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Japón busca su nuevo lugar en el mapa geopolítico

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0610 - Martine Bulard - El mundo visto desde Tokio

En una región cuyo peso se va tornando cada vez más decisivo en el mundo contemporáneo,
Japón intenta redefinir su rol geopolítico. Es una tarea compleja: el nuevo primer ministro Yukio Hatoyama (Foto de la derecha), del Partido Democrático de Japón (PDJ), que asumió en septiembre de 2009 tras más de medio siglo de poder casi absoluto del Partido Liberal Democrático (PLD), ha encontrado enormes resistencias a sus tímidos propósitos de “normalizar” las relaciones de su país con Estados Unidos, caracterizadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial por la férrea dependencia de Tokio respecto de Washington.

“Uno no elige a sus vecinos, pero puede elegir a sus aliados”. Con una frase precisa, Yasushi Masaki, ministro encargado de Asuntos Políticos de la Embajada de Japón en Francia, resume así las opciones geopolíticas de su país. En el capítulo de los vecinos poco apreciados: Rusia, que vuelve a ser poderosa; China, que se afirma; Corea del Norte, que manifiesta su ambición nuclear. ¿Es
Japón una suerte de fuerte de El Álamo protegido sólo por Estados Unidos? Por más caricaturesca que sea, la imagen es bien recibida por las élites de Tokio, a menudo pro estadounidenses.

Sin embargo, para este quincuagésimo aniversario de la revisión del Tratado de Seguridad entre
Japón y Estados Unidos (US-Japan Security Treaty) (1), que regula las relaciones entre ambos países y la presencia de las tropas estadounidenses en territorio nipón, el clima no es festivo. La llegada, en septiembre de 2009, del nuevo primer ministro Yukio Hatoyama, del Partido Democrático de Japón (PDJ), tras más de medio siglo de poder casi absoluto del Partido Liberal Democrático (PLD), complica un poco la situación. No es que haya manifestado algún deseo de romper la alianza. Pero afirmó su intención de “normalizar” las relaciones con Washington, con el fin de que su país sea tratado como cualquier nación soberana. También milita por la creación de una “Comunidad de Asia Oriental”. ¿Un poco menos al Oeste, un poco más al Este? Eso basta para inquietar a los sectores de negocios, y alimentar la hostilidad de la oposición de derecha, así como de un sector nada despreciable de la administración –ultrapoderosa–, e incluso de un porcentaje considerable de demócratas.

El debate se centró en la base estadounidense de
Futenma, ubicada en pleno corazón de Ginowan, una ciudad de 90.000 habitantes en la isla de Okinawa. Al término de un acuerdo firmado en 1996 y que venció a fines del año pasado, el campamento debía trasladarse unas decenas de kilómetros más lejos, a Nago, que eligió en enero último un alcalde hostil a esta decisión. Bastó que Hatoyama solicitara un período de reflexión, el tiempo para considerar otro lugar, para que las fuerzas tradicionalistas se encolerizaran… y triunfaran.

En octubre de 2009, el secretario de Estado estadounidense Robert Gates decretó que “ningún otro lugar (sería) negociable”. Para demostrar su mal humor, se negó a asistir a la cena ofrecida en su honor. Incluso en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE), en gran medida favorable a las posiciones estadounidenses, aún están conmocionados. “Incluso tuvimos elecciones”, protesta este alto funcionario, quien, por otra parte, enumera las buenas razones para “respetar el acuerdo”. Su ministro, Katsuya Okada, ¿no habla acaso de “política realista” para justificar el mantenimiento de la base, a diferencia del Primer Ministro? Esta disonancia en el más alto nivel conduce a diplomáticos y altos funcionarios a hablar preservando su anonimato. La prensa, por su parte, se encuentra en la línea de Okada. Incluso Asahi Shimbun, el gran diario de centroizquierda, que cita un antiguo proverbio japonés: “Un mandato imperial es como la transpiración (una vez que se libera, no puede nunca recuperarse).” (2) No es cuestión pues de emanciparse de la visión estadounidense.

El profesor Idetaka Ishida, especialista en medios de comunicación y presidente de la Interfaculty Initiative in Information Studies (IIIS), no se sorprende demasiado: “Hay un fuerte lobbying estadounidense que afecta a todo el mundo, cualquiera sea la tendencia de los diarios, la preferencia partidaria de los diplomáticos o los representantes electos. Se formaron en las universidades estadounidenses, suelen frecuentarse y algunos son amigos. Para ellos, la alternancia debería hacerse en la continuidad… sin cambios. Como si no hubiera otra opción. Es necesario liberarse de esta manera de pensar que nos vincula a Estados Unidos.”

Para entender esta dificultad para imaginar un futuro sin el bastón estadounidense, es necesario remontarse al final de la guerra. “
Estados Unidos representaba entonces un ideal político. Para la gran mayoría de la población era LA democracia”, asegura Osamu Nishitani, profesor de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Tokio, impulsor, junto con una quincena de pares, de un “Manifiesto” contra el mantenimiento de Futenma en Okinawa. Y sumergirse en la larga historia del PLD, en los múltiples lazos con Estados Unidos, entre ellos el reciclaje de las élites militaristas involucradas en crímenes de guerra y perdonadas por el indulto estadounidense.

Caminos divergentes

Ahora bien, los tiempos cambiaron. “Estados Unidos se encuentra debilitado por la crisis económica, compite con las potencias emergentes, se empantana en guerras que no son las nuestras –señala Honto Masami, un joven ejecutivo de una empresa de telefonía, militante pacifista–. La Guerra Fría terminó, y sin embargo ‘ellos’ razonan siempre como si estuviera a nuestras puertas”.

Desde luego, Japón ocupa actualmente el segundo puesto en la economía mundial. Pero fue como una nación vencida que el país adoptó, en 1947, bajo la férula del general MacArthur, una Constitución pacífica que le prohíbe “hacer la guerra”, aun cuando, con el correr del tiempo, reconstruyera un ejército bautizado “fuerza de autodefensa”. El Tratado de Seguridad entre Japón y Estados Unidos, revisado en 1960, convalidó la presencia militar estadounidense (hasta 260.000 personas) y la dependencia de Tokio respecto de Washington. Un acuerdo tácito se instauró entonces entre ambos países: Estados Unidos dispone de una suerte de “portaaviones insumergible”, el archipiélago disfruta del paraguas nuclear; adecuándose a las políticas proteccionistas de Japón, Estados Unidos abre su mercado a los productos nipones, Tokio paga el mantenimiento de las tropas del Tío Sam en su propio territorio; Estados Unidos fija la línea diplomática, Japón adhiere, siendo el comunismo el enemigo común. Ya nada queda de este paisaje geopolítico. En cambio, el contrato desequilibrado permanece.

En su discurso ante los cuadros de la Academia de Defensa Nacional, el 22 de marzo de 2010, Hatoyama tranquilizó a sus tropas: “La alianza con Estados Unidos constituye el eje de la política exterior nipona” (3). Pero, agrega su entorno, “queremos relaciones más equilibradas”. Algunos recuerdan el costo de mantenimiento de las guarniciones estadounidenses –aproximadamente 3.000 millones de dólares por año–, mientras el déficit presupuestario explota.

Otro símbolo de una dominación de otra época: la legislación de excepción de la que gozan los militares de Estados Unidos. “Cuando se produce un accidente automovilístico –cuenta un habitante de Naha (Okinawa)–, llega el automóvil blanco de la policía, seguido de un vehículo bicolor negro y blanco, el de la policía militar estadounidense, única autorizada a tratar un asunto que involucre a un soldado.” La población local enumera con facilidad los delitos que no fueron objeto de una investigación judicial (violaciones, accidentes automovilísticos, robos…), cualquiera sea su gravedad (ver XXX).

“Somos el único país que tiene una alianza semejante con Estados Unidos”, señala el senador Yukihisa Fujita, director general del Departamento Internacional del PDJ, uno de los pocos representantes electos que defiende la idea de un cambio, precisando que “habla en nombre propio”. “Originalmente, el objetivo era asegurar la protección de Japón. Desde el fin de la Guerra Fría, el Tratado contribuye sobre todo a la estrategia de Estados Unidos”, con “sus guerras” en Irak, en Afganistán. “Por supuesto, hay que trabajar con Estados Unidos, pero de otra manera.” Y con total transparencia, agrega, en alusión al “acuerdo secreto” firmado por el presidente estadounidense Richard Nixon y el primer ministro japonés Eisaku Sato en 1969, pero que permaneció oculto hasta marzo de 2010, momento en el cual la comisión creada por el nuevo gobierno emitió su informe.

Por un lado, en un país traumatizado por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Sato había hecho votar tres grandes principios sobre armas nucleares, aún vigentes: “Ni fabricación, ni posesión, ni presencia en el territorio”. Como homenaje, recibió incluso el Premio Nobel de la Paz en 1974. Por otro, el Primer Ministro aceptaba una total libertad de maniobra estadounidense: utilización de las bases en caso de conflictos externos, sin el aval de las autoridades (cuando el tratado oficial lo exige), depósitos de armas nucleares… Para la mayoría de los especialistas y dirigentes políticos, el “secreto” había dejado de serlo desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, a excepción de los comunistas y los pacifistas, la conjura del silencio fue la regla durante cuarenta años.

Washington sí, Washington no

Aún hoy es difícil poner todas las cartas sobre la mesa, ya que los posicionamientos escapan a una clasificación binaria. En efecto, la línea de demarcación no pasa entre independentistas y proestadounidenses. Entre aquellos que quieren librarse de la tutela de Estados Unidos se encuentran también nacionalistas de derecha, militaristas convencidos, y a veces incluso nostálgicos del imperio de la preguerra. Para ellos, la renegociación del tratado con Estados Unidos sería la ocasión para acabar con la “excepcionalidad” japonesa y su Constitución pacífica; el famoso artículo 9, que prohíbe realizar operaciones ofensivas (4). Curiosamente, se les suman los partidarios de lazos estrechos con Washington, desde que la administración estadounidense impulsa un rearme acelerado de Japón con el fin de aligerar su propio peso militar. Tal como señala Nishitani, “somos el único país (o casi) que tiene una Constitución pacífica, pero ocupamos el quinto puesto mundial en gastos militares”.

Desde 1990-1991 –fecha de la primera guerra del Golfo, a la que Japón no pudo enviar tropas, a pesar del reclamo estadounidense–, los gobiernos no dejaron de modificar la ley (en 1992, 1999, 2001) con el fin de permitir las operaciones exteriores. Sin embargo, aun encuadradas, éstas sólo pueden realizarse en el marco de misiones de mantenimiento de la paz, intervenciones humanitarias o en carácter de observación durante elecciones, bajo el mandato de la Organización de las Naciones Unidas. Lo que dio lugar a malabares destinados a justificar lo injustificable.

Si bien el envío de militares a Camboya, Mozambique o Ruanda fue poco cuestionado, la presencia en Irak se presentó como una verdadera ruptura. Al igual que la intervención de buques nodriza en el Océano Índico, para asistir a los aviones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Afganistán. Cumpliendo con su promesa, Hatoyama puso fin a ello en enero de 2010. Sin embargo, el desarrollo del escudo antimisiles en el Pacífico, en cooperación con Estados Unidos, sigue estando en el orden del día.

El ministro de Defensa, apoyado por su par de Relaciones Exteriores, no oculta demasiado su intención de desplegar tropas en el extranjero y “limpiar” progresivamente la Constitución (5). En cambio, los dos pequeños partidos de la actual coalición gubernamental, el Partido Social Democrático y el Nuevo Partido del Pueblo, se oponen. Y si bien el movimiento pacifista no tiene la importancia de antaño, permanece activo (6). En este contexto incierto, Hatoyama terminó cediendo a la presión de los proestadounidenses y aplicando el plan de 1996 para Okinawa (7).

Para el senador demócrata Fujita, habría sin embargo que “rediscutir el estatuto del Tratado de Seguridad entre Japón y Estados Unidos. El ejército estadounidense debe permanecer, pero su composición y localización tienen que reverse, el número de bases debe disminuir”. Según él, existen al menos “dos razones para la presencia armada estadounidense. Por un lado, no disponemos de fuerzas militares suficientes. Salvo que se rearmen. Lo que no está en el orden del día. Por el otro, los países vecinos estarían muy preocupados si Japón desarrollara su armamento. Les tranquiliza ver que trabajamos con Estados Unidos”.

¿Washington garante de la seguridad y la paz en Asia? Probablemente esta opinión no sea compartida por todos los vecinos. En cambio, todos verían con malos ojos el retorno de la ambición militar nipona. Las reiteradas visitas del primer ministro Junichiro Koizumi al santuario de Yasukuni, donde fueron enterrados los criminales de guerra, a comienzos de los años 2000, ya habían generado vivas protestas en China y Corea del Sur. Desde entonces, estas “provocaciones” cesaron. Sin embargo, Japón “aún no resolvió su relación con la historia”, precisa Ishida. Esta constatación, que suele aparecer en las discusiones con los diplomáticos y especialistas, obstaculiza la ambición asiática del país, convertida sin embargo en una de sus prioridades. Hatoyama se pronunció en efecto en favor de la instauración de una “Comunidad de Asia Oriental”, según el modelo de la Unión Europea.

Evidentemente, la porción más grande es China, entre temores y necesidades. Su enorme mercado garantiza “el futuro de Japón”, tal como suele escucharse en los círculos económicos. Luego de más de una década de crisis, la economía nipona sigue orientada a las exportaciones, actualmente en caída libre. Asia, que parece haber soportado mejor la borrasca financiera, tomó el relevo de Occidente, y China le arrebató a Estados Unidos el lugar de primer socio comercial. Lo que genera lazos. En 2009, aproximadamente el 25% de las exportaciones japonesas partieron rumbo al Imperio del Medio, contra el 16% a Estados Unidos y el 12% a Europa. Sin embargo, el comercio no basta para suavizar las costumbres.

Desde la introducción de la escritura hasta la del confucionismo o el budismo, ambas naciones tienen raíces comunes que deberían incitar a la cooperación. Pero el pasado también está lleno de desacuerdos. Hace poco tiempo, los emperadores chinos consideraban a Japón como una “nación de enanos” apenas digna de pagar tributo. Por su parte, los japoneses, a comienzos del siglo pasado, llevaron a cabo su conquista colonial con una brutalidad poco común, desde la ocupación de Manchuria hasta la masacre de Nanking. Únicas víctimas en el mundo del arma suprema –la bomba atómica–, no aprendieron todas las lecciones de sus propias agresiones, como pudo hacerlo Alemania, de la que Japón era aliado. Aún hoy, el museo ubicado junto al santuario de Yasukuni justifica la “guerra defensiva” (sic) del Pacífico.

Las fuertes tensiones, que alcanzaron su paroxismo en 2005, han desaparecido. En Taiwán –una de las manzanas de la discordia entre Pekín y Tokio–, la elección del presidente Ma Ying-jeou, favorable a una cooperación con China, a diferencia de su predecesor más bien independentista, permitió retomar el hilo de una cooperación menos conflictiva. En Japón, la partida de Koizumi fue la señal de una normalización. Hatoyama propuso al presidente Hu Jintao “transformar las aguas turbias del Mar de China en un mar de fraternidad” (8), en alusión al diferendo territorial sobre las islas Senkaku (Diaoyu) (9). En diciembre de 2009, el vicepresidente chino Xi Jinping viajó a Tokio y, hecho muy poco usual, omitió las etapas habituales del protocolo para encontrarse con el emperador Akihito. Por su parte, del 10 al 14 de diciembre, el poderosísimo líder del PDJ, Ichiro Ozawa, encabezó una delegación de seiscientas personalidades para una gira china extraordinaria.

El fantasma chino

“Los progresos realizados son considerables”, asegura el profesor Ryosei Kokubun de la Universidad Keio de Tokio, advirtiendo sin embargo contra una mirada simplista. No existe un binomio sinojaponés que busque expulsar a Estados Unidos fuera de Asia, sino una relación de tres (Estados Unidos, China, Japón). Este trío conoció destinos diversos a lo largo del siglo XX: alianza estadounidense-china contra Japón durante la Segunda Guerra Mundial, luego estadounidense-japonesa contra China, al menos “hasta los años 1970, cuando los tres consideraban a la Unión Soviética un enemigo”. En esa época, el viraje de Washington respecto de Pekín tomó a Tokio desprevenido, a punto tal que aún se habla del “efecto Nixon” para referirse al viaje del presidente estadounidense a Pekín en 1972 y el reconocimiento de China, hasta entonces deshonrada. Idéntico efecto en 1998. “El presidente Clinton permaneció entonces más de una semana en China sin pasar por Tokio –explica Kokubun–. Comenzaron a preocuparse por ese “Japón ignorado” (passing Japan) y a temer que la nueva ‘alianza estratégica’ sino-estadounidense se hiciera a costa de Japón.”

El retorno de los demócratas a la Casa Blanca reavivó las preocupaciones. Oficialmente, todo el mundo celebra el discurso de Barack Obama sobre el desarme nuclear, “que reclamamos desde hace mucho tiempo”, precisan en el MRE. Pero todos repararon en la extensa visita del presidente estadounidense al gigante vecino, precedida de una breve escala en Tokio, en noviembre último.

El nuevo poder japonés quiere evitar que se instale un cara a cara entre Washington y Pekín del que sería excluido. De ahí su firme acercamiento con China y su voluntad de ganar (finalmente) sus galones políticos en la región. Desde luego, la idea de “Comunidad de Asia Oriental” no le pertenece. Había tomado forma tras la crisis financiera de los años 1990, y había sido entonces combatida por Washington y Pekín. Hatoyama renueva la propuesta “de tener, a largo plazo, una moneda (asiática) común”, señalando el “nuevo papel de Asia en la dirección de los asuntos mundiales” (10). Un embrión de fondo monetario que apunta a ayudar a los países en dificultad, al que se suma Corea del Sur, ya se encuentra en marcha. Sin embargo, la competencia sigue abierta.

China tomó la delantera diplomática firmando con los diez países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, según sus siglas en inglés) (11) un acuerdo de librecambio, en vigor desde el 1 de enero de 2010. Intentando recuperar su retraso, Tokio se orientó enérgicamente hacia India, Australia y Nueva Zelanda, para formar lo que se denomina “el arco de la libertad”, en oposición al autoritarismo chino. Es sobre todo a Nueva Delhi, el mejor contrapeso de China, a quien el poder quiere seducir. Un “acuerdo de alianza estratégica” se firmó en octubre de 2008; se prevén maniobras militares comunes, siguiendo el ejemplo estadounidense. Prometedoras, estas relaciones privilegiadas siguen siendo marginales; los intercambios de Japón con India representan menos del 1% de su comercio.

Algunos, en el seno de la administración Hatoyama, tienen más esperanza en un eje nipón-coreano, a la manera del eje francoalemán en Europa. Un especialista en relaciones asiáticas del MRE confía: “Con China hablamos el mismo idioma en economía, pero existen grandes diferencias en lo demás. En el Sudeste Asiático, sólo hay dos países que tienen a la vez una economía de mercado y democracia: Corea y Japón. Pueden ser el motor de una cooperación regional”. Sin embargo, del dicho al hecho hay un gran trecho, porque si China asusta, Japón no tranquiliza.

Aquí también los diferendos históricos siguen siendo un obstáculo para una eventual reorganización diplomática. A pesar de tres años de trabajo común que derivaron en un informe de 2.200 páginas publicado en marzo de 2010, la comisión de historiadores surcoreanos y japoneses aún no ha podido ponerse de acuerdo sobre puntos clave, tales como el trabajo forzado impuesto por el poder japonés durante la guerra o el reclutamiento de “mujeres de confort”, expresión utilizada para referirse a las coreanas deportadas y obligadas a prostituirse. “Habrá que tener paciencia –reconoce el especialista del MRE–. Las negociaciones políticas y comerciales son ahora más fáciles. Habiéndose sumado al bando de los países avanzados, los coreanos tienen una mayor confianza en sí mismos. Del lado de Hatoyama, están dispuestos a analizar la historia con mayor tranquilidad.” Sin embargo, una suerte de Trilateral –Japón, China, Corea del Sur– surgió sin bombos ni platillos. Centrada en las cuestiones económicas, adquirió la costumbre, desde 1999, de encontrarse al margen de las cumbres de la ASEAN. El 13 de diciembre de 2008, se reunió con carácter oficial por primera vez. “Finalmente, señala Kokubun, la idea de la Comunidad de Asia Oriental toma forma.”

Sin embargo, el futuro será un nuevo largo camino, a juzgar por las diferencias en el tratamiento del “caso” norcoreano: presiones y negociaciones para Pekín; firmeza para Seúl; cierre para Tokio. Los misiles lanzados por encima del territorio japonés y las amenazas nucleares preocupan a Japón, aun cuando, en privado, nadie lo crea realmente.

Otro punto de fricción que impide a Tokio desplegarse estratégicamente: Rusia. Aquí también, aún no se dio vuelta la página de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el momento, no existe ningún tratado de paz entre Moscú y Tokio, debido a un diferendo sobre las islas Kuriles, denominadas “territorios del Norte” por Japón. En busca de materias primas energéticas y en competencia con su hermano enemigo chino, Hatoyama intenta negociar. Los encuentros bilaterales se multiplican.

Sesenta años después de su derrota en el Pacífico y veinte años después de la implosión del imperio soviético, Japón busca su camino para entrar en la posguerra fría. Hatoyama habla de autonomía respecto de Estados Unidos y busca un nuevo tipo de cooperación regional.

¿Con China, para una danza triangular? ¿Contra Pekín, con una tutela estadounidense siempre fuerte? De hecho, el cambio con el que sueña el nuevo poder llega en el peor momento, cuando a China le crecen alas mientras Japón se debilita.

Notas

1 El Tratado se firmó el 19 de enero de 1960 y se adoptó en junio del mismo año.

2 Editorial de Asahi Shimbun, Tokio, 2-4-10.

3 Discursos y declaraciones del Primer Ministro, www.kantei.go.jp

4 Emilie Guyonnet, “Les ambitions militaires du Japon passent par les Etats-Unis”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2006.

5 Masami Ito, “Greater peacekeeping role OK, not truce enforcement”, Japan Times, Tokio, 23-3-10.

6 Katsumata Makoto, “Le mouvement pacifiste japonais depuis les années 1990, le débat en cours”, Recherches internationales, París, Nº 86, abril-junio de 2009.

7 Gavan McCormack, Client State: Japan in the American Embrace, Verso, Nueva York y Londres, 2007.

8 Declaraciones reproducidas en Asia Times, 23-9-09.

9 Olivier Zajec, “La Chine affirme ses ambitions navales”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 2008.

10 Entrevista al South China Morning Post, Hong Kong, 25-10-09.

11 Birmania, Brunei, Camboya, Indonesia, Laos, Malasia, Filipinas, Singapur, Tailandia, Vietnam. La ASEAN se extendió a Japón, China y Corea del Sur, formando lo que se

 

 


 

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