040908 -
Michael R. Krätke -
España ha vivido diez años de boom, siendo el motor de sus
tasas de crecimiento anual, superiores al 3% en promedio, el
sector inmobiliario y de la construcción.
Durante años, la especulación inmobiliaria fue el deporte
popular de millones de españoles; ahora, un millón de
viviendas están vacías. El volumen de la deuda empresarial
española representa el 106% del PIB (en Alemania, sólo el
58%). El 96% de los créditos hipotecarios españoles están
contratados a interés variable (en EEUU, sólo el 12%).
Cuatro países de la eurozona se hallan sin disputa aguas
abajo, económicamente hablando: Italia, Francia, Irlanda y
España. En Gran Bretaña y Dinamarca se palpa ya también la
crisis; Bélgica y Holanda están estancadas. La máquina
exportadora alemana depende, para su salida, de esos y otros
vecinos europeos en casi un 70%.
No son sólo síntomas, son los indicios clásicos de una
recesión que, en el caso español, se traduce desde comienzos
de año en cifras. La tasa de crecimiento cayó desde un
promedio del 3,9% antes de fin de año al 0,8% en el primer
trimestre de 2008 y al 0,1% en el segundo. El desencadenante
principal ha sido el fin de un boom inmobiliario
aparentemente sin fin.
Desde diciembre vienen cayendo las acciones de las empresas
inmobiliarias y constructoras; algunas jornadas, la bolsa de
Madrid ha perdido más del 4%. En julio, el número uno del
sector inmobiliario, la constructora Martinsa-Fadesa,
anunció insolvencia. Tras pérdidas de más del 15%, la
cotización de sus acciones fue suspendida. Más de 170.000
viviendas y cerca de 29 millones de metros cuadrados de
terreno edificable –que llegaron a valer diez mil millones
de euros— pertenecen a la empresa.
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Cuando estalló la burbuja y se esfumaron miles de millones,
el mundo bancario español dejó caer a esta empresa,
endeudada por 5,2 mil millones de euros, con resuelta
impavidez. Todo un indicio, según habría de verse a no
tardar: poco después, las acciones de las grandes empresas
constructoras Ferrovial y Sacyr Vallehermosa quedaban
tocadas, y enseguida vinieron las pérdidas de todos los
principales bancos acreedores de Martinsa-Fadesa.
España ha vivido diez años de boom, siendo el motor de sus
tasas de crecimiento anual, superiores al 3% en promedio, el
sector inmobiliario y de la construcción. Se construía
vivienda a un ritmo enloquecido: más de 5 millones sólo
desde 2003, algo más que todo lo construido en ese tiempo en
Alemania, Francia y Gran Bretaña tomadas de consuno. El
producto de ese sector creció, entre 1996 y 2006, un 190%.
Lo que ingresaba en el mercado inmobiliario, tenía salida
fácil. El grueso de los españoles no quiere vivir de
alquiler y prefiere la propiedad de casas, apartamentos y
segundas residencias veraniegas. Extranjeros adinerados de
los países de la UE pusieron de su parte invirtiendo en
segundas residencias o en vivienda para la jubilación,
proporcionando a su vez a la construcción en España un
fuerte impulso.
Lo mismo que en los EEUU y en Gran Bretaña, tampoco para los
empresarios y gestores inmobiliarios en España parecía haber
freno alguno, tanto más cuanto que los intereses nominales
cayeron a un nivel inauditamente bajo. De modo que los
españoles compraron inmuebles como posesos, y como posesos
se endeudaron. Bancos y cajas de ahorros otorgaron
regularmente créditos hipotecarios a la gente, la mayoría de
los cuales, empero, no conforme a los precios de mercado del
momento, sino fundados en estimaciones de todo punto
sobrevaloradas realizadas por peritos (es decir, por agentes
de la propiedad inmobiliaria). Muchos españoles se hicieron
con casas y apartamentos a crédito, para, poco después,
venderlos con beneficio. La especulación inmobiliaria se
convirtió en un deporte popular, estimulando, de pasada, una
fiebre consumista. En el sector inmobiliario se podía hacer
una fortuna: todos esperaban precios cada vez más altos.
La otra cara de la medalla de la euforia: las
empresas inmobiliarias llegaron a acumular, en sus negocios
especulativos con edificios viejos y nuevos, unos 300 mil
millones de euros de deuda. También las empresas ajenas al
sector querían participar, y se libraron a la compra de
inmuebles. Por consecuencia de lo cual, las deudas de las
empresas españolas se dispararon hasta alcanzar la cifra de
un 106% del PIB (en Alemania, ese valor es del 58%). En
total, en los años del boom, un buen billón de euros fluyó
en forma de créditos a los inversores, a los compradores de
vivienda y a los empresarios de la construcción.
Desde comienzos de 2008, la Fiesta terminó para siempre. La
crisis financiera internacional, la política de intereses
altos del Banco Central Europeo (BCE) y el celo ahorrador,
inducido por la crisis, de los bancos españoles gravitan
pesadamente sobre los hipotecados. Nada menos que el 96% de
la deuda por ellos contraída lo fue a interés variable (en
los EEUU, sólo el 12%), de modo que habrá revisiones anuales
de los intereses. Desde enero pasado, así pues, las cargas
reales para millones de propietarios de vivienda españoles
se han más que doblado. La morosidad y el volumen de
impagados se disparan, lo que pone en aprietos, además de a
la banca mediana, a las cajas de ahorros, las cuales,
confiadas en una ventajosa evolución de los precios
inmobiliarios, facilitaron créditos hipotecarios sin
preguntar por la liquidez de sus deudores.
Apenas si puede sorprender que el número de permisos de
construcción haya bajado desde enero en un 40%. Más de un
millón de pisos y casas están vacíos, aparentemente
invendibles o inalquilables, lo que representa un 4% de toda
la vivienda en España. En varias zonas de un emporio del
boom como fue Cataluña, más de la mitad de los inmuebles
están a la venta, de modo que los precios de las casas, más
que caer, se desploman. De promedio, el propietario de
vivienda español tiene ahora una deuda de 140.000 euros.
Se está en puertas de un difícil, por no decir accidentado,
aterrizaje de un sector de la construcción que había llegado
a significar el 18% del PIB y que empleaba al 13% de la
población activa. Cuando se haga balance a finales de 2008,
dicen los expertos, se habrán perdido 85.000 empleos.
Beneficiarios del auge de una década como los agentes
autónomos de la propiedad inmobiliaria se sienten también
gravemente amenazados: en 2007 tuvieron que echar el cierre
700 agencias inmobiliarias, y este año el número será sin
duda mayor.
No es casualidad que la cifra oficial de desempleo, con un
10,5%, sea la mayor de la UE. Para 2009, algunos pronósticos
llegan a dar incluso la cifra del 13%, lo que significaría 3
millones de españoles sin puesto de trabajo, un resultado
que golpeará, sobre todo, a los 600.000 inmigrantes
norteafricanos, que serán los primeros despedidos.
En marzo pasado, el gobierno Zapatero, dirigido por los
socialistas españoles del PSOE, consiguió, aun si con
apretado margen, imponerse en las elecciones parlamentarias
y mantenerse en el poder. La crisis era perceptible, aun
cuando todavía no figuraba en las estadísticas oficiales.
Entre tanto, el jefe de gabinete se ha visto forzado a un
programa de coyuntura. El Estado va a poner 60 mil millones
de euros, y por lo pronto 20 mil millones para un programa
de urgencia en 14 puntos que ha de servir preferentemente
para la construcción de vivienda social: hasta ahora, la
mayor inyección pública coyuntural de la UE. Se diría que, a
diferencia de los dogmáticos ojizarcos de la bancada del
gobierno berlinés, los españoles han comprendido al menos
las urgencias del momento.
Michael Krätke,
miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de
política económica y derecho fiscal en la Universidad de
Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional
de Historia Social de esa misma ciudad.
Traducción:
Amaranta Süss
(SIN PERMISO)



