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0805 - Fuente
Red Voltaire
La elección de Mahmud Ahmadineyad ha sido una
sorpresa de la cual no se han recuperado los expertos invitados por los
principales medios de comunicación. De hecho, debido a su perfil, es
difícil saber qué esperar de su parte. Ahmadineyad es el primer presidente
de la República Islámica que no es religioso a pesar de ser fiel al modelo
teocrático. Es el primer ex Guardia de la Revolución en llegar a un cargo
tan elevado, encarna una nueva generación de dirigentes políticos
iraníes y fue electo sobre la base de
un programa socialista. Es difícil hacer pronósticos sobre las próximas
medidas que tomará y sobre la orientación de su política. A esta
incertidumbre se añaden las vacilaciones de determinados atlantistas
acerca de la posibilidad de un ataque a Irán, un adversario que podría
mostrarse muy engorroso y que podría ripostar duramente a una agresión.
Ese cúmulo de dudas se percibe al leer las tribunas publicadas por los
autores atlantistas o las tradicionales retransmisiones por parte de
Israel. La hermosa unidad que tradicionalmente prevalece en temas como
Siria, el Líbano o Irak se ha hecho pedazos.
En Francia no se observa esa división. El análisis de los
resultados de las elecciones iraníes
sigue estando dominado por una visión binaria entre «reformistas» en los
cuales se puede tener más o menos confianza y «conservadores» de los
cuales, decididamente, hay que desconfiar. _ Así, en Le
Figaro, el ex vocero de las falanges cristianas libanesas, el director
del Observatorio del Mundo Árabe, Antoine Basbous, se preocupa por el
endurecimiento del régimen. Es del criterio de que
Irán se prepara para enfrentarse a
Estados Unidos y a una juventud iraní que el gobierno ya no logra
organizar. A causa de una próxima confrontación en dos frentes, el
gobierno se aglutina en torno a Alí Jamenei, el guía supremo de la
revolución. El autor vaticina que próximamente Irán se parecerá al
Afganistán de los talibanes.
Por su parte, el analista atlantista, Bruno Tertrais, expresa en
Le Monde que la elección de un conservador en Irán
hará más difíciles las discusiones con la Unión Europea. En su criterio,
Ahmadineyad es apoyado por grupos deseosos de que Irán cuente con
armamento nuclear y que no quieren discutir con Estados Unidos.
Actualmente Tertrais considera que los iraníes quieren ganar tiempo
gracias a las negociaciones y aprovecharse de ellas para desarrollar las
instalaciones que permitan la construcción de armas nucleares.
Sin embargo, en el mismo diario, Farhad Khosrokhavar, investigador de la
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, matiza este análisis. En
su opinión, esta elección evidencia el agotamiento de los reformistas, que
se abstuvieron, pero sobre todo un repliegue de las capas populares hacia
el igualitarismo predicado por los medios chiítas conservadores. Sin
alegrarse de la elección de un presidente que él considera un
«neoconservador» iraní, afirma que pueden esperarse avances en la cuestión
de las negociaciones nucleares: hoy existe coherencia en el gobierno iraní
y eso facilitará las discusiones.
Fuera de Francia, sin embargo, hay
posiciones mucho más sorprendentes. En tal sentido, el analista iraní del
gabinete de relaciones públicas neoconservador Benador Associates, Amir
Taheri, lanza ataques contra Ahmadineyad en el Gulf News
que se han publicado en la prensa internacional. Para él, no tiene sentido
alguno la acusación referente a la participación del nuevo presidente en
la toma de rehenes de la embajada estadounidense en 1979. Él, por el
contrario, se opuso a ese secuestro. El autor da mucho más crédito a las
acusaciones sobre su implicación en la muerte de tres disidentes kurdos
iraníes en Viena en 1989. Pero lo hace para minimizar enseguida su papel y
para poner en duda su conocimiento del crimen que se preparaba.
Mahan Abedin, colaborador de Daniel Pipes, hace también un análisis
ambiguo en el Daily Star. El nuevo presidente iraní
fue electo sobre la base de un programa social, no es un mulah pero fue
apoyado por simpatizantes del ayatolá Jomeini y por una nueva generación
que se propone encauzar de nuevo a la Revolución Islámica por su senda
original. Partiendo de esa premisa, su hipótesis es que los tradicionales
medios conservadores iraníes tal vez no acepten con facilidad a este
recién llegado. No obstante, saca una conclusión en sentido doble: no
puede haber cambio de régimen en Irán. Para el autor, ¿significa eso que
Irán no es capaz de reformarse sin una intervención extranjera que él
desea o que la población está demasiado aferrada a los ideales de la
Revolución de 1979 como para permitir que se le imponga un régimen aliado
de Washington? Es difícil saber lo que Abedin piensa en verdad al
respecto.
Todos los círculos neoconservadores, empero, no muestran la misma
ambigüedad o la misma prudencia. Tras haber ocupado durante tres días las
páginas del Washington Times la semana pasada, Kenneth
Timmerman, de la Foundation for Democracy in Iran, insiste en su
propaganda antiiraní en el Jerusalem Post. En su
criterio no hay lugar a dudas: Ahmadineyad llegó al poder gracias a unas
elecciones fraudulentas, es un extremista y quiere a toda costa
desarrollar el programa nuclear iraní. Según Timmerman, Irán ha adquirido
unas quince ojivas nucleares con el apoyo de Paquistán, China y Rusia, y
con la tácita complicidad de Alemania. Actualmente, Teherán está a punto
de equipar con esas ojivas misiles de largo alcance y Estados Unidos no
puede esperar nada del Consejo de Seguridad de la ONU. Por ello, invita a
Estados Unidos y a Israel a atacar con rapidez a la República Islámica.
En el otro extremo del tablero geopolítico,
el analista prosirio, Patrick Seale, muestra un entusiasmo poco habitual
en él con respecto a Mahmud Ahmadineyad. En el Gulf News
y en el Dar Al-Hayat, Seale afirma que el nuevo
presidente aplicará una política social y nacionalista que puede ser un
ejemplo para sus vecinos árabes. Seale considera que Irán se beneficia hoy
del maná petrolero y de lazos estrechos con China y Rusia, mientras que
Estados Unidos se encuentra empantanado en Irak, todo lo cual sitúa a
Ahmadineyad en una posición de fuerza. La visión idílica planteada por el
autor puede enfocarse de manera relativa, pues la cuestión de un ataque o
no a Irán no se ha decidido por parte de Washington. En realidad, de lo
que el analista se alegra sobre todo es de la derrota de Alí Rafsandjani.
Se sospechaba que este se encontraba dispuesto a sacrificar su alianza con
Damasco y con el Hezbollah en aras de un entendimiento con Washington.
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