|
310110
- Gabriel Belén -
“En el mes de marzo del año 2000 sesenta haitianos se
lanzaron a las aguas del mar Caribe en un barquito de
morondanga. Los sesenta murieron ahogados. Como era una noticia
de rutina nadie se enteró, pero esos sesenta haitianos habían
sido cultivadores de arroz, y los cultivadores de arroz habían
sido en Haití condenados a convertirse en balseros, en mendigos,
desde que el FMI prohibió los subsidios que el Estado
proporcionaba al arroz nacional. El FMI, que es un organismo
bastante distraído, se olvidó de prohibir los subsidios al arroz
que el gobierno de los EEUU otorga a la producción nacional… y
ahora Haití compra su arroz en los EEUU.” -
Eduardo Galeano
Allá por la segunda mitad del siglo XIX el médico estadounidense
Samuel Cartwright llamó “Drapetomanía” a una enfermedad que
azotaba al mundo y amenazaba el perfecto y natural estado de las
cosas. Según su diagnóstico, era un padecimiento que sólo los
esclavos negros sufrían, un desorden mental que les impedía
aceptar su esclavitud y los empujaba a pagar aún con el precio
de la muerte su libertad.
En el año 1804, luego de 35 años de revolución, pagando el
precio de la muerte de una tercera parte de la población, los
esclavos de la antigua colonia francesa lograron romper las
cadenas que los hacían esclavos y alcanzaron su independencia. Y
aunque la mayoría de las enciclopedias omitan este hecho, fue
Haití y no Inglaterra el primer país que abolió la esclavitud en
el mundo. Mientras tanto desde EEUU, donde entendían que no
necesariamente la verdad evidente de que “todos los hombres son
creados iguales” incluía a los negros y por eso la esclavitud
seguía de moda, Thomas Jefferson, presidente y dueño de
esclavos, consecuente con el apoyo financiero que George
Washington había dado a los franceses durante la Revolución
Haitiana, apoyó el intento de recolonización de Napoleón
Bonaparte. Pero el pueblo haitiano volvió a triunfar y
060210 - EEUU instala una
base militar en Haití cuando se sospecha que puede haber
petróleo bajo el suelo de la isla antillana
Los ciudadanos haitianos empiezan a duda del objetivo que
cumplen las tropas militares estadounidenses
Los Estados Unidos de América se han instalado militarmente
en un club social elitista donde la clase alta de Haití,
junto con algunos extranjeros, jugaba al golf antes de que
el terremoto que asoló la isla caribeña destruyera sus
muros.
Durante los primeros días de la ocupación del campo de golf
y sus instalaciones el ejército estadounidense repartió algo
de comida y agua a alguno de los haitianos que ahí se
encontraban, pero ahora según comenta el oficial al mando,
Jeff Zabala, se encuentran protegiendo el campo de golf y
sus instalaciones para impedir que los haitianos se
acerquen.
Mientras tanto se puede ver cada vez una mayor cantidad
maquinaria de guerra.
Son ya 14.000 soldados que el gobierno de Barack Obama ha
enviado a Haití con la justificación de ayudar a su
reconstrucción, pero con acciones como esta los haitianos,
que se empiezan a manifestar por la renuncia de Rene Preval
y la vuelta del presidente Aristide, víctima de un golpe de
estado apoyado por los EEUU en el 2004, comienzan a dudar
del verdadero objetivo por el que las tropas norteamericanas
se encuentran en Haití.
Varios gobiernos del mundo como Cuba, Venezuela, Francia,
Brasil, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y Ecuador entre otros
han protestado formalmente por este despliegue militar.
Este incremento de soldados estadounidenses que no están
ayudando ni a la reconstrucción del país ni a la población
afectada por el terremoto se da cuando el director del Buró
de Minas de Haití, Dieusel Anglade, afirmó que es muy
posible que haya una gran reserva de petróleo debajo de
suelo haitiano -
La Tercera |
EEUU tuvo
que contentarse con adherir al bloqueo económico contra la
revolución que pregonaron las principales potencias imperiales y
negar su reconocimiento a la independencia haitiana. Francia lo
hizo en 1825, los británicos en 1839, pero EEUU tuvo que
meditarlo casi 60 años (1862) para entender la idea de una
república en donde los negros caminaran sin cadenas. Esa
dificultad de entendimiento la expondría claramente el
Secretario de Estados norteamericano, James Madison, en 1805:
“La existencia de un pueblo negro en armas, (…) es un
espectáculo horrible para todas las naciones blancas”.
Una vez meditada y reconocida su independencia, cuando en 1872
barcos de guerra alemanes obligaron a pagar reclamaciones
financieras a Haití, los haitianos pidieron ayuda a EEUU,
aduciendo la Doctrina Monroe, la que decía que EEUU no
permitiría ninguna intromisión de las potencias europeas sobre
territorio americano. Sin embargo el presidente norteamericano
Ulyses Grant hizo oídos sordos.
En 1888 la marina de EEUU decidió bloquear las costas haitianas
para “persuadir” a que sea liberada una nave estadounidense que
había violado sus leyes. En 1891 bloqueó nuevamente esas costas,
esta vez para que el gobierno le permita instalar una base naval
en Molé de Saint – Nicholas. El curriculum diplomático
estadounidense es impactante: entre 1857 y 1900, EEUU intervino
diecinueve veces contra Haití, por motivos que, aún no se sabe
si por algún extraño azar o su “Destino Manifiesto”, siempre
favorecieron los intereses estadounidenses en la isla.
En 1910 desde Washington impusieron un crédito de la Casa Speyer
and Co y del National City Bank, así como el Contrato Mac Donald.
Esto hizo que Haití perdiera su soberanía financiera y que los
grandes pulpos norteamericanos pudieran monopolizar la economía.
Años más tarde, Woodrow Wilson, en un acto de sentimentalismo,
produjo la ocupación militar de la capital de Haití para
“ayudar” a que se resolvieran los conflictos legales en los que
se habían metido los monopolios norteamericanos.
En 1915, luego de presiones económico-políticas por parte de
EEUU, fue derrocado el presidente de Haití Davilmar Tréodore. Su
sucesor, el general Vilbrum Sam, ordenó la masacre de decenas de
presos políticos, quien fue luego ajusticiado en la vía pública.
Esto, y el supuesto plan del Kaiser de invadir Haití, fue un
perfecto pretexto para que Woodrow Wilson se anticipara ante
dichos peligros y otorgara el perfecto remedio: una sangrienta
ocupación militar que duraría dos décadas. Durante la ocupación,
la infantería de Marina estadounidense y sus aliados haitianos
masacraron a la resistencia popular campesina. Para no
aburrirse, no dejaron de bombardear diversas zonas rurales y a
la población civil asentada en ellas. En 1934, luego de cobrar
las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional
que prohibía vender plantaciones a los extranjeros, el ejército
norteamericano volvió momentáneamente a casa. Robert Lansing,
secretario de Estado, aportando al diagnóstico que Cartwright
había realizado, justificaba la ocupación: el pueblo haitiano
tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una
incapacidad física de civilización”. En 1937, el dictador de
República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo ejecutó a sangre
fría a 25.000 haitianos. EEUU quiso ayudar y organizó una
reunión entre las partes. Gracias a los esfuerzos de la
diplomacia estadounidense se hizo justicia: Haití recibió una
indemnización de veintinueve dólares por cada uno de los 18.000
haitianos que habían sido asesinados (1). En 1950 la Casa Blanca
apoyó el golpe militar que puso a Paul Magloire en el poder de
Haití. En 1957 EEUU dio una amistosa bienvenida a Francois
Duvalier (“Papa Doc”), quien se mantuvo en el poder masacrando y
empobreciendo al pueblo haitiano hasta su pacífica muerte por
causa natural en 1971, cuando su hijo de sólo 19 años de edad,
Jean-Claude Duvalier (“Baby Doc”), también bendecido por EEUU,
heredó el “trono democrático” y continuó la masacre hasta 1986.
En ese mismo año, luego de una rebelión popular, EEUU y Francia
acordaron ayudar a Haití, esta vez acelerando los trámites de la
impune salida del dictador.
En 1987 el batallón Leopardo de las Fuerzas Armadas de Haití
(casualmente entrenado por los EEUU) junto a Escuadrones de la
Muerte, ejecutaron a más de mil campesinos, así como también al
líder del Movimiento Democrático para la Liberación de Haití,
Louis-Engene Athis. Ese hecho hoy se recuerda como la Masacre de
Jean Rabel, y en su momento fue aplaudido por la Casa Blanca y
premiado duplicando su ayuda financiera y educación militar.
Pese a la injerencia sistemática que venía realizando hace más
de dos siglos, en 1988 la Casa Blanca se negó enfáticamente a
intervenir en los “asuntos internos” de Haití. El general Henri
Namphy, en un “acto de soberanía”, derogaba la Constitución
aprobada por referéndum en 1987 y reprimía brutalmente a la
población. Como parte de su paquete de ayuda humanitaria,
Washington endureció las políticas inmigratorias para con los
emigrantes haitianos que, huyendo de la represión, se dirigían
hacia EEUU. En febrero de 1990 Jean-Bertand Aristide,
ex-sacerdote identificado con la teología de la liberación, fue
electo presidente con el 67.5% de los votos, siendo de esta
manera el primer presidente democráticamente elegido en la
historia de su país. Cuando Aristide asumió el Gobierno en 1991,
propuso aumentar el salario mínimo de 1,76 a 2,94 dólares por
día, pero la Agencia para la Inversión y el Desarrollo de los
Estados Unidos (USAID) se opuso a esta propuesta, con el
argumento de que significaría una “grave distorsión” del costo
de la mano de obra. Meses más tarde Aristide fue víctima de un
golpe de Estado perpetuado por Raúl Cedras y apoyado por la
administración Bush a través de la CIA. Una nefasta dictadura
que dejó un saldo de 5.000 muertos y desaparecidos.
En 1994 se organizó desde Washington la salida de la junta
militar y el regreso del presidente, quien terminó su mandato
bajo las órdenes de la operación “Restaurar la Democracia”, cuya
principal preocupación fue que no se vuelva a criticar y
estigmatizar al capitalismo así como también asegurar la fiel
obediencia de cada una de las “recomendaciones” del Fondo
Monetario Internacional (FMI).
En las elecciones presidenciales de 1996, René Préval, ex primer
ministro de Aristide, obtuvo la victoria con el 88% de los
votos. El nuevo presidente, de formación izquierdista y
progresista, se retiró de los lineamientos del sistema económico
liberal, aunque continuó con la campaña de privatizaciones de
varias empresas gubernamentales, debido a las constantes
presiones del FMI.
En octubre del año 2000, oficiales al mando de Guy Philippe
organizaron un fallido golpe de Estado. Guy Philippe, policía
haitíano entrenado a comienzos de 1990 en Ecuador por las
fuerzas especiales de Estados Unidos, el mismo que en algún
momento se declaró admirador del dictador chileno Augusto
Pinochet, se refugió en la embajada de los Estados Unidos en
Puerto-Príncipe.
Una vez finalizado el mandato de René Préval en 2001, fue
elegido Aristide nuevamente, ahora con el 91% de los sufragios.
En 2003, el francés Regis Debray, quien delató durante la
campaña de Bolivia la posición del revolucionario Ernesto “Che”
Guevara (traición que llevaría a éste último a su muerte), y
luego liberado gracias a la ayuda del gobierno francés, exige la
renuncia del presidente, quien se niega.
En Febrero de 2004 entró en juego la operación “mañana seguro”
del departamento de estado norteamericano: envío de tropas con
la excusa de proteger su embajada y la democracia en Haití. El
29 de febrero se consumó el secuestro de Aristide por parte de
tropas norteamericanas, en donde sacaron del país al presidente
desconociendo el voto de la mayoría de la población. Los
gobiernos de las Naciones Unidas avalaron el secuestro. Sólo
algunos gobiernos, como el de Venezuela y Sudáfrica, solicitaron
una investigación sobre los hechos que originaron la salida del
presidente Aristide. Las tropas norteamericanas, luego de dejar
cientos de muertos seguidores de Aristide, dejaron la tarea a
cargo de la MINUSTAH, quienes combaten a quienes claman por el
regreso de su presidente y encarcelan a quienes realizan trabajo
social en las comunidades (como Gerar Jean Just en Diciembre de
2004). En el 2006, René Préval resultó electo presidente de
Haití en una elección organizada y controlada por la ONU. En la
actualidad, Haití está en la posición 150 de 177 países en el
Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Un 80% de la población
vive en la pobreza. La mitad de los haitianos no tiene acceso al
agua potable. La esperanza de vida es de 50 años. La desigualdad
es extrema: el 3 % de los habitantes tiene el 90% de la riqueza
de la nación. Tan sólo el 15% de la población está alfabetizada,
en donde apenas el 2% termina el ciclo escolar secundario. De
aquellos que pueden hacerlo, el 80% emigra en busca de otras
alternativas, principalmente hacia EEUU, fuga de cerebros que
limita aun más las posibilidades de desarrollo económico del
país. Las remesas de aquellos que logran escapar del capitalismo
haitiano representan el 40% de su PBI.
Haití es un claro ejemplo de la barbarie que Rosa Luxemburgo
profetizó como destino del capitalismo. Una barbarie que ahora
los medios de comunicación se esfuerzan en disfrazar como
resultado de un terremoto que sólo dio un tiro de gracia a un
sistema ya completamente inviable. Luego de más de dos siglos de
ocupación, saqueo y muerte, el derrumbe del palacio presidencial
no es otra cosa que una metáfora de un Estado que se cae a
pedazos y pide a gritos su reconstrucción.
Haití es un pueblo que, pese a la incesante lucha con aquellos
que consideran al diagnóstico de Cartwright aún vigente,
mantiene intactas sus ansias de libertad y se sigue rebelando
aún con el alto precio de la muerte. Por eso, lo que debemos
recordar cada vez que prendemos nuestros televisores, es que el
horror que hoy vemos en Haití no es la consecuencia de un sismo,
sino de lo que el periodista argentino Rodolfo Walsh
conceptualizó alguna vez como miseria planificada -
Comunicación Popular
Nota:
(1) 18.000 muertos fue la cifra reconocida por el dictador
Trujillo.
|