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Yukio Hatoyama: ¿Para que todo quede como está? |
310809 -
Txente Rekondo
- La cita electoral en
Japón
viene marcada por un número importante de especulaciones en
torno a la oportunidad histórica que se puede producir si el
Partido Liberal Demócrata (PLD) las pierde y su rival, el
Partido democrático de Japón (PDJ), resulta vencedor, tal y como
apuntan la mayoría de los sondeos y análisis locales.
Evidentemente, ese nuevo escenario supondría que el PLD dejaría
el poder tras cincuenta y cinco años (excepto un breve período
entre 1993-4), pero más allá de ello, y si nos atenemos a los
manifiestos electorales de ambos partidos, y ala estructura
política de Japón, son pocos los cambios profundos que podemos
esperar.
Son muchos los estudios y análisis en torno a la caracterización
del sistema de partidos políticos nipones, pero la mayoría
coincide en señalar algunas características que le hacen
presentarse como una especie de modelo elitista, dominado por
las diferentes facciones políticas.
La política en Japón ha estado dominada históricamente por el
PLD, los burócratas y los grandes empresarios industriales y
financieros. Todo ello sin olvidar el alto grado de
“familiaridad” que envuelve a gran parte de los candidatos. De
hecho, en estos comicios, más de doscientos de ellos aspiran a
heredar el escaño de algún familiar.
El engranaje político del actual Japón gira en torno a esos tres
grupos que han venido compartiendo intereses y metas, y que al
mismo tiempo han desarrollado políticas que les benefician y que
aumentan su poder y cimientan su posición.
Por lo general el peso de las facciones de los partidos
políticos (habatsu) es clave en este sistema. Por un lado nos
encontramos con el líder de la facción, que logra el apoyo
financiero necesario para “los parlamentarios asociados a su
facción”, quienes posteriormente apoyaran a su dirigente o líder
para que logre alcanzar puestos ministeriales o similares.
Esa acumulación de poder en esos líderes, y en cierta medida en
los apoyos financieros que recibe, dejan poco margen para las
bases de los partidos, y hace también que la participación
popular (afiliación) en los mismos, a excepción del Partido
Comunista de Japón (PCJ), sea muy escasa.
El faccionalismo y la diversidad interna es otra característica,
junto con la competitividad de la clase política nipona. Las
rivalidades entre ministerios, la naturaleza fragmentada de los
partidos (en ocasiones sus miembros votan de forma antagónica un
mismo tema), alientan en cierta medida este modelo elitista que
se ha impuesto en la realidad política durante muchas décadas.
El peso que adquieren en ese sistema otros actores también es
relevante. Así, encontramos en esa ecuación a las redes
industriales y empresariales (keiretsu) que dominan buena parte
del sector empresarial del país, o a determinadas universidades,
como la de Tokio, que se han convertido en verdaderas fábricas
de burócratas, de donde saldrá ese limitado grupo de altos
cargos (kanryo) de la administración perteneciente a la
“burocracia nacional”.
Algunos factores culturales han servido a algunos analistas para
explicar esta situación. Las llamadas relaciones entre patrón y
cliente, el importante peso de la familia, la lealtad al grupo o
las ideas de obligación gestadas bajo un prisma confuciano, son
algunas de las explicaciones de cara a afrontar esa compleja
realidad política y social que representa Japón.
No obstante, otros analistas, reflejan el aspecto clave que para
ellos representa la dependencia de la clase política hacia las
donaciones o apoyos económicos, la necesidad de captar fondos se
vuelve en una política o una actividad de ida y vuelta, pues
sería ingenuo pensar que las donaciones del mundo financiero y
empresarial hacia los políticos no conlleven ningún tipo de
contraprestación. En ese escenario se manifiesta por tanto el
peso de esos poderoso sectores en le desarrollo político del
país, y que sin duda alguna condicionará el mismo, ya que esos
conglomerados defenderán sus propios intereses por encima de los
del conjunto de la población, que tendrá que asistir
desencantada a un espectáculo donde los políticos defienden y
desarrollan las políticas en defensa de unos pocos.
Además, tampoco podemos olvidarnos de las llamadas “tribus
políticas” (zoku), formadas por parlamentarios de los partidos
políticos y que funcionan como “comisiones especializadas”
dentro de los mismos, promocionando “una peligrosa y estrecha
relación entre los intereses de los sectores empresariales y
políticos”.
Hoy en día el status quo dirigente en Japón está dominado por
mecanismos que hacen posible el mantenimiento casi perpetua de
la situación. “Las escuelas, juzgados, la religión, medios de
comunicación, partido políticos.. apoyan el stablishment que
representa los intereses de las clases dominantes”.
El modelo que durante décadas ha representado el PLD puede
encontrar acomodo en el PDJ. No debemos olvidar que este partido
se formo hace unos años como alternativa de todos aquellos que
se oponían al PLD, pero que en ningún momento han cuestionado
los pilares de la pontica japonesa, todo lo más han manifestado
su disposición a barnizar algunos de los aspectos de la misma.
En esto años, el PDJ ha venido reclutando a antiguos burócratas
de las élites ministeriales, banqueros de las firmas financieras
más poderosas de la capital, una nueva generación de jóvenes
tecnócratas, que refuerzan la orientación neoliberal del
partido, e incluso algunos miembros de la socialdemocracia y
sobre todo el antiguo Partido Liberal de Ichiro Ozawa, que le ha
dotado de un cariz más conservador.
Ese faccionalismo también afecta al PDJ (hay al menos
reconocidas seis facciones), y al igual que al resto de partidos
japoneses, les induce a evidentes problemas de identidad. En
estos años se han repetido las divergencias de voto entre los
parlamentarios del partido, y si acaban asumiendo el poder, o es
descartable que esas grietas se acentúen a la hora de pelear por
los nuevos cargos en la administración.
Finalmente, tras las elecciones probablemente se acometan
algunas reformas electorales, impulsadas por los partidos
mayoritarios y que buscarían enfilar el sistema político hacia
una realidad bipartidista, poniendo todos los obstáculos legales
posibles para que los partidos hoy minoritarios no alcanzasen
representación parlamentaria.
Txente Rekondo - Gabinete
Vasco de Análisis Internacional (GAIN)
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