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El príncipe de Asturias, sus premios y sus vasallos

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160610 - Arturo del Villar (Presidente del colectivo republicano Tercer Milenio)

Se están fallando en estos días los premios Príncipe de Asturias, concedidos anualmente desde 1981 por la Fundación Príncipe de Asturias, con sede en Oviedo, en la calle del General Yagüe, número 2. El inolvidable conquistador de Barcelona tiene una calle en Oviedo, como homenaje de la capital del principado a los crímenes de guerra que cometió. Y en esa calle se ubica la Fundación Príncipe de Asturias, muy oportunamente, porque a él le debe en parte su existencia.

Son ocho los premios que se otorgan, cada uno de ellos dotado con cincuenta mil euros. En total, se gastan cuatrocientos mil euros en este apartado. A esa cantidad hay que añadir los estipendios y dietas a los miembros de los jurados electores de cada premio, que son veinte en cada categoría, es decir, ciento sesenta en total, siempre con demostrado pedigrí monárquico.

El montante de estos desembolsos no se publica. Además, la ceremonia de entrega de los opíparos galardones dura una semana, con diversos actos, en los que predominan los conciertos, lo que suma y sigue costes. Por si fuera poco, presiden la solemne ceremonia en el teatro Campoamor el titular de la Fundación, su esposa, su madre y su séquito, con gastos pagados y obsequios, como es natural. En resumen, calcúlese el millón de euros invertido cada convocatoria en esta parodia de los premios Nobel, con veintinueve años de historia, es decir, de prodigalidad monárquica a expensas de los súbditos.

Todo ello para que los premiados internacionales sepan que la monarquía del 18 de julio, instaurada por el dictadorísimo para continuar su régimen genocida, tiene un heredero. Se enteran los premiados, porque a las agencias internacionales de prensa esta noticia no les interesa. Cuando Juan Carlos de Borbón juró lealtad al dictadorísimo y fidelidad a los llamados Principios del Movimiento Nacional, por los que se regía la última dictadura fascista que perduró en Europa, automáticamente convirtió a su hijo Felipe en heredero del régimen.
 

El príncipe lee el discurso que le escribe habitualmente el secretario de la Fundación, y con ello cumple y cobra. Los premiados y los miembros de los jurados aplauden y cobran. Los medios de comunicación de masas españoles despliegan un celo informativo inusitado sobre este acontecimiento que intenta presentar a la familia real como promotora de las ciencias y las artes por asistir a ese acto.

Y el pueblo supuestamente soberano paga con sus impuestos el derroche de sus dirigentes. Para eso es vasallo del rey y de su presunto heredero. Y el Gobierno que se atreve a llamarse Socialista Obrero incrementa los impuestos, recorta los sueldos de los funcionarios, congela las pensiones, abarata el despido de los empleados, se burla de los cuatro millones y medio de parados que ha generado con su incompetencia, y moviliza a sus fuerzas represoras para que impidan las manifestaciones populares de rechazo de la monarquía.
España sigue siendo diferente, como asegura el eslogan muy exacto inventado por la dictadura.
 


 

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