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180311 - Kelley Beaucar Vlahos - The American Conservative - Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

 

En el discurso del estado de la unión de este año, el Presidente Barack Obama declaró: “La guerra de Iraq está llegando a su fin”, al menos para los estadounidenses, y “vamos a irnos con la cabeza muy alta”, porque “hemos cumplido nuestros compromisos”.

Sin embargo, para millones de iraquíes, la guerra está muy lejos de haber acabado, de hecho, para un creciente número de familias que habitan en las ciudades que casi fueron totalmente destruidas durante los años de insurgencia y contrainsurgencia, la crisis está tan sólo empezando. Que seamos capaces de asumir responsabilidades por nuestro papel en tal debacle será lo que determine si podremos de nuevo algún día mantener “altas las cabezas” en política exterior. Como un iraquí-estadounidense dijo a TAC, “sólo porque nosotros no prestemos atención, no significa que el resto del mundo no esté prestando atención”.

Según los estudios realizados y los relatos de los testigos de los últimos años, Faluya, una ciudad prácticamente arrasada por la artillería pesada estadounidense en dos importantes ofensivas a lo largo de 2004, está experimentando una tasa espeluznante de defectos de nacimiento entre su población local. La situación se hace eco de los informes similares que sobre Basora empezaron a circular tras la I Guerra del Golfo de 1991.

La letanía de horrores es desgarradora: bebés que nacen con dos cabezas, con un ojo en medio de la frente, sin extremidades, con demasiadas extremidades, con daños cerebrales, con defectos cardiacos, con cabezas anormalmente grandes, sin ojos, sin genitales, plagados de tumores. Tras realizar una visita a una clínica de Faluya en marzo del pasado año, el periodista John Simpson, de la BBC, informaba: “Se nos dieron detalles de docenas y docenas de casos de niños con defectos muy graves de nacimiento… una de las fotografías que vi mostraba a un niño con tres cabezas”. Seguidamente, en un hospital de la ciudad financiado desde EEUU, “llegó toda una riada de padres” con niños que tenían defectos en las extremidades, patologías en la columna y “otros problemas”. Las autoridades de Faluya advirtieron a las mujeres que evitaran totalmente quedarse embarazadas.

El Dr. Ayman Qais, el director del Hospital General de Faluya, dijo a The Guardian que estaba viendo dos bebés afectados por día, comparado con dos cada quince días que llegaban a su consulta en 2008. “La mayoría de las deformidades se localizan en la cabeza y en la columna vertebral, pero también presentan muchas defectos en las extremidades inferiores”, dijo. “Hay también un incremento muy agudo en el número de casos de niños menores de dos años con tumores cerebrales. Esta es ahora una zona donde han aparecido múltiples tumores”.

Las fotos y video disponibles en Google con una búsqueda rápida son sencillamente impactantes.

Pero no hay nada sencillo en este problema. Por una parte, está ampliamente aceptado entre científicos, doctores y trabajadores humanitarios que la culpa es de la guerra. La presencia de tantos residuos del armamento arrojado, escombros contaminados, existencia masiva de pozos donde se queman los residuos peligrosos en las bases de EEUU y los incendios del petróleo han dejado un legado tóxico que está envenenando el aire, el agua y el suelo de Iraq. Añádanse los muy controvertidos armamentos que EEUU sólo ha insinuado haber utilizado en esta guerra –como el uranio empobrecido- y tendrán un paisaje potencialmente radioactivo que produce niños condenados y bebés que nacen muertos.

“Pienso que hemos destruido Iraq”, dice el Dr. Adil Shamu, bioquímico de la Universidad de Maryland y especialista en ética médica y política exterior. Shamu, que es estadounidense de origen iraquí, cree que es sólo cuestión de “sentido común” vincular la terrible situación sanitaria de Iraq con los implacables bombardeos de sus pueblos y ciudades junto a las secuelas de los combates y la ocupación.

El Departamento de Defensa alega no estar de acuerdo con esa valoración y rechaza las afirmaciones de que el ejército es el culpable de las enfermedades crónicas, de los nacidos con deformidades y de las altas tasas de cáncer entre la población local y entre sus propios soldados y personas que sirvieron allí y estuvieron expuestos a los mismos elementos en aquel escenario. (Las autoridades del Departamento de Defensa no contestan a las llamadas ni responden a los correos que les llegan presentando acusaciones específicas de cuanto se relata en este artículo).

Mientras tanto, el gobierno iraquí ha hecho bien poco para abordar la crisis de salud pública que sufren Faluya y otros lugares. Las autoridades no pueden permitirse, y al parecer tampoco tienen voluntad de hacerlo, limpiar la perniciosa contaminación que inunda todos los centros de población del país mientras muchos iraquíes todavía claman porque carecen de agua potable y de los más básicos suministros médicos.

“Ni siquiera aparece en su radar”, alegó Geoff Millard, un veterano de la guerra de Iraq que estaba a punto de embarcarse este invierno en una misión de ayuda con la organización Iraqi Health Now, que recauda dinero para hospitales, clínicas y campos de refugiados. “Si tienes una democracia madura con un gobierno estable, puedes empezar a pensar en el impacto medioambiental. Pero no hablas de impacto medioambiental cuando hay escuadrones de la muerte pululando por las calles”.

Sin embargo, un estudio conjunto de los ministerios de ciencias, sanidad y medio ambiente de Iraq del pasado verano hallaron 40 lugares en el país que están contaminados con altos niveles de radiación y dioxinas; los residuos, afirma el estudio, de tres décadas de guerra. Los críticos creen que hay cientos de lugares como esos.

Las zonas de alrededor de centros urbanos como Faluya y Basora representan el 25% de los lugares contaminados. La polución de Basora se remonta al menos a 1982, con motivo de la Operación Ramadan, la mayor batalla terrestre de la Guerra Irán-Iraq, en la cual EEUU estaba del lado de Iraq y suministró a Sadam Husein miles de millones en armamentos, materiales de “doble-uso”, entrenamiento y apoyo que sacudieron el desierto en los alrededores de la ciudad. Pero en los veinte años transcurridos desde la I Guerra del Golfo, Basora ha destacado lamentablemente por un agudo incremento en las enfermedades infantiles. Según los investigadores de la Escuela de Sanidad Pública de la Universidad de Washington, la tasa de leucemia infantil se duplicó en Basora de 1993 a 2007.

“Esta es una grave crisis de salud pública que necesita de atención global. Necesitamos investigaciones independientes, sin sesgos, sobre las posibles causas de esta epidemia”, declaró el toxicólogo del medio ambiente estadounidense Mazhgan Savabieasfahani, co-autor del más reciente informe sobre los defectos de nacimiento en Faluya.

Pero desentrañar la fuente de este azote es difícil; Iraq es un paradigma de malas prácticas medioambientales. Por ejemplo, los informes indican que los residuos de la industria pesada, de las fábricas de pinturas y curtidos y los hospitales –incluso las aguas fecales- se siguen vertiendo a los ríos Eufrates y Tigris, que acaban filtrándose en el agua potable. Pero hay pocas dudas acerca de la cifra total de víctimas que treinta años de guerra y sanciones económicas han causado. Mirando las fotografías de bebés apenas reconocibles como seres humanos, de los niños aterradoramente diminutos casi sin un hálito de vida desde sus propias deformidades, la cifra de víctimas de la guerra y las situaciones que crea se hacen evidentes.

¿Qué sucedió en Faluya?

En diciembre, un informe publicado en el International Journal of Environmental Research and Public Health afirmaba que desde el año 2003 se había observado que un 15% de todos los nacidos en Faluya presentaban “malformaciones congénitas”. Los defectos del corazón son los más comunes, seguidos por malformaciones en el tubo neural, que causan a menudo deformidades fatales e irreversibles como anencefalia, en la que el bebé nace sin ciertas partes del cerebro y del cráneo.

En comparación, los defectos más graves de nacimiento en EEUU sólo afectan a un estimado 3% de los nacimientos y a una media de un 6% en los niños nacidos en todo el mundo.

El estudio de diciembre se centró en los nacidos en el Hospital General de Faluya durante la primera mitad de 2010. En mayo, se encontró que el 15% de los 547 partos habidos presentaban defectos de nacimiento. Ese mes hubo también 76 abortos, 60 partos prematuros y un niño que nació muerto. Los investigadores hallaron cifras similares en los primeros cuatro meses de 2010.

El estudio exploraba las historias sanitarias de cuatro familias de Faluya: cuatro padres, cada uno con dos esposas, y sus 39 hijos. De los niños, tres fueron abortos, tres nacieron muertos, ocho presentaron defectos de nacimiento y malformaciones en el esqueleto y otros tres –de la misma madre y el mismo padre- tenían leucemia. Todos esos nacimientos anormales se produjeron después de 2003, excepto en el caso de uno de los niños que nació con leucemia en 2002 y dos abortos de una misma madre en 1995.

“El período en el que aparecen los defectos de nacimiento sugiere que pueden estar relacionados con la exposición, durante mucho tiempo, a la contaminación asociada con la guerra”, afirma el informe. “Muchos contaminantes conocidos tienen potencial para interferir en el desarrollo fetal y embrionario normal”. El informe sugiere también que metales como el uranio empobrecido asociado con armamento “reforzado” son buenos candidatos potenciales para causar defectos de nacimiento”, pero los autores insistieron en que era necesario seguir investigando para establecer una causalidad directa.

Otro reciente artículo: “Cancer, Infant Mortality and Birth Sex-Ratio in Fallujah, Iraq, 2005-2009”, publicado en el International Journal of Environmental and Public Health el pasado mes de julio, emprendió una investigación puerta por puerta con 4.843 vecinos de Faluya en 711 hogares. Aún reconociendo que ese tipo de encuestas tienen sus limitaciones –por ejemplo, no se pueden verificar las respuesta de forma independiente-, sus autores hicieron hincapié, no obstante, en tres hallazgos convincentes, incluido un importante 18% de reducción en los nacimientos de varones en el grupo después de 2004 y un pico en la mortalidad infantil de un 13% en los nacidos vivos desde 2009 a 2010, comparado con el 2% en Egipto y el 1,7% en Jordania. Finalmente, la frecuencia de cánceres en relación con la exposición a la radiación, especialmente de leucemia entre 2005 y 2010, era “alarmante” en comparación con las tasas nacionales en Egipto y Jordania. (El estudio constataba que Iraq no tiene aún estadísticas oficiales de casos de cáncer.)

“Los resultados que aquí se informan no arrojan luz acerca de la entidad de los agentes causantes del aumento de las enfermedades y, aunque llamamos la atención sobre el uso de uranio empobrecido como potencial exposición relacionada, puede haber otras posibilidades”, escribieron los autores. Así es, hay otros múltiples posibles contaminantes, pero el uranio empobrecido es desde hace tiempo el principal sospechoso.

Uranio empobrecido

El uranio empobrecido (DU, por sus siglas en inglés) es un metal pesado denso radioactivo altamente tóxico que es habitualmente utilizado por los ejércitos por sus capacidades de penetración y para revestir los blindados. Los tanques Abrams del ejército y los vehículos de combate Bradley lo llevan en el blindaje y en la munición.

Además de sus capacidades de penetración de largo alcance, las armas que llevan puntas de DU pueden causar daños mayores porque pueden incendiar inmediatamente los blancos contra los que se disparan. Según GlobalSecurity.org: “Al impactar en un blanco duro (como un tanque), el penetrador puede generar una nube de polvo de DU dentro del vehículo atacado que hace que se incendie espontáneamente, creando un fuego que aumenta el daño causado al objetivo”.

Después de la batalla, los cadáveres que se hallan en los tanques y los residuos de munición con DU explotada o sin explotar producen radiación, mientras diminutas partículas de metal pesado penetran en el polvo y puede viajar a muy largas distancias en el viento. Este polvo puede ser letal cuando se inhala, según dicen los doctores y los científicos medioambientales.

Aunque minimizando los peligros de la radiación externa de DU, un estudio del Instituto de Política Medioambiental del ejército estadounidense realizado en 1994 a causa del temor de que los soldados que estuvieron en esa Guerra del Golfo hubieran quedado contaminados en incidentes de “fuego amigo”, reconocía que, “a nivel toxicológico, el DU supone un riesgo para la salud cuando se interioriza” y que “utilizar DU en el campo de batalla plantea potenciales consecuencias medioambientales”. Sin embargo, al final se recomendaron nuevos estudios y control de los riesgos en vez de abandonar por completo la utilización de DU.

Se estima que EEUU dejó alrededor de 320 toneladas métricas de DU sobre el campo de batalla después de la I Guerra del Golfo. Los lanzamientos con DU le dieron una clara ventaja sobre los iraquíes, destruyendo 4.000 de sus tanques, mucho de los cuales siguen aún contaminando el paisaje del desierto. “Las partículas invisibles creadas cuando esos proyectiles impactaron y se quemaron aún están ‘calientes’. Hacen sonar a los contadores Geiger y se pegan a los tanques, contaminando el suelo y desplazándose en el viento del desierto; y así seguirán durante los 4.500 años que costará que el DU pierda sólo la mitad de su radioactividad”, escribió Scott Peterson en el Christian Science Monitor.

Más tarde, Peterson documentó pruebas de DU en Bagdad después de la guerra de 2003, controlando “lugares calientes” alrededor de los deshechos de la batalla con un contador Geiger. Señaló que la Fuerza Aérea había admitido que sus aviones “Warthog” A-1 habían hecho 300.000 series de lanzamientos durante la fase “Conmoción y Pavor” de la invasión. Por lo general, la “mezcla normal de combate” para el cañón de 30 mm en el A-1 es de cinco balas de DU en cada ronda incendiaria con alto poder explosivo.

“A los niños no se les ha dicho que no pueden jugar con los residuos radioactivos”, escribió Peterson. Sólo vio un lugar donde las tropas estadounidenses habían colocado advertencias escritas en árabe para que los iraquíes se mantuvieran alejados de allí. “Se había averiguado que un dardo de 3 pies de largo procedente de un proyectil de tanque de 120 mm, estaba produciendo radiación 1.300 veces superior al nivel básico, haciendo que el sonido del contador Geiger se pusiera a pitar a toda velocidad”.

Ha sido imposible conocer de forma exacta cómo las fuerzas estadounidenses han utilizado el DU en Iraq desde 2003. Pero el ejército no siempre ha tenido los labios tan sellados. La víspera de la guerra, el investigador Dan Fahey de California, señaló que el Pentágono se había comprometido en una campaña propia para defender el uso del DU. “La campaña tenía dos objetivos: justificar la utilización de munición con DU como necesidad militar y desechar las preocupaciones acerca de los efectos de su uso en la salud y en el medio ambiente”, escribió Fahey en 2005.

De hecho, en una rueda de prensa celebrada el 18 de marzo de 2003, dos días antes de la invasión, el Coronel James Naughton, del Mando de Intendencia del Ejército de EEUU, se jactó que los iraquíes “quieren que el DU desaparezca porque ya les hemos metido bastante mierda” con las batallas de tanques de 1991. “A sus soldados no les puede hacer mucha gracia la idea de utilizar los mismos tanques con algunas ligeras mejoras y enfrentarse de nuevo a los Abrams”.

Las bravuconadas terminaron después de la operación “Conmoción y Pavor”. Las autoridades [estadounidenses] insisten ahora simplemente en que la exposición al DU no es responsable de los graves problemas de salud en Iraq. Cuando se les enfrenta a las pruebas de los defectos de nacimiento en Faluya, el portavoz del Pentágono Michael Kilpatrick declaró a la BBC el pasado año: “Hasta la fecha, no hay estudios que indiquen que los problemas medioambientales causan problemas específicos de salud”.

El Pentágono está apoyándose en estudios seleccionados, como el que dirigió la Agencia Internacional de la Energía Atómica en 2010, que examinó el suelo, agua y vegetación en cuatro zonas –incluida Basora pero no Faluya- y concluyó que “las dosis de radiación procedentes del DU no suponen un riesgo radiológico para la población en los cuatro lugares estudiados en el sur de Iraq”. El informe da por hecho que en efecto se utilizó DU por todo el escenario de la guerra.

Curiosamente, tanto la AIEA como el ejército han reconocido la importancia de manipular fragmentos de armas y chatarra de vehículos como basura radioactiva. “Concretamente, nos dicen que no subamos a tanques que hayan sido bombardeados”, dice Geoff Millard, al que facilitaron unas sucintas advertencias sobre el DU cuando era un joven soldado allá por el 2000.

Sigue sin conocerse la composición exacta de las municiones utilizadas durante los combates en Faluya a finales de 2004. Pero podría calcularse la magnitud de la contaminación por la magnitud de los bombardeos. Según Rebecca Grant, que escribía en 2005 para la Force Air Magazine, EEUU desencadenó incesantes ataques aéreos en la primera batalla de Faluya, de marzo a septiembre de 2004, y lanzó una segunda fase en noviembre de ese mismo año. Describe el “ritmo constante de los ataques aéreos” en una mayoritariamente “cacería humana” en el núcleo urbano utilizando helicópteros de combate AC-130 y aviones de ala fija incluso después de habérsele dicho a los comandantes que redujeran la escala de los ataques debido a consideraciones políticas sobre los daños colaterales. Los aviones F-15 descendían en picado y ametrallaban a los insurgentes para proporcionar cobertura a las tropas terrestres mientras los marines atacaban a los arrinconados insurgentes con misiles guiados por GPS, como los nuevos GBU-38 JDAM (siglas en inglés de Joint Direct Attack Munition) de 500 libras [227 kilos], que podían “arrancar” edificios “justo en medio de zonas muy pobladas”.

Lo que el relato de Grant no incluye es el uso de DU e incluso de fósforo blanco, que, cuando entra en contacto humano, carboniza la carne hasta el hueso. Un año después de que los doctores de Faluya empezaran a informar de reveladoras quemaduras, un portavoz del Pentágono admitió ante la BBC que se había en efecto “utilizado fósforo blanco como arma incendiaria contra los combatientes enemigos” en 2004. (Al principio, el ejército había insistido en que sólo lo utilizaron para iluminar los combates.)

“Una vez que entraron, no se detuvieron ante nada”, dijo el periodista de investigación Dahr Jamail, que estuvo sobre el terreno en Faluya a finales de 2004. Le dijo a TAC que no le sorprendían nada los defectos de nacimiento que Faluya estaba sufriendo actualmente, porque se había utilizado DU en “cantidades masivas”.

Y en cuanto a sus efectos en el desarrollo reproductivo en Faluya, no hay consenso entre los investigadores, pero hay un montón de material que estudiar con detenimiento. Los críticos entre la comunicad científica pueden señalar una década de estudios acerca de los efectos perniciosos del DU sobre la salud, incluyendo un informe de 2006 que encontró que la exposición al DU produjo alteración genética en las ratas de laboratorio y otros experimentos parecidos sugieren que la exposición puede provocar malformaciones esqueléticas y bebés nacidos con peso muy bajo.

Otros contaminantes

El problema al tratar de identificar el principal contribuyente a los defectos de nacimiento en Iraq es que el país es una caldera absoluta de contaminación. Además del agua contaminada, están las omnipresentes columnas de humo tóxico procedentes de la quema de basura en las bases estadounidenses, así como los incendios de gas y petróleo que salpican el paisaje. (No menos de 469 fuegos prendidos por petróleo y gas se registraron entre 2003 y 2008, la mayoría tras la voladura de oleoductos y gasoductos por los insurgentes). Los investigadores militares han estado también examinando los metales pesados, tanto de origen natural como de otro tipo, en el polvo que se levanta en el desierto después de tantas batallas que han hecho que la tierra reviente.

El mismo Sadam utilizó armas químicas contra su propio pueblo y supuestamente dirigió a sus hombres que huían de la invasión de 2003 a sabotear la vieja planta de tratamiento de aguas en Qarmat Ali, justo al norte de Basora, donde el Tigris y el Eufrates se juntan, ensuciándola con un polvo anticorrosivo que contenía cantidades inmensas de cromo hexavalente, una sustancia química que produce cáncer.

Algunos de los soldados de la Guardia Nacional de Oregón que después trabajaron y estuvieron viviendo en la planta de Qarmat Ali –que el contratista de defensa Kellogg, Brown and Root decía que era segura- están ahora tan enfermos que apenas pueden caminar. “Este es nuestro Agente Naranja”, dijo el veterano Scott Ashby a The Oregonian en 2009, refiriéndose al herbicida con que las fuerzas estadounidenses rociaron inmensas franjas del país vietnamita desde 1961 a 1971. Un estudio de la Universidad de Columbia de 2003 estima que se expuso a ese agente a más de 4,5 millones de personas; el gobierno vietnamita ha estimado los resultados en 480.000 muertes y 500.000 bebés nacidos con defectos de nacimiento. Los veteranos estadounidenses tuvieron que presentar demandas para conseguir que les hicieran caso por las enfermedades relacionadas con la exposición al Agente Naranja.

En cierto sentido, lo que está hoy sucediendo por todo Iraq es el Agente Naranja del siglo XXI. Como en Vietnam una generación antes, los estadounidenses se han apresurado a las salidas emocionales en cuanto a Iraq, atribuyendo la guerra a un error garrafal que es mejor dejar para los libros de historia. Ignorando el “gemido constante” de sus contadores morales Geiger, el pueblo estadounidense esconde cuidadosamente las fotografías de los bebés iraquíes deformes junto a los borrosos recuerdos de los niños vietnamitas y de los veteranos estadounidenses marcados por los productos químicos del campo de batalla. La negativa colectiva ha devenido el mejor amigo del imperio, al igual que un desastre de política exterior en el Sureste Asiático ha dado paso a treinta años de catástrofe en Oriente Medio.

Kelly Beaucar Vlahos es una reportera independiente que vive en Washington D.C. y es columnista de Antiwar.com


 

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