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Mafalda - Quino |
130909
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Carlos
Olalla
- De La Pepa a La Paca
Cuando, a principios de los setenta, suspirábamos con el
fin de la dictadura, muchos soñábamos con una democracia
en la que pudiésemos, al fin, vivir libres y defender
libremente nuestras ideas, fueran cuales fueran... Ante
la disyuntiva de reforma o ruptura con el régimen
franquista, finalmente se optó por la vía de la reforma
y se aprobó una Constitución, la del 78, que, aunque no
satisfacía a muchos, se aceptó como mal menor en gran
medida gracias a la promesa de su futura reforma una vez
consolidada la democracia. El ruido de sables y el
riesgo de involución eran demasiado altos como para
exigir una constitución más avanzada. Han pasado ya más
de treinta años desde entonces, nuestra democracia está
más que consolidada, pero esa Constitución es más
inamovible que nunca. Recordando viejos tiempos,
podríamos decir que todo está atado y bien atado, poco
importa que nuestra Constitución haya quedado
completamente desfasada y que la realidad de nuestro
país sea otra totalmente diferente a la de entonces.
Durante estos treinta años nos han repetido hasta la
saciedad que en este país se pueden defender todas las
ideas democráticamente, siempre y cuando se renuncie a
la violencia para ello. Así, PP y PSOE diseñaron y
aprobaron una ley, la Ley de Partidos, que ilegalizaba a
los abertzales si no condenaban explícitamente la
violencia. Ahora, gracias a esa Ley, el Partido
Socialista, con el apoyo del Partido Popular, gobierna
en Euskadi. No deja de ser curioso que el PP, cuyo
fundador-presidente, Manuel Fraga, fue durante siete
años ministro de Franco, nunca haya condenado la
dictadura franquista; que el PSOE tampoco haya condenado
expresamente la existencia de los GAL y los crímenes de
estado que ocurrieron cuando gobernaba el país, o que la
más alta institución del Estado, el Rey, elegido a dedo
sucesor por el mismísimo
Franco en 1969, nunca haya condenado la dictadura ni
pedido públicamente perdón a las víctimas de aquella
dictadura, una dictadura que asesinó a garrote vil a
Salvador Puig Antich en Marzo de 1.974, y fusiló a Juan
Paredes Manot Txiki, Angel Otaegi, José Humberto Baena
Alonso, José Luís Sánchez Bravo y Ramón García Sanz en
septiembre de 1975, ni siquiera dos meses antes de la
muerte del dictador y de que él accediera a la Jefatura
del Estado.
Pues bien, ahora resulta que en un pequeño pueblo
catalán, Arenys de Munt, han tenido la iniciativa de
convocar un referéndum de autodeterminación, el más
elemental de los derechos reconocido hasta por las
Naciones Unidas. Que yo sepa, no hay ningún grupo armado
en ese pequeño pueblo que defienda la violencia, pero
inmediatamente la Fiscalía del Estado ha acudido ante
tamaña amenaza al orden establecido para que un juez
intente impedir la aberración democrática que supone que
el pueblo diga libremente lo que piensa. Uno de los más
firmes adalides de la dictadura, Falange, ha acudido
también presto en su ayuda para tomar las calles de
Arenys ese día, para protestar por la celebración de ese
referéndum y mantener el orden establecido.
Hace unos años, cuando la mayoría absoluta del
Sr. Aznar gobernó este país a su libre albedrío y
nos metió en una guerra contra la voluntad del 90% de la
población, publiqué un artículo en el que decía que
nuestro país se había perdido en la senda de la
transición democrática y había llegado a una demofascia.
Hoy, viendo el rodillo constitucional peperosocialista,
viendo al más rancio nacionalismo español campar a sus
anchas, son muchas las preguntas que me hago: ¿la
democracia que queríamos perseguiría y condenaría a un
pueblo que quisiese expresar democráticamente sus
opiniones? ¿En esa democracia que queríamos, un
tribunal, el Constitucional, podría estar por encima de
lo que el pueblo ha aprobado en referéndum, que han
acordado todas las fuerzas políticas de un parlamento
autonómico, o que han aprobado por amplísima mayoría las
Cortes Generales? ¿En esa democracia los miembros de ese
Tribunal todopoderoso podrían haber sido elegidos a dedo
precisamente por los dos partidos mayoritarios, el PP y
el PSOE, que constituyen el frente constitucionalista y
el más claro referente del nacionalismo español? ¿En esa
democracia defender públicamente los derechos humanos y
la situación de los presos vascos sería considerado
apología del terrorismo? ¿En esa democracia quemar un
cajero o romper la luna de un banco sería considerado
acto de terrorismo si se hacía en Euskadi y simple
gamberrada si se hacía en el resto del Estado? Son
tantas y tantas las preguntas que deberíamos hacernos si
de verdad queremos avanzar en el camino de la
democracia...
A la Constitución de 1812 se la conoció como La Pepa. Al
paso que vamos, a la del 78 pronto se la conocerá como
La Paca, por haber sido la más firme valedora de aquello
que, iluso de mí, quería creer ya superado y olvidado:
«España: Una, Grande y Libre». -
Gara