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Haití, un país sin perdón, clama frente a nosotros
170110 - Maurice
Lemoine - «A la muerte le gustan
los pobres», decía Le Monde diplomatique en febrero de 2005 tras
el tsunami que acababa de golpear a Indonesia, las costas de Sri
Lanka, el sur de la India y Tailandia (1).
Es muy pronto para hacer balance del terremoto de 7 grados en la
escala Ritcher que ha arrasado el país más pobre de América
Latina,
Haití,
el 12 de enero. Pero se puede temer lo peor. Ahora se trata,
urgentemente, de buscar y rescatar a las víctimas, llevar
asistencia sanitaria a los supervivientes, habilitar refugios,
proporcionar alimentos y agua y evitar las epidemias. La
solidaridad internacional y la ayuda humanitaria de todos, de la
ONU a Estados Unidos pasando
por la
Unión Europea -especialmente
Francia, que no puede desentenderse de su deuda histórica
con la isla- o América Latina, se moviliza según (o no) sus
posibilidades.
Otra vez el seísmo golpea una región del globo poco respetada
por los fenómenos naturales. En 2008,
Haití
ya sufrió el infierno de cuatro huracanes tropicales –Ike, Anna,
Gustav y Fay. No se pueden comparar con este terremoto,
obviamente tan imprevisible como imprevisto, difícil de
anticipar. Sin embargo, surge la primera pregunta: ¿Por qué
durante esos huracanes, que las arrasan de la misma forma (con
consecuencias económicas desastrosas), en Haití hubo que
lamentar setecientas noventa y tres muertes y «sólo» cuatro en
Cuba? Como un efecto de lupa, las
catástrofes ponen de manifiesto el estado «real» de las
sociedades.
Una vez pasado el choque inicial y la conmoción, los gobiernos,
ONG, instituciones internacionales y medios de comunicación se
dedicarán, todos a una, al tema de la «reconstrucción». Si es
que se puede emplear el término «reconstruir» en un país que
carece de todo.
Pero, ¿de qué reconstrucción hablarán? Después del huracán Micht,
que en octubre y noviembre de 1998 se cobró casi diez mil vidas
y cientos de miles de damnificados en América central, los
movimientos sociales avanzaron la idea de vincularla a un nuevo
tipo de desarrollo destinado a reducir la vulnerabilidad social.
El tiempo se ha encargado de demostrar que desde entonces no se
ha hecho nada en ese sentido. El único intento, emprendido mucho
después por el presidente hondureño
Manuel Zelaya, acabó por el
golpe de Estado del 28 de junio de 2009…
A una clase política haitiana amenazada por el espectro de la
autodestrucción, y que no está exenta de responsabilidad en el
estado calamitoso del país, ¿quién le va a leer la cartilla?
¿Las instituciones financieras internacionales que han demorado
el proceso de anulación de la deuda a pesar de los problemas a
los que ya se enfrenta la población? ¿Washington, el Banco
Mundial, el
Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Interamericano
de Desarrollo, etcétera? ¿Los países denominados «amigos» que
cínicamente han empujado al descenso a los infiernos a la
sociedad haitiana?
Desde 1984, el FMI obligó a Puerto Príncipe a liberalizar su
mercado. Los escasos y últimos servicios públicos se
privatizaron negando el acceso a ellos a los más necesitados. En
1970, Haití producía el 90% de los alimentos que consumía,
actualmente importa el 55%. El arroz estadounidense
subvencionado ha matado la producción local. En agosto y
septiembre de 2008, el estallido de los precios alimentarios
mundiales hizo que aumentaran su precio el 50%, lo que dio
origen a los «motines del hambre».
Un cataclismo natural se puede imputar a la fatalidad. El
vergonzoso e insoportable empobrecimiento de las poblaciones
urbanas y rurales de Haití, no.
(1) Ver «Tsunamis, cyclones, inondations, des
catastrophes si peu naturelles...» -
Le
Monde Diplomatique -
Traducido para
Rebelión por Caty R.
170110 -
Haití, un país sin perdón, clama frente a nosotros
- Chris Floy - Empire Burlesque
I
La ruina política y económica de Haití, implacablemente
mantenida y deliberadamente infligida, tiene mucho que ver con
la avalancha de muerte y devastación que el país sufre ahora
tras el terremoto. También va a imposibilitar enormemente
cualquier posible recuperación de este desastre natural. Como se
detalla a continuación, las rapaces políticas económicas de
Washington han destruido todos los intentos de construir una
economía sostenible en Haití, ahuyentando a la gente de la
tierra y de las comunidades pequeñas hacia las atestadas,
peligrosas e insalubres villas miseria, donde intentan mantener
a duras penas una mísera existencia trabajando en las fábricas
de trabajo esclavista propiedad de las elites occidentales y de
sus compinches locales. Todos los intentos de cambiar una
sociedad manifiestamente injusta han sido aplastados sin piedad
por la mano directa o colateral de las elites occidentales.
¿El resultado? Millones de personas –debilitadas por el hambre,
las privaciones, la desnutrición, la enfermedad- viviendo
apiñadas en infraviviendas. El país carece de la necesaria
infraestructura civil, financiera y física para poder llevar una
vida decente en situación de normalidad, para proporcionar una
asistencia adecuada y un marco firme de reconstrucción cuando
los desastres sobrevienen. Incluso un terremoto mucho más suave
que el que golpeó Haití esta semana habría creado una situación
desmesurada de sufrimiento innecesario en una nación que ha sido
tan despiadada y deliberadamente estrangulada como ésta.
Con el huracán Katrina vimos cuán cruel e injustamente
reaccionaron las elites estadounidenses ante la destrucción de
una de sus propias ciudades. Políticamente bien conectados, los
millonarios de Mississipi consiguieron una pronta y copiosa
asistencia, mientras que muchos nativos de Nueva Orleáns aún
siguen convertidos en refugiados, dispersos por todo el país
tras las inundaciones. Y esto en una nación en la que las
infraestructuras –aunque en veloz proceso de degradación a causa
de la corrupción, la avaricia y militarismo- son aún fuertes.
¿Qué esperanza puede entonces tener Haití?
Sí, ahora se producirá una inmediata y gran afluencia de ayuda,
como siempre que sucede algún desastre espectacular. Desde luego
que esto es loable y yo animo a cualquiera que quiera contribuir
con todo lo que pueda a esos esfuerzos. Pero a menos que haya un
cambio radical en la política estadounidense, a menos que se
ponga fin definitivamente a la maldición lanzada sobre Haití –no
por Dios, ni por el diablo, sino por los duros corazones de las
elites que perpetúan fielmente las crueles tradiciones de sus
predecesores-, entonces todo este flujo de solidaridad y
atención pronto dará paso de nuevo, como siempre ha pasado, al
cruel desprecio, a la brutal represión y a la explotación
inhumana.
El relato de esas crueles tradiciones –y la “continuidad” con
las mismas que Obama ha demostrado ya- no augura precisamente
tal cambio. Pero como ese hombre sabio, Edsel Floyd, dice
siempre, vivimos en la esperanza y morimos en el desespero. Y
esa esperanza es un valor que debemos conservar en la cartera de
Haití y seguir trabajando por ella.
Al mismo tiempo, la esperanza no puede cegarnos; es preciso
conocer la dura realidad para saber cómo poder cambiarla. Por
eso, echemos una extensa y firme ojeada.
II
Pocas horas después de que se produjera el terremoto, el
tele-evangelista Pat Roberson ya estaba en el aire declamando
ante sus millones de televidentes que la razón de que Haití
hubiera sido golpeada por ese desastre –y lleva ya doscientos
años sufriendo intensamente- se debe a que los “¡haitianos
hicieron un pacto con el diablo!” para ganar su libertad de sus
soberanos coloniales franceses a principios de 1800.
Y mientras nos llegan tales vomitivas manifestaciones de ese
seboso, políticamente bien conectado y virulentamente extremista
mullah (que una vez fue adecuadamente descrito como “mimado
dictador, mercader de diamantes sangrientos, anti-judío y
shiller batido”, esta vez puede encontrarse una pequeña mota de
verdad en la masa salpicada de vómitos de Robertson. Los
haitianos llevan en efecto doscientos años malditos, y sí, la
maldición se retrotrae hasta su liberación. Pero pese a
Robertson, el origen de esa maldición no es metafísico. Como
señalé en un artículo escrito en 2004:
Hace exactamente doscientos años, los esclavos haitianos
derrocaron a sus amos franceses, la primera revolución
esclavista nacional con éxito en la historia. Lo que Espartaco
soñó lograr, los esclavos haitianos lo consiguieron. Fue un
logro enorme, y el Occidente blanco no se lo ha perdonado nunca.
Para ganarse el reconocimiento internacional, el nuevo país,
Haití, se vio obligado a pagar “reparaciones” a los dueños de
los esclavos, una aplastante carga de deuda que todavía estaba
pagando a finales del siglo XIX. Estados Unidos, que se negó a
reconocer al país durante más de sesenta años, invadió Haití en
1915, fundamentalmente para abrirlo a “la propiedad extranjera
de los asuntos locales”. Después de diecinueve años de
ocupación, los estadounidenses respaldaron una serie de
sangrientas dictaduras para proteger a esos “propietarios
extranjeros”. Y eso mismo siguen haciendo.
Así es, en efecto. El artículo de 2004 detallaba el largo y
último aplastamiento bipartidista contra Haiti, que culminó en
un golpe orquestado por la Administración Bush, la segunda vez
en la que un presidente de EEUU llamado George Bush derrocaba
del poder al democráticamente elegido Presidente haitiano Jean-Bertrand
Aristide. Merece la pena repetir ahora ese relato:
Aunque quiso representarse el golpe de estado de Haití como un
levantamiento irreprimible del descontento popular, fue desde
luego el resultado de años de duro trabajo de los dedicados
corruptores de la democracia de Bush, como informa William
Bowles en Information Clearinghouse. Los hombres del saco de
Bush financiaron la oposición política al Presidente Jean-Bertrand
Aristide enviando armas de contrabando a los señores de la
guerra haitianos exiliados y estrangulando al país de forma
inmisericorde, cortando la ayuda estructural y financiera
largamente prometida a una de las naciones más pobres de la
tierra haciendo que los precios de los alimentos se dispararan,
el desempleo subiera al 70% y el desbaratado gobierno perdiera
el control de la sociedad ante las bandas armadas de criminales,
de fanáticos y de meros desesperados. Mientras tanto, Haití se
vio obligada a pagar dos millones de dólares al mes de las
deudas acumuladas por las sangrientas dictaduras (apoyadas por
EEUU) que habían gobernado la isla desde que el ejército
estadounidense la ocupó de 1915 a 1934.
La ostensible razón del letal aplastamiento perpetrado por Bush
fueron las disputadas elecciones celebradas en Haití en 2000.
Esas votaciones, que fueron tan sólo las terceras elecciones
libres de la nación en 200 años, se vieron deslucidas por
informes de irregularidades, aunque no fueran ni por asomo
parecidas ni tan mayúsculas como las bien documentadas
barrabasadas que vieron como en EEUU se nombraba ese mismo año
presidente al segundo aspirante para la Casa Blanca. No había
duda de que Aristide y su partido habían recibido una abrumadora
mayoría de votos legítimos; sin embargo, de los 7.500 colegios
electorales examinados, los observadores electorales encontraron
que parecían poco fiables los resultados en siete de los escaños
al senado.
¿Qué fue lo que ocurrió? Que los siete senadores disputados
dimitieron. Se convocaron nuevas elecciones para esos escaños,
pero la oposición –dos facciones elitistas financiadas por las
maquinarias subversivas favoritas de Washington, el orwelliano
“National Endowment for Democracy” y el “International
Republican Institute”- se negaron a participar. El gobierno
fracasó porque no se pudo convocar la legislatura. Cuando entró
Bush, se dedicó a apretar aún más las tuercas del bloqueo
internacional sobre la isla, insistiendo en que no liberaría los
500 millones de dólares de ayuda que desesperadamente necesitaba
hasta que la oposición participara en nuevas elecciones,
mientras que a la vez pagaban a la oposición para que no
participase.
El objetivo final de este brutal galimatías fue machacar aún más
al destituido pueblo de Haiti y destrozar la capacidad de
Arístide para gobernar. Su crimen real, desde luego, no fueron
los disparates de una elección estilo Florida ni la supuesta
“tiranía”… No, Aristide hizo algo peor que rellenar papeletas o
matar a la gente, había intentado elevar el salario mínimo a la
principesca suma de dos dólares al día. Esto desató la
indignación de las corporaciones estadounidenses –y de sus
lacayos locales- que durante generaciones habían utilizado Haití
como una charca de mano de obra barata consiguiendo beneficios
por las nubes. Fue el colmo para las facciones elitistas, una de
las cuales está actualmente dirigida por un ciudadano
estadounidense, designado en su día por Reagan-Bush, el magnate
de la industria Andy Apaid.
Andy Apaid fue el hombre clave de la rapaz “reforma de mercado”
de Reagan-Bush puesta en práctica en Haití. Desde luego,
“reforma”, en la degradada jerga de los tiburones, significa
someter hasta los propios medios de subsistencia y supervivencia
al expolio de los intereses de las poderosas corporaciones. Por
ejemplo, el plan Reagan-Bush obligó a Haití a levantar las
tarifas de importación sobre el arroz, que había sido siempre un
producto básico de cultivo local. Después, inundaron Haiti con
el arroz estadounidense fuertemente subvencionado, destruyendo
el mercado local y dejando sin trabajo a miles de campesinos
autosuficientes. Con un mercado ya cautivo, las compañías
estadounidenses aumentaron sus precios, extendiendo la ruina y
el hambre por toda la sociedad haitiana. Los campesinos sin
empleo proporcionaron nueva carne de cañón a las fábricas de
Apaid y sus compinches. Reagan y Bush contribuyeron por su parte
aboliendo los impuestos a las corporaciones estadounidenses que
montaran fábricas de trabajo esclavista. El resultado fue una
precipitada caída de los salarios y de la esperanza de vida. La
primera elección de Arístide en 1990 amenazó esos cómodos
acuerdos, por eso fue debidamente expulsado mediante un golpe
militar, con la no tan tácita connivencia de Bush I.
Pero, como decíamos, la ronda más reciente de castigo para Haití
fue mediante un asunto profundamente bipartidista:
Bill Clinton restauró en el poder a Arístide en 1994, pero sólo
tras haberle forzado a aceptar las “reformas de mercado”. En
realidad, fue Clinton, el compinche de las corporaciones, quien
instigó el embargo a la ayuda tras las elecciones que Bush II
utilizó con efectos tan devastadores. El fallo principal de
Arístide como dirigente fue su intento de cumplir las exigencias
de ese chantaje bipartidista. Como en cualquier otra nación que
cae bajo la égida del FMI, la ya frágil economía haitiana se
vino abajo. Pero los provisores de fondos de la familia Bush,
como Apaid, empujaron al país al caos total, convirtiéndolo en
presa fácil de los señores de la guerra a quienes los operativos
de Bush –muchos de ellos veteranos del Irán-Contra-, les
suministraron armas a través de la República Dominicana, informa
el Boston Globe…
Cuando Arístide llegó a un acuerdo, auspiciado por los
dirigentes del Caribe, que le hizo finalmente ceder poder ante
la oposición financiada por Bush pero al menos preservar el
carácter de la democracia haitiana, Apaid y sus compinches
rechazaron la oferta, con las bendiciones de sus pagadores en
Washington, que de repente proclamaron que no tenían influencia
sobre sus recalcitrantes peones de alquiler…
Y los pistoleros estadounidenses dijeron a Arístide que si no
dimitía, le dejarían morir a manos de los rebeldes. Lo que
ocurrió después fue que le metieron a empujones en un avión que
esperaba y le lanzaron en medio de África. En cuestión de horas,
los terroristas apoyados por Bush desfilaban abiertamente por
Puerto Príncipe, ejecutando a los seguidores de Arístide.
Imaginen, ya nadie más iba a pedir ahora dos dólares al día,
¿eh? ¡Misión cumplida!
III
Desde luego, todo eso sucedió en los malos viejos tiempos, antes
de que Barack Obama nos introdujera en una nueva era
“post-racial”. Seguramente, este hombre visionario y compasivo,
él mismo descendiente de África, pondría ya fin al castigo
contra Haití por haberse levantado contra sus amos blancos.
Pero no parece ser así. Como señalé aquí el año pasado, en “Cry,
the Unforgiven Country”:
Obama y su “superstar”, la secretaria de Estado Hillary Clinton
están defendiendo firmemente la reciente, atroz y brutal farsa
con que Washington y Occidente han obsequiado a los engreídos
nativos de Haití.
Las elecciones al Senado celebradas este mes por el gobierno
impuesto a Haití tras el golpe de Estado de 2004 apoyado por
EEUU… consiguieron una cifra de votantes de menos del 10% de los
ciudadanos con derecho a voto: un resultado que supone una burla
para cualquier noción de democracia popular y legítima. Pero eso
no se debe a que los haitianos sean tan perezosos y
desinteresados que ni se molestan en ir a votar. Ni tampoco a
que se sientan tan satisfechos con la benevolente y paternal
atención de sus amos nombrados por EEUU, que consideran que no
es necesario permitir que estúpidos desarrollos electorales
lleguen a incomodar su bucólica vida.
No, la tasa del 90% de rechazo a votar fue en realidad una
acción de protesta masiva, impulsada sobre todo por el hecho de
que el gobierno apoyado por EEUU no iba a permitir que el
partido más popular –el partido del gobierno derrocado por el
golpe de Estado de 2004- presentara su lista de candidatos a las
elecciones. Por las buenas o por las malas, a golpe de
burocracia, los supervisores de las elecciones haitianas
prohibieron que la lista de Fanmi Lavalas se volviera a
presentar en febrero. Desde ese momento, las elecciones de abril
se convirtieron en letra muerta, una farsa sin sentido, otra
nueva broma cruel que le jugaron al pueblo de Haití.
¿Y cómo respondieron los inteligentes progresistas de la nueva
administración estadounidense? John Caruso nos lo cuenta:
CLINTON: “EEUU quitó en 1995 una dictadura militar, limpiando el
camino para la democracia. Y después de varios años de disputas
políticas, normales en cualquier país que pase por una
transición, Haití empezó a ver progreso. Y las elecciones
nacionales y presidenciales de 2006 hicieron avanzar realmente a
Haití hacia la democracia. Lo que el presidente y el primer
ministro están persiguiendo es mantener un fuerte compromiso con
el gobierno democrático que dará un nuevo paso adelante con las
elecciones para el senado del domingo”.
Traduciendo el vulgar dialecto clintoniano: 1) las “disputas
políticas” se refieren a la abrumadoramente popular presidencia
de Jean Bertrand Aristide, que EEUU, y su quinta columna en
Haití, “disputaron” (y socavaron continuamente); 2) Haití
“empezó a ver progreso” gracias al golpe contra Aristide en 2004
apoyado por EEUU; y 3) las elecciones de 2006 que “hicieron
avanzar realmente a Haití hacia la democracia” excluyeron tanto
a Aristide como al candidato preferido del FL en su lugar (el
padre Gerard Jean-Juste, encarcelado a partir de acusaciones
inventadas por el gobierno apoyado por EEUU para impedir que se
presentara), que acabaron con el ascenso de René Preval, quien
realmente entendía quién era el jefe y por tanto se merecía una
palmadita de Clinton en la cabeza.
Todo eso nos lleva a las elecciones al senado de hoy, en las
cuales el “fuerte compromiso haitiano/estadounidense con un
gobierno democrático… dará otro paso más” mediante la calculada
supresión de gran parte de los candidatos de la lista…
Por eso, el hecho de que EEUU haya venido durante siglos
impidiendo un proyecto democrático en Haití, sigue plenamente
vigente. Y cualquiera que temiera que nuestro primer presidente
negro pudiera ser menos receptivo a la necesidad de aplastar las
aspiraciones democráticas de la primera nación negra libre en el
hemisferio puede quedarse tranquilo: Obama nunca permitirá que
la raza –ni cualquier otra cosa- le detenga de hacer el trabajo
sucio del imperio.
Es cierto que ese trabajo sucio se pondrá de nuevo en marcha, y
debemos combatirlo, llamar la atención y no permitir que Haití
desaparezca de nuevo bajo la sombra imperial. Pero en estos
momentos, la preocupación más urgente es el sufrimiento humano
en Haití. Por eso, por favor, colabore con los esfuerzos de las
organizaciones que le pongo a continuación: Partners in Health y
Haiti Emergency Relief Fund, o de cualquier otra que Vd.
prefiera -
ChrisFloy
- Traducido del inglés para
Rebelión
por Sinfo Fernández
N. de la T.:
Con fecha 16 de enero, el autor ha añadido la siguiente nota:
Para entender mejor el contexto histórico del sufrimiento de
Haití, puede leerse este magnífico artículo de
Noam Chomsky: “The tragedy of Haiti”
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