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- Creo que
Berlusconi y cierta parte de Italia se gustan porque se parecen
Hace unas
semanas, el vicepresidente del gobierno italiano, Gianfranco Fini,
dirigiéndose a los jóvenes de su partido, el posfascista Alleanza
Nazionale, calificó el pacifismo como "caricatura de la paz", comparó a
los pacifistas con Pilatos e hizo un llamamiento a movilizarse en una
"guerra contra el pacifismo". Semejante exaltación belicista tuvo lugar
pocos días después del asesinato del pacifista italiano Enzo Baldoni en
Irak. Tal vez de estas declaraciones pueda extraerse un hilo conductor que
nos ayude en adentrarnos en el laberinto de la Italia de hoy. En
realidad, no puede acusarse a Fini de incoherencia, pues sus palabras
pertenecen a la ideología de la que proviene: "La guerra, única higiene
del mundo", según dijo Marinetti, las enseñanzas del maestro de Fini, el
histórico líder del MSI, Giorgio Almirante, quien le consideraba su pupilo
predilecto y quien firmaba los bandos nazi-fascistas contra los partisanos
durante la República de Salò. Fini, simplemente, se ha mostrado más
franco que el resto de sus compañeros de gobierno, que recurren a
estratagemas más mediocres: ocultar en la televisión las grandes
manifestaciones pacifistas en Italia y en el mundo, desempolvar leyes de
época mussoliniana para impedir la exhibición de las multicolores banderas
pacifistas en lugares públicos, puesto que una ley aún en vigor
afirma que sólo la bandera tricolor y los retratos del Duce y del rey
Vittorio Emanuele III pueden aparecer en los edificios del Estado
italiano.
Y es que, nos guste o no, Italia posee una sólida tradición fascista.
Mejor dicho, el fascismo es la única forma original de estado que nuestro
país produjo en el siglo XX, exportándola con éxito a Alemania, España,
Portugal, Hungría y Rumania. Una tradición, esa italiana, que se benefició
de un amplio consenso durante los veinte años del fascismo, pues los
únicos en oponerse al estado corporativo y totalitario fueron una
aristocracia obrera e intelectual que acabó organizando la Resistencia,
que sólo se convirtió en lucha popular cuando Italia se vio en el fondo
del pozo.
No me sorprendería que pronto volvieran a estar en auge las delaciones,
visto que la delación fue una actividad practicada con pasión por los
italianos durante la ocupación nazi. Se me objetará que hubo muchas
familias que acogieron a judíos y a otros perseguidos. Es cierto, y me
siento orgulloso por conocer precisamente a una de esas familias. Pero en
el fondo se trata de una cuestión de preponderancia, y los historiadores
han recopilado abundantes documentos al respecto: a una grandísima parte
de los italianos les gustaba denunciar. Por lo demás, el sistema de
Berlusconi, con la institución de números de teléfono en los que los
ciudadanos pueden denunciar a los profesores que no concuerden con las
leyes del gobierno no son un mal inicio: las autoridades graban y fichan.
Italia es la nación del "Nosotros dividido", por emplear el título de un
libro de un gran filósofo actual, Remo Bodei: una buena parte de los
italianos es sinceramente democrática, pero otra buena parte es
profundamente fascistoide. Porque el sentir fascista, en su sentido más
amplio, siempre lo ha conservado dentro. Y en un sistema democrático es
sólo cuestión de preponderancia. Hoy, por toda una serie de motivos que
dejo al examen de historiadores, politólogos y sociólogos, el sentir
fascista es mayoritario. Por lo demás, nunca he creído que Berlusconi
ganara las elecciones porque "engañara" a la gente. Creo que Berlusconi
y cierta parte de Italia se gustan porque se parecen.
Dicho esto, sin embargo, me gustaría hacer notar que mientras la
Constitución italiana no sustituya el artículo que afirma: "Italia es una
nación que repudia la guerra", por uno que diga algo así como: "Italia es
una nación que ama la guerra", el nuestro es un país declaradamente
pacifista, y que por lo tanto las palabras de Fini suenan a desprecio del
espíritu de nuestra Carta Constitucional.
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