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Si las naciones involucradas
quieren ayudar honestamente a Haití, deben dejar de manipularla
y explotarla... Todo lo demás son palabras vacías, mentira y
escarnio...
140110 -
Pete Hallward
- Nuestro papel en el trance haitiano: Si verdaderamente
queremos ayudar a este país devastado, debemos cesar los
intentos de controlarlo y explotarlo
Cualquier gran ciudad del mundo habría sufrido daños
considerables por un terremoto como el que asoló la capital
haitiana en la tarde del martes, pero no es ningún accidente que
buena parte de la ciudad de Puerto Príncipe parezca ahora una
zona de guerra. Gran parte de la devastación causada por la más
reciente y desastrosa calamidad que ha golpeado a Haití se
comprende mejor como el resultado de una larga e infame
secuencia de acontecimientos históricos causados por el hombre.
El país ya ha tenido que enfrentar más catástrofes de las que en
justicia le corresponden. Cientos de personas perecieron en
Puerto Príncipe por un terremoto en junio de 1770, y el
gigantesco terremoto del 7 de mayo de 1842 pudo matar a 10.000
personas solamente en la ciudad norteña de Cabo Haitiano. Los
huracanes golpean a la isla con regularidad, los más recientes
en 2004 y 2008; las tormentas del año 2008 inundaron la ciudad
de Gonaives y destruyeron la mayor parte de su frágil
infraestructura, matando a más de mil personas y destruyendo
varios miles de viviendas. La extensión del actual desastre
puede que no se conozca hasta dentro de varias semanas. Incluso
reparaciones mínimas pueden tardar años en completarse, y el
impacto a largo plazo es incalculable.
Sin embargo, lo que ya está bastante claro es que ese impacto
será el resultado de un proceso histórico aún más largo de
debilitamiento y empobrecimiento deliberado. Haití se suele
describir rutinariamente como “el país más pobre del hemisferio
occidental”. Esa pobreza es el legado directo del que tal vez
haya sido el sistema de explotación colonial más brutal de la
historia, agravado por decenios de sistemática opresión
poscolonial.
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Infografía de Ria Novosti
horas después de los terremotos y con las primeras
estimaciones |
La noble “comunidad internacional” que en estos momentos se
prepara con gran estruendo para enviar su “ayuda humanitaria” a
Haití es en gran parte responsable de la extensión del
sufrimiento que ahora quiere aliviar. Desde la invasión y
ocupación norteamericana de 1925, cada tentativa política seria
de permitir que el pueblo haitiano pudiera pasar (en la frase
del anterior presidente Aristide) “de la miseria absoluta a la
pobreza digna”, ha sido bloqueado deliberada y violentamente por
el gobierno de EEUU y algunos de sus aliados.
El propio gobierno de Aristide (elegido aproximadamente por el
75% del electorado) fue la última víctima de esa injerencia al
ser derrocado en 2004 por un golpe patrocinado
internacionalmente en el año 2004, que mató a varios miles de
personas y dejó gran parte del país hundida en resentimiento.
Las ONU ha mantenido en el país desde entonces una enorme y muy
onerosa fuerza militar de pacificación.
Haití es hoy un país donde, según el mejor estudio disponible,
cerca de 75% de la población “vive con menos de 2 dólares al
día, y el 56% -cuatro millones y medio de personas– vive con
menos de 1 dólar diario”. Decenios de “ajuste” neoliberal e
intervención neoimperial han despojado al país de cualquier
porción significativa de capacidad para invertir en su pueblo o
regular su economía. Condiciones punitivas de comercio y
financiación internacional garantizan la permanencia, en un
futuro previsible, de esa indigencia e impotencia como hechos
estructurales de la vida haitiana.
Es exactamente esa pobreza e impotencia lo que explica la
extensión del actual horror en Puerto Príncipe. Desde los
últimos años de la década de los 70, un implacable asalto
neoliberal a la economía agraria de Haití ha obligado a decenas
de miles de pequeños agricultores a trasladarse a viviendas
informales y deficientes, a menudo encaramadas en las faldas de
barrancos deforestados. La selección de la gente que vive en
tales lugares no es en si misma más “natural” o accidental que
la extensión de las heridas que ha sufrido.
Como indica Brian Concannon, director del Instituto por la
Justicia y Democracia en Haití, “esa gente llegó a esos lugares
porque ellos o sus padres fueron expulsados intencionadamente de
las áreas rurales por políticas de ayuda y de comercio diseñadas
específicamente con la intención de crear en las ciudades una
fuerza de trabajo cautiva, y por lo tanto fácil de explotar; por
definición se trata de gente que no cuenta con los medios para
construir casas resistentes a los terremotos”. Entretanto, la
infraestructura básica de la ciudad –agua corriente,
electricidad, carreteras, etc– permanece deplorablemente
inadecuada, a menudo inexistente. La capacidad del gobierno para
movilizar cualquier tipo de ayuda contra catástrofes es
prácticamente nula.
La comunidad internacional ha gobernado efectivamente Haití
desde el golpe de 2004. Los mismos países que ahora alardean con
el envío de ayuda de emergencia a Haití han votado sin embargo
consistentemente, durante los últimos 5 años, contra cualquier
extensión del mandato de la misión de la ONU más allá de sus
objetivos estrictamente militares. Propuestas para desviar parte
de de estas “inversiones” hacia programas para la reducción de
la pobreza o el desarrollo agrario se han bloqueado, en
consonancia con las pautas de largo plazo que siguen
caracterizando la “ayuda” internacional.
Las mismas tormentas que mataron a tanta gente en 2008 golpearon
a Cuba con la misma fuerza, pero aquí dejaron solamente 4
muertos. Cuba ha eludido los peores efectos de las “reforma”
neoliberales y su gobierno conserva la capacidad de defender a
su pueblo contra los desastres naturales. Si queremos seriamente
ayudar a Haití a salir de su última crisis, deberíamos tomar en
consideración esos resultados. Juntamente con el envío de ayuda
de emergencia, deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para
favorecer el fortalecimiento de la autodeterminación del pueblo
de Haití y sus instituciones públicas. Si queremos en serio
ayudar, tenemos que dejar de intentar controlar el gobierno
haitiano, pacificar a sus ciudadanos, y explotar su economía. Y
luego tendremos que empezar a pagar al menos una parte del
destrozo que ya hemos causado -
The
Guardian -
Traducido para Rebelión por José Luis
Vivas
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