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04 - Ángel Guerra Cabrera - El presidente de Honduras Ricardo Maduro cedió a las exigencias de Aznar y Bush II para actuar como marioneta anticubana en Ginebra. La nueva se informó en Washington, no en Tegucigalpa, y para dar mayor verosimilitud al sainete el texto hondureño es simplemente una traducción de la versión en inglés entregada por el Departamento de Estado a un selecto grupo de países.

Pese a sus febriles trajines ante las cancillerías latinoamericanas, Collin Powell no pudo encontrar un emisario más presentable del delirio anticubano de su jefe. Honduras es paradójica. Espejo anticipado de lo que sería una América Latina devorada por el ALCA, figura entre los últimos lugares de desarrollo humano en una región ya depauperada en extremo por el saqueo imperialista. Los datos muestran un país sumido en la miseria, el hambre, la insalubridad, el sida galopante, la violencia, el abandono de la educación, la corrupción, los asesinatos de campesinos, indígenas y ambientalistas, de homosexuales y de miles de niños y jóvenes pobres. Eso sí, las transnacionales están encantadas con el gobierno de Maduro por su claro y moderno concepto de la libertad empresarial. La elección de este paraíso terrenal para aleccionar a Cuba en derechos humanos es toda una metáfora del modelo democrático con que Washington pretende obsequiar a nuestra América.

Pero hay otra Honduras. La que parió a Francisco Morazán, fundador en 1814 de la Unión Centroamericana, una de las primeras y más audaces experiencias concretas de integración regional, cuyo solo recuerdo provoca fobia en Londres y Washington. La de irreductibles indios, afrohondureños y mestizos solidarios con la lucha de los pueblos hermanos; la de los expoliados trabajadores de las bananeras y las minas; la generosa productora de poetas y novelistas; la de recios luchadores contra la globalización neoliberal como el líder campesino Rafael Alegría. La que ha acogido afectuosamente a los médicos cubanos en zonas donde anteriormente no hubo ninguno. La que tiene a más de 800 de sus hijos estudiando carreras universitarias en Cuba. La que ahora rechaza la actitud servil del presidente Maduro en la voz de sus organizaciones populares, como la de Berta Oliva coordinadora del Comité de Detenidos y Desaparecidos -sí, detenidos y desaparecidos en esta Arcadia de los derechos humanos- o la de la dirigente feminista Gladys Lanza, quienes denunciarán en Ginebra la ausencia de moral del gobierno hondureño para acusar a Cuba.

Un presidente discretamente patriótico -dijo Lanza- no sometería a un pueblo a la vergüenza internacional de la burla y el desprecio. Y es que a Maduro le están lloviendo censuras desde su propio partido, desde la oposición y desde los más diversos sectores. Del cardenal Oscar Andrés Rodríguez mereció un gráfico comentario: "Tengo que decir que esto me ha dolido mucho(...) ocurre cuando las potencias le doblan el brazo a los países pequeños(...) dejemos de hacer de los derechos humanos un instrumento político para hacer uno de auténtica solidaridad con el ser humano". Y remataba: "En Honduras se violan los derechos humanos porque hay comunidades en pleno siglo XXI donde no hay luz, agua, vías de comunicación y hay una pobreza extrema".

En Cuba no sólo no hay niños sin escuelas ni pacientes sin atención médica sino que sus sistemas de educación y salud públicas son reconocidos entre los mejores del mundo por su extensión y calidad. Con 11 millones de habitantes en este curso ingresaron 300 000 alumnos en las universidades. La revolución puso fin a las matanzas de obreros, campesinos y estudiantes, a las ejecuciones extrajudiciales y a la tortura de detenidos. Aunque la delincuencia es incomparablemente menor que en la mayoría de los países, se perfeccionan los mecanismos para prevenirla y se trabaja por hacer de las cárceles escuelas y derribar sus muros. Se ha establecido el pleno empleo y se proporciona un salario por estudiar a cientos de miles de obreros y jóvenes. Sus dirigentes viven con austeridad, entregados al trabajo y atentos al sentir del pueblo.

Un ejemplo ético de esta magnitud provoca la urticaria de los fascistas de la Casa Blanca. Como ver puestos bajo control a sus agentes en la isla. Les urge usar el foro de Ginebra como preludio de una nueva arremetida contra Cuba. No parecen bastarles el repudio internacional que ya concitan y la soberana paliza que reciben

 


 

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