210610 -Arturo
del Villar -
Las Cortes Constituyentes de la
República declararon al ex-rey huido Alfonso de Borbón
“degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos,
[…] sin que pueda reivindicarlos jamás ni para él ni
para sus sucesores”. Ningún historiador ha puesto nunca
en duda la legalidad y legitimidad de las Cortes
Constituyentes, por lo que sus acuerdos no pueden ser
derogados más que por otras Cortes legales y legítimas.
El 27 de agosto de 1931
acordaron los diputados constituyentes crear una
Comisión de Responsabilidades sobre las intervenciones
de Alfonso de Borbón respecto a la guerra de Marruecos,
la política social en Cataluña, el golpe de Estado del
13 de septiembre de 1923, las actuaciones de la dictadura
militar, y el proceso de Jaca concluido con la ejecución
de los condenados en consejo de guerra sumarísimo.
La Comisión presentó el
12 de noviembre un acta de acusación contra el ex-rey
huido. El dictamen fue redactado por Ángel Galarza,
director general de Seguridad, y Eduardo Ortega y Gasset,
y en él se le acusaba de reforzar su poder personal en
el Ejército mediante la distribución de cargos y
recompensas, de obligar al general Silvestre a ejecutar
las operaciones conducentes del desastre de Annual, de
organizar el golpe de Estado de 1923 para impedir al
Congreso el examen del expediente Picasso acerca de lo
sucedido en Marruecos, de perjurar la Constitución, y de
haberse convertido por ello en el jefe de una facción.
Un voto particular de los diputados Royo Villanova y
Centeno proponía que el ex-rey no fuera acusado de
cometer un delito de lesa majestad, sino de alta
traición.
Se discutió el acta
acusatoria en una sesión comenzada a las 23,15 de la
noche del jueves 19 de noviembre, presidida por Julián
Besteiro. Acudió tanto público que no cabía en las
tribunas de invitados. Abierta la sesión, leyó el acta
de acusación el primer secretario del Congreso,
Juan–Simeón Vidarte.
Le fue concedida la palabra en primer lugar al defensor
del ex-rey huido, Álvaro de Figueroa, ex-conde de
Romanones, antiguo jefe del Gobierno y ministro en
varias ocasiones durante la monarquía entonces juzgada.
Su discurso provocó risas a menudo, como cuando afirmó
que no se puede juzgar a un ausente, y algunas voces
gritaron “¡Pues que venga!”.
Por la Comisión habló
Ángel Galarza. Calificó de ficción toda la vida política
del ex-rey, y demostró que estaba probada su
responsabilidad en los delitos de los que se le acusaba.
Le siguió en el uso de la palabra el antiguo servidor de
la monarquía Ángel Ossorio y Gallardo, ferviente
católico romano que se definía como “monárquico sin
rey”. Recomendó que no se votase el acta, para evitar
que, en su opinión, el Congreso quedara más dañado que
el ex-rey.
Después intervino por la Comisión el diputado González
López, quien manifestó que sólo veía en el ex-rey a un
delincuente, con una vida entera punible, y añadió que
debían tomarse medidas de seguridad para evitar que
volviera a España.
Los diputados Royo
Villanova y Centeno defendieron su voto particular, y
seguidamente habló José María Gil Robles, en trance de
implantar en España las ideas y las formas del fascismo
italiano, para explicar que el jefe del Estado es
irresponsable en los actos refrendados por un ministro,
y en consecuencia resulta imposible acusarle, pero su
argumento fue desechado.
El primer jefe del Gobierno provisional de la República,
Niceto Alcalá-Zamora, pidió la palabra para responder a
varias acusaciones lanzadas en el debate, sobre el hecho
de haber permitido la fuga del ex-rey aquella noche del
14 de abril. Se declaró único responsable de facilitar
su fuga, porque deseaba evitar una tragedia sangrienta
que manchara las primeras glorias de la República, si el
pueblo se vengaba de los agravios padecidos durante la
monarquía.
Replicó Manuel Azaña, en ese momento jefe del Gobierno
provisional, que todo el comité revolucionario había
acordado solidariamente permitir la huida del ex-rey,
aunque reconoció que el pueblo español se comportó
aquella noche con gran dignidad, para “no ofender con la
sangre vertida inútilmente la gloria de la Revolución”.
Añadió que el ex-rey era culpable sin duda de los
delitos de que se le acusaba, y que en su opinión “esta
noche, con esta votación, se realiza la segunda
proclamación de la República en España”, palabras
acogidas con entusiasmo por los presentes.
Se procedió a la lectura por Vidarte de la redacción del
dictamen en su nueva redacción, que fue aprobado por
aclamación, entre aplausos y vivas a la República,
levantándose aquella histórica sesión a las cuatro menos
cuarto de la mañana del viernes 20 de noviembre de 1931.
El dictamen dice así:
Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta
traición, como fórmula jurídica que resume todos los
delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España,
quien, ejercitando los poderes de su magistratura contra
la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal
violación del orden jurídico de su país, y, en su
consecuencia, el Tribunal soberano de la Nación declara
solemnemente fuera de la Ley a D. Alfonso de Borbón y
Habsburgo-Lorena. Privado de la paz jurídica, cualquier
ciudadano español podrá aprehender su persona si
penetrase en territorio nacional.
Don Alfonso de Borbón será degradado de todas sus
dignidades, derechos y títulos, que no podrá ostentar
legalmente ni dentro ni fuera de España, de los cuales
el pueblo español, por boca de sus representantes
elegidos para votar las nuevas normas del Estado
español, le declara decaído, sin que pueda
reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores.
De todos los bienes, derechos y acciones de su propiedad
que se encuentren en el territorio nacional se
incautará, en su beneficio, el Estado, que dispondrá el
uso conveniente que deba darles.
Esta sentencia, que aprueban las Cortes soberanas
Constituyentes, después de publicada por el Gobierno de
la República, será impresa y fijada en todos los
Ayuntamientos de España, y comunicada a los
representantes diplomáticos de todos los países, así
como a la Sociedad de las Naciones.
La sentencia no ha sido legalmente derogada, porque es
inaceptable un decreto de anulación firmado el 15 de
diciembre de 1938 por un ex-general rebelde convertido
en dictadorísimo por sus cómplices en la traición al
Ejército, a la República y a la patria. En consecuencia,
los sucesores de Alfonso de Borbón están incapacitados
legítimamente para reivindicar ningún título de la
monarquía instaurada en 1874 en Sagunto, a consecuencia
de la rebelión de otro general traidor a sus juramentos.
ARTURO DEL VILLAR ES PRESIDENTE DEL COLECTIVO
REPUBLICANO TERCER MILENIO
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