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John Dimitri Negroponte, un hombre acusado de
violación de Derechos Humanos,
es el embajador de Bush en Irak
John Negroponte tiene una
larga carrera diplomática, y es precisamente su "experiencia" lo que
convenció al presidente
Bush de elegirlo como el embajador de Estados Unidos en Irak.
"John Negroponte es un hombre de enorme experiencia y conocimiento; por
lo tanto me siento tranquilo pidiéndole que realice esta misión tan
difícil", dijo el presidente Bush.
>>Washington
y el golpe de Estado en Honduras: aquí están las pruebas>>
La mayor sede diplomática de
EEUU
Negroponte queda a cargo de la mayor
sede diplomática que tendrá EE.UU. en el mundo a partir del 30 de junio,
la fecha que se ha establecido para el traspaso de poder a un gobierno
interino iraquí.
Antes de que se confirmara su nominación, el diplomático había señalado
que es importante que la ONU tenga un papel importante en el proceso
político y en las elecciones en el país árabe.
Lo paradójico es precisamente que Negroponte, embajador ante la ONU desde
2001, fue el interlocutor entre Washington y sus colegas para lograr -sin
éxito- el respaldo de las Naciones Unidas para la invasión a Irak.
La guerra dejó muy mal sabor de boca entre los diplomáticos de la ONU y
aún ahora hay muchas dudas sobre el papel que tendría que jugar el
organismo internacional después de que Washington decidiera atacar, aún
sin el consentimiento del Consejo de Seguridad.
Por ahora, sin embargo, quedan muchas dudas sobre qué pasará después
del 30 de junio, en vista de la escalada de violencia en el Irak.
La administración Bush no ha dado a conocer sus planes tras la
devolución del poder, aunque por el momento, en lo que se refiere al papel
que jugará Negroponte, se sabe que en un principio las tropas
estadounidenses seguirán bajo el comando del Pentágono y no del embajador.
Hombre callado y eficaz
Según los diarios estadounidenses, el secretario de Estado Colin Powell
había pedido la elección de Negroponte porque era un candidato "con
experiencia diplomática, destrezas burocráticas, y pericia en los tratos
con los mandos militares".
Sus colegas de otros países, por su parte, lo han descrito como un
diplomático callado, que sabe conseguir lo que quiere sin mucho ruido.
Otros también dicen que es "especialista en tareas de seguridad y
espionaje".
Inicio en Vietnam
Lo cierto es que el actual embajador comenzó su carrera diplomática
durante el conflicto de Vietnam, donde trabajo con Henry Kissinger como
parte del equipo que llevó negociaciones secretas bajo la presidencia de
Richard Nixon.
Así es que desde 1960 Negroponte ha ocupado varios puestos diplomáticos
en todo el mundo, incluyendo países en América Latina: fue embajador en
Honduras (1981-85) y en México (1989-93).
Capítulo oscuro
Precisamente, su época en
Honduras ha
quedado como uno de los capítulos más controvertidos de su carrera. Su
actuación allí fue cuestionada por algunos juristas estadounidenses, que
lo acusaron de no haber prestado atención a las violaciones de los
derechos humanos durante la guerra civil en la vecina Nicaragua.
Incluso, cuando en 1989 George Bush padre lo designó como embajador en
México, Negroponte tuvo que enfrentar muchos cuestionamientos por parte
del Congreso para lograr que le confirmarán ese cargo.
Escuadrones de la muerte
Durante esas comparecencias, tuvo que responder por ejemplo sobre los
escuadrones de la muerte en Honduras y el escándalo "Irán-Contra" (también
conocido como el "Irangate").
Tras su puesto en México, el presidente Bill Clinton lo nombró como
embajador en Filipinas y posteriormente como su negociador en Panamá, para
ver si era posible que se mantuviera la presencia de tropas
estadounidenses en el Canal una vez que éste fuera devuelto al país
centroamericano, negociaciones que fracasaron.
A patir de 1997, Negroponte se trasladó al sector privado, donde
trabajó como vicepresidente para operaciones internacionales de la empresa
editorial McGraw Hill.
De vuelta a la arena pública
El actual presidente le pidió que regresara a la arena pública en 2001,
cuando lo designó como embajador ante la ONU.
Esta nominación también causó controversia y fue cuestionada por varios
legisladores por su pasado en América Central
Negroponte, quién nació en
Londres y luego fue naturalizado estadounidense, habla varios idiomas,
incluyendo un excelente español, que es muy difícil de encontrar entre los
actuales funcionarios de alto rango en la administración Bush
Equipo Nizkor
por los Derechos Humanos
Violación de Derechos Humanos
John Negroponte fue embajador de
EEUU en
Honduras de 1981 a
1985. Como tal, fue responsable de la política de violaciones a los
derechos humanos del gobierno norteamericano. Entre otras cosas,
supervisó la creación de la base aérea El Aguacate, donde EEUU entrenó a
los Contras durante los años 80. La base fue utilizada como un centro
clandestino de detención y tortura. En Agosto del 2001 comenzaron
excavaciones en la base que ya han descubierto algunos de los cadáveres de
las 185 personas que se creen fueron asesinadas y enterradas en la base
Las violaciones a los derechos humanos crecieron sistemáticamente durante
el mandato de Negroponte. La CIA y el batallón argentino 601, entrenaron
al infame Batallón 316, uno de cuyos líderes fue
Billy Joya.
El batallón 316 fue responsable por secuestrar, torturar y asesinar a
cientos de personas. Negroponte sabía de todas estas violaciones a los
derechos humanos y sin embargo continuó colaborando con el batallón, al
mismo tiempo que le mentía al congreso de EEUU sobre las violaciones en
Honduras
El presidente George W. Bush ha nominado a Negroponte como embajador ante
la ONU. Los organismos de ddhh en EEUU y América Latinas hemos unido
nuestras voces para pedirle al Senado de EEUU que rechace esta nominación.
Por favor, ayúdanos!
Honduras:
cuando Negroponte y los militares argentinos la convirtieron en el
infierno
Gary Cohn y Ginger Thompson
Cuando una oleada de tortura y asesinatos hace
tambalear a un pequeño aliado de los Estados Unidos, la verdad pasa a
contarse entre las bajas.
¿Tuvo algo que ver la CIA? ¿Estaba Washington al corriente?. ¿Estaba
engañada la opinión pública?
Ahora lo sabemos: Sí, sí y sí.
TEGUCIGALPA, Honduras - La búsqueda de Nelson Mackay Chavarria -
padre de familia, abogado del gobierno, posible subversivo - comenzó un
domingo de 1982, después de que desayunara y saliera a comprar el
periódico.
Terminó el pasado mes de diciembre, cuando su esposa, Amelia,
presenció cómo los médicos forenses extraían sus frágiles huesos de una
fosa situada en la Honduras rural.
Descubriendo un trozo de la camisa rojiazul que su marido llevaba el
día en que desapareció, Amelia exclamó: "¡Díos mío, es él!".
Junto con Amelia Mackay, la nación hondureña ha comenzado a
enfrentarse a la verdad tan largamente sospechada: que cientos de sus
ciudadanos fueron secuestrados, torturados y asesinados en los años 80 a
manos de una unidad secreta del ejército entrenada y asistida por la
Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Esta unidad de inteligencia, conocida como Batallón 316, utilizaba
dispositivos de shocks y asfixias en los interrogatorios. Con
frecuencia, a los prisioneros se les obligaba a permanecer desnudos y,
cuando dejaban de ser útiles, se les mataba y eran enterrados en tumbas
anónimas.
Documentos recientemente desclasificados y otras fuentes revelan que la
CIA y la Embajada de los Estados Unidos tenían conocimiento de numerosos
de los crímenes, incluyendo tortura y asesinatos, cometidos por el
Batallón 316, y, sin embargo, siguieron colaborando estrechamente con
sus líderes.
Con vistas a mantener el flujo de dólares de los Estados Unidos a
Honduras para la guerra contra el comunismo en Centroamérica, la
Administración Reagan realizó, a sabiendas, una serie de declaraciones
engañosas ante el Congreso y la opinión pública, negando o minimizando
la violencia del Batallón 316.
Estas son algunas de las averiguaciones de una investigación de 14 meses
en la que The Sun ha obtenido antiguos documentos clasificados y ha
entrevistado a participantes de los Estados Unidos y de Honduras, muchos
de los cuales, temiendo por su posición o sus vidas, habían guardado
silencio hasta hoy.
Entre los entrevistados se encuentran tres ex torturadores del Batallón
316, quienes reconocieron sus crímenes y detallaron la estrecha relación
del batallón con la CIA.
La colaboración de los Estados Unidos con el Batallón 316 se dio a
muchos niveles.
-
La CIA fue clave para el entrenamiento y equipamiento del Batallón
316. Sus miembros eran aerotransportados a un lugar secreto de los
Estados Unidos para recibir entrenamiento en técnicas de vigilancia e
interrogatorio, y después la CIA les seguía entrenando en bases
hondureñas.
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Desde 1981, los Estados Unidos suministraron fondos
clandestinamente a expertos argentinos en contrainsurgencia para que
éstos entrenaran a las fuerzas anticomunistas en Honduras. En esa
época, Argentina era famosa por su propia "guerra sucia", que se cobró
al menos 10.000 muertos o "desaparecidos" en los años 70. Instructores
argentinos y de la CIA trabajaron codo con codo en el entrenamiento de
los miembros del Batallón 316 en un campamento en Lepaterique, un
pueblo a unas 16 millas al Oeste de Tegucigalpa.
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El General Gustavo Álvarez Martínez, quien en su calidad de Jefe
de las fuerzas armadas hondureñas dirigía personalmente el Batallón
316, recibió un fuerte apoyo de los Estados Unidos, incluso tras haber
dicho a un Embajador estadounidense que pretendía usar el método
argentino de eliminación de subversivos.
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En 1983, cuando los métodos represivos de Álvarez eran bien
conocidos por la Embajada de los Estados Unidos, la Administración
Reagan le condecoró con la Legión de Mérito por "promover el éxito del
proceso democrático en Honduras". Su amistad con Donald Winters, jefe
de la estación de la CIA en Honduras, era tan estrecha que cuando
Winters adoptó una niña le pidió a Álvarez que fuera su padrino.
-
Un oficial de la CIA radicado en la Embajada de los Estados Unidos
iba con frecuencia a una cárcel secreta conocida como INDUMIL, en
donde se torturaba, y allí visitaba la celda de Inés Murillo, víctima
de abducción. Esa cárcel y otras instalaciones del Batallón 316,
estaban fuera del alcance de los funcionarios hondureños, incluyendo
los jueces que intentaban dar con el paradero de las víctimas de
secuestro.
Se desconoce el número exacto de personas ejecutadas por el Batallón
316 . A lo largo de los años se han ido encontrando cuerpos no
identificados ni reclamados, enterrados en zonas rurales, a lo largo de
los ríos y en los bosques.
Posteriormente, en 1993, el Gobierno de Honduras publicó un listado de
184 personas aún desaparecidas y presuntamente muertas. En español se
les conoce como "desaparecidos". Mackay es la primera persona de la
lista que fue hallada e identificada. El descubrimiento de un cuerpo
identificable ha permitido a los fiscales intentar poner a sus
victimarios a disposición de la justicia.
Hasta el día de hoy, los sucesos de Honduras han recibido poca atención,
una oscura exhibición para una batalla regional tan publicitada.
Ocurrieron cuando la Admisnistración Reagan estaba llevando a cabo una
guerra contra el régimen marxista de Nicaragua y los insurgentes de
izquierdas en El Salvador.
Honduras, aliada de los Estados Unidos, era utilizada por Washington
como base principal de sus operaciones principalmente encubiertas. La
misión del Batallón 316 era la de mantener a Honduras limpia de
izquierdistas.
"Creo que es un ejemplo de la patología de la política exterior", afirma
Jack Binns, a quien Carter nombró embajador en Honduras, cargo que
desempeñó entre septiembre de 1980 y octubre de 1981. "Fue el deseo de
conducir una guerra clandestina contra Nicaragua a partir de Honduras lo
que nos llevó a hacer la vista gorda y a suministrar asistencia a gente
que hacía estas cosas a pesar de que sabíamos que las hacían".
Elliott Abrams, ex Subsecretario de Estado para Derechos Humanos y
Asuntos Humanitarios entre diciembre de 1981 y julio de 1985, cuando fue
nombrado Subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, defendió
vigorosamente la política de Reagan.
Según Abrams, "No era la política de los Estados Unidos desaparecer
gente, asesinar gente. Tampoco era nuestra política mirar para otra
parte".
Abrams y otros miembros de la Administración Reagan manifestaron que si
bien el primer objetivo era combatir el comunismo, animaron a los
dirigentes militares de Centroamérica a poner freno a los abusos contra
los derechos humanos. A diferencia de la Administración Carter, que
colocó los derechos humanos en un punto destacado de su política
exterior, ellos abordaron esta cuestión de forma privada, declaró Abrams.
"Una política de derechos humanos no se hace para hacerle sentir bien
a uno", afirma, "sino para hacer algún bien en el país en el que quieres
actuar".
NADIE ESTABA A SALVO.
Algunas de las víctimas del Batallón 316 eran subversivos, implicadas
en delitos tales como colocación de bombas y robos. Nelson Mackay, un
hombre de carácter afable y de ascendencia australiana, tenía muchos
amigos en la institución militar, pero era sospechoso de arreglar ventas
de armas para un grupo radical estudiantil
Muchos otros fueron secuestrados y asesinados por ejercer las mismas
libertades por las que los Estados Unidos dicen que estaban luchando en
América Latina. Entre las víctimas se encuentran estudiantes que se
manifestaban por la liberación de los prisioneros políticos,
sindicalistas que organizaban huelgas en pro de salarios más altos,
periodistas que criticaban el régimen militar y maestros de escuela que
pedían tasas justas para los pobres.
Entre los secuestrados se encontraban 14 que describieron en sus
entrevistas a The Sun cómo fueron tratados. Nueve de ellos declararon
que miembros del Batallón 316 les colocaron cables en los genitales y
les aplicaron corriente eléctrica.
"Empezaban con 110 voltios", cuenta Miguel Carias, delineante que
compartió cautiverio con Nelson Mackay durante una semana en 1982.
"Luego subían a 220. Cada vez que descargaban sentía cómo mi cuerpo
saltaba y cómo mi boca se llenaba de un sabor metálico".
Ex miembros del Batallón 316, entrevistados en Canadá, donde viven
exiliados, describen cómo los prisioneros eran casi asfixiados con una
máscara de caucho que se les ataba bien fuerte a la cara. La máscara se
llamaba "la capucha". A las mujeres se las acosaba y violaba, declaran
los torturadores.
El cuerpo de Mackay, que tenía 37 años y era padre de 5 hijos, mostraba
signos de otro tipo de torturas.
Los campesinos que encontraron el cuerpo de Mackay en 1982 y que después
lo enterraron relataron que sus manos y pies estaban atados con cuerdas
y que alrededor de su cuello había un lazo. De su boca salía un líquido
negro. Los campesinos reconocieron la sustancia como "creolina", un
líquido denso y negro que se aplica al ganado para matar garrapatas y
ácaros.
SIGUIENDO A LAS VÍCTIMAS
Antes de ser secuestrados y torturados, los sospechosos eran objeto
de seguimiento por parte del Batallón 316.
José Valle, un ex miembro del batallón que ahora se encuentra en Canadá,
describe cómo era el seguimiento típico: "Seguíamos a una persona
durante cuatro o seis días. Observábamos su camino diario desde que
salían de sus casas, el tipo de transporte que utilizaban, las calles
por las que iban".
Una vez que el batallón determinaba el momento y el lugar en que un
individuo era más vulnerable, se procedía al secuestro de la persona,
normalmente a plena luz del día y portando pasamontañas negros de
camuflaje. Les tendían emboscadas a sus víctimas en calles transitadas y
después abandonaban rápidamente el lugar en coches con cristales
ahumados y sin matrícula.
A los prisioneros del Batallón 316 se les confinaba en dormitorios,
armarios y sótanos de casas de campo pertenecientes a oficiales del
ejército. Algunos permenecían en clubes militares en lugares como
INDUMIL, un complejo de industrias militares cercano a Tegucigalpa.
Se les desnudaba y eran atados de pies y manos. Se les vendaban los ojos
con cinta adhesiva.
Los que sobrevivieron recuerdan sesiones de interrogatorio que
duraban horas. Los miembros del Batallón les gritaban obscenidades, les
acusaban de ser terroristas, y les decían que nunca más volverían a ver
a sus familias si no respondían a las preguntas y confesaban.
Milton Jiménez, ex dirigente de un grupo estudiantil radical de
izquierda, se vio sometido a este tipo de interrogatorio. Él y varios
compañeros de universidad fueron secuestrados por la policía militar el
27 de abril de 1982. Jiménez cuenta que cuando se negó a responder a las
preguntar los oficiales le dijeron que iban a matarle. "Dijeron que
estaban terminando de cavar mi tumba....Estaba convencido de que iba a
morir".
Le colocaron de pie frente a un pelotón de ejecución. Apuntaron hacia
él, prometiéndole que había llegado su hora. Pero nunca dispararon.
Después fue liberado.
"Nunca me acusaron de nada en concreto", dijo Jiménez en una entrevista
en Tegucigalpa, en donde ahora ejerce de abogado. "Dijeron que sabían
que yo era un terrorista y me preguntaron quiénes eran mis amigos".
Métodos sencillos.
No había nada de sofisticado en los métodos de tortura empleados por
el Batallón 316. Además de la capucha -un trozo de caucho extraído del
interior de un tubo que impide a una persona respirar a través de la
boca y la nariz- usaban sogas para colgar a las víctimas del techo y
golpearlas, y cables eléctricos para infligir torturas mediante
descargas.
Gloria Esperanza Reyes, que tiene ahora 52 años, hablando para una
entrevista realizada en su casa en Vienna, Virginia, describe cómo fue
torturada mediante cables eléctricos que le fueron colocados en los
pechos y en la vagina. "La primera convulsión fue tan fuerte que sólo
quería morirme", manifestó.
José Barrera, un ex torturador del batallón entrevistado en Toronto,
recuerda los ruegos de los prisioneros. "Siempre nos pedían que les
matáramos", declaró, "La tortura es peor que la muerte".
El Batallón 316 fue entrenado en sus inicios por los argentinos, a
quienes el General Álvarez había invitado a Honduras, habiéndose
graduado él mismo con honores en la Academia Militar Argentina.
"Los argentinos llegaron primero, y ellos enseñaron como desaparecer
a la gente. Los Estados Unidos les hicieron más eficaces", manifestó
Oscar Álvarez, un ex oficial de las fuerzas especiales hondureñas y
también diplomático, sobrino del general.
"Los americanos...trajeron el equipamiento", dijo. "Impartieron el
entrenamiento en los Estados Unidos, y trajeron algunos agentes aquí
para impartir entrenamiento en Honduras. Dijeron 'Necesitan a alguien
que intercepte los teléfonos, que transcriba las cintas, necesitan
grupos de vigilancia'. Trajeron cámaras especiales dentro de termos.
Enseñaron técnicas de interrogatorio".
"Los Estados Unidos no venían aquí y ordenaban matar gente", añadió,
"Nunca vi actividades de los Estados Unidos encaminadas a crear
escuadrones de la muerte".
El jefe de estado mayor del Gral. Alvarez, Gral. José Bueso Rosa,
también describe el papel de los Estados Unidos en el desarrollo del
batallón. "Ellos tuvieron la idea de crear una unidad de inteligencia
que reportaba directamente al jefe de las fuerzas armadas", dijo. "El
Batallón 316 se creó ante la necesidad de información. No éramos
especialistas en inteligencia, en recabación de información, así que los
Estados Unidos se ofrecieron a ayudarnos a organizar esta unidad
especial".
(En 1986 Bueso fue condenado por un Tribunal de Distrito de Miami,
Estados Unidos, por participar en una operación frustrada, financiada
con droga, para asesinar al ex Presidente de Honduras Roberto Suazo
Córdoba.)
Ex miembros del Batallón Batallón 316 y oficiales hondureños
manifestaron que la CIA entrenó a miembros de la unidad en técnicas de
interrogatorio y vigilancia, tanto en los Estados Unidos como en
Honduras.
Este entrenamiento a cargo de la CIA fue confirmado por Richard Stolz, a
la sazón subdirector de operaciones, en el testimonio secreto que rindió
ante el Comité Selecto del Senado sobre Inteligencia, en junio de 1988.
En testimonio desclasificado a solicitud de The Sun, Stolz dijo al
comité: "El curso consistía en tres semanas de instrucción teórica
seguidas de dos semanas de ejercicios prácticos, que contemplaban el
interrogatorio de prisioneros de hecho por parte de los estudiantes. Se
rechazaban el abuso físico u otros tratos degradantes, no sólo porque no
fuera correcto, sino porque históricamente se ha comprobado que no son
eficaces".
Confirmó que oficiales de la CIA visitaron el lugar donde estuvo Inés
Murillo, de 24 años de edad, durante su cautiverio.
El testimonio de Stolz se ha visto confirmado por las entrevistas a
miembros del Batallón 316. La CIA les dijo que aplicaran presión
psicológica, pero no tortura física. Pero víctimas y ex miembros del
batallón dicen que la CIA sabía que se empleaba la tortura.
Florencio Caballero, ex miembro del batallón, recuerda la instrucción
que recibió y la realidad.
"Dijeron que la tortura no era una forma de obtener la verdad en los
interrogatorios. Pero Álvarez dijo que la manera más rápida de conseguir
información era mediante la tortura", declaró a los investigadores del
comité selecto del Senado.
Los investigadores del Senado entrevistaron a Caballero en Canadá,
como parte de la misma investigación en la que testificó Stolz.
En una entrevista con The Sun, Oscar Álvarez evoca también la realidad:
"Lo que estaba previsto es que la unidad de inteligencia recabara la
información y la pusiera a disposición judicial diciendo que la persona
en cuestión pertenecía a la guerrilla y que allí estaban las pruebas",
dijo, "Pero los hondureños no hicieron eso", y haciendo el gesto de
degollar, dijo "Tomaron el camino más fácil".
Y añadió, "Los oficiales estadounidenses no protestaron".
Mark Mansfield, portavoz de la CIA declaró: "No es nuestra política
hacer comentarios sobre las relaciones de nuestros enlaces", pero
añadió, "La idea de la que CIA estuvo involucrada o ratificó abusos a
los derechos humanos en Honduras carece de fundamento".
UN HOMBRE, UNA MISIÓN.
Cuando Álvarez tomó el mando de las fuerzas armadas hondureñas en
1982, a la edad de 44 años, Washington pasó a tener el hombre ideal para
su empresa de combatir la insurgencia comunista en Centroamérica.
"Gustavo Álvarez no compartía el carácter nacional, era dinámico, firme,
inflexible", afirmó Donald Winters, jefe de la estación de la CIA en
Tegucigalpa entre 1982 y 1984. "Sabía adónde quería ir".
Álvarez era hijo de un director de instituto que le obligaba a
recitar poesía para evitar el tartamudeo. No obstante, su lectura
favorita era la historia militar. Admiraba tanto al "zorro del desierto"
alemán de la II Guerra Mundial, el Mariscal de Campo Erwin Rommel, que a
uno de sus hijos le puso el nombre de Erwin y al otro Manfred, como el
hijo de Rommel.
El General Álvarez no ocultaba su creencia de que el terror y la
violencia eran las únicas formas de tratar con los subversivos. Como
comandante de la fuerza de policía nacional conocida como Fuerza de
Seguridad Pública (FUSEP), ya había creado una unidad de inteligencia
que pasaría a ser conocida como Batallón 316.
El 6 de febrero de 1981, cuando todavía estaba al mando de la FUSEP
pero ya había sido elegido como comandante en jefe de las fuerzas
armadas hondureñas, le comentó a Binns su admiración por la manera en
que los militares argentinos habían tratado la cuestión de los
subversivos y le dijo que planeaba usar los mismos métodos en Honduras.
El Embajador de los Estados Unidos estaba sorprendido. En un cable
urgente que cursó a sus superiores en Washington describía la
conversación:
"Álvarez subrayó que Occidente y las democracias eran blandos, quizás
demasiado blandos para hacer frente a la subversión comunista". Los
argentinos, decía, habían enfrentado la amenaza eficazmente,
identificando -y ocupándose- de los subversivos. Su método, opinaba, es
el único medio eficaz de afrontar el desafío.
"En lo relativo a la subversión, [Álvarez] optaría por la acción
dura, firme y extra-jurídica", advertía Binns.
Cuatro meses depués, Binns se vio ultrajado al enterarse de la violenta
abducción y desaparición de Tomás Nativi, un profesor universitario de
33 años y presunto subversivo. Según testigos y un informe del Gobierno
hondureño de 1993, Nativi fue arrancado de su cama el 11 de junio de
1981 por seis hombres con pasamontañas.
Desde entonces no ha sido visto y se presume muerto.
En su cable a Washington acerca del incidente, el Embajador decía:
"Creo que debemos cortar esta situación de raíz. Ya he pedido al jefe de
la estación [de la CIA] que, tangencialmente, saque a relucir este
problema con....Álvarez (cuyos pupilos parecen ser los actores
principales y de quien sospecho es la fuerza intelectual detrás de esta
nueva estrategia para agarrar subversivos/criminales)".
HACIENDO OÍDOS SORDOS
Binns recomendó que el Gobierno de los Estados Unidos actuara para
poner fin a la violencia militar amenazando con retener la ayuda
militar. "Esas sugerencias arrancaron un estruendoso silencio de
Washington", dijo en una reciente entrevista en su casa de Tucson,
Arizona. "Mi mensaje no era el mensaje que todos querían escuchar".
La Administración Reagan había dejado claro que bajaría el perfil de las
críticas a los abusos de los derechos humanos cometidos por sus aliados
en lugares tales como Centroamérica, donde querían actuar en la ofensiva
contra la amenaza comunista.
Thomas O. Enders, ex Subsecretario de Estado para Asuntos
Interamericanos y arquitecto principal de la estrategia inicial de
Reagan, describía el cambio de política en una entrevista reciente en
Nueva York, donde se desempeña como director gerente de Salomon Brothers
Inc., un banco de inversiones.
"No creíamos que pudiéramos apoyar de manera eficaz la resistencia a
las guerrillas en Centroamérica sin estar dispuestos a conceder un apoyo
público significativo a sus gobiernos", declaró Enders.
"Temíamos que el enfoque que había sido adoptado por la
Administración Carter, que era muy crítico respecto de ellos y podía
desmoralizarles, no podría convencer a la Unión Soviética, o a los
salvadoreños, hondureños y otros, que íbamos en serio".
En la estrategia de Reagan, Honduras, que ya antes había sido usada por
los Estados Unidos como avanzada de sus objetivos en Centroamérica,
estaba idóneamente situada entre Nicaragua y El Salvador. El General
Álvarez parecía un socio ideal.
"Álvarez era un 'querido' de la Administración Reagan", declaró
Cresencio S. Arcos, portavoz de prensa de la Embajada de los Estados
Unidos entre junio de 1980 y julio de 1985, y Embajador en Honduras
entre diciembre de 1989 y julio de 1993.
A medida que la estrella del General Álvarez crecía, el Presidente
Reagan daba órdenes de llevar a cabo una agresiva, y en su mayor parte
secreta, arremetida contra el comunismo en Centroamérica.
El 9 de marzo de 1981 -después de menos de dos meses en el cargo- Reagan
firmó una "decisión" que ordenaba la ampliación de las operaciones
encubiertas autorizadas por la Administración Carter "al suministro, a
los Gobiernos centroamericanos que cooperaban [con Estados Unidos ], de
todo tipo de entrenamiento, equipamiento, y asistencia correlativa, para
confrontar la subversión y el terrorismo promovidos desde el exterior".
El 1 de diciembre de 1981 ordenó a la CIA trabajar contra los
sandinistas en Nicaragua y los insurgentes de izquierdas en El Salvador,
a través de "no-americanos" principalmente.
Los "no-americanos" incluían a los argentinos, pagados por la CIA, dijo
Enders en una entrevista el mes pasado. Dijo que no parecía haber otra
alternativa que usar a los argentinos, a pesar de su triste pasado en
derechos humanos.
"No había mucha gente con experiencia en contrainsurgencia", afirmó.
"¿Cuánta gente había que fuera hispano hablante?. [Los derechos humanos]
eran una preocupación obvia, pero cuando nos pusimos a estudiarlo no
vimos que tuviéramos ninguna elección clara".
A finales de 1981, la Administración Reagan había sustituído al
Embajador Binns por John Negroponte, a quien se consideraba un hombre
comprometido con la decisión de la administración de hacer frente al
comunismo en América Latina.
USS HONDURAS
La asociación con Honduras y el General Álvarez se intensificó. La
ayuda militar a Honduras creció de 3.900 millones de dólares en 1980 a
77.400 en 1984.
El diminuto país se vio saturado con tanto equipamiento militar y
personal de los Estados Unidos que algunos empezaron a referirse a él
como el "USS Honduras".
Mientras el Gobierno de los Estados Unidos colmaba de dinero y alababa a
Álvarez, la evidencia de violaciones a los derechos humanos aumentaba.
Una de las acusaciones partió del Coronel Leónidas Torres Arias, tras
ser despedido de su cargo de jefe de inteligencia de las fuerzas armadas
hondureñas.
En agosto de 1982, dio unas conferencias de prensa en Ciudad de
México sobre el Batallón 316, "un escuadrón de la muerte que operaba en
Honduras y que estaba dirigido por el comandante en jefe de las fuerzas
armadas, General Gustavo Álvarez". Dio los nombres de tres víctimas,
entre ellas Nelson Mackay.
En la Embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa, los funcionarios
estadounidenses tuvieron que afrontar las peticiones personales y
escritas de los familiares de los desaparecidos.
El ex congresista hondureño, Efraín Díaz Arrivillaga, manifestó que él
había hablado varias veces con funcionarios de los Estados Unidos en
Honduras, incluido Negroponte, sobre los abusos de los militares.
"Su actitud era tolerante y de guardar silencio", dijo. "Necesitaban
que Honduras prestara su territorio más de lo que les preocupaba que se
estuviera matando a gente inocente".
Negroponte, ahora Embajador en Las Filipinas, ha rechazado reiteradas
solicitudes hechas por teléfono y por escrito, desde el mes de julio,
para ser entrevistado acerca de este informe, incluyendo, recientemente,
una carta entregada en mano a la Embajada en Manila.
Los periódicos hondureños publicaron casi a diario historias acerca
de la violencia militar y anuncios a toda página con fotos de los
desaparecidos. Sólo en 1982 se publicaron, por lo menos, 318 historias
sobre las violaciones a manos de los militares.
Algunas de ellas nombraban directamente a Álvarez.
"General Álvarez, como ser humano que es, le ruego que libere a mis
hijos", podía leerse en un titular de El Tiempo del 30 de abril de
1982..
Congresistas hondureños redactaron varias resoluciones pidiendo que se
investigaran las desapariciones.
Los familiares de las víctimas del Batallón 316 se manifestaron por
cientos en las estrechas calles de Tegucigalpa pidiendo el retorno de
los desaparecidos.
"¡Se los llevaron vivos y vivos los queremos de vuelta!", coreaban,
en su mayor parte mujeres mayores, de rostros arrugados, con pañuelos
blancos en la cabeza y llevando posters con dibujos de sus hijos y
nietos desaparecidos.
Sin embargo, con la determinación de evitar las preguntas del
Congreso, los funcionarios de los Estados Unidos en Honduras ocultaron
las pruebas de las violaciones a los derechos humanos.
"No hay prisioneros políticos en Honduras", afirmaba sobre Honduras el
informe de 1983 de derechos humanos del Departamento de Estado.
Por aquel entonces la Embajada estaba al tanto de numerosos secuestros
de izquierdistas y había participado en la liberación de dos
prominentes víctimas cuya abducción y tortura eran embarazosas.
Era normal que no aparecieran ejemplos específicos de brutalidad a
manos de los militares hondureños en los informes de derechos humanos,
preparados por la Embajada bajo la directa supervisión del Embajador
Negroponte.
Tales informes al Congreso eran un requisito de la Ley de Asistencia
Exterior [Foreign Assistance Act], la cual, en la mayor parte de los
casos, prohíbe a los Estados Unidos suministrar ayuda militar a naciones
cuyos gobiernos estén inmersos en un notable patrón de violaciones
graves a los derechos humanos.
EL FINAL DE ÁLVAREZ
En 1984 a otros oficiales hondureños comenzó a preocuparles el que
Álvarez hubiera llevado al país a una violencia excesiva contra su
propia gente.
El Coronel Eric Sánchez, ya retirado de las fuerzas armadas, pensaba que
Álvarez estaba "obsesionado".
Recordando una conversación con Álvarez acerca del Batallón 316,
Sánchez declaró que el jefe de las fuerzas armadas le dijo: "Uno tiene
que combatir el comunismo con todas las armas y en todos los terrenos, y
no siempre los medios son justos".
El General Walter López, en la actualidad uno de los tres vice
presidentes de Honduras, recordaba en una entrevista "(Álvarez) era
peligroso. Empujaba al país a hacer algo que no queríamos hacer.
Queríamos que se nos entrenara profesionalmente, pero sólo para defender
nuestro país. No para las llamadas operaciones encubiertas".
El 31 de marzo de 1984, la carrera militar de Álvarez llegó a un
repentino e inesperado final.
Acusado de malversación de fondos, fue rechazado por sus propios
oficiales. Un joven oficial le puso una pistola en la cabeza y le
esposó. Fue introducido en un avión militar rumbo a Costa Rica.
Más tarde ese mismo año, Álvarez y su mujer, con sus cinco hijos,
aterrizaban en Miami, donde vivieron durante 5 años. Se unió a una
iglesia evangélica en Miami y se aferró a la religión con tanta pasión
como se había aferrado a la lucha contra el comunismo.
En 1988 Álvarez dijo que había recibido una llamada en un sueño
urgiéndole a volver a Honduras y predicar la Biblia. Esquivando las
ofertas de protección que le brindaban sus amigos militares, se pudo a
predicar en las esquinas de las calles, exclamando: "Mi Biblia es mi
protección".
El 25 de enero de 1989, cinco hombres vestidos de azul y con gorras,
rodearon su coche y lo sembraron de balazos. Momentos antes de morir,
cuando se desangraba como consecuencia de las 18 heridas, Álvarez
preguntó: "¿Por qué me hacen esto?"
Nunca se encontró a los asesinos, pero un grupo llamado Movimiento de
Liberación Popular reivindicó el asesinato.
En una declaración, el grupo se refería a Álvarez como un psicópata que
intentó "eludir la justicia popular disfrazándose de Cristiano frágil y
arrepentido". Bueno
LA DEFENSA DE UNA VIUDA
Lilia Álvarez, la viuda del General, defiende su memoria.
"Era consciente de que lo criticarían por lo que hizo....Hubo algunas
detenciones ilegales, y quizás el ejército ejecutara a algunas personas,
pero piensen en cuántas vidas se salvaron. Miles de personas se salvaron
porque mi marido impidió una guerra civil".
El Gobierno hondureño ha emprendido varias iniciativas en lo referido a
la búsqueda de la verdad sobre las desapariciones de los años 80.
En un informe de 1993, "Los hechos hablan por sí mismos", el Gobierno da
la lista de los nombres de cada uno de los desaparecidos y admite que no
protegió a sus ciudadanos de los abusos de los militares.
"Ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias y la falta del
debido proceso....caracterizaron estos años de intolerancia", declaraba
el informe del Comisionado Nacional de Protección de los Derechos
Humanos en Honduras. "Tal vez, más preocupante que las violaciones en sí
mismas, era la tolerancia de las autoridades para con estos crímenes y
la impunidad con que que fueron cometidos".
Con este informe, el Gobierno hondureño admite por primera vez que las
desapariciones ocurrieron y que comparte la responsabilidad.
En el año que siguió a su toma de posesión como Presidente de Honduras
en 1994, Carlos Roberto Reina emprendió medidas adicionales para
identificar a los responsables.
"Aquéllos de nosotros que vivimos aquel periodo tenemos el compromiso
de que no se vuelva a vivir", afirmó el Fiscal General de Honduras,
Edmundo Orellana. "Tenemos el compromiso de construir una sociedad que
diga 'nunca jamás'".
Uno de los hechos más importante en el marco de esa tarea fue el
descubrimiento de un cuerpo identificable de un desaparecido, Nelson
Mackay. Con un cuerpo identificado se podía emprender una investigación
por asesinato. El caso se ha visto impulsado por la voluntad de
testificar de Miguel Carias, su presunto co-conspirador.
Carias describe su último encuentro en una entrevista.
Estaban juntos en una casa de ladrillo marrón, al norte de Tegucigalpa,
que el Batallón 316 usaba como cárcel secreta. Mackay estaba en una
habitación y tenía sus manos y pies atados con una cuerda. Carias, que
estaba encerrado en el armario, oyó rezar a Mackay.
"Dios te salve María, llena eres de gracia. El Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres....".
La voz de Mackay iba subiendo a medida que recitaba la plegaria una y
otra vez.
"Le dije, '¡Mackay, cállate, por favor. Me estás volviendo loco con
todos tus rezos!'", relata Carias.
Mackay seguía, "Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte...."
"Nunca más volví a ver a Nelson ni a saber de él", dijo Carias.
Más de una década después de la ejecución de Mackay y otros, las
fuerzas hondureñas tratan todavía de frustrar la investigación acerca de
los crímenes de los militares hondureños.
Carias está bajo vigilancia las 24 horas.
Otros dos testigos hondureños que participaron en investigaciones
previas han sido asesinados.
El Comisionado hondureño de derechos humanos, Leo Valladares, ha
recibido tantas amenazas que, en abril, sacó a tres de sus hijos de
Honduras, viaje que fue arreglado rápidamente después de que uno de los
escoltas de Valladares fuera abatido a disparos en un autobús. No se
efectuó arresto alguno por la matanza.
A pesar de este tipo de intimidaciones los familiares de los
desaparecidos siguen determinados. Una vez al mes se congregan frente al
Congreso hondureño, en el centro de Tegucigalpa, y distribuyen
octavillas con los nombres y rostros de los desaparecidos.
Fidelina Borjas Pérez, de 66 años, lleva buscando a su hijo Samuel desde
que éste desapareció, en enero de 1982, en un autobús que viajaba a
Honduras desde Nicaragua.
"Espero que un día Dios me deje encontrar a mi hijo, aunque sólo sea
su cadáver", dijo.
Ninguno de los familiares cree que los desaparecidos estén vivos,
pero quieren saber cómo murieron sus familiares y quién es responsable de
sus muertes.
"No vamos a abandonar nunca nuestra búsqueda", afirma María Concepción
Gómez, cuyo marido, un dirigente sindicalista, desapareció en agosto de
1982. Sentada en su comedor bajo una imagen de La Última Cena, dijo:
"Nunca nos cansaremos. El ejército se equivoca si espera que olvidemos o
abandonemos".
Amelia, la viuda de Nelson Mackay, comparte la misma determinación.
Pocas semanas después de la desaparición de su marido detuvo su
búsqueda pública a causa de amenazas telefónicas contra sus hijos.
Entonces se dedicó a trabajar muchas horas para poder mantener a sus
hijos en colegios privados.
Por el día trabajaba como auxiliar administrativo en el Ministerio
Hondureño de Asuntos Exteriores. Por la noche hacía repostería y la
vendía entre los amigos para obtener un ingreso extra.
Escondía debajo de su cama una caja que contenía el historial de la
dentadura de su marido, su tarjeta de identificación en la que figuraba
su peso y talla, y una fotografía de él llevando una camisa a rayas
rojas y azules que llevaba el día en que desapareció.
"No podía dormir por la noche", recuerda. "Daba vueltas a oscuras por la
casa pensando que tal vez él regresaría, que aparecería".
LA PRIMERA REPÚBLICA BANANERA
Honduras es la "república bananera" originaria, término acuñado desde
principios de siglo 20 para describir la dependencia política y económica
del país respecto de las compañías frutícolas estadounidenses.
La costa Norte de Honduras, la región agrícola más rica del país, estuvo
bajo control de las compañías frutícolas estadounidenses en el pasado
cambio de siglo. En 1914 eran dueños de casi un millón de acres de la
tierra más fértil de Honduras.
Las frutícolas construyeron las únicas líneas ferroviarias de Honduras
para el transporte de la mercancía, pusieron en marcha su propio sistema
de banca y sobornaron a políticos y dirigentes sindicales para que éstos
se avinieran a sus deseos.
Casi ningún rico permanecía en Honduras, el país más pobre de
Centroamérica.
-
Población: 5,2 millones.
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Renta media per capita: 540 dólares/año
-
Educación: casi la mitad de la población no ha terminado el sexto
grado.
-
El 40 por ciento son analfabetos.
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Forma de vida: el 55 por ciento vive en zonas rurales o suburbios
en los alrededores de Tegucigalpa, la capital, o en San Pedro de Sula,
la segunda ciudad más grande del país.
-
Religión: La católico romana.
Honduras no es el único lugar de América Latina donde la Agencia
Central de Inteligencia ha colaborado con los regímenes represores.
Este mismo año se ha revelado que un oficial del ejército
guatemalteco vinculado con dos asesinatos de alto perfil era un agente
pagado de la CIA. Una de las víctimas era un hostelero estadounidense
que vivía en Guatemala, la otra un guerrillero de izquierdas casado con
una abogado nacida en Baltimore.
Se supone que los oficiales de la CIA sabían que el Coronel Julio
Roberto Alpirez, guatemalteco, estaba involucrado en los asesinatos,
pero ocultaron la información.
Creada en 1947, la CIA ha llevado a cabo operaciones encubiertas en
América Latina desde sus inicios. En 1954, la CIA diseñó un golpe
lanzado desde la vecina Honduras que sirvió para derrocar al Presidente
guatemalteco Jacobo Arbenz Guzmán, e instaló un gobierno militar.
La CIA apoyó el derrocamiento del Presidente chileno Salvador Allende
en 1973, y procedió a lanzar un programa encubierto para enardecer la
reputación del hombre fuerte de Chile, el General Augusto Pinochet.
Funcionarios estadounidenses han admitido que la CIA pagó al ex
dirigente militar de Panamá, Manuel Antonio Noriega, más de 160.000
dólares por sus servicios como fuente de inteligencia.
En los años 80, la CIA expandió sus actividades en América Latina. La
agencia entrenó y financió una fuerza paramilitar clandestina conocida
como la "contra" para atacar al Gobierno sandinista de Nicaragua.
En El Salvador, el Coronel Nicolás Carranza, por aquel entonces al
frente del Departamento del Tesoro de la policía, según rezan los
informes, estuvo en la nómina de la CIA durante los años 80 en calidad
de informante. Carranza y la policía del Tesoro han sido vinculados a
los escuadrones de la muerte salvadoreños de extrema derecha.
En una de sus actuaciones más controvertidas de la guerra fría, la
CIA orquestó la invasión fallida de Cuba, en Abril de 1961, mediante una
fuerza de exiliados cubanos.
Con el final de la guerra fría, están aflorando las preguntas acerca del
papel de la CIA y otras agencias de inteligencia estadounidenses. Las
agencias de inteligencia, concretamente la CIA, están siendo sometidas a
una intensa re-evaluación por parte de una comisión presidencial que se
espera informe de los resultados de sus investigaciones a principios del
próximo año.
[Fuente: The Baltimore Sun - Por
Gary Cohn y Ginger Thompson, Sun Staff -
Publicado originalmente el 11 de junio de 1995. Primera entrega de una
serie. Traducido al español desde el original en inglés por el Equipo
Nizkor el 10sep01]