Italia, con
presidente poscomunista
El líder del centroizquierda y
premier electo, Romano Prodi, se
mostró feliz tras la votación de su candidato a la silla presidencial.
El voto de ayer, decisivo en favor de Giorgio Napolitano, rompe con 58
años de imposibilidad de los comunistas de llegar al poder.
110506 -
Eric González
- Giorgio Napolitano
(En la
foto de la derecha), militante
comunista durante más de medio siglo, fue elegido ayer presidente de la
República Italiana. La hostilidad entre la izquierda de Romano Prodi y
la derecha de Silvio Berlusconi se plasmó una vez más en la votación
definitiva de los 1009 senadores, diputados y representantes de las
regiones: Napolitano obtuvo sólo 543 boletas procedentes de sus propias
filas, mientras la oposición, rompiendo la tradición republicana del
consenso en la elección del jefe del Estado, votó en blanco. La
investidura del nuevo presidente está prevista para el lunes a las 17,
hora local. Dos horas antes, Carlo Azeglio Ciampi formalizará su
dimisión.Romano Prodi se mostró
inmensamente feliz, porque su coalición
mantuvo la disciplina de voto en torno de Napolitano y porque se despejó
al fin el último obstáculo a su nombramiento como primer ministro.
(Giorgio Napolitano en Belgrado, en 1969, en la
foto de la derecha)
Se esperaba que el encargo de formar
gobierno le llegara ya el próximo martes. “Sólo lamento –dijo Prodi– que
la Casa de las Libertades no haya entendido que Napolitano será
verdaderamente el presidente de todos.” También Silvio Berlusconi podía
sentirse satisfecho. Logró imponer su estrategia de “oposición total”
sobre un amplio sector de su coalición que no veía inconvenientes en
respaldar a Napolitano y relajar un poco la tensión política,
contabilizó poquísimos “francotiradores” en sus filas (sólo dos o tres
democristianos rompieron la disciplina de voto) y pudo pronunciar una
frase largamente preparada: “La izquierda ha concluido hoy la ocupación
de todas las altas instituciones del Estado, pese a representar a menos
de la mitad del país”.
Berlusconi mantuvo un tono belicoso, de campaña
electoral, con la vista puesta en las municipales y regionales del 28 de
mayo. “Nos acusaron durante cinco años de abusar de nuestra mayoría.
Bien, está a la vista de todos lo que hace la izquierda en cuanto
obtiene una ínfima mayoría”, declaró Il Cavaliere. El sector más
ultramontano de la coalición berlusconiana, representado por la Liga
Norte, fue más lejos: “No reconocemos a este presidente”, proclamó el ex
ministro Roberto Calderoli. “Sí, si lo reconocemos, somos personas
razonables”, tuvo que corregirle Berlusconi.
La izquierda italiana celebró una fiesta póstuma: con
el triunfo de Giorgio Napolitano se rompió el tabú que desde 1948
cerraba al Partido Comunista el acceso a la jefatura del Estado. Ya no
existía el PCI, transformado en Demócratas de Izquierda, y la Guerra
Fría concluyó hace tiempo, pero muchos ciudadanos vieron en el nuevo
presidente el símbolo de una superación definitiva del pasado. “Hoy ha
muerto la Primera República –dijo el centrista Clemente Mastella–, y se
abre una fase completamente nueva.” Hasta el Vaticano celebró el
acontecimiento. “También los católicos nos sentimos felices”, subrayó el
cardenal Achille Silvestrini, antiguo “ministro de Asuntos Exteriores”
vaticano. “Los tiempos han cambiado y ya nadie piensa en la conventio ad
excludendum contra los comunistas”, agregó.
El presidente de los Demócratas de Izquierda, Massimo
D’Alema, fue a la vez el gran derrotado y el gran vencedor moral de la
jornada. D’Alema aspiraba al principio a la presidencia de la Cámara de
Diputados, pero tuvo que cederla a Fausto Bertinotti, de Refundación
Comunista, cuando éste la exigió sin admitir otras opciones. Luego se
perfiló como un buen candidato a la presidencia de la República, pero el
centroderecha amenazó con no presentarse en el Parlamento si se
concretaba la candidatura de D’Alema, calificado de “excesivamente
partidista”. Y D’Alema volvió a renunciar, esta vez a favor de
Napolitano. Ma-ssimo D’Alema, al que incluso algunos compañeros de
partido consideraban maniobrero y egoísta, adquirió con esos gestos un
insospechado perfil de estadista generoso. “Aún no tengo cerrada la
lista de los ministros, pero confío en que D’Alema forme parte de mi
gobierno”, dijo Prodi. Para el dirigente poscomunista estaban preparadas
una vicepresidencia y la cartera de Asuntos Exteriores, aunque cabía la
posibilidad de que, después de optar a los puestos más altos del Estado,
D’Alema prefiriera no aceptar un encargo menor y se consagrara a la
misión de unir al centroizquierda en un gran Partido Democrático.
El día de Napolitano comenzó temprano. Desde que se
hizo oficial el voto de la Unión, los periodistas no dejaron de
seguirlo, de preguntarle sobre su postura, sobre la situación, sobre las
perspectivas. Y el día del voto decisivo los cronistas lo persiguieron
desde la mañana, a la salida de la habitación en el centro de Roma. Le
preguntaban si este era el día más importante de su vida. “Si se
considera la vida privada, han sido otros. Pero en política, es cierto”
fue la respuesta.
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