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Elecciones 2006: Giorgio Napolitano es el nuevo presidente

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Italia, con presidente poscomunista

El líder del centroizquierda y premier electo, Romano Prodi, se mostró feliz tras la votación de su candidato a la silla presidencial. El voto de ayer, decisivo en favor de Giorgio Napolitano, rompe con 58 años de imposibilidad de los comunistas de llegar al poder.

110506 - Eric González  - Giorgio Napolitano (En la foto de la derecha), militante comunista durante más de medio siglo, fue elegido ayer presidente de la República Italiana. La hostilidad entre la izquierda de Romano Prodi y la derecha de Silvio Berlusconi se plasmó una vez más en la votación definitiva de los 1009 senadores, diputados y representantes de las regiones: Napolitano obtuvo sólo 543 boletas procedentes de sus propias filas, mientras la oposición, rompiendo la tradición republicana del consenso en la elección del jefe del Estado, votó en blanco. La investidura del nuevo presidente está prevista para el lunes a las 17, hora local. Dos horas antes, Carlo Azeglio Ciampi formalizará su dimisión.

Romano Prodi se mostró inmensamente feliz, porque su coalición mantuvo la disciplina de voto en torno de Napolitano y porque se despejó al fin el último obstáculo a su nombramiento como primer ministro.

(Giorgio Napolitano en Belgrado, en 1969, en la foto de la derecha)

Se esperaba que el encargo de formar gobierno le llegara ya el próximo martes. “Sólo lamento –dijo Prodi– que la Casa de las Libertades no haya entendido que Napolitano será verdaderamente el presidente de todos.” También Silvio Berlusconi podía sentirse satisfecho. Logró imponer su estrategia de “oposición total” sobre un amplio sector de su coalición que no veía inconvenientes en respaldar a Napolitano y relajar un poco la tensión política, contabilizó poquísimos “francotiradores” en sus filas (sólo dos o tres democristianos rompieron la disciplina de voto) y pudo pronunciar una frase largamente preparada: “La izquierda ha concluido hoy la ocupación de todas las altas instituciones del Estado, pese a representar a menos de la mitad del país”.

Berlusconi mantuvo un tono belicoso, de campaña electoral, con la vista puesta en las municipales y regionales del 28 de mayo. “Nos acusaron durante cinco años de abusar de nuestra mayoría. Bien, está a la vista de todos lo que hace la izquierda en cuanto obtiene una ínfima mayoría”, declaró Il Cavaliere. El sector más ultramontano de la coalición berlusconiana, representado por la Liga Norte, fue más lejos: “No reconocemos a este presidente”, proclamó el ex ministro Roberto Calderoli. “Sí, si lo reconocemos, somos personas razonables”, tuvo que corregirle Berlusconi.

La izquierda italiana celebró una fiesta póstuma: con el triunfo de Giorgio Napolitano se rompió el tabú que desde 1948 cerraba al Partido Comunista el acceso a la jefatura del Estado. Ya no existía el PCI, transformado en Demócratas de Izquierda, y la Guerra Fría concluyó hace tiempo, pero muchos ciudadanos vieron en el nuevo presidente el símbolo de una superación definitiva del pasado. “Hoy ha muerto la Primera República –dijo el centrista Clemente Mastella–, y se abre una fase completamente nueva.” Hasta el Vaticano celebró el acontecimiento. “También los católicos nos sentimos felices”, subrayó el cardenal Achille Silvestrini, antiguo “ministro de Asuntos Exteriores” vaticano. “Los tiempos han cambiado y ya nadie piensa en la conventio ad excludendum contra los comunistas”, agregó.

El presidente de los Demócratas de Izquierda, Massimo D’Alema, fue a la vez el gran derrotado y el gran vencedor moral de la jornada. D’Alema aspiraba al principio a la presidencia de la Cámara de Diputados, pero tuvo que cederla a Fausto Bertinotti, de Refundación Comunista, cuando éste la exigió sin admitir otras opciones. Luego se perfiló como un buen candidato a la presidencia de la República, pero el centroderecha amenazó con no presentarse en el Parlamento si se concretaba la candidatura de D’Alema, calificado de “excesivamente partidista”. Y D’Alema volvió a renunciar, esta vez a favor de Napolitano. Ma-ssimo D’Alema, al que incluso algunos compañeros de partido consideraban maniobrero y egoísta, adquirió con esos gestos un insospechado perfil de estadista generoso. “Aún no tengo cerrada la lista de los ministros, pero confío en que D’Alema forme parte de mi gobierno”, dijo Prodi. Para el dirigente poscomunista estaban preparadas una vicepresidencia y la cartera de Asuntos Exteriores, aunque cabía la posibilidad de que, después de optar a los puestos más altos del Estado, D’Alema prefiriera no aceptar un encargo menor y se consagrara a la misión de unir al centroizquierda en un gran Partido Democrático.

El día de Napolitano comenzó temprano. Desde que se hizo oficial el voto de la Unión, los periodistas no dejaron de seguirlo, de preguntarle sobre su postura, sobre la situación, sobre las perspectivas. Y el día del voto decisivo los cronistas lo persiguieron desde la mañana, a la salida de la habitación en el centro de Roma. Le preguntaban si este era el día más importante de su vida. “Si se considera la vida privada, han sido otros. Pero en política, es cierto” fue la respuesta.

 

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