|
|
|
301209
-
Pedro
Montes
- España - Una gran
confusión prevalece sobre el futuro de la economía
española, una vez que para algunos países parece haber
pasado el peor momento de la crisis financiera y la
recesión posterior, y una vez que el presidente
Zapatero ha osado dar por iniciada oficialmente la
recuperación. Dejemos de lado la economía internacional,
en una situación mucho más problemática, compleja y
peligrosa de lo que se cree, y centrémonos en lo que
ocurre en nuestro país.
Zapatero fue el último en enterarse de la crisis
económica y ha sido el primero en anunciar la
recuperación. No sabe por qué ha comenzado, no puede
calibrar su fuerza, no está en condiciones de asegurar
su continuidad, no se atreve a pronosticar cuándo la
mejora se traducirá en el empleo, pero para él la
recuperación está en marcha. No hay que perder ni dos
líneas en resaltar la insolvencia del presidente del
Gobierno, ni su afición a actuar como un prestidigitador
sacando conejos de la chistera (el último, la patraña
del proyecto de ley de economía sostenible).
El presidente del PP, siempre al acecho en su triste
papel de buitre para aprovechar los desastres, no tiene
inconveniente en decir que la crisis se ha detenido pero
que la recuperación es imposible con este Gobierno. Los
dirigentes de CCOO y UGT, extraviados en una crisis que
se les ha venido encima sin preverla, han puesto en
marcha una estrategia de apaciguamiento pensando que,
con algunas concesiones, en varios años se recuperará la
normalidad y con ella el papel institucional reformista
relevante que ellos tienen. Podría decirse, pues, que al
margen de matices y precisiones temporales, se da por
supuesto que la recuperación es el horizonte de la
economía española.
Frente a esta previsión, hay razones para sostener que
no sólo no hay recuperación a la vista, lo cual elimina
el debate sobre los años que durará la crisis, sino que
la economía se adentrará en el futuro en un proceso de
degradación continuo, al que no se puede por el momento
vaticinar fin. A partir del difícil estado actual, el
deterioro de la economía llevará a una situación con
extremas tensiones políticas y sociales, que traspasará
el ámbito electoral en el que por ahora se piensa que
están los forcejeos sobre la salida de la crisis. Se
comprende bien que los dos partidos mayoritarios vivan y
se preparen para mantener la competencia electoral con
la crisis como tema estrella, pero se entiende mal que
los sindicatos no se dediquen a preparar a los
trabajadores para los conflictos inexorables que hay por
delante.
Una economía en quiebra
Hay que partir de caracterizar a la economía española
como una economía en quiebra. Arrastra un déficit
exterior extremadamente agudo, que lo ha convertido en
uno de los países con una deuda exterior neta más grave
del mundo, y tiene un nivel de paro desolador. Con estos
datos, se puede concluir que esta economía no ha
encontrado su sitio en el puzle de la globalización, y
más concretamente, que no ha logrado un equilibrio
razonable en el marco de la unión monetaria europea.
El vaticinio de la no recuperación surge de la
imposibilidad de financiarla. Una economía en expansión
daría lugar a unas necesidades de financiación exterior
que son muy difíciles de cubrir. En primer lugar, por el
montante exigido. En el 2008, el déficit de la balanza
por cuenta corriente, lo que se requería financiar, fue
un impresionante 10% del PIB. Se reducirá acusadamente
en este año, por el hundimiento de la demanda y la
actividad, pero aún representará más de un nada
desdeñable 5% del PIB, y un relanzamiento lo dispararía
de nuevo.
En segundo lugar, por el enorme volumen de deuda
exterior acumulada, que debe refinanciarse cuando la
solvencia del país anda en tela de juicio en los
mercados financieros internacionales. Esa deuda se ha
canalizado fundamentalmente por las entidades de crédito
y ha atrapado a todos los sectores económicos, incluido
ya el sector público, que será incapaz durante bastante
tiempo de practicar una política fiscal expansiva. En
tercer lugar, la crisis financiera se dejará sentir
durante mucho tiempo: se mantendrán los circuitos del
crédito obturados y la desconfianza y la inseguridad
como clima general. La falta de crédito y liquidez en la
economía española, las restricciones financieras
actuales no se disiparán, si no se agravan con la crisis
latente del sistema crediticio español. En esas
condiciones, no es posible la recuperación.
Las miserias de la política
Pero el problema del desajuste estructural que sufre el
país es más complicado. La situación insostenible,
bloqueada, sin salidas visibles, la han puesto de
manifiesto muchos prestigiosos analistas,
paradójicamente más los extranjeros que los españoles,
quizás por estar menos sometidos a las miserias de la
política y a al conflicto de intereses que la crisis ha
exacerbado. Pueden tomarse las declaraciones del
premio Nobel Krugman como un buen exponente de las
opciones existentes. Este ha dicho, en lo que podría
denominarse como su dilema: la economía española ha de
reequilibrar su situación en la economía internacional
por medio de una mejora de su competitividad, que sólo
puede venir por dos caminos: una devaluación de la
moneda, cosa imposible por la pertenencia al euro, o un
drástico ajuste interno de precios y costes.
La magnitud de ese ajuste es discutible, pero se ha
manejado una cifra entre el 15 y el 20%. Esta salida
tiene muy serios inconvenientes y su aplicación es casi
imposible. No se puede descartar que la crisis promueva
un ajuste interno progresivo, como de hecho se está
produciendo ya. Pero no cabe esperar que por un acuerdo
social se reduzcan los costes, es decir los salarios, en
una proporción tan intensa como la situación reclama, y
mucho menos los precios, de por sí incontrolables. Hay
que tener en cuenta, además, que un ajuste depresivo de
esta naturaleza hundiría la economía, lo que a partir de
los niveles de paro existentes crea un panorama tan
estremecedor como inquietante.
Y el problema se complica porque si llegara a producirse
el ajuste y a remediarse el desequilibrio exterior, la
economía española no podría adentrarse en una fase de
recuperación sostenida digna de tal calificación, porque
desde el mismo momento en que esto empezara a suceder se
reproduciría la pérdida de competitividad y con ello
reaparecerían los problemas de financiación exterior.
Así pues, la salida posible que nos marca Krugman es un
hundimiento inmediato de la economía, con más millones
de parados, y la condena a permanecer en el fondo
estancada, pues las aventuras de recuperación son poco
menos que imposibles. Esta es por lo demás la que se
considera la opción realista, la única, pues se ha
logrado un pensamiento común generalizado entre los
políticos y economistas de que la pertenencia al euro es
algo irreversible.
Cabría empezar rebatiendo esta opinión, pues no hay en
la política nada irreversible. Descolgarse del euro es
verdad que está fuera de todos los proyectos para
remontar la crisis. Entre los políticos es imposible
encontrar alguno que apueste por la salida del euro.
Entre los economistas y analistas la posición no es tan
cerrada, pero abiertamente nadie ha puesto la cuestión
sobre el tapete. Pero con realismo es necesario
replantearse la pertenencia a la moneda única pues, como
se ha visto, la salida que propone Krugman es lanzarse a
un precipicio, y las sociedades no son proclives al
suicidio.
Una catástrofe financiera
Después de más de una década de pertenencia al
euro y los fuertes compromisos en dicha moneda que
tienen adquiridos todos los agentes sociales, salir del
euro y restablecer una moneda propia fuertemente
devaluada conduciría, entre otros males y conmociones, a
una catástrofe financiera, al tenerse que pagar en euros
la deuda descomunal exterior existente. Que el país
tendría que declararse en bancarrota es más que
probable, pero, y esto es lo que da dramatismo a la
situación de la economía española, es que posiblemente
no hay otra alternativa. Esta implicaría hacer tabla
rasa del pasado y tener que empezar de nuevo a construir
una economía con una moneda mucho más débil, con una
relación de intercambio más acorde con los fundamentos
económicos, más protegida y menos abierta al exterior,
pero al mismo tiempo con más posibilidades internas de
ser dirigida y controlada. De nuevo se dispondría de una
moneda para equilibrar los flujos económicos con el
exterior y se ganaría un instrumento esencial para
intervenir en la economía como es la política monetaria
propia, a la que se renunció con el euro.
En fin, lo que se ha presentado como el dilema de
Krugman es realmente una aporía, esto es, como dice el
diccionario: dificultad lógica insuperable de un
problema especulativo. Ninguna de las dos alternativas
es razonable, las dos encierran problemas gravísimos de
aplicación y las dos implican consecuencias pavorosas.
De ahí la opinión de que la salida de la crisis no se
resolverá en claves económicas sino como resultado de
los conflictos sociales y políticos que promoverá una
situación económica insostenible. Y de ahí a decir que
la lucha de clases será la que determine el futuro de la
economía sólo queda un paso lógico, si bien abrirá un
proceso social largo y muy complejo, donde por el
momento nada está escrito si bien constituirá un
escenario propicio para la aparición de demagogos.
Parece claro que el futuro de la economía y de la
sociedad española será convulso, está lleno de
interrogantes y en modo alguno se encuentra despejado,
como quieren hacer creer los que divulgan que la
recuperación está a la vuelta de la esquina o la fijan
ya como telón de fondo para el porvenir inmediato. Hay
que tener en cuenta, sin embargo, que las dos
alternativas existentes comentadas, que contradicen esa
perspectiva, determinan escenarios muy diferentes, con
implicaciones que van mucho más allá del problema
complejo de la salida de la crisis económica.
La opción del ajuste interno supone en definitiva un
ajuste permanente de la economía en el marco
conceptualmente ultra neoliberal de la Europa de
Maastricht, que tendrá que ser muy duro en un primer
momento y sostenido después. Crea las condiciones para
un continuo acoso a las condiciones de vida de la
mayoría de la población, en sus salarios, en las
pensiones, en los servicios sociales básicos, en los
derechos laborales, en la fiscalidad. Es la continuación
endurecida de lo que ha ocurrido desde que se aprobó el
tratado de Maastricht para crear la moneda única, sin
las ventajas ya de una expansión económica y los fuegos
artificiales del bienestar. Es el peor escenario que
cabe imaginar para los trabajadores, capas sociales
modestas y sectores amplios de la pequeña y mediana
burguesía, pues estarán sometidos a una ofensiva perenne
contra sus condiciones de vida e intereses, por la
presión constante que ejercerá el objetivo de no perder
competitividad, contando además con que tienen una
posición de fuerza política débil y en continuo
desgaste.
No cabe edulcorar las consecuencias de la opción de
salirse del euro. Los desbarajustes y excesos pasados
amparados por el euro tienen que pasar factura. Como
habrán de quedar desautorizados todos aquellos que
apostaron por el euro, muchos de los cuales creyeron
descubrir en la moneda única un maravilloso taumaturgo
para poder cometer impunemente todo tipo de barbaridades
y desmanes, llegando incluso a pensar que con el euro
las crisis se habían acabado. La conmoción de una salida
del euro sería terrible, o con más precisión, será
terrible, porque todo hace pensar que será algo
irremediable. Pero dicho esto, la sociedad española
estará en mejores condiciones para dominar su futuro al
hacerse con los resortes básicos para diseñar una
economía diferente que, en la medida en que la izquierda
imponga sus criterios, será lo mismo que decir que la
economía podrá ponerse al servicio de las personas, y no
como sucede ahora con el neoliberalismo, en que las
fuerzas ciegas del mercado se imponen y domestican a la
sociedad.
Por no olvidar a Krugman: cabría decir que su dilema es
correcto, pero se equivoca en la elección desde el punto
de vista económico y, contando con que es un
progresista, desde el punto de vista político -
Rebelión
* Pedro Montes es
economista
|
|