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La India y Occidente y las elecciones 2009

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160509 - Jean-Luc Racine - Traducido del francés para Rebelión por Caty R.

Del 15 de abril al 13 de mayo, 714 millones de indios elegirán a sus 543 diputados. En ese país, inmerso en su lucha contra la crisis, nadie puede predecir el resultado de dichas elecciones. ¿Cuáles son las evoluciones del país y sus relaciones con Occidente? Durante el coloquio anual organizado por Le Monde diplomatique y la asociación «Les Carreforus de la pensée», en Mans del 13 al 15 de marzo, Jean-Luc Racine ha analizado dichas relaciones. Publicamos su conferencia (1).

La relación actual de la India con Occidente se puede analizar bajo diversos prismas. Yo señalaría tres:

1) La historia nacional y el origen de la modernidad india;

2) La evolución de las ideas que nutren, en la India y en otras partes, la reflexión sobre la universalidad concebida por Occidente y cuestionada por diversas corrientes de pensamiento, en parte nacidas en Asia; y

3) La geopolítica y la postura que la India adopta, o adoptará, en dos espacios interrelacionados: el área sobre la que se despliegan las nuevas competiciones inter asiáticas relacionadas con el auge de China y el ámbito internacional en el cual, después de la era Bush, la administración
Obama se esfuerza por mantener la supremacía estadounidense por medio de un enfoque menos «unilateralista» de los problemas.

Dicho esto, es importante precisar que el concepto de Occidente utilizado aquí es problemático, al menos por dos razones. En primer lugar, se puede enjuiciar la fórmula perezosa que engloba a
Estados Unidos y Europa. Pero si algunos europeos recuerdan, con razón, que Europa y Estados Unidos son dos entidades distintas en muchos aspectos, si se miran desde otras partes, especialmente desde Asia, lo que les une predomina sobre lo que les diferencia.

La pasión francesa que alardea continuamente de la excepcionalidad gala a veces está justificada –por ejemplo en 2003, en la oposición de París a la intervención estadounidense en Iraq-, pero los árboles no deben ocultar el bosque, puesto que entonces varios países europeos se unieron a la coalición estadounidense contra Sadam Husein.

Visto desde fuera, Occidente se define por un manojo de particularidades que han contribuido a consolidar su supremacía, una combinación de factores técnicos e ideológicos que han permitido su expansión política, económica y cultural –ruptura liberadora del Renacimiento, filosofía de la Ilustración, utilitarismo británico, revolución industrial, conquistas coloniales, imperialismo, avances científicos, prosperidad general-, aunque de manera desigual. El resultado fue un modelo de vida, erigido en prototipo, fundado sobre la democracia, el consumismo y el individualismo, es decir, los «valores» que se han difundido gracias a los instrumentos decisivos del soft power, que son la supremacía de las imágenes (hollywoodienses entre otras) y los sistemas de información utilizados por los medios de comunicación anglosajones, escritos y audiovisuales.

Segunda observación: Apenas salíamos de la fase nacida del fin de la Guerra Fría cuando la supremacía ideológica estadounidense, más allá de los neoconservadores típicos, puso por delante a Occidente, bien para celebrar el triunfo de sus ideas (El fin de la Historia, Fukuyama en 1989 y 1992), bien para alertar contra las amenazas que se cernían sobre dicho triunfo (El Choque de las civilizaciones, Huntington, 1993 y 1996). Es obvio que aquí no se situaba en la dicotomía «The West and the Rest» (Occidente y el resto del mundo), ni en la perspectiva conflictiva resumida en la fórmula «The West against the Rest» (Occidente contra el resto del mundo). Por lo tanto, dicha ideología no se puede eliminar de un manotazo. Las ideas, correctas o incorrectas, son el motor de la historia, tanto por lo que promueven como por las reacciones que suscitan.

Historia nacional y origen de la modernidad india

Los indios saben que son los herederos de una gran civilización, enraizada en la tierra india desde hace milenios, y marcada con el sello de una poderosa originalidad de la que el hinduismo es, sin lugar a dudas, una marca esencial –aunque el hinduismo es un concepto mucho más reciente que las fuentes espirituales, intelectuales y sociales que forjaron el pensamiento clásico de la India, del vedismo al brahmanismo-. Esta herencia ha dado lugar a dos lecturas opuestas de la historia.

Mientra los ideólogos del nacionalismo hindú remontan el origen de la nación a la mayor antigüedad y se lamentan de la decadencia multisecular que acarrearon, desde su punto de vista, la llegada del Islam y después la dominación occidental, la ideología dominante conducida por el Partido del Congreso desde antes de la independencia, e inscrita en la Constitución de 1950, considera la India como una entidad esencialmente heterogénea. El hinduismo ya no es la esencia de la nación. Ciertamente es un parámetro principal, pero no privilegiado, que ha permitido a la India acoger a las religiones extranjeras: Islam, cristianismo, zoroastrismo de los parsi, judaísmo -hoy residual-, al igual que ha permitido, sin duda, encontrar en la democracia parlamentaria una traducción política contemporánea de la gestión de la diversidad.

Los ideólogos del nacionalismo hindú echan con mucho gusto la misma capa reprobatoria sobre los siglos de la dominación musulmana en el subcontinente y los de la presencia colonial, celebrando por un lado una India pre islámica reinventada –la de los imperios y los reinos hindúes- y por otro el «resurgimiento» del hinduismo, cuya manifestación los llevó al poder en 1998 (2). Pero de hecho, muchas de sus ideas se nutren de ciertas filosofías europeas sobre la nación; y el Rashtriya Swayamsevak Sangh (El partido político RSS: Asociación de Servidores de la Nación), núcleo del nacionalismo hindú, ha tomado directamente su gusto por el uniforme y la fuerza de ciertas milicias fascistas o fascistoides europeas, mezcla de pantalón corto y camisas de la policía colonial. Mucho antes de la emergencia de ese movimiento en los años 20 y en un plano ideológico muy diferente, el impacto del pensamiento europeo se empezó a sentir desde principios del siglo XIX. Así, Ram Mohan Roy (1774-1833) fue uno de los padres del «Renacimiento bengalí» en un siglo en el que múltiples movimientos reformadores, con una tonalidad tan claramente religiosa como política y cultural, transformaron la India por un doble movimiento.

Por una parte, la influencia de las ideas occidentales, amplificada por ciertas reformas administrativas y jurídicas del imperio británico, pone de manifiesto un injerto ampliamente exitoso de una parte de la filosofía de la Ilustración. Por otro lado, y de una forma muy clásica, esta influencia suscita movimientos que se inspirarían para tomar mejor sus distancias de los portadores de esas ideas. Por ejemplo, el Arya Samaj, en el plano socio religioso, pretendía contrarrestar a los misioneros cristianos y reafirmar la vitalidad de un hinduismo reasumido, mientras que el movimiento nacionalista, en el plano político, vuelve el principio democrático contra la potencia colonial en su búsqueda de la independencia política.

En una sociedad ciertamente fundada sobre la ideología injusta de las castas, pero también sobre el principio del pluralismo y sobre una brillante tradición intelectual abierta al debate y al comentario, la amplia infiltración de las ideas nacidas en Europa y la lenta puesta en marcha del principio electoral desde finales del siglo XIX han preparado a la India para gestionar su independencia según los principios democráticos, fijando a la vez su singularidad.

Figuras emblemáticas muy diferentes pero en parte complementarias, como Mohandas Karamchand,
Gandhi y Jawaharla Neru representan así, cada una a su manera, una parte de la modernidad india y su influencia universal. Gandhi, por la estrategia no violenta que puso en práctica, por su capacidad inigualable de transformar un movimiento reivindicativo elitista en un movimiento nacionalista de masas, por su crítica de la modernidad tecnológica y consumista de Occidente en nombre de la necesaria búsqueda de otro modelo de organización socioeconómica. Nehru, el agnóstico, por los tres pilares sobre los cuales fundó la India postcolonial que dirigió de 1947 a 1964: la democracia parlamentaria, la economía mixta y la no alineación.

La modernidad india, que se construyó a través de un lento proceso, no es evidentemente una pálida copia de un modelo occidental unívoco. Se vio pronto, con la
Guerra Fría, que la opción democrática no era suficiente para anudar las alianzas geopolíticas. La no alineación promovida por Nehru le alejó de Estados Unidos en razón del viejo principio de la política exterior estadounidense «Quien no está conmigo, está contra mí». La amplia opción del proteccionismo económico, incluso en la época del thatcherismo y el reaganismo triunfantes, reforzó entonces la singularidad de la India democrática.

De la construcción postcolonial a la emergencia «post-postcolonial»

Provista de una herramienta universal –la lengua inglesa- y alimentada por una doble herencia a menudo adquirida de lo cotidiano, de las ideas occidentales y del «indianismo», desde los años 80, una parte de los intelectuales indios comenzó a replantear la historia de las ideas, la historia política y la historia sin más. La crítica del orientalismo tiene múltiples fuentes, y el estadounidense de origen palestino Edward Said, más que ningún otro, lanzó el movimiento en su obra emblemática de 1979, El orientalismo. Occidente no sólo habría inventado el orientalismo como disciplina científica. Habría inventado el propio Oriente como una categoría. En la India, los críticos del secularismo –esa forma de laicismo «a la india» sobre la cual está fundada la República india que no ha querido ser república hindú- lanzan el debate con Ashis Nandy y T. N. Madan, dos sobresalientes académicos asiduos de los grandes circuitos intelectuales internacionales. Nandy abrió el fuego en 1985 con su Manifiesto antisecularista (2). Madan, en 1987, abogaba por que el secularismo permaneciera «en su sitio» (3). Ambos se interrogan sobre la viabilidad de una «ideología de origen extranjero» fruto de un momento muy particular y muy concreto de la historia universal: el cruce entre la Reforma protestante y la filosofía de la Ilustración. Así, la hegemonía europea habría querido injertar sus valores afirmando su inevitable vocación universal, en detrimento del pensamiento y la forma de vida precoloniales.

Al mismo tiempo, numerosos intelectuales indios replanteaban la historia social y desarmaban el Estado-nación heredado de Occidente para poner en evidencia otra historia, la de los subalternos (4). Paradoja: es en el centro de los académicos más prestigiosos de la Ivy League estadounidense donde aparecen las críticas indias (¡y no indias!) de las pretensiones hegemónicas de Occidente que se acabaron imponiendo. Así, los estudios postcoloniales y trabajos «subalternistas» irrigaron, en el corazón del imperio estadounidense, un nuevo pensamiento crítico cuyo espíritu apareció en el emblemático título de la obra publicada en Princeton por Dipesh Chakravarty en 2000: Provincializing Europe: Post Colonial Thought and Historical Difference. Europa, como metáfora de Occidente, se representa como la fuente de una modernidad que se pretende imprescindible, mientras que cualquier injerto, cualquier transición, implica además una «traducción» local. El mundo no puede ser «eurocéntrico» y Occidente en general no puede definir por sí solo la universalidad.

La India no participaría en el movimiento a favor de los «valores asiáticos» que se puso en marcha en los años 90, de Malasia a Japón, afirmando contra la universalidad de las ideas occidentales la pertinencia de otras formas de pensar la sociedad y el poder –un intento que también buscaba, de paso, defender los regímenes autoritarios, como el Partido Comunista chino que, por su parte, revalorizaba el confucionismo combinando el «socialismo de mercado» y el partido único. Por lo tanto, la
India constituye un caso peculiar, nada extraño teniendo en cuenta su peso, su trayectoria histórica y la vitalidad de su vida intelectual.

Ciertamente, el nacionalismo hindú, en su fiebre «identitaria», anhela una India fuerte, reconocida en el mundo. Pero en su discurso, la estigmatización de la debilidad de la mayoría hindú, mientras celebra la promesa de su despertar y la voluntad de ser amo en su casa –especialmente frente a las minorías religiosas- cuenta tanto como la denuncia de Occidente. Por lo demás, el BJP (Partido del Pueblo Indio, N. de T.), cuando estuvo en el poder de 1998 a 2004, trabajó en la aproximación a Estados Unidos como lo hizo después, de 2004 a 2009 el gobierno congresista de Manmohan Singh.

En definitiva, la relación de la
India con Occidente es ambigua, como debe ser en un período de transición que ve pasar la India postcolonial a un nuevo estatuto post-postcolonial, en esta ocasión.

El giro se tomó en los años 90 y lo dirigieron, por turno, las dos fuerzas políticas mayoritarias del país. En 1991, el Partido del Congreso volvió al poder y aprovechó la grave crisis financiera para lanzar una política de liberalización económica, mesurada y gradual pero continua. Desmanteló ampliamente el proteccionismo salvo en ciertos sectores sensibles, aunque el Estado siguió desempeñando su papel de regulador. Este cambio fue decisivo porque ponía de manifiesto un nuevo estado de ánimo, una confianza renovada en la capacidad de la economía india para mejorar su rendimiento, su productividad y su competitividad. El hundimiento de la URSS y la evolución de China tuvieron algo que ver, pero la reforma ya estaba en el ambiente de la época. Se puso en marcha por los gobernantes que ya estaban en los negocios y por un partido que gobernaba el país desde hacía más tiempo que cualquier otro, y siguió un ritmo más lento que el que preconizó el «Consenso de Washington». En este sentido, el movimiento fue esencialmente endógeno a pesar de que llevó a cabo la apertura al mundo.

El segundo giro, mucho más tajante, estuvo marcado por los ensayos nucleares de 1998, que se pusieron en marcha tres meses después de la llegada al poder del BJP en un contexto internacional particularmente hostil. Tres años antes, la comunidad internacional había prorrogado el Tratado de no proliferación (TNP), que entró en vigor en 1970, y en 1996 el Tratado de prohibición total de ensayos nucleares que firmaron (o ratificaron) 180 Estados. En ambos casos, bajo dos gobiernos diferentes, la
India se negó a firmar el TNP rechazando el reconocimiento de Estados nucleares legítimos a los que habían hecho ensayos antes de 1967 (el primer ensayo indio en solitario data de 1974).

Tanto en el aspecto económico como en el campo estratégico, esas decisiones, objetos de un amplio consenso político, testimonian un doble enfoque que hay que aclarar para comprender la naturaleza del cambio que se puso en marcha en la India emergente. Por una parte, la India se abría al mundo y a las dinámicas de la globalización, pero a su manera y a su ritmo. Por otro lado, rompía el consenso estratégico del momento, al cual calificaba de «apartheid nuclear», porque favorecía injustamente a los cinco países «legítimamente nuclearizados» que además son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Voluntad de integración, ajuste pragmático, afirmación de sí misma y postura crítica del sistema internacional se combinaban, pues, al servicio de una ambición prefijada: dar a la India un estatuto a su medida en el nuevo orden mundial.

Esta dinámica sólo podía durar si daba resultados. Y así fue, esencialmente, tanto en términos de crecimiento como en el aspecto de la aceptabilidad estratégica, los años 2000 lo demuestran. Menos de dos años después de los ensayos nucleares sancionados por
Estados Unidos, el presidente William Clinton en visita de Estado a Nueva Delhi, celebraba las convergencias entre «la más antigua» y la «mayor democracia del mundo». La aproximación se intensificó bajo la administración Bush, quien ha cerrado su mandato firmando, después de tres años de difíciles negociaciones, un acuerdo marco para la cooperación en el delicado sector de la «nuclearización» civil, sin exigir que la India firmase el Tratado de no proliferación (TNP). Por eso la administración estadounidense se dedicó a convencer a la comunidad internacional de la excepcionalidad india. París, Londres y Moscú están en la misma línea que Washington.

Desde hace casi veinte años, esta emergencia de la India marca su entrada en la época «post-postcolonial». El pasado colonial, pero también los avances y los fracasos de los decenios posteriores al colonialismo, de alguna forma se asumen y nace una nueva confianza en el futuro, de lo que da fe la nueva visión de la India sobre sí misma y sobre el mundo, y también la nueva visión del mundo sobre la
India.

En este sentido, el discurso de
Manmohan Singh en la Universidad de Oxford en 2005, es emblemático. Un Primer Ministro en ejercicio que declara que la colonización británica sólo tuvo efectos negativos sobre la India, demuestra una libertad de juicio que además es un símbolo: los rencores contra el racismo y la explotación colonial están inscritos en la historia. El presente, por su parte, es rico en nuevas promesas, inspiradas por lo que Singh define como «un sentimiento renovado de confianza en sí misma de la India emergente».

Así, vemos que se entrecruzan, en tres planos muy distintos, los parámetros que convergen involuntariamente para definir las relaciones que mantiene actualmente la India con Occidente y con el mundo. Cuenta, en primer lugar, un «deseo de Occidente», parafraseando al ensayista Pankaj Mishra, que se declina de dos formas. Una, que Mishra aclara tras muchas investigaciones académicas, trata sobre la historicidad de las manifestaciones «identitarias» o reivindicativas y su deuda con respecto a Occidente: lo han expresado desde los contemporáneos de Occidente, después de los comunistas, hasta los nacionalistas, con la matriz ideológica de las ideas prestadas por Occidente pero adaptadas al contexto local –del marxismo a la nación, pasando por la crispación de las identidades religiosas-. La otra forma, menos sofisticada, cede a la atracción del modelo consumista y empresarial del capitalismo. Ambas pueden mezclarse y prosperar en la misma India, pero también en la diáspora, en particular en la diáspora india de
Estados Unidos, convertida en un poderoso lobby. En cuanto a la postura crítica de los teóricos indios del postcolonialismo, aunque influyente en el pensamiento universitario estadounidense, converge, sin que estuviera necesariamente previsto, con la postura política geopolítica «post-postcolonial» de los gobernantes indios, que claramente pretenden, si no volver a colocar a corto plazo a la India al centro del mundo, al menos dejar claro a Occidente que la era de su hegemonía triunfante toca a su fin y que ahora lo más importante es la construcción de un mundo auténticamente multipolar.

Geopolítica de la nueva India. Cuestiones falsas y verdaderas

El fin de la
Guerra Fría permitió a la India replantearse, necesidad obliga, su política extranjera y normalizar sus relaciones con Estados Unidos. La aproximación india-estadounidense, que avanzó espectacularmente bajo la administración Bush, no significa, sin embargo, una alianza. Al contrario de lo que piensan algunos halcones pakistaníes, la India no será, como el Estado de Israel en oriente Próximo, un bastión de la política estadounidense en el sur de Asia, ni tampoco en lo que la India denomina su «vecindario extendido», que va de Oriente Medio al sur de Asia, de Asia central al Océano Índico.

Nueva Delhi tiene a su favor la estrategia estadounidense dirigida a favorecer su potenciación para contrarrestar el ascenso de
China. Sin embargo, la tentación de unirse a un «arco de las democracias» pro estadounidenses en Asia (Japón, Australia, Singapur) que a veces se manifiesta, nunca se ha concretado del todo. Aunque la India trabajó para acercarse a Washington, al mismo tiempo lleva a cabo una política de normalización de sus relaciones con Pekín, a pesar de la persistencia del contencioso frontal chino-indio. Tras la Unión Europea, pero por delante de Estados Unidos, China se ha convertido en el segundo socio comercial de la India.

Por lo tanto, es una falsa cuestión preguntarse sobre lo que podría suponer el basculamiento de la India antes no alineada: bien hacia Occidente o hacia un hipotético consorcio Rusia-
India-China. La tradición de no alineada se ha convertido en una diplomacia en todas direcciones que conduce a la India a establecer relaciones con el máximo posible de socios. Nueva Delhi también juega bien sus cartas tanto en los grupos norte-sur (India, Brasil, Japón, Alemania) para reformar el Consejo de Seguridad de la ONU, como en los grupos sur-sur, en la Organización Mundial del Comercio (OMC), para denunciar el proteccionismo encubierto de Estados Unidos y la Unión Europea que protegen a sus agricultores a golpes de miles de millones de euros de subvenciones. Lo que no le impide en absoluto trabajar sobre un nuevo eje transcontinental de los países emergentes: India, Brasil y Sudáfrica (IBSA).

Sin embargo, es conveniente ser cauteloso al evocar «el irresistible deslizamiento del poder mundial hacia el este», una tesis querida por el singapurense de origen indio Kishore Mabhubani, quien exhorta a Occidente –aunque le perdona gustosamente su ceguera- a alegrarse por el auge de Asia y a no mirarla como una amenaza. Seguramente, Asia va a recuperar un lugar que perdió desde hace siglos con la potenciación de Europa y después de Estados Unidos. Pero desde Nueva Delhi, en realidad, se trata de dialogar con todo el mundo, incluida Europa, aunque la Unión Europea a menudo sea menos receptiva con respecto a los asuntos que interesan a Nueva Delhi que, ciertamente, no son el interés de los grandes Estados miembros, como Francia. En resumen la India, que busca su lugar en un mundo multipolar, considera también la regulación del orden internacional como un reajuste de las reglas –que juzga obsoletas- de un «multilateralismo» establecido incluso antes de su independencia, en 1944 por Bretton Woods en su dimensión financiera, y en 1945 en San Francisco con la Carta de las Naciones Unidas.

La cuestión verdadera, por lo tanto, tiende menos a hacer preguntas sobre lo que separa –Occidente y Oriente; el mundo atlántico y Asia; el norte y el sur- o sobre quién dominará a quién, que a imaginar lo que se puede hacer que surja de un orden mundial más seguro a través de un mayor equilibrio. Así, Nueva Delhi llama a buscar «el equilibrio de los intereses» más que el «equilibrio de las potencias» querido por la vieja historia europea o la
Guerra Fría. Sin embargo, no es únicamente el idealismo lo que la guía aunque invoque fácilmente a Gandhi y Nehru. La política real también está en los mandos mezclada, como corresponde, con un pragmatismo asumido y, si puede ser, una visión a largo plazo.

La crisis, ¿un problema o una oportunidad?

Obviamente, la
India no se libra de la crisis y sufre un impacto mayor del que pensaba el gobierno al principio. Las evaluaciones gubernamentales del crecimiento para 2008-2009 del 7% sin duda son demasiado optimistas, otras previsiones señalan el 5%. La reducción del mercado de las exportaciones, textil, automóvil, y transporte aéreo básico afectan al mercado del empleo. Pero el impacto de la crisis hay que tomarlo en cuenta en dos aspectos: el absoluto y el relativo. Aunque la India está apoyada en su opción de una liberalización mesurada dejando al Estado un papel regulador, en materia monetaria y financiera ciertos observadores son optimistas a medio plazo, para después de la crisis. Las observaciones formuladas en febrero de 2009 en Nueva Delhi por Shyam Saran, ex secretario de Asuntos Exteriores convertido en enviado especial del Primer Ministro, merecen atención.

¿Qué dijo Saran? Que la
crisis financiera y después económica «ha sacudido hasta sus cimientos la hegemonía occidental», y que dicha crisis se duplica con una crisis intelectual debida al cuestionamiento «de la creencia occidental en la magia del mercado y su capacidad de autorregulación, así como en el repliegue inevitable del Estado prácticamente en todas las manifestaciones esenciales de la vida económica». ¿Consecuencias? Habrá que pensar «en una nueva distribución del poder político sobre la base de la realidad de las fuerzas económicas». Habrá que repensar «el liberalismo del mercado, que ha sido la ideología dominante desde hace más de dos siglos». ¿Qué implicaciones se deducen para la India? Que, seguramente, la crisis no será «necesariamente negativa», en la medida en que podría «alentar el movimiento hacia un orden internacional más diversificado», compatible con la «preferencia instintiva de la India por un mundo multipolar». Por lo tanto, para Nueva Delhi se trata de mantener, e incluso acentuar, una línea diplomática muy abierta. En ese escenario, las relaciones con Estados Unidos siguen siendo decisivas, así como con la Unión Europea, y surge un interrogante al respecto: «En la actualidad, Europa parece dividida entre el deseo de preservar la dominación occidental y el de dirigir una ambiciosa renovación de las estructuras que gobiernan el orden económico y político mundial». Y Saran concluye: «Debemos fomentar esta segunda tendencia». Su lectura de las consecuencias geopolíticas de la crisis sólo es una hipótesis, pero ofrece una buena perspectiva de los objetivos que actualmente se perfilan en una India que todavía no es una potencia mundial, el intercambio dialéctico entre países emergentes y países dominantes.

Notas

(1) El conjunto de las intervenciones se publicará en marzo de 2010 en los boletines de la Universidad de Rennes. El programa del coloquio se puede consultar en: http://carrefoursdelapensee.univ-lemans.fr/

(2) El Partido Bharatiya Janata (BJP) se mantuvo en el poder hasta 2004.

(3) «An Anti-secularism Manifesto», Seminar, Nueva Delhi, nº 314, 1985, pp. 14-24.

(3) «Secularism in its place» Journal of Asian Studies, nº 46/4, 1987.

(4) Partha Chatterje «Controverses en Inde autor de l’histoire coloniale», le Monde diplomatique, Febrero de 2006.

Jean-Luc Racine es director de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), Centro de Estudios de la India y del sur de Asia (EHESS), entre sus obras destacan Pakistan. The Contours of State and Society, Oxford University Press, Karachi, 2002; y Cachemire, Au péril de la guerre, Autrement, París, 2002. - Monde Diplomatique

 


 

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