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200410 - Fran J. Girao - Santander, España

Es mucha la oscuridad que existe hoy en día en torno al significado de este grito, esta arenga militar medieval española. La mayoría, para criticarlo, se quedan con lo que supondría su pronunciación sin la coma tras “cierra”: mención al santo y “a cerrar
España para que no entre nadie, y menos los moros…”. Si cerramos antes de que salgan mal vamos a echarlos, pero bueno, el caso es que no van por ahí los tiros.

La mención y la encomienda a Santiago -y su advocación Santiago Matamoros- en las batallas del medioevo español de la Reconquista era habitual. Las leyendas de un Santiago infundiendo ánimos, incluso guerreando contra el invasor musulmán, eran corrientes. “Dar un Santiago” era el equivalente de gritar el inicio de la acometida, usualmente con esa misma voz, la del nombre del santo. Del original hebreo יַעֲקֹב (Ya'akov), el nombre del apóstol que se cree que llegó a España pasó a estos lugares como Jacob. Tras la canonización, en latín fue conocido como Sanctus Iacobus y luego Sant Iago en castellano antiguo. ¿Para qué escribirlo separado si puede ir junto?, se debió pensar. Nombres españoles de aquí derivados son Jaime y Diego también.

Año 1212. 16 de Julio. Navas de Tolosa, actual provincia de Jaén. Los ejércitos castellano, navarro, aragonés y portugués, reforzados con dotaciones de caballeros templarios, hospitalarios, de las órdenes de Calatrava y Santiago, se enfrentan a las huestes musulmanas. Las tropas almohades superan ampliamente a las dotaciones cristianas. Comienza “la Batalla”, como sería llamada durante años después en las crónicas de los vencedores. Los musulmanes simulan una retirada inicial para, acto seguido, emprender un cruento y salvaje contraataque. Esto atemoriza a los cristianos, que huyen en importante número, impotentes ante la carga árabe. Alfonso VIII, rey de Castilla observa la escena, decidido. Va a hacer algo a lo que rápidamente se sumarán sus caballeros con sus soldados y Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón con los suyos: arremeter, cargar, lanzarse a por los moros, equilibrando la balanza y permitiendo a las huestes cristianas luchar con mayor igualdad.

No imagino a Alfonso VIII pensando en política en esos momentos. Por ello, hemos de tomar la voz “cierra, España”, que muy probablemente pronunció (y quizá varias veces a lo largo del día en las distintas cargas), no como una declaración de endurecimiento de fronteras y aranceles, sino como un mandato militar. Según la trigésimo segunda acepción del DRAE del verbo “cerrar”, éste puede significar “trabar batalla, embestir, acometer”. No nos cabe ninguna duda de que en épocas pasadas, más revueltas y bélicas que las nuestras, la acepción hubiese subido puestos en la clasificación de las más usadas. Así pues, la expresión equivale a mención al santo y “¡a machacarlos!”. Quizá los partícipes de la mojigatería actual de Occidente, que defiende a ultranza lo ajeno a costa de atacar a muerte lo propio, no se queden tranquilos con la aclaración.

Como fin, he de decir que, según lo que hemos dicho, la correcta formulación de la arenga sería:

“¡Santiago y cierra, España!”

Hemos de poner coma tras “cierra” y ante “España” pues, según lo que hemos explicado, se sigue que esta última es un vocativo. El rey o caballero ordena, pide, exhorta a
España que cierre, que embista, que ataque. El quitar la coma supone utilizar el significado viciado y falso que muchos creen que hace de España objeto directo de la oración, cerrándola… ¡no, hombre, no!. Es curioso comprobar como el Diccionario de uso del español de María Moliner no solo recoge la expresión sin coma, sino que erradica de la definición de “cerrar” el sentido original que tenía en la arenga tratada. Al menos es coherente.

La vida moderna es dura. Pero a algunos les afecta más que a otros. Insisto en que la explicación del origen y significado real de esta expresión puede no haber dejado tranquilos a los amigos de toooooodas las “civilizaciones” –respeten o no los derechos humanos-. Para estos, un ataque –físico entonces, verbal, por ejemplo, ahora- a alguien distinto a ellos –respete o no los derechos humanos- supone delito mortal. No era mi intención inquietar a nadie, si es que lo he hecho. Al fin y al cabo, esto es sólo un pequeño espacio dedicado a la lengua. Lo siento. Por cierto, en las Navas de Tolosa, finalmente, no sin esfuerzo y por tanto gloria, vencieron los buenos… con perdón.
 


 

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