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0404 - Página 12
Este Berlusconi, verdaderamente
es una maravilla; lástima que sea primer ministro de Italia, pero si no,
sería perfecto: prohibir la teoría de
Darwin para menores de 14 años es
algo que requiere, por cierto, audacia e imaginación (además de
ignorancia, estupidez y brutalidad).

Berlusconi, ¿le recuerda a alguien? |
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Pero lo cierto es que por fin alguien
se atreve a arrancar a los pobres párvulos de las garras de Darwin e
introducir el relato bíblico, costillas y manzanas incluidas (que, de
paso, previene a los tiernos infantes sobre los peligros del
conocimiento).
Por cierto, el buen Berlusconi no fue el primero. En 1928, en los Estados
Unidos, durante el famoso Juicio del Mono, un maestro de escuela, John
Thomas Scopes, fue condenado por enseñar la teoría de la evolución en un
juicio realmente memorable. Por la acusación actuó Bryant, varias veces
candidato a la presidencia de los Estados
Unidos, que defendió la literalidad de la Biblia y sostuvo que el mundo
había sido creado en el año 4315 a. de C., a las seis de la tarde (“¿hora
del Este u hora del Oeste?”, preguntó el defensor, Darrow). La obra de
teatro Heredarás el viento, llevada al cine en varias versiones da cuenta
del jocoso espectáculo, que fue uno de los primeros juicios transmitidos
por radio en los Estados Unidos. El ex presidente norteamericano Reagan
(actualmente con Alzheimer) dijo, en sus buenas épocas, “tener sus dudas”
sobre el darwinismo. Hace no mucho, un estado norteamericano aprobó una
ley según la cual no se podía preguntar en los exámenes sobre el tema, y
los fundamentalistas cristianos (muchos de los cuales contribuyeron a llevar a
George Bush a la
presidencia) insisten en que se enseñe la teoría bíblica en lugar del
darwinismo, o por lo menos en un pie de igualdad, ya que en última
instancia se trata de “discursos equivalentes” (en lo cual coinciden,
notablemente, con corrientes posmo que se tildan de progresistas. Otra de
las buenas cosas que tiene la medida de Berlusconi es poner en negro sobre
blanco la relación de la derecha con la ciencia y mostrar el riesgoso
camino que toman ciertas corrientes progresistas que desconfían de lo
científico y lo racional). Cuando en la Argentina se reformaron los
Contenidos Básicos Comunes, el entonces presidente Menem, por presión del
evolucionado monseñor Quarracino, debió interrumpir su diaria lectura de
Sócrates para indicar al entonces ministro de Educación Jorge Rodríguez
que se sacara de los CBC toda mención a
Darwin o Lamarck. El papa
Juan
Pablo II, en una muestra de delicada actualidad (y debilidad), por su
parte señaló que “los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la
teoría de la evolución algo más que una hipótesis”. Según dijo Letizia
Moratti, ministra de Educación italiana, la juventud no puede exponerse
desde tan temprano a una cosa tan brutal como el darwinismo.
Sabias palabras. Al fin y al cabo, la historia de la creación bíblica
exhibe una amplia panoplia educativa, didáctica y dulce: enseña los días
de la semana, estimula la artesanía y el trabajo manual (amasado del
barro), la práctica vocal (soplido para dar vida, utilísimo para quienes
vayan a estudiar instrumentos de viento), una primera aproximación
anatómica (la costilla), avances zoológicos (la serpiente) y botánicos (la
manzana) y una explicación muy a la moda de la peligrosidad, maldad y
–¿por qué no?– inferioridad de las mujeres. Sin hablar de las condenas, y
el fuego eterno (hace muy poco, de paso, la Cámara de Diputados italiana
propuso un proyecto de ley que establece que la tortura no es tortura si
se la practica una sola vez. Las torturas infernales que, aunque eternas,
se aplican una sola vez, ¿son entonces torturas?). ¿Hay alguna manera
mejor de preparar las mentes de los niños?
La teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin en su libro El
Origen de las Especies en 1859, en cambio, establece que todos los
organismos vivos, sin ninguna excepción, descienden de formas de vida
anteriores por “selección natural”, esto es, mediante la lucha por la
supervivencia y la capacidad de transmitir los rasgos adaptativos a su
descendencia. Así, el hombre y el chimpancé tienen un antepasado común;
también el hombre y la rata, por caso. ¿Se puede corromper de esta manera
a mentes puras de 14 años? Pero además, la evolución requiere de la
reproducción sexual, y de la lucha por la vida, el alimento y la pareja:
¿es justo que los jóvenes italianos deban exponerse a esa historia de
pornografía y violencia? ¿No están precisamente allí las raíces de tantos
males modernos? ¿Suspender la enseñanza del darwinismo no es acaso una
manera sencilla de terminar con la delincuencia, la violencia, la droga,
el terrorismo, la homosexualidad, y ya que estamos, con la inmigración
ilegal y la inseguridad? ¿No es más práctico que bajar la edad de
imputabilidad?
Lo único reprochable de estas medidas es su cortedad. Parece
verdaderamente ridículo prohibir la teoría de Darwin y no la de Copérnico,
o la de Newton, la de Pasteur o la de
Einstein, que son igualmente
perniciosas para la juventud. Si no se prohíben rápidamente estas últimas,
se podría pensar que Berlusconi tiene miedo de que, a la luz del
darwinismo, se lo considere entre lo que suele llamarse “testimonios
vivientes de la evolución”, verdaderos “fósiles vivientes”; ejemplares
vivos que prueban el darwinismo, ya que han permanecido, por algún azar,
sin evolucionar y están igual que hace millones de años, conservando
rasgos que han desaparecido en la mayoría de sus congéneres. Los hay entre
los moluscos, entre los reptiles, y ahora, parece, entre los primeros
ministros.
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