|
. Don Tancredo
050608 -
El Plural
- Antonio San José - Lenta pero inexorablemente,
de manera rotunda y contundente, van cayendo, uno a uno, los
datos económicos que dibujan una situación de crisis que no
admite eufemismos rayanos en el patetismo. Cuando se habla de la
situación monetaria de las familias y de la del conjunto de los
ciudadanos, hablar desde el Gobierno de “profunda
desaceleración” no es sino un estéril ejercicio de funambulismo
que conduce a la nada. Cierto es que no puede hablarse con rigor
de recesión, pero negar que lo que está pasando es una crisis en
toda regla equivale a desconocer que la gente puede pensar que
se juega con ella o que se supone que no tiene la preparación
suficiente para darse cuenta del similitruqui.
Las cifras del paro en el mes de mayo que acaban
de conocerse, la inflación escalando ya hasta el 4,7%, el
euribor por encima del 5%, el estancamiento en las ventas de los
bienes de larga duración, el desplome en la venta de pisos y de
coches, la aparatosa subida del precio de los alimentos y de los
carburantes de automoción… todo indica bien a las claras que las
cosas no pintan bien aunque existan magníficas explicaciones
para cada problema que sirven de poco consuelo ante los
problemas a los que cada cual tiene que hacer frente.
Y la tozuda realidad muestra que en un panorama como el actual
el margen de actuación del Gobierno es muchos más reducido del
que algunos creen y, desde luego, sería deseable. Al no poder
decidir ni sobre los tipos de interés ni sobre la política
monetaria de cambios, las posibilidades menguan
notabilisimamente y eso es algo que hay que explicar con
claridad a la opinión pública. El Banco Central Europeo se
preocupa, prácticamente en exclusividad, del control de la
inflación en la zona euro, pero entre sus obligaciones no figura
el relanzamiento de la economía, como ocurre en el caso de la
Reserva Federal norteamericana. Quizá sea tiempo de replantear,
diez años después, el papel del organismo que dirige con enorme
celo Jean Claude Trichet y corregir así algunas deficiencias
señaladas hoy por economistas de toda laya.
Dice Zapatero que el pesimismo no crea puestos de trabajo, y
tiene más razón que un santo, pero a renglón seguido habría que
añadir que el optimismo desbordante tampoco lo hace. Ya se
entiende que un responsable gubernamental no puede ni debe ir
por la vida anunciando el Apocalipsis, lo cual sería muy malo
para la situación económica en su conjunto, pero no está de más
reclamar mayores dosis de realismo que identifique a los
gobernante con los problemas y preocupaciones de la gente de a
pie. La calle quiere escuchar verdades como puños y, de paso,
soluciones audaces a algunos de los muchos quebraderos de cabeza
que la crisis le plantea. Ése y no otro debe ser el objetivo
primordial del Ejecutivo en esta hora y circunstancia. Zapatero
no puede ni debe apuntarse al
dontancredismo y, por supuesto, Solbes tampoco. Conforta, en
este sentido, la claridad expositiva del ministro Miguel
Sebastián, ayer mismo, durante su primera intervención ante la
comisión de Industria del Congreso. Y es que no es momento de
ponerse de perfil ni de lanzar palabras huecas arropadas en
toneladas de buenas intenciones. Este es un momento difícil en
el que se miden los buenos políticos. La ciudadanía quiere ver
ahí a su Gobierno porque ahora le toca actuar sin ambages ni
dilaciones. Que no todo en la política de este país se reduce a
la interminable crisis del PP.
Antonio San José es periodista y
analista político
“Don
Tancredo”. Fue un valenciano, zapatero de oficio por más
señas (histórico) que, a finales del siglo XIX, inventó para
saciar el hambre una suerte del arte taurino que se ha
incorporado a la filosofía de vida española y al lenguaje común.
Tancredo López, era su nombre, se subía antes de salir el toro a
un pedestal donde permanecía inmóvil, sustentado en la creencia
de que la fiera, si no se le provoca con capotes, banderillas y
picadores, no ataca. La leyenda dice que López murió de una “bacinillazo”,
es decir, de un golpe en la cabeza ocasionado con este útil
mingitorio al ser arrojado por un enfadado espectador que seguía
su proeza sentado entre el “respetable”.
|