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141110 - Fernando Suazo - Hay mucho que hablar del perdón, y no sólo ahora que el gobierno de  Estados Unidos acaba de hacer ante las cámaras un quiebre de cadera inesperado, disculpándose ágilmente en el intento de adelantarse a la repugnante noticia: el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos en la administración de Harry S. Truman (1945-1953) contagió enfermedades venéreas a 1.500 ciudadanos guatemaltecos: niños escolares, mujeres prostitutas, reclusos, soldados y enfermos mentales, con el fin de aplicar más tarde, ya sin riesgos, tratamientos de penicilina a la población blanca norteamericana.

(Los médicos gringos decían a sus cobayas humanas que no se curaban porque tenían mala sangre; expresión muy común en las élites guatemaltecas de aquella época para justificar el racismo, la explotación y los tratos degradantes contra la población indígena). A este reconocimiento de la ofensa por parte del gobierno USA lo ha llamado hidalguía el presidente Colom.

Pero, más allá de esa jerga diplomática, hay mucho que hablar del perdón. Para empezar, quién, cuándo, por qué y a quién pide el perdón. En el caso de
Estados Unidos, lo pide el presidente Barack Obama, interesado en que su imperio no siga perdiendo puntos ante esta América Latina cada vez más empoderada; lo pide sesenta y dos años después y por algunos hechos pasados que, por accidente, estaban saliendo a luz pública, pero no por otros muchos, incontables, de aquel tiempo y de ahora mismo, que permanecen ocultos; lo pide a una Guatemala degradada y prostituida por oligarcas y políticos (Nada cuesta imaginar que los jefes de USA calcularon, antes de disculparse, cuán poco podría salpicarles la ira de los guatemaltecos ofendidos).

Aquí, como en todo, conviene atender a lo que se calla, más que a lo que se dice: es interminable la lista de atropellos y crímenes protagonizados por el imperio en este su patio trasero: los contras de Nicaragua, los escuadrones de la muerte y el genocidio guatemalteco, el mayor del continente, la inoculación del dengue, primero en Cuba (a finales de 1980) y después en
Nicaragua; esto, además de decenas de intervenciones violentas en casi todos los países africanos, latinoamericanos, musulmanes; genocidios, como los de Hiroshima y Nagasaki (cuando Japón ya estaba prácticamente rendido), o el actual y cobarde apoyo al artificial estado de Israel, racista y genocida contra los palestinos y otros países árabes… Aunque USA ha presentado disculpas diplomáticas por alguno de estos crímenes (por ejemplo el presidente Clinton por la operación “Éxito” que derrocó a nuestro Árbenz, o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y tal vez alguno más), la lista de los perdones que USA debe al mundo bien podría llenar un museo destinado a las perversiones imperiales.

Las potencias, y en general los dominadores, confunden el perdón con la diplomacia y lo reducen a un mero cálculo de riesgos y ventajas. Y puede suceder que, en ocasiones, sea preferible hacer el amago de ofrecer las posaderas –como dicen que hacen los animales vencidos frente a su vencedor- antes que sufrir un revolcón internacional. Pero eso no tiene nada que ver con la condición ética de ese acto, uno de los más exquisitos del ser humano. El perdón humano no se ventila ante el tablero de los intereses de poder, sino en la capacidad humana de optar por cambios radicales de conducta; su calidad se muestra en el compromiso de resarcir por los daños, en aceptar la justicia, en la voluntad de no repetición, y en nuevas, positivas, relaciones de igualdad entre agresores y agredidos. Un perdón de sólo diplomacia y nada de ética es no más un gesto vano y una burla para los agraviados.

En un país como el nuestro, inexorablemente sometido, ni siquiera el perdón diplomático se aplica a los intereses de militares y oligarcas genocidas –por supuesto, mucho menos el perdón ético-. Interpreto que, según sus cálculos de riesgo, incluso el perdón diplomático sentaría un trágico precedente si alguno de ellos, traicionando la fidelidad de clan, pidiera disculpas por tanta, tantísima sangre inocente derramada en
Guatemala. ¿Para qué pedir perdón a quienes, por destino histórico, han estado y estarán siempre debajo de sus botas?

Es una cuestión de poder. Por el contrario, cuando el poder vacila, se ablandan las actitudes y se piden las disculpas. Recuerdo que, al comenzar las exhumaciones de cementerios clandestinos en un pueblo maya del altiplano, algunos sanguinarios ex patrulleros, otrora prepotentes a la sombra de un ejército que ahora les abandonaba, se asustaron. Un día llegaron en comisión a ofrecer negociaciones a un líder de las víctimas, vinculado a organizaciones de derechos humanos: darían dinero a las víctimas de su aldea, con tal de que no siguieran adelante con sus denuncias.

Pero la tónica es que en nuestro país, inexorablemente sometido, el perdón es tarea que sólo compete a los de abajo: que las víctimas olviden y perdonen para hacer posible la paz firme y duradera; que la gente traumatizada perdone para atraer la calma a sus corazones; que los creyentes perdonen para agradar a los dioses católicos o evangélicos; que los oprimidos y excluidos dejen la confrontación… Hay que perdonar, nos dicen los amos del país, los políticos, los funcionarios del Estado, los curas y los pastores.

Pero pocos dicen: es imprescriptible que nos pidan perdón, que los agresores en todos los grados de la escala social (ricos, ladinos, autoridades indígenas, hombres, adultos, etc.) practiquemos la sabiduría de pedir perdón. Que suene esa palabra en este país triste y ofendido. Necesitamos escucharla sobre todo de los que se apoderaron de las tierras y las gentes. Una voz que jamás ha sonado en nuestros parajes, la que reclaman hasta las piedras. Por ejemplo: yo, militar del Ejército guatemalteco, yo, miembro de las rancias familias de la oligarquía, me dirijo a ustedes, paisanos guatemaltecos, para pedirles perdón y estoy decidido a cambiar, cueste lo que cueste, mis actitudes hacia ustedes.

¡Dulces, extrañas, insólitas palabras…!

Si se escucharan esas palabras algún día en
Guatemala, estoy seguro, silbarían canciones los vientos de los Cuchumatanes, se estremecerían hasta las lágrimas los bosques lluviosos de la Verapaz, suspirarían como adolescentes las flores de Guatemala y aplaudirían aguaceros contra los sombreros verdes de las milpas. Ese día la memoria de cientos de miles de guatemaltecos mayas y mestizos pobres rompería aguas y comenzaría a parir el futuro.

 


 

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