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091111 - Gorka Larrabeiti - Italia: Berlusconi promete dimitir tras aprobar la Ley de Estabilidad que exige la UE

 

El Presidente del Consejo de Ministros italiano, Silvio Berlusconi, anunció ayer al Presidente de la República que renunciará a su cargo en cuanto el Parlamento apruebe el plan de ajuste anti-crisis negociado con la Unión Europea.

(Ver:
La cumbre del gatillazo griego)

La aprobación de las Cuentas del Estado 2010 se convirtió, de hecho, en una moción de confianza, y su gobierno perdió la mayoría parlamentaria. Berlusconi luchará hasta el final e intentará llegar a las elecciones anticipadas para frenar cualquier intento de la oposición o de los disidentes de su propio partido de formar un Gobierno de "unidad nacional". Si en el Parlamento ayer Berlusconi encajaba una derrota dolorosa, en las Bolsas la jornada le resultó catastrófica. El diferencial de los bonos soberanos italianos alcanzó otro récord ayer: 497 puntos, el rendimiento de los bonos a 10 años de la deuda italiana subió a 6,76%. El grupo Mediaset, que pertenece a la familia Berlusconi, obtuvo ayer el peor resultado (-2,94%). ¿Qué sucederá hoy: tendrán paciencia "los mercados" o se precipitará la situación favoreciendo un gobierno de "emergencia nacional"? Goldman Sachs ya se ha expresado al respecto: en un reportaje titulado "Italia: qué sucede ahora" los economistas del megagrupo financiero señalan tres opciones, la peor de las cuales serían las elecciones anticipadas, y la mejor el gobierno de "unidad nacional". También la Unión Europea ha hablado: El Comisario Europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, envió un cuestionario al gobierno europeo en que no sólo se fija una fecha tope -11 de noviembre- para la aplicación de la medidas sino que exige ya más medidas adicionales para alcanzar los objetivos marcados para 2012 y 2013.

(Ver:
El plan de la élite para un nuevo orden social mundial)

Sic transit gloria mundi, dijo Silvio Berlusconi cuando supo de la muerte de Muammar Gadafi. Todos los que lo habían aupado al poder le habían pedido que dimitiera -la patronal, la Iglesia, sus aliados de gobierno de la Liga Norte, algunos ministros- pero Silvio Berlusconi decidió inmolarse públicamente en el Parlamento. "Nací en las urnas, y si tengo que morir, lo haré en el Parlamento”. Igual de numantino que su amigo
Muammar, el Cavaliere avisó a los que le habían abandonado: “Quiero que me traicionen delante de mí”. Al conocer el voto, escribió en una hoja: "Ocho traidores. Voto. Presidente de la República. Una solución".

(Ver:
José Luis Rodríguez Zapatero: El cadete de  Washington y la OTAN/NATO)

La pregunta es: ¿por qué ha resistido hasta el final cuando todo su mundo -salvo sus hijos Marina y Piersilvio- le pedía lo contrario? La respuesta más obvia es antigua. Indro Montanelli y Enzo Biagi, famosos periodistas italianos contaban que un día Berlusconi les confesó la verdadera razón de su “salida al terreno de juego” político: “Si no entro en política, termino en la cárcel y quiebran mis empresas”. Lo mismo ahora: Berlusconi es una especie de
Gadafi financiero, y como Gadafi, lucha para defender su último territorio, su Sirte, que en este caso es el grupo Fininvest. En este artículo, hace un año Matteo Bartocci hacía un repaso de la situación financiera del Grupo Fininvest (“Fininvest en números rojos”). Cuenta Bartocci que entre 2005 y 2009 al grupo Fininvest no le ha ido bien: el valor de las acciones Mediaset se ha reducido a la mitad; las acciones del grupo Mondadori bajaron un 70% en el último trienio; los títulos Mediolanum han bajado un 60% en cuatro años. La actuación del grupo Fininvest en el bienio 2007-2009 no fue particularmente favorable: la facturación bajó de 6.200 a 5.400 millones de euros; el útil bajó de 366 a 174 millones; el endeudamiento financiero neto se duplicó pasando de 597 a 1175 millones; las inversiones descendieron un 28,5%.

(Ver:
Balance después de las elecciones presidenciales de octubre de 2011 en Argentina)

Ni Mediaset, ni Mondadori, ni Mediolanum ni el club de fútbol Milan A.C. pasan por un momento feliz, todo lo contrario. Ello ha llevado al Cavaliere Berlusconi a buscar nuevas fuentes de financiación para tapar agujeros de sus empresas tradicionales. En un reportaje de Sigfrido Ranucci emitido hace 10 días se informaba de que Mediaset, obligada a pagar 564 millones de euros por la sentencia del Lodo Mondadori, estaba financiándose a través de beneficios obtenidos por impuestos del juego online que debían destinarse a la reconstrucción de la región de los Abruzos, devastada por un terremoto hace dos años.

Entonces, ¿hemos de brindar por la caída de Berlusconi? Lo habríamos hecho, sin duda, si hubieran sido el pueblo o la oposición quienes lo hubiera derribado. Mas no ha sido así. El último empujón a Berlusconi viene de arriba. Su populismo mediático le había salvado de los escándalos sexuales, de sus supuestas relaciones con la mafia, de sus escándalos financieros, de su continua agresión al Estado de Derecho, de la crisis en
Italia. Pero no le ha salvado de “los mercados”. Ni la BCE, ni el Fondo Monetario Internacional ni la Unión Europea querían ya a un hombre demasiado independiente, poco sujeto a obedecer y a aplicar sus medidas de austeridad. La creatividad publicitaria del populista Berlusconi no dejaba de ser una afirmación de una política nacional. Hoy las naciones han de acatar lo que se les dicte desde Bruselas o Frankfurt. Y punto.

(Ver:
La Italia de Berlusconi. Populismo de nuevo tipo)

El mundo de hoy no es el de la televisión. Ya no funciona una narración sentimental del poder. Hoy impera la narración fría y despiadada de ese sujeto anónimo colectivo que llaman “mercado” cuya arma letal es la prima de riesgo. Véase la trayectoria de los bonos de Estado italianos de anteayer. En esa montaña rusa de la Bolsa, en la que inversores anónimos entran y salen continuamente haciendo apuestas, alguien gana dinero. Montañas de dinero que no se sabe adónde van.

El día que ha muerto políticamente Berlusconi como hombre de gobierno no hemos podido decir “¡por fin!” porque se nos ha aparecido un nuevo tirano, que debe de ser muy fuerte para haber acabado con uno como Berlusconi, a quien nadie consiguió derribar del todo desde 1994. Igual hasta llegamos a echar de menos la sonrisa eterna, el cabello falso y el maquillaje del Cavaliere, porque, ¡cuidado!, el nuevo tirano no tiene nombre ni rostro.

 

 

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