su primer ministro, figuras indiscutidas, sino, sobre todo, por
la continuidad de Wu Bangguo, presidente del Parlamento, y de Jia
Qinglin, presidente de la Conferencia Consultiva. Estas dos figuras
estaban en cuestión por varios motivos. A los problemas de salud de Wu
Bangguo, graves según algunas fuentes, se suman las sombras que pesan
sobre Jia Qinglin, involucrado, a través de su esposa, en graves
corruptelas en la provincia sureña de Fujian, tal como se ha denunciado
en reiteradas ocasiones en la prensa hongkonesa, entre otras. La
continuidad de ambas figuras refleja tanto el doble discurso existente
en materia de lucha contra la corrupción como la persistente influencia
de Jiang Zemin, el anterior secretario general, a quien ambos guardan
fidelidad. En segundo lugar, entre los recién incorporados, solo Li
Keqiang, jefe del Partido en la provincia norteña de Liaoning, puede
considerarse un afín a Hu, mientras que los otros tres presentan un
perfil muy singular e individualizado. Zhou Yongkang, ministro del
Interior, es el natural sucesor de Luo Gan, que podría representar al
grupo conservador de Li Peng, e inclinarse a favor de Hu. Por el
contrario, He Guoqiang, al frente del aparato del partido, sustituye en
él a Zheng Qinghong, rival de Hu. Finalmente, si bien Li Changchun,
responsable de ideología puede considerarse próximo a Hu Jintao, no está
claro que pueda decirse lo mismo de Xi Jinping, una figura en ascenso
que ha irrumpido con mucha fuerza desde el Comité Central al Comité
Permanente, sin la escuela previa del Buró Político –un recorrido
similar al del propio Hu Jintao-, y que, de no haber cambios, deberá
compaginar esta responsabilidad con la jefatura del PCCh en Shanghai. A
Xi Jinping se le vincula más con Zeng Qinghong.
En suma, parece claro que Hu Jintao no avasalló. ¿No ha querido o no ha
podido hacer más? Tan complejo panorama pudiera revelar algunas
interpretaciones. De una parte, haciendo de la necesidad virtud, Hu
Jintao habría optado por integrar las principales sensibilidades del
universo partidario, evitando un escenario de confrontación y
armonizando las diferentes familias o clanes, en coherencia con esa
llamada a la “vigilancia” efectuada desde el Congreso ante los desafíos
cruciales que se avecinan. De otra, dejando abierta su propia sucesión
en 2012, que estaría en disputa entre dos figuras principales: Li
Keqiang y Xi Jinping, cuestión que ahora no queda resuelta en modo
alguno.
Con independencia de las tensiones internas, la nueva dirección china
tendrá en su agenda algunos grandes asuntos. En primer lugar, la
implementación del cambio de modelo de desarrollo, haciendo realidad el
giro social y las cautelas ambientales anunciadas, pero también
promoviendo el salto tecnológico que pueda hacer de China un país
puntero en esta materia. Esa será la gran prioridad, con el objetivo
puesto en sentar las bases de una sociedad más equilibrada y sostenible.
En segundo término, en un nivel más reducido, explorar las vías y los
mecanismos para avanzar en una democratización sui generis del régimen.
Las sugerencias en este sentido han sido claras y constituyen la
principal novedad político-discursiva del evento. Excluyendo la
aplicación de un modelo occidental, los líderes chinos se aprestan a
crear un modelo propio que será objeto de experimentación en el interior
del Partido y en sus aledaños institucionales, unas veces primando
elecciones más abiertas a diferentes niveles y en otros recabando la
participación de personas independientes en la gestión de determinadas
áreas del poder. Es posible, siendo optimistas, que, a medio plazo, ello
pueda afectar a parcelas sensibles como la justicia, hoy claramente
privada de su más elemental independencia, lo que haría más creíble, por
ejemplo, el discurso anticorrupción de Hu Jintao, pero se ha excluido de
forma taxativa cualquier modificación de la estrechísima relación
existente entre el Partido y el Ejército.
“Democratizar China al estilo occidental no es una cura segura para
todos los problemas de China”, asegura un comentario de la agencia
oficial Xinhua. Si el PCCh ha logrado introducir el mercado en una
economía rígida como la vigente en el maoísmo sin destruir el sistema
político, porqué no podría introducir más libertad sin por ello poner en
cuestión la preeminencia del PCCh?, se lee en otro. Así pues, siguiendo
los ritmos propios de la política oriental, a la vuelta de diez años,
apurando un poco el paso, podríamos imaginar los nuevos contornos de la
reforma política que ambicionan realizar los actuales líderes chinos.
Entonces Hu Jintao ya se habrá jubilado y una nueva generación habrá
tomado el relevo.
Xulio Ríos es director del Observatorio de
la Política China (Casa Asia – IGADI)
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