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140409
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Amadeo Martínez Inglés - 78 años después de aquél 14 de abril…

Sí, el referéndum nacional y definitivo que desea el pueblo español, la consulta popular y democrática que se le hurtó en 1975, la libre expresión política de sus deseos sobre la forma del Estado, el otorgamiento de la palabra a una ciudadanía que no pudo hablar cuando el nuevo rey borbónico, salido directamente de la entrepierna del dictador, ocupó ilegítimamente y en propiedad para él y sus descendientes la Jefatura de la nación española como si ésta continuase siendo la finca que esquilmaron a placer durante siglos sus depravados, ignorantes y corruptos predecesores dinásticos.

Referéndum monarquía-república, sí, desde luego, pero no antes de que una Comisión de Investigación parlamentaria en el Congreso de los Diputados (que el modesto autor de estas líneas lleva años pidiendo después de un cuarto de siglo de exhaustiva investigación histórica) estudie, analice, entienda… sobre los presuntos y numerosos delitos cometidos por el actual rey de España, Juan Carlos I (de los que esa Cámara tiene ya numerosos indicios racionales a través de los variados Informes que me he permitido remitirles) y, en consecuencia, lo eche a patadas de la poltrona que le regaló Franco y en la que lleva asentando sus indignas posaderas más de treinta y tres años.

Este es el camino (investigación de los delitos que ha cometido el último Borbón español y referéndum posterior a través del cual el pueblo español pueda pronunciarse sobre la forma política del Estado español) que debemos recorrer los ciudadanos españoles en el corto plazo si no queremos que la llamada “modélica y exportable” transición, iniciada en 1975, termine como el rosario de la aurora. Dado que, no nos engañemos, la crisis galopante con la que nos enfrentamos en la actualidad no es solo económica y financiera sino también, y esencialmente, política, social, institucional y, en definitiva, del régimen posfranquista instaurado en
España en noviembre de 1975 por los albaceas del militarismo africanista que gobernó España como un cuartel durante casi cuarenta años.

Son estos dos pasos, dos fases, muy importantes y “sine qua non”, que se deben dar en este país cuanto antes y casi al unísono porque, aún proyectado otra vez el último Borbón (o lo que es lo mismo, el último franquista) al exilio dorado italiano del que nunca debió salir su nefasta saga dinástica, si no se actúa de inmediato lanzando la “modélica” Constitución de 1978 al cesto de los papeles o, mejor aún, se la pasa con premura por el pulverizador de documentos secretos del ministerio del Interior o de Defensa (que son los más operativos de la nación), se corre el riesgo de que, en un descuido institucional, se suba al trono vacante “de sus antepasados” el heredero del anterior, el espigado muchacho ya cuarentón que, según una afamada revista satírica, dedica la mayor parte de su tiempo a la “retrofornicación conyugal” con la finalidad última y exclusiva de que la saga borbónica (la oficial, no la bastarda que como en el pasado sigue disfrutando de muy buena salud) no decaiga y haya siempre un miembro (o miembra) de la misma en disposición de acceder, como ocurrió en España, a cualquier trono o canonjía que el dictador de turno en cualquier país de este mundo globalizado de hoy pueda ofrecerles. Por aquello de la sangre azul, mayormente.

Por cierto, la fuerza y el “viagrismo” natural que debe tener este joven muchacho (que vegeta a la sombra ya oronda y caduca de su progenitor a la espera del infarto cerebral o miocárdico que lo aúpe al trono) en la parte más adelantada de su cuerpo, cuando está en disposición de “trabajar” obviamente, que ha conseguido en muy poco tiempo lo que no han logrado en años los distintos compañeros sentimentales (con marido incluido) de su bella y gentil esposa, la antigua periodista Letizia (Leti para los amigos); a la que tras despojarla de su aversión a los embarazos (que sientan muy mal a la silueta femenina) la ha convertido de la noche a la mañana en ávida y amantísima madre y en reservorio de óvulos azules para cubrir las necesidades de procreación de todas y cada una de las casas reales (ya escasas, afortunadamente) reinantes en Europa que, últimamente, bien por descenso en la operatividad testicular de los hombrecillos con uniforme que las representan, o porque no les da la “real” gana de seguir la recomendación internacional de nuestro libidinoso presidente del Gobierno, señor Zapatero, andan un poco escasas de embriones de alto standing.

Bueno, sigamos con los problemas de este país que a mí, y a millones de españoles, los de las realezas europeas nos traen al pairo. El Órgano, Ente, Institución o Aparato del Estado que debe abanderar el muy necesario y urgente cambio político en España, que es ineludible ya que la crisis que padecemos, y que va a ir a más en el terreno social en los próximos meses, puede acabar, como en otros países, en una explosión incontrolada de resultados nada previsibles, es sin duda el Parlamento español, las Cortes Generales, máximo órgano de representación del pueblo soberano. No puede ser otro porque este “Borbón golferas” y los franquistas políticos y militares de la quinta del 75 que le ayudaron a sentar sus posaderas sobre el cojín regio del trono en aquella vomitiva sesión de las Cortes del 22 de noviembre de ese año, con perjurio incluido ante el falangista Rodríguez de Valcárcel, tuvieron la desfachatez y la osadía de divinizarle en vida y ponerlo por encima de las leyes a espaldas del pueblo español al que sirvieron la nueva Constitución, que nadie se había leído, como gigantesca rueda de molino que debía tragarse si quería disfrutar de las mieles de la paz y de unas pocas, muy pocas, libertades y derechos fundamentales. Una Constitución ¡ojo! redactada a la orden de militares y monárquicos y en la que ambos grupos de presión dejarían su impronta indeleble. Los primeros, redactando ellos solitos (concretamente lo haría la cúpula militar, el Estado Mayor del Ejército) el nada democrático artículo 8º, que otorga lisa y llanamente una patente de corso a los militares españoles para poder intervenir en política cuando les venga en gana convirtiéndolos de facto en “golpistas institucionales”; y los segundos, los monárquicos, exigiendo la preferencia del varón sobre la mujer en los derechos a la sucesión en el trono ante la imposibilidad de que la infanta Elena pudiera reinar en su día con un poco de decoro (es un decir) dada la desgraciada discapacidad intelectual que padecía (y padece) la pobre.

Sí, sí, las Cortes españolas, a pesar de sus carencias, defectos congénitos y enfermedades sobrevenidas como la mudez, el culiparlantismo, el absentismo, el autoritarismo partidario, el cainismo, la incompetencia personal y grupal, el gregarismo, el listacerradismo, el infantilismo, el alfombrismo político, el peloterismo, el autismo social…etc, etc, representan mal que bien, más mal que bien pero representan, al pueblo soberano español que cada cuatro años, en un pálido reflejo de lo que debe ser una auténtica democracia, deposita en las urnas unas papeletas cerradas y bloqueadas confeccionadas por los aparatos de unos partidos subvencionados por el poder y que aspiran (sólo los dos grandes) a usufructuar ese poder y las regalías consiguientes de cientos de miles de cargos públicos, o a chantajearlo y chuparle la sangre con sus apoyos todos los demás.

Pero a pesar de sus defectos y limitaciones, el Congreso dispone de la legitimidad y la legalidad suficientes para, de una vez y dadas las terribles circunstancias en las que nos encontramos, investigar al presunto delincuente que nos puso Franco en la Jefatura del Estado en 1975 (ya en el año 1958, siendo cadete de la Academia General Militar, cometió un homicidio por imprudencia, o tal vez un asesinato, en la persona de su hermano el infante D. Alfonso), que sigue ahí inasequible al desaliento en este año terrible de 2009, y que, efectivamente, después de más de treinta años de reinado, ha resultado ser todo un rey Borbón, o sea, para entendernos, todo un golfo, un caradura, un vividor que se ha dedicado en exclusiva a pegarse la gran vida, a organizar golpes de Estado en su exclusivo beneficio, a autorizar la creación de auténticos batallones de la muerte en el seno de las Fuerzas Armadas y de Seguridad (los GAL), a pagarse sus aventuras amorosas con fondos reservados del Estado, y a labrarse una fortunita harto suculenta.

Pongamos en marcha de una vez, señores diputados del Congreso, en este 78 aniversario del advenimiento de la II República, el único régimen legítimo que ha tenido España en todo el siglo XX, la maquinaria legal y democrática que pueda acabar de una vez con el franquismo residual representado por la monarquía trasnochada que el genocida Franco se permitió otorgar a los españoles después de sojuzgarlos y someterlos a la ignominia casi cuarenta años. Contarán para ello, seguro, con el apoyo de todo el pueblo y el de gente que conoce muy bien la historia secreta de este país. Lo dicho

¡Referéndum por la República, ya!

Amadeo Martínez Inglés es Coronel del Ejército español, escritor e historiador
 


 

 

 

 

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