Publicaciones
Recuerdos de Hiroshima y Nagasaki 
David Krieger


Sitios externos:
.
Hiroshima Datos
.
58 años de lágrimas
. Hiroshima Archive

. Comunicación Social
. Derechos Humanos
. Irak: Crimen y Petróleo

Historia de Japón - Japón Al día - La bomba de Hiroshima

Fuente: Waging Peace Traducción de María Luisa Canale*

A la 1:45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945, el Enola Gay, un
bombardero B-29 estadounidense, despegó de la isla Tinian en las Islas
Marianas. Llevaba la segunda bomba atómica del mundo; la primera se había
detonado tres semanas antes en un campo de pruebas de EE.UU. en Alamogordo,
Nuevo México. El Enola Gay llevaba una bomba atómica con núcleo de uranio
enriquecido a la que se nombró "Pequeño niño", con una fuerza explosiva de
unas 12,500 toneladas de TNT. A las 8:15 de la mañana, mientras los
ciudadanos de Hiroshima se disponían a comenzar su día, el Enola Gay liberó
su terrible carga, que cayó durante 43 segundos antes de detonar 580 metros
sobre el Hospital Shima cerca del centro de la ciudad.

Según un folleto del Museo Memorial de Paz de Hiroshima, esto es lo que
sucedió después de la explosión: "La temperatura del aire al momento de la
explosión alcanzó varios millones de grados centígrados (la temperatura
máxima de las bombas convencionales es de aproximadamente 5 mil grados
centígrados). Varias millonésimas de segundos después, apareció una bola
de fuego que irradiaba calor blanco. Una diezmilésima de segundo después,
la bola de fuego se expandió hasta alcanzar un diámetro de 28 metros con un
temperatura cercana a los 300 mil grados centígrados."

Como resultado de la explosión, el calor y el fuego envolvieron la ciudad
de Hiroshima y terminó con la vida de unas 90 mil personas. La segunda
prueba de un arma nuclear en el mundo demostró el increíble poder que
tienen estas armas para matar y destruir. Se destruyeron escuelas en donde
murieron maestros y estudiantes. Se les sumaron pacientes y médicos de
hospitales. El bombardeo de Hiroshima fue un acto de destrucción masiva en
una población civil, la destrucción de una ciudad completa con una sola
bomba. Tras recibir la noticia, Harry Truman, el entonces presidente de
los Estados Unidos, declaró crudamente: "Éste es el suceso más grandioso de
la historia".

Tres días después de destruir Hiroshima, a las 11:02 de la mañana, el
Bockscar, un bombardero B-29 estadounidese, atacó la ciudad japonesa de
Nagasaki con la tercera arma atómica del mundo. Esta bomba tenía un núcleo
de plutonio y una fuerza explosiva de unas 22 mil toneladas de TNT.
Resultó en la muerte inmediata de unas 40 mil personas.

En su primer discurso referente al bombardeo de Hiroshima, Harry Truman
afirmó: "El mundo se enterará que se soltó la primera bomba atómica del
mundo sobre una base militar en Hiroshima. Esto se hizo para evitar hasta
donde fuera posible la muerte de civiles." Aunque Hiroshima tenía una base
militar, ésta no fue el blanco del ataque, sino el centro de la ciudad. La
mayoría de las víctimas de Hiroshima eran civiles, incluyendo mujeres y
niños. Truman agregó: "Pero ese ataque sólo es una advertencia de las
cosas que vienen". Truman hizo mención de la "gran responsabilidad que ha
caído sobre nuestros hombros y que gracias a Dios llegó a nosotros y no a
nuestros enemigos". Le pidió a Dios "su guía para usarlo para sus fines."
Fue una plegaria escalofriante y profética.

Para finales de 1945, había 145 mil muertos en Hiroshima y otros 75 mil en
Nagasaki. Decenas de miles más sufrieron graves lesiones. A lo largo de
los años, han seguido falleciendo personas entre los supervivientes debido
a los efectos tóxicos de la radiación.

Recordando estos trágicos sucesos, nuestra memoria colectiva
inevitablemente ha olvidado y se ha vuelto a moldear por las perspectivas
actuales. Con el paso del tiempo, aquéllos que vivieron en carne propia
los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki se hacen menos. Aunque en sus
mentes el recuerdo de este trauma sigue vivo, grandes porciones de la
población mundial no conocen sus historias. El mensaje de los
supervivientes ha sido simple, claro y conciso: "Nunca más". En el Parque
Memorial de Paz de Hiroshima se encuentra la siguiente leyenda: "Que
descansen en paz todas las almas que aquí yacen; pues no repetiremos esta
atrocidad". El plural que menciona esta inscripción nos incluye a todos y
a cada uno de nosotros.

Sin embargo, el destino del mundo, y en particular el destino de la
humanidad, podría depender de nuestro recuerdo de Hiroshima y Nagasaki. Si
recordamos los bombardeos de estas ciudades simplemente como otro capítulo
en la historia de la humanidad, careceremos de la ética política para
manejar con eficiencia los retos que presentan las armas nucleares. Si por
otra parte recordamos estos bombardeos como un punto crucial en la historia
de la humanidad, un momento en el que la paz se vuelve crítica, es posible
que encontremos la ética política necesaria para salvarnos del destino que
cayó sobre los habitantes de estas dos ciudades.

En su libro, Robert Jay Lifton y Greg Mitchell escriben: "No es posible
entender el siglo XX sin Hiroshima. Lo mismo puede decirse del siglo XXI.
Lo mismo puede decirse del predicamento que enfrenta la humanidad. No
podemos entender ni el presente ni el futuro sin entender lo que pasó en
Hiroshima y Nagasaki."

Desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, ha habido una lucha por
recordar. La historia de estos ataques difieren de forma radical entre lo
que se ha dicho en EE.UU. y lo que narran los supervivientes de Hiroshima y
Nagsaki. EE.UU. lo describe como un triunfo de la tecnología y un triunfo
en la guerra. Ve la bomba desde arriba, desde la perspectiva de los que la
soltaron. Para la gran mayoría de los estadounidenses, la creación de la
bomba es un logro tecnológico de magnitudes extraordinarias que generó el
arma más poderosa en la historia bélica. Desde este punto de vista, las
bombas atómicas hicieron posible la total derrota del poder imperial
japonés y le puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

En la mente de muchos, si no en la de la mayoría de los estadounidenses,
las bombas atómicas salvaron la vida de quizás un millón de soldados de
EE.UU., y la destrucción de Hiroshima y Nagasaki es visto como un pequeño
precio que tuvo que pagarse para salvar muchas vidas y ponerle fin a una
terrible guerra. Esta idea da la impresión que bombardear estas ciudades
con armas atómicas fue útil, fructífero y dió lugar a una ocasión que
celebrar.

El problema con esta versión es que los historiadores han puesto en duda
la necesidad de soltar estas bombas para terminar la guerra. Muchos
estudiosos han cuestionado la versión oficial de los EE.UU. en cuanto a los
bombardeos. Estos críticos hacen notar que Japón intentaba rendirse cuando
se soltaron estas bombas, que el cuerpo estratégico del ejército de los
EE.UU. calculó menos muertes de estadounidenses ante una invasión de Japón
y que había otras dos formas de terminar la guerra sin usar bombas atómicas
en las ciudades japonesas.

Entre los opositores al uso de bombas atómicas, estaba el general Dwight
Eisenhower, que reaccionó así cuando el Secretario de Guerra Henry L.
Stimson lo enteró de lo sucedido en las ciudades japonesas: "Durante su
relato de los hechos, le expresé mi más profundo desacuerdo, pues Japón ya
había sido derrotado y soltar las bombas fue completamente innecesario.
Además, yo creo que nuestro país debe evitar afectar la opinión del mundo
usando un arma que según mi opinión, ya no era necesaria para salvar vidas
estadounidenses."

En una entrevista después de la guerra, Eisenhower le dijo a un
periodista: "Los japoneses estaban listos para rendirse y no era necesario
atacarlos con esa cosa horrible". El general Henry Arnold coincidió en que
"con bomba atómica o sin ella, los japoneses estaban ya al borde del
colapso". El almirante William D. Leahy comparó este acto con el
comportamiento propio de los bárbaros de la Edad Media.

A pesar de estas fuertes declaraciones de líderes militares de la Segunda
Guerra Mundial, todavía existe la percepción de que los bombardeos de
Hiroshima y Nagasaki estuvieron justificados por la guerra. No se le da
suficiente importancia al hecho de que la mayoría de las víctimas eran
civiles y que hasta la fecha, los sobrevivientes todavía sufren de los
efectos de la radiación.

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki quedaron en el pasado. No podemos
resucitar estas ciudades. Lo que sí podemos hacer es aprender de su
experiencia; una de las lecciones más importantes a la humanidad: nos
enfrentamos a la posibilidad de nuestra extinción como especie. No
simplemente a la realidad de muertes individuales, sino a la muerte de la
humanidad. Según Albert Camus, existencialista francés, "nuestra
civilización técnica ha alcanzado su nivel más alto de salvajismo.
Tendremos que elegir, tarde o temprano, entre el suicidio colectivo y el
uso inteligente de nuestras conquistas científicas. Ahora, más que nunca,
vemos claro que la paz es la única batalla digna de lidiar."

Depender de las armas nucleares para proteger la seguridad es poner el
futuro de nuestra especie en riesgo de aniquilación. La humanidad enfrenta
una decisión: eliminar las armas nucleares o seguir corriendo el riesgo de
que ellas nos eliminen a nosotros. Si no tomamos esta decisión y actuamos,
enfrentamos la posibilidad de repetir lo sucedido en Hiroshima a nivel
mundial.

VIVIR CON MITOS

En su libro, el exsecretario de Interior Stewart Udall escribe: "Durante
las primeras semanas después de Hiroshima, el presidente Truman y otros
portavoces del gobierno de EE.UU. transformaron la realidad de la era
atómica en el suceso mitificado más grande en la historia americana. Estas
declaraciones exageradas y excesivas describen un universo profundamente
alterado que originó un pensamiento redirigido con influencia en el
comportamiento de las naciones y un cambio en el panorama y las
expectativas de los habitantes de este planeta."

Se han generado muchos mitos en torno a los bombardeos de Hiroshima y
Nagasaki con el propósito de hacer más factible el uso de armas nucleares.
Bajo toda la esta falacia está el mito de que los líderes de la unión
americana son capaces de hacer lo moral y lo correcto. Concluir que
nuestros líderes hicieron lo incorrecto actuando de forma inmoral en
Hiroshima y Nagasaki sería poner en duda lo que somos como pueblo.
Mantener nuestro sentido de la decencia bajo la luz de las acciones de
nuestros líderes podría requerir la alteración de los hechos para que éstos
encajen en nuestros mitos.

Cuando se planeó incluir una retrospectiva de los bombardeos de Hiroshima
y Nagasaki con las declaraciones de líderes como Eisenhower, Arnold y Leahy
en el quincuagésimo aniversario de estos sucesos en el Instituto
Smithsoniano en Washington, se escuchó una fuerte oposición de veteranos y
miembros del congreso de los EE.UU. Finalmente, la exhibición del
Smithsoniano se redujo de lo que pudo ser una amplia exposición de los
bombardeos a la simple celebración del Enola Gay, el B-29 que dejó caer la
bomba sobre Hiroshima.

NUESTROS MITOS COADYUVAN A DAR FORMA A NUESTRAS PERSPECTIVAS ÉTICAS

Nuestra comprensión de Hiroshima y Nagasaki coadyuva a aumentar nuestra
orientación general hacia las armas nucleares. Porque en nuestro mito
sobre los beneficios de usar armas nucleares en Hiroshima y Nagasaki existe
la tendencia a ver las armas nucleares bajo una luz positiva. A pesar de
las cuestiones morales involucradas en la destrucción de la población
civil, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses pueden justificar la
dependencia en tales armas para nuestra "protección". Hallamos un buen
ejemplo de esta racionalización en el punto de vista de muchos estudiantes
de la Universidad de California, sobre el papel de su universidad en el
manejo de los laboratorios de armas nucleares estadounidenses.

Recientemente hablé ante una clase de estudiantes en la Universidad de
California en Santa Bárbara. Les presenté a los estudiantes una situación
hipotética. Se les pidió imaginarse que eran estudiantes en una
prestigiada universidad alemana durante los años treinta, tras la subida de
los nazis al poder. Y que habían descubierto un laboratorio secreto en su
universidad donde sus profesores investigaban y desarrollaban cámaras de
gas e incineradores para que los nazis los usaran para exterminar a sus
enemigos. Después, les pregunté: ¿Cuál fue su responsabilidad ética
después de hacer este descubrimiento?

La hipótesis generó fuertes discusiones. Los estudiantes tomaron muy
seriamente su responsabilidad ética ante la situación hipotética. Se
percataron de que podría ser peligroso oponerse abiertamente al desarrollo
de estos aparatos genocidas. No obstante, estaban dispuestos a correr
riesgos para evitar que la universidad siguiera adelante con su programa
para desarrollar cámaras de gas e incineradores. Algunos estaban dispuestos
a acudir a las autoridades de la universidad para protestar. Otros, se
preparaban para formar pequeños grupos para planear como sabotear en
secreto el programa. Otros más intentaban escapar del país e informar al
mundo de lo que pasaba a fin de provocar presión internacional sobre el
regimen nazi. Los estudiantes no fueron neutrales y la mayoría expresó un
fuerte deseo de actuar valientemente en oposición a este programa
universitario, aun cuando su futuro, y posiblemente su vida, estuviera en
peligro.
Después de escuchar las impresionantes posiciones éticas que los
estudiantes estaban dispuestos a tomar y después de felicitarles, cambié la
hipótesis. Les pedí considerar que habían pasado setenta años y que eran
estudiantes en la Universidad de California en el curso 2003. Esto,
naturalmente, no es hipotético. Los estudiantes de hecho están inscritos
en la Universidad de California en Santa Bárbara. Les pedí imaginar que su
universidad, la Universidad de California, estaba involucrada en la
investigación y desarrollo de armas nucleares. Que su universidad manejaba
los laboratorios de armas nucleares estadounidenses y que había
investigado y desarrollado casi todas las armas nucleares del arsenal de
los Estados Unidos. Sucede que esto también es verdad ya que la
Universidad de California hace mucho que maneja los laboratorios de armas
nucleares estadounidenses en Los Alamos y en Livermore.

Tras presentar este escenario a los estudiantes, les pedí considerar su
responsabilidad ética. Esperaba que llegaran a idénticas conclusiones de
la primera hipótesis, que expresarían su desencanto al descubrir que su
universidad estaba implicada en la investigación y desarrollo de armas de
destrucción masiva y que se apresurarían a oponerse a esta situación. Sin
embargo, esta vez sólo un reducido número de estudiantes expresó el mismo
sentido de indignación moral por la implicación de su universidad e
indicaron su deseo de correr riesgos al protestar por esta involucración.
Muchos de los estudiantes sintieron no tener responsabilidad ética bajo
estas circunstancias.

Muchos estudiantes quisieron diferenciar los dos escenarios. En el primer
escenario, algunos dijeron, se sabía que las cámaras de gas y los
incineradores iban a utilizarse con el propósito de cometer genocidio. En
el segundo escenario, en el cual se encontraban viviendo, no creían que las
armas nucleares llegaran a usarse. Señalaron que no se han utilizado armas
nucleares durante más de 50 años y, por tanto, pensaban que no era probable
que se usaran en el futuro. Aun más, no creían que Estados Unidos
llegara a usar armas nucleares porque nuestros líderes se sentían
restringidos a usarlas. Finalmente, pensaban que Estados Unidos tenía la
responsabilidad de defenderse, cosa que harían las propias armas nucleares.


Francamente, me asombraron los resultados de este ejercicio. Esperaba que
los estudiantes se opusieran en ambos escenarios y que su idealismo
estimulara protestas contra el manejo de laboratorios de armas nucleares en
su universidad. Sin embargo, en el segundo escenario, expresaron varios
raciocinios y/o racionalizaciones para no verse involucrados. Este
escenario no era hipotético. Era real. De hecho demandaría algo de parte
de ellos. Muchos se mostraron renuentes a comprometerse. La mayoría había
aceptado la mitología de que nuestros líderes hacen lo correcto y la
mitología aún mayor de que las armas nucleares nos protegen. No habían
pensado en los riesgos asociados a la posesión y uso de grandes cantidades
de armas nucleares. No habían considerado los riesgos de accidentes y
cálculos erróneos, los peligros de comunicaciones defectuosas y de líderes
irracionales. No habían considerado las posibilidades de que el
refrenamiento fallara y que el resultado pudieran ser futuros Hiroshimas y
Nagasakis, de hecho, Hiroshimas y Nagasakis globalizados.

La mayoría de los estudiantes lograron evitar aceptar responsabilidad
personal por la implicación de su universidad en el proceso de desarrollar
armas de destrucción masiva. Algunos también negaron su responsabilidad
personal sobre la base de que la universidad no les pertenecía a ellos
solamente y que de hecho, las armas nucleares eran un problema social.
Lamentablemente es un problema sobre el cual demasiados pocos individuos
están tomando responsabilidad ética personal. Los estudiantes
representaron un microscosmo de un mayor problema social, de indiferencia
e inacción, ante la actual dependencia en las armas nucleares. El
resultado de esta inacción es tragicamente la probabilidad de que al final
estas armas serán usadas nuevamente con horrendas consecuencias para la
humanidad.

CONVIRTIENDO LAS ARMAS NUCLEARES EN UNA AMENAZA REAL

Al igual que la mayoría de los estudiantes que no toman la responsabilidad
ética personal para protestar la implicación de su universidad en la
investigación y desarrollo de armas nucleares, la mayoría de los líderes y
líderes en potencia de estados con armas nucleares, no aceptan la necesidad
de retar el status quo nuclear y de trabajar para lograr el desarme
nuclear.

Lo que me ayudó a entender las horrendas consecuencias y riesgos de las
armas nucleares, fue una visita a los museos del recuerdo en Hiroshima y
Nagasaki, a los 21 años de edad. Estos museos mantienen vivo el recuerdo
de la destrucción causada por las armas nucleares - relativamente pequeñas
- que fueron usadas en estas dos ciudades. También proporcionan una visiòn
del sufrimiento humano causado por las armas nucleares. Desde hace tiempo
pienso que una visita a uno o a ambos de estos museos debería ser un
requisito para cualquier líder de un estado con armas nucleares. Sin
visitar estos museos y ser expuesto a películas, artefactos y exhibiciones
de la devastación que causan las armas nucleares, es difícil captar la
extensión de destructividad de estos artificios. Uno se percata de que las
armas nucleares ni siquiera son armas, sino algo mucho más siniestro. Son
instrumentos de genocidio y tal vez de omnicidio: la destrucción de todo.

Hasta donde yo sé, ningún jefe de estado o de gobierno de un estado con
armas nucleares ha visitado estos museos, antes o durante su gestión. Si
los líderes políticos no hacen el esfuerzo por visitar los lugares de
devastación nuclear, será necesario que la gente de esos países les lleven
el mensaje de estas ciudades. Pero antes, naturalmente, el pueblo debe
enterarse de las historias y mensajes de estas ciudades. No es realista
esperar que muchas personas viajen a Hiroshima o Nagasaki para visitar los
museos del recuerdo, pero lo que sí es, es llevar los mensajes de
Hiroshima y Nagasaki a las comunidades del mundo entero.

En Santa Barbara, California cuna de la Nuclear Age Peace Foundation
(Fundación Paz en la Era Nuclear), hemos tratado de llevar el mensaje de
Hiroshima a nuestra comunidad y más allá. En el 50 aniversario del
bombardeo de Hiroshima, creamos un jardín monumento de paz, que bautizamos
como Sadako Peace Garden, o Jardín de Paz Sadako. Sadako es el nombre de
una niñita, Sadako Sasaki, que a los dos años fue expuesta a la radiación
en Hiroshima cuando cayó la bomba. Sadako vivió una vida normal durante
diez años hasta que desarrolló leucemia como resultado de la exposición a
la radiación. Durante su hospitalización, Sadako hizo cigüeñas de papel
con la esperanza de recuperar su salud. La cigüeña es el símbolo de salud
y longevidad en Japón, y existe la creencia de que si se hacen mil cigüeñas
de papel, su deseo se hará realidad. Sadako deseaba recuperar su salud y
la paz para el mundo. En una de sus cigüeñas de papel escribió este corto
poema: "Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la tierra".

Sadako no terminó de hacer sus mil cigüeñas de papel antes de que su breve
vida llegara a su fin. Sin embargo, sus compañeros de escuela,
respondieron al valor de Sadako y su deseo por la paz, terminando la tarea
de doblar las mil cigüeñas de papel. La historia de Sadako no tardó en
extenderse por todo el Japón, los niños hicieron cigüeñas de papel en su
memoria y su deseo por la paz. Decenas de miles de cigüeñas de papel
volaron por Hiroshima y por todo Japón. Al final, la historia de Sadako
se extendió por toda la tierra y hoy, muchos niños de tierras lejanas han
sabido de Sadako y han hecho cigüeñas de papel en su memoria.

En el Peace Memorial Park de Hiroshima se yergue un monumento a Sadako.
En la base de este monumento se lee este mensaje: "Éste es nuestro grito,
Ésta es nuestra oración. Por la paz en este mundo." Es el mensaje de los
niños de todo el mundo honrando la memoria de Sadako.

El Sadako Peace Garden en Santa Bárbara es un lugar bello y tranquilo. En
este jardín hay unas piedras grandes con cigüeñas talladas en relieve sobre
su superficie. El 6 de agosto de todos los años, el Día de Hiroshima,
celebramos el Día de la Paz Sadako, un día para recordar a Sadako y a otras
víctimas inocentes de la guerra. Todos los años en el Día de la Paz
Sadako, tenemos música, reflexiones y poesía en el Sadako Peace Garden.
De esta manera, buscamos mantener vivo el recuerdo de Hiroshima en nuestra
comunidad.

Además de crear el Sadako Peace Garden, y de celebrar una conmemoración
anual del Día de Hiroshima, también hicimos arreglos con los Peace Memorial
Museos de Hiroshima y Nagasaki para traer una exposición sobre la
destrucción causada por las armas atómicas a nuestra comunidad. Los museos
enviaron una impresionante exposición que incluía artefactos, fotografías y
vídeos. La exposición ayudó a revelar la verdad de lo que pasó en
Hiroshima y Nagasaki a muchos miembros de nuestra comunidad.

Durante la exhibición, visitaron nuestra comunidad varios hibakusha, o
sobrevivientes de los bombardeos, y hablaron en público de sus
experiencias. Al relatarlas, hicieron vivir los horrores de las armas
nucleares. También hay muchos libros que recogen las historias de los
sobrevivientes de la bomba atómica. Es casi imposible escuchar o leer sus
experiencias sin conmoverse profundamente.

Ésta es la descripción de una hibakusha, Miyoko Matsubara, escolapia de
12 años en Hiroshima en el momento del bombardeo. Su descripción se inicia
al despertar de su inconsciencia después del bombardeo.

"No tenía idea de cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando volví en
mí, la mañana soleada y brillante se habìa convertido en noche. Takiko,
que estaba junto a mí, simplemente había desaparecido de mi vista. No
podía ver a ninguno de mis amigos o a ningún compañero. Quizás había
volado con la explosión.

"Me levanté sorprendida. Todo lo que quedaba de mi chaqueta era la parte
superior alrededor de mi pecho. Y mis pantalones abombados habían
desaparecido dejándome sólamente la pretina y unos trozos de tela. Lo
único que me quedó encima fue mi ropa interior blanca y sucia.

"Entonces me percaté de que mi cara, manos y piernas estaban quemadas, y
estaban hinchadas, sin piel y en jirones. Sangraba y ciertas partes
estaban amarillentas. Me invadió el terror y sentí que tenía que irme a
casa. Enseguida, empecé a correr desaforadamente huyendo de la escena y
olvidándome del calor y del dolor.

"En mi camino a casa, ví a mucha gente. Todos ellos casi desnudos y con
aspecto de personajes de cine de horror, con piel y carnes horriblemente
quemadas y ampuladas. Todo alrededor del puente Tsurumi estaba atestado
de gente herida. Extendían los brazos al frente. Tenían el pelo erizado.
Se quejaban y maldecían. Con el dolor en sus ojos y furiosa mirada en sus
rostros, lloraban llamando a su madre para que les ayudara.

"Me sentía insoportablemente caliente y me baje al río. Había muchísima
gente en el agua, llorando y gritando por ayuda. El agua se llevaba
incontables cadáveres - algunos flotando, otros hundiéndose. Algunos
cuerpos iban seriamente dañados con los intestinos expuestos. Fue un
espectáculo horroroso, y aún así, tuve que saltar al agua para librarme del
calor que sentía en mí."

Tras describir su lucha personal como sobreviviente de la bomba, Miyoko
Matsubara ofreció este mensaje a los jóvenes de la tierra. "Las armas
nucleares no detienen la guerra. Las armas nucleares y los seres humanos
no pueden coexistir. Todos debemos conocer el valor de la vida humana. Si
no están de acuerdo conmigo en esto, por favor, vengan a Hiroshima para ver
por ustedes mismos el poder destructivo de estas armas mortales en el Peace
Memorial Museum en Hiroshima."

UNA SENCILLA PROPOSICIÓN

Me gustaría ofrecer una sencilla proposición relacionada con el recuerdo
de Hiroshima y Nagasaki, que también es una formar de confrontar los mitos
mortales en nuestra cultura que rodean el bombardeo de estas ciudades.
Sugiero que toda comunidad del planeta conmemore el período desde el 6
agosto hasta el 9 de agosto como los Días de Hiroshima y Nagasaki. La
conmemoración puede ser corta o larga, sencilla o elaborada, pero estos
días no deben olvidarse. Al mirar atrás también podemos mirar hacia
adelante y seguir siendo conocedores de los riesgos que están frente a
nosotros. Estas conmemoraciones también proporcionan un momento para
enfocarnos en lo que es necesario hacer para terminar con la amenaza de las
armas nucleares contra la humanidad y a toda vida. Al mantener vivo el
recuerdo de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, puede que también
ayudemos a mantener viva a la humanidad. Ésta es una parte crítica de
nuestra responsabilidad como ciudadanos de la tierra viviendo en la Era
Nuclear.

Todos los años, en los Días de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto
respectivamente, los alcaldes de estas dos ciudades emiten proclamas en
nombre de sus ciudades. Estas proclamas se distribuyen vía internet y por
otros medios. Se pueden obtener copias por adelantado y compartirlas en
ocasión de una conmemoración comunitaria en estos días. También es el
momento en que las historias de los hibakusha, los sobrevivientes, pueden
compartirse y el momento de traer expertos que hablen sobre las amenazas
nucleares actuales.

El mundo necesita de símbolos comunes para reunirnos a todos. Uno de esos
símbolos comunes e la fotografía de la Tierra desde el espacio exterior.
Es un símbolo que nos hace comprender inmediatamente que todos compartimos
un planeta común y un futuro común. Hiroshima y Nagasaki son otros
símbolos comunes. Sabemos que estos nombres representan más que unas
ciudades en Japón. Se adhieren a la destrucción masiva de las armas
nucleares y representan la fortaleza y espíritu humano necesarios para
superar esta destructividad.

El mundo necesita recordar y reflexionar sobre las experiencias de
Hiroshima y Nagasaki como símbolos de la fortaleza e indomable espíritu de
los humanos. Tenemos que ser capaces de recordar verdaderamente lo
acontecido a estas ciudades si hemos de unirnos para terminar con la
amenaza de las armas nucleares contra la humanidad y contra toda vida.
Tenemos que comprender que no es necesario ser víctimas de nuestras propias
tecnologías, que somos capaces de controlar aún la más peligrosa de ellas.

En su libro, Hiroshima en América, Lifton y Mitchell concluyen:
"Confrontar Hiroshima puede ser una poderosa fuente de renacimiento. Puede
permitirnos surgir de una trampa nuclear y redescubrir nuestra capacidad
imaginativa en nombre del bien de la humanidad. Podemos superar nuestra
inversión moral y cesar de justificar armas o actos de matanza masiva.
Podemos condenar y dar paso atrás en actos de profanación, reconociendo lo
que Camus llamó 'filosofía de los límites'. De esta manera podemos también
tomar medidas para cesar de traicionarnos a nosotros mismos, cesar de
dañar y engañar a nuestra propia gente. También podemos liberar a nuestra
sociedad de su encubrimiento apocalíptico, y en el proceso, ampliar nuestra
visión. Podemos romper nuestro largo aturdimiento en la vitalizante
empresa de aprender, o aprender de nuevo, sentir. Y podemos desviarnos de
un debilitante sentido de un sin-futuro y nuevamente sentirnos unidos a las
generaciones pasadas y futuras.

El futuro está en nuestras manos. No debemos contentarnos con flotar a la
deriva en el curso del terror nuclear. Nuestra responsabilidad como
ciudadanos de la Tierra y de todas las naciones es enterarnos de la
enormidad de nuestro reto en la Era Nuclear y superar ese reto en nombre
propio, de nuestros hijos y de todas las generaciones futuras. Nuestra
labor debe ser reclamar nuestra humanidad y asegurar nuestro futuro común
liberando al mundo de estos instrumentos inhumanos de muerte y destrucción
indiscriminadas. El camino para asegurar el futuro de la humanidad corre a
través del pasado de Hiroshima y Nagasaki.


--David Krieger es presidente de la Fundación Paz en la Era Nuclear.
(www.wagingpeace.org) Es coautor de "Choose Hope. Your Role in Waging
Peace in the Nuclear Age" (Elige la esperanza, Tu papel en apostar por la
paz en la Era Nuclear). (Middleway Press, 2002) y editor de Hope in a Dark
Time, Reflections on Humanity's Future (Esperanzas en Momentos Negros,
reflexiones sobre el futuro de la humanidad) (Capra Press, 2003)

--*María Luisa Canale es traductora profesional en México y España y colabora
con la dirección para América Latina.de la Nuclear Age Peace Foundation.

Bibliografía.

_, "Records of the Nagasaki Atomic Bombing," Nagasaki: City of Nagasaki,
1998. (Archivos del bombardeo atómico en Nagasaki).

_, "The Outline of Atomic Bomb Damage in Hiroshima," Hiroshima: Hiroshima
Peace Memorial Museum, 1994. (Resumen de los daños de la bomba atómica en
Hiroshima).

_, "The Spirit of Hiroshima, An Introduction to the Atomic Bomb Tragedy,
Hiroshima: Hiroshima Peace Memorial Museum, 1999. (El Espíritu de
Hiroshima. Una introducción a la tragedia de la bomba atómica)

Cantelon, Philip L., Richard G. Hewlett and Robert C. Williams (eds.), The
American Atom, A Documentary History of Nuclear Poilcies from de Discovery
of Fission to the Present (Second Edition), Philadelphia: University of
Pennsylvania Press, 1991. (El Átomo Americano. Historia documentada de la
política nuclear, desde el descubrimiento de la fisión hasta la fecha)
Hogan, Michael J. (ed.) Hiroshima in History and Memory, Cambridge:
Cambridge University Press, 1996. (Hiroshima en la Historia y el Recuerdo).

Lifton, Robert J. and Greg Mitchell, Hiroshima in America, New York: Avon
Books, 1996. (Hiroshima en América).

Matsubara, Miyoko, "The Spirit of Hiroshima" (El Espíritu de Hiroshima),
Santa Barbara, CA: Nuclear Age Peace Foundation, 1994, on line at:
http://www.wagingpeace.org/articles/hiroshima-hibakusha.html.

Udall, Stewart L., The Myths of August, A Personal Exploration of Our
Tragic Cold War Affair with the Atom, New York: Pantheon Books, 1994. (Los
Mitos de Agosto, una Exploración personal de nuestra trágica relación de
guerra fría con el átomo).

Walker, J. Samuel, Prompt and Utter Destruction, Truman and the Use of
Atomic Bombs Against Japan, Chapel Hill: The University of North Carolina
Press, 1997. (Destrucción Pronta y Tardía, Truman y el uso de las bombas
atómicas contra Japón).

Fuente: Waging Peace
http://www.wagingpeace.org


La bomba de Hiroshima
clapellini@arnet.com.ar 

El día 5 de agosto de 1945, en la base térca de Tiniaii, una isla de las Marianas a 200 km. de Guam, una tripulación de B-29 -la famosa superfortaleza volante»- integrante del  509." Grupo Mixto y preparada desde muchos meses antes en la base secreta de Wendover, en Utah, para una misión especialísima, esperaba llena de ansiedad la llegada de una orden.  El entrenamiento había sido durísimo y realizado en el más absoluto aislamiento.  La tripulación la encabezaba el coronel Paul Tibbets, veterano jefe de grupo de B-17 con múltipjes misiones en Europa y el norte de Africa y que había sido elegido por sus excepcionales cualidades técnicas y personales. Él había escogido como hombre de la más absoluta confianza, para acompañarle en la misión, al oficial bombardero Tom Ferebee, experto en el bombardeo por medios visuales, y al oficial de derrota Ted van Kirk, llamado «Dutch», navegante pcritísimo.

Durante meses habían hecho prácticas de lanzamiento de una rara bomba a la que se llamaba familiarmente «La Cosa", un enorme cilindro dotado de cola, cuyo contenido explosivo era un arcano para casi todos, Sólo Tibbets estaba en el secreto de su carga nuclear y, llegado el momento del lanzamiento, la pregunta que le obsesionaba era: ¿la deflagración alcanzaría a volatilizar el avión portador de la bomba? «No obstante confesaría después el propio Tibbets- yo confiaba plenamente en los científicos y sabía que sus cálculos eran de una precisión total.  Ellos me habían explicado que, en el instante de la explosión, mi avión se habría alejado 17 kilómetros del punto cero en relación con la trayectoria de la bomba.  Por otra parte, en cuanto al problema de la onda provocada por la bomba, los ingenieros aeronáuticas me aseguraron que mi superfortaleza soportaría¡ un choque de 2 g, es decir, el doble de su propio peso.»

Aquel día 5 se llegaba a la fecha de la gran decisión, porque los meteorológicos habían pronosticado que el período entre el 6 y el 9 de agosto ,cría el más favorable para realizar el bombardeo desde el cielo japonés.

 

Robert J. Oppenheimer nació en  1904, en Nueva York, siendo hijo de un emigrante alemán llegado a América a los 14 años y que posteriormente haría fortuna en negocios textiles. Desde su más temprana infancia, Oppenheimer demostró poseer una inteligencia privilegiada.  Sus estudios superiores los cursó en Harvard, simultaneando las humanidades con la física y la química.  Dotado de una gran ansia de saber, y con una extraordinaria capacidad para asimilar conocimientos, se interesó por el  pensamiento oriental, estudió el hinduismo y llegó a dominar el sánscrito, aparte de numerosas lenguas vivas.  En 1925 se diplomó cum laude en Harvard.  Posteriormente, amplió estudios de física en Cambridge con Rutherford, en Gotinga con Born y Dirac y más, en Zurich Leyde.

Su brillantez intelectual y la profundidad de sus estudios le hicieron perfilarse como un científico de gran porvenir, que había encontrado su camino en la más fascinante empresa que en la década de 1930 se le podía proponer a un físico: la investigación atómica.  En 1 92 9 empezó a dar clases de física en la Universidad de Berkeley, donde dispuso de un importante laboratorio de investigación.

Alineado entre los intelectuales americanos de ideas socialmente progresivas, Qppenheimer no hizo un secreto de su antifascismo ni de su filomarxismo, aunque no llegara a militar en el partido comunista.  En el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, mantuvo una relación íntima con una doctora, conocida militante del comunismo.

En 1942 -a los 38 años- le ofrecieron la supervisión y el control global del proyecto Manhattan y la dirección del superlaboratorio de Los Alamos.  La oportunidad de tener a su alcance la construcción del ingenio más poderoso de todos los tiempos fue tentación que venció todos los escrúpulos morales de Oppenheimer.  Durante el proceso de fabricación de la bomba volvió a tener contacto con su antigua amiga, la militante comunista, hecho que no escapó al conocimiento del general Groves, responsable máximo de la seguridad.  El general, tras una conversación afondo con Oppenheimer, se aseguró de que éste había roto sus relaciones con la extrema izquierda y, valorando la importancia proyecto' lo confirmó en el cargo.  El éxi alcanzado con la fabricación de bomba y sus efectos sobre Japón hicieron que Oppenheimerfuera exalta do por la prensa y la opinión pública americana como el hombre que había hecho posible el victorioso final de guerra.

Ante el problema moral suscitad por la carrera atómica, Oppenheime descubrió el personaje hamletiano qu llevaba dentro, manifestándose pes a sus reparos íntimos en pro de continuidad de las investigaciones Por eso constituyó una gran sorpres el saberse, en octubre de 1945, que abandonaba la dirección de Los Alamos y volvía a la enseñanza.  En 194 fue designado director del Instituto Estudios Superiores de Princeton y, a

ropioliemuo entró a formar parte de la Comisión de Energía Atómica. Cuando en 1950 el presidente Truman ordenó la construcción de la bomba de hidrógeno, Oppenheimer, una vez más, se mantuvo en una duda atormentada por el alcance de la carrera nuclear, pero sin alinearse entre los opositores.

En 1954, al llegar el período de la «caza de brujas», Qppenheimer fue acusado de «actividades antiamericanas» por haber mantenido relaciones con elementos comunistas.  Con arreglo a las prácticas utilizadas por la Comisión de Encuesta, se le declaró «indeseable para toda función que supusiese un acceso a secretos militares».  Pese a la protesta de gran número de científicos, Oppenheimer hubo de sufrir años de ostracismo oficial Durante ellos, no obstante, continuó trabajando en la Universidad y dando conferencias.  En 1958 viajó a París, fue recibido en la Sorbona y el Gobierno francés le otorgó la Legión de Honor, todo lo cual e una especie de desagravio al que se asociaron los científicos europeos.

En 1963 fue rehabilitado y se le otorgó el premio Fermi, el más alto galardón que se concede a los destacados en la investigación nuclear.

Falleció en 1967, en Princeton.

Su vida fue una demostración del enfrentamiento del hombre de ciencia con unos problemas éticos y morales que le desbordan.  El mito del «aprendiz de brujo» tuvo en el patético destino de Oppenheimer su más patente manifestación.

En el verano de 1939, la energía nuclear había desvelado ya sus inmensas posibilidades destructivas.  La fisión del uranio, llevada a cabo por primera vez por Enrico Fermi, iba acompañada por un desprendimiento enorme de energía.  Pero esto no era todo: si la fisión del primer núcleo podía emitir varios neutrones, cada uno de éstos podía provocar la fisión de otro núcleo, que a su vez al fisionarse emitía... Era la reacción en cadena prevista por Joliot y Szilard. La idea de estar ante una fuente de energía inimaginable, la posibilidad de tener al alcance la preparación de una mítica fuerza explosiva, sobrecogió a los físicos que habían llegado a abarcar teóricamente los efectos de la fisión en cadena.  Pero se estaba en 1939.  Muchos físicos, investigadores del átomo, habían abandonado Alemania por su condición de judíos. Otros, como el italiano Fermi, habían emigrado en desacuerdo con el fascismo que imperaba en su país.  Y todos ellos se habían refugiado en Estados Unidos.  La idea de que los sabios alemanes que habían quedado en su tierra pudieran preparar el arma atómica era una suposición que podía hacer de Hitler el amo del mundo.

Ante esta temible eventualidad, Leo Szilard, un científico atómico húngaro refugiado en Norteamérica, pidió a

Albert Einstein que llamase la atención del Gobierno americano sobre el peligro que amenazaba, si los nazis conseguían preparar una bomba atómica.  Entre dudas y reticencias, el tiempo pasó.  Entre tanto, los ensayos y las investigaciones nucleares habían proseguido en Princeton, en Berkeley, en Columbia... En 1941, los japoneses atacaron Pearl Harbor.  Estados Unidos era ya un país beligerante. Ello precipitó la decisión.  En agosto de 1942 se llegó a un acuerdo para unir esfuerzos entre el Gobierno americano y el británico a fin de comunicarse sus investigaciones, y el Ejército americano recibió el encargo de dar prioridad absoluta, acelerando, coordinando y recabando cuantos recursos fueran necesarios para realizar un proyecto al que se le puso el nombre clave de « Manhattan».  Su objetivo era fabricar la primera bomba atómica.

En el otoño de 1942, el general Leslie Groves, que había sido designado responsable del proyecto, se entrevistó secretamente con el físico Robert J. Oppenheimer, un brillante investigador cuyas cualidades personales de animador, capacidades de coordinador y poder de captación le hacían especialmente idóneo para dirigir en lo técnico la suma de esfuerzos que iba a representar el proyecto.

El lugar elegido para situar la planta de acabado fue Los Alamos, en Nuevo México, lejos de cualquier centro habitado.  En la bomba se puso a trabajar un ejército de científicos, de técnicos, de militares: directa o indirectamente, más de cien mil personas, la mayoría ignorantes de la finalidad real de su trabajo. La movilización fue total.  Todos los recursos disponibles se pusieron al servicio de la gigantesca empresa.  Cientos de millones de dólares se gastaron en un esfuerzo tecnológico que abarcó una colosal Planta construida en Tennessee, un grandioso laboratorio en la Universidad de Columbia, una enorme instalación en Oak Ridge, otra en Hanford.  Yen Los Alamos, junto a la planta atómica, surgió una ciudad habitada por los científicos y sus familias. Era difícil que aquella dispersión no traicionara el secreto exigido.  Pero los severísimos controles y la más estricta vigilancia evitaron cualquier filtración.

Al principio se creyó que la bomba estaría lista en un año, pero se llegó a 1944, con el proceso muy avanzado. La evidencia de que Alemania no podría ya obtener la bomba y el sesgo favorable de la guerra contra Japón decidieron al científico danés Niels Bohr, premio Nobel de Física, a dirigir un memorándum al presidente Roosevelt previniéndole contra «la terrorífica perspectiva de una competencia futura entre las naciones por un arma tan formidable».  Pero el mecanismo infernal no podía ya detenerse. La posesión de la bomba era un objetivo demasiado codiciado.

En julio de 1945, todo estaba listo para la gran prueba.  En Los Alamos se hallaban Oppenheimer, Bohr, Fermi, Bethe, Lawrence, Frisch... toda la plana mayor de los sabios nucleares. El día 16, a las dos de la madrugada, las personas que debían intervenir en la primera prueba estaban en sus puestos a varios kilómetros del punto cero.  Se fijó la hora H para las 5 de la madrugada.  A las 5.30, una luz blanca, radiante, mucho más brillante que el sol del mediodía, iluminó el desierto, las montañas en la lejanía...

La superfortaleza volante B-29, fabricado por Boeing, fue el mayor avión construido durante la  Guerra Mundial. Proyectado en 1939 y tras un período de prueba en el que tuvieron que superarse múltiples deficiencias técnicas, las primeras entregas a ultramar se hicieron en marzo de 1944.  Intervino, decisivamente en las operaciones aéreas contra Japón y Alemania. . Fue el primer gran bombardero construido en serie dotado de compartimentos presurizados.  También fue el primero que dispuso de un sistema centralizado y sincronizado de tiro de las ametralladoras.  Sus dimensiones era n gigantescas: longitud, 30 metros; envergadura, 43 metros.  Iba equipado :con cuatro motores Wright de 2.200 HP de potencia, que le daban una velocidad máxima de 585 kilómetros por hora a 7.600 metros de altitud.  La ,velocidad de crucero de gran alcance era de 350 kilómetros a la hora, siendo su radio de acción de más de 8. 000 kilómetros y su techo de servicio de 9.700 metros. Su tripulación estaba integrada por 11  hombres.

Su armamento constaba de 10 ó 12 ametralladoras y un cañón de 20 mm y su carga explosiva podía ser de lcuatro bombas de 1.800 kilos u ocho de 900 kilos.  Para cargar la bomba de uranio, el Enola Gay hubo de acomodar su bodega, dado que las dimensiones del ingenio superaban los 70 cm y ,de diámetro ' los 3 m de longitud.

La acción más espectacular y destructiva en la que participaron los B-29 fue el bombardeo realizado en la ,noche del 9 al 10 de marzo de 1945, Por 279 aparatos de este tipo sobre: Tokio.  En una sola noche, las superfortalezas destruyeron casi 25 kilómetros cuadrados del centro de la capital japonesas arrasaron el 25 % de los edificios de la: ciudad.  Cerca de 85.000 personas perdieron la vida y otras tantas ,resultaron heridas, ¡,mientras que un millón de habitantes ,de Tokio quedaron sin hogar.

El día de la rendición de Japón, las fuerzas aéreas norteamericanas tenían en servicio 3.700 bombarderos del tipo B-29.Las superfortalezas todavía tuvieron una importante participación en la guerra de Corea; pero en 1955, con la puesta en servicio de los grandes bombarderos a reacción B-47 y B-52 y la del B-36 mixto, los B-29  fueron retirados definitivamente.

En esencia, la bomba atómica es un reactor o pila nuclear que no utiliza moderador (es decir, ninguna sustancia que frene las partículas emitidas por el elemento radiactivo) y en la que se origina una reacción en cadena.

Dos trozos de material radiactivo (uranio 235 en la Little Boy que se lanzó sobre Hiroshima y que aparece en la fotografía inferior,- plutonio 239 en la Fat Man que se lanzó sobre Nagasaki), de masa inferior a la crítica (es decir, a la masa a la que la reacción en cadena se produce de forma espontánea) y separados por un espacio vacío, son impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa resultante es superior a la crítica, produciéndose la reacción nuclear.

Efectos a partir del centro: Dependiendo de su tamaño, los efectos de una deflagración nuclear, se expanden en círculos concéntricos a partir del punto de impacto, que normalmente se encuentra situado a cierta altura sobre el terreno.

El círculo más exterior es, lógicamente, el de menor destrucción y la causa principal de ésta es la radiación térmica, que produce una «tempestad de fuego», quemaduras e incendio.

En el círculo intermedio, donde la causa principal de destrucción es la onda de la explosión (expansión y choque), se producen derrumbamientos, roturas de conducciones de gas y agua, proyección de cascotes y cristales, etc.

Finalmente, en el círculo interior, la destrucción es total a calísa de las enormes temperaturas (en Hiroshima, 17.000 personas «desaparecieron» carbonizadas y pulverizadas) y la radiación mortal.

Los diámetros de estos círculos varían; por el . ejemplo, en una bomba de cien kilotones (unas siete-cinco veces la de Hiroshima) son de dentro a fuera:2,5 km., 8 km. y 16 km.

 

Plan de vuelo

El vuelo tenía prevista la hora de despegue para las 2.45 de la madrugada del día 6, esperándose alcanzar el objetivo -que podía ser Hiroshima, objetivo prioritario, o bien Kokura o Nagasaki- seis horas después, es decir a las 8.15, hora exacta que se había precisado en función de las previsiones de la meteorología.  Tres superfortalezas acompañarían en el despegue al Enola Gay.  Una de ellas tendría como misión el dar los datos meteorológicos en el último momento y ya sobre el espacio aéreo japonés, designando en función de este factor la ciudad que quedaría marcada por el fatal destino de sufrir el comienzo de la era atómica.  En los otros dos aviones viajarían los científicos encargados de observar y registrar los efectos de la bomba.

Al término de la exposición del plan de vuelo, Tibbets anunció con voz grave que le era necesario dar una información adicional del más alto interés.  Y habló de que se trataba de lanzar una

 

bomba cuyos efectos significarían muy probablemente la derrota de Japón y el fin de la guerra.  Tibbets, sin embargo, se abstuvo de mencionar el calificativo de «atómica» aplicado ala bomba, pero precisó que la potencia del infernal ingenio equivaldría a la de 20.000 toneladas de trilita.  Sus palabras causaron una impresión profunda en la tripulación, a la que se había incorporado el copiloto Bob Lewis, el ametrallador de cola Bob Caron y de la que formarían parte tres personas más: el capitán Parsons -ya citado- y su ayudante el teniente Morris Jeppson, quienes tendrían a su cargo el activado de la bomba una vez en vuelo; y a ellos se añadiría el teniente Beser, especialista en electrónica.

 

El despegue hacia un objetivo desconocido

Y llegó el momento decisivo.  A la 1.45 de la madrugada despegó el B-29 destinado a la misión meteorológica.  Los otros despegarían después.  A las 2.15, el B-29 modificado para que en su bodega cupiera la bomba de uranio 235, a la que se había bautizado con elnombre de Little Boy («Muchachito»)

Entre una hilera de cámaras tecimiento, iluminado por potentes  estaba en la cabecera de la pista probando a plena potencia sus cuatro motores Wright de 2.200 caballos de por que querían registrar el histórico acon proyectores, el Enola Gay arrancó de la pista con los cuatro mil kilos de la bomba en sus entrañas.  Eran las 2.45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945.

Alcanzada la cota de vuelo y con el rumbo puesto hacia el archipiélago japonés, Parsons y su ayudante pusieron manos a la obra en la bodega del bombardero para activar el arma nuclear.  Veinte minutos después, habían dado fin a su tarea.  Fue entonces cuando el coronel Tibbets, tras conectar el piloto automático, reunió a la tripulación y les explicó la naturaleza exacta del explosivo que llevaba a bordo.  Para aquellos hombres, hechos al cumplimiento de unas misiones bélicas destructivas, cualquier reparo moral estaba en aquel momento fuera de lugar.  Aún más, la idea de que con aquel explosivo podían acortar la guerra y ahorrar millares de vidas norteamericanas ahuyentaba cualquier escrúpulo de conciencia.

Entre tanto, el Enola Gay proseguía su vuelo sin novedad sobre la capa de nubes por encima de la zona de turbulencia.  Poco a poco se iban percibiendo las tenues luces del amanecer.  Se acercaba la hora del alba.  Al llegar el avión a la altura de lwo Jima, según el horario previsto, dos aparatos de escolta esperaban describiendo círculos la llegada del bombardero para, una vez avistado, ponerse a la altura de] Enola Gay y seguir el vuelo juntos, hacia el objetivo.

El nuevo día empezaba a despuntar.  Un nuevo día que millares de seres humanos de una ciudad todavía ignorada no verían llegar a su crepúsculo, víctimas de una horrible muerte.

 

La meteorología sella el destino de Hirosima

A las 7.09 se recibió en el Enola Gay el esperado mensaje.  Era del comandante EatherIy del Straight Flush, el avión meteorológico que les había precedido en el despegue y que en aquellos momentos volaba a 10.000 metros sobre Hiroshima.  En él se confirmaba el objetivo principal como destino de la bomba.  La ciudad, en medio de un anillo de nubes, aparecía a través de un hueco de 15 kilómetros en el que la visibilidad era perfecta.  El mensaje del Straight Flush selló el destino de la ciudad.  El navegante Van Kirk marcó el rumbo preciso para situarse en la vertical del objetivo.

Sobre Hiroshima se había despertado también el sol de la mañana de un nuevo día que -fatalmente- se anunciaba magnífico, sinn nubes.  Era una ciudad con más de 300.000 habitantes, famosa por sus bellísimos sauces y que hasta aquel día, pese al sesgo desfavorable que la guerra había tomado para el Japón, no había experimentado más conmoción que el estallido de 12 bombas enemigas.  Aquella mañana despejada, sus habitantes se disponían a hacer su vida habitual.  El puerto, antes animado por los embarques de tropas, aparecía desierto, porque la siembra de minas realizada por los aviones americanos hacía que casi ningún barco fondease ahora en Hiroshima.  Fábricas, almacenes y enlaces ferroviarios trabajaban a pleno rendimiento para aprovisionar y equipar a un ejército que, muy pronto, tendría que afrontar el desembarco de los americanos en sus propias islas.

Afanada en sus quehaceres diarios, la gente prestó escasa atención a las sirenas que sonaron anunciando la presencia de un avión enemigo, un B-29 que volaba a gran altura y que, después de cruzar por dos veces el cielo de la ciudad, desapareció.  El fin de la alarma sonó a las 7.30. Era el B-29 del comandante Eatherly, que había cumplido su misión de guía del Enola Gay.  Al cese de la alarma, la gente dio un suspiro de alivio.  Los hombres inútiles para el servicio y los estudiantes que trabajaban en la defensa pasiva creyeron que, una vez más, el azote de las bombas iba a pasar sobre Hiroshima sin dejar rastro.  Las gentes procedentes de zonas bombardeadas celebraron una vez más su buena fortuna en la elección de la ciudad que les había dado acogida.

De los hombres que participaron en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, no todos salieron incólumes de esa siembra de'destrucción.  Veinte años después, el mayor Claude Eatherly era víctima de fuertes trastornos emocionales.  Era el hombre que, desde el avión meteorológico Straight Flush, había marcado el destino de Hiroshima señalándola como el objetivo del Enola Gay.

Eatherly, el servicio durante un   de finalizada la guerra, una vez desmovilizado      empezó a experimentar  trastornos psiconerviosos influido por un claro complejo , de culpabilidad. Su atormentado estado de ánimo se hizo público cuando fue detenido por provocar un gran alboroto y producir destrozos en un lugar público.  Tratado como héroe de guerra en el juicio que se le siguió, rechazó toda consideración y , pidió ser condenado, ya que se: sentía profundamente culpable.  Aquel fue el inicio de todo un proceso de autopunición, que le llevó de los tratamientos psiquiátricos a sucesivas detenciones cada vez que su conducta buscaba un motivo para ser castigado. Su plan, como él mismo confesó, era acumular actos. La protesta contra la sociedad que, según él, le había convertido en un asesino.  Su calvario se prolongó durante años y su figura fue esgrimida por grupos pacifistas y contrarios al uso de la energía atómica, mientras que la sociedad contra la que él se alzaba le tildaba de «loco».

Para otro aviador, la contemplación de la explosión? nuclear y la idea de,' las muertes producidas significó también un profundo cambio en su destino.  Fue el coronel inglés Leonard Cheshire, el piloto de bombardero más condecorado de la RAF, invitado a volar como observador en el avión meteorológico que escoltó al que bombardeó Nagasaki.  Cheshíre, superviviente de más de cien misiones sobre Alemania y los países ocupados, curtido en la destrucción por las «bombas terremoto» usadas por la RAF, quedó traumatizado por los efectos de la bomba nuclear.  Y de si¿ mente no pudo apartarse la imagen de hasta dónde puede llegar el poder destructivo que el hombre, movido por el odio de la guerra, es capaz de el ejercer contra la propia humanidad. Terminada la guerra, pidió el retiro de la aviación, se convirtió al cristianismo y creó una fundación destinada a atender enfermos.

 

La hora H: 8h 15'17" del día 6

A las 7.50 hora de Tokio, el Enola Gay volaba sobre las inmediaciones de la isla de Shikoku.  A las 8.09 se divisó desde el avión el contorno de Hiroshima. Tibbets ordenó a los dos aviones de escolta que se retirasen y, por el interfono, indicó a su tripulación que se pusiera los anteojos que habían de protegerles contra el resplandor de la explosión.  A las 8.1 1, Tibbets accionó el mecanismo preparatorio para soltar a Little Boy.  Faltaban menos de cinco minutos.  Debajo del Enola Gay, la ciudad de Hiroshima se veía cada vez más cerca.  El apuntador Ferebee se sabía de memoria la planimetría de la ciudad.  Rápidamente encuadró su punto de mira en el lugar elegido: un gran puente sobre el río Ota.  Cuando tuvo, puso en marcha la sincronización automática para el minuto final del lanzamiento.  El plan preestablecido era lanzar la bomba a las 8.15, hora local.  Las favorables condiciones atmosféricas y la pericia de Tibbets permitieron que el avión coincidiera con el objetivo exactamente a las 8 horas, 15 minutos y 17 segundos.  En aquella hora fatídica se abrieron las compuertas del pañol y, desde una altura de 10.000 metros, el ingenio atómico inició su trayectoria genocida.

Aligerado de un peso de más de 4.000 kilos, el bombardero dio un gran brinco hacia arriba.  Tibbets marcó un picado hacia estribor y a continuación hizo un viraje cerrado de 158', a fin de alejarse al máximo del punto de explosión.  Al mismo tiempo, desde el instante del lanzamiento, Tibbets se puso a contar mentalmente los segundos calculados hasta que la bomba estallara.  Transcurridos 43 segundos, cuando el avión se encontraba a 15 kilómetros del punto del impacto, la bomba hizo explosión, accionada por una espoleta automática a unos 550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros escasos del blanco elegido.

 

Una enorme bola de fuego se iba transformando en nubes purpúreas...

Repentinamente, el espacio se había convertido en una bola de fuego cuya temperatura interior era de decenas de miles de grados.  Una luz, como desprendida por mil soles, deslumbró a pesar de los lentes a Bob Caron, el ametrallador de cola, que, por su posición en el aparato, quedó encarado al punto de explosión.  Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión, mientras abajo la inmensa bola de fuego se iba transformando en una masa de nubes purpúreas que empezó a elevarse hacia las alturas, coronándose en una nube de humo blanco densísimo que llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura y que adoptó la forma de un gigantesco hongo. «Entonces nos dimos cuenta -explicaría Tibbets- de que la explosión había liberado una asombrosa cantidad de energía.» El Enola Gay, superada la prueba de la onda de choque, viró hacia el sur y voló sobre las afueras de Hiroshima, a fin de fotografiar los resultados del histórico bombardeo.  Y entonces fue cuando la tripulación pudo comprobar la espantosa destrucción que habían sembrado.  Iniciado el vuelo de regreso, a 600 km de distancia todavía era visible el hongo que daba fe de la aparición del arma que abría una nueva y dramática era en la historia de la humanidad.

Una sensación impresionante dominaba a toda la tripulación, como si la tensión nerviosa liberada hubiera dado paso a la obsesionante idea de haber provocado una destrucción sin precedentes.  Parsons y Tibbets lanzaron entonces el mensaje que iba a conmover al mundo: «Resultados obtenidos superan todas las previsiones.»

El fin de la Segunda Guerra Mundial A las 2 de la tarde, el Enola Gay tomaba tierra en Tinian.  La noticia del éxito de la operación «Bandeja de Plata» había circulado ya por el Pacífico.  En el aeródromo estaban esperando los generales Le May y Arnold, venidos especialmente de Guam.  El presidente Truman recibió el mensaje a bordo del crucero Augusta.  En su entorno, todo era exaltación y entusiasmo.  Sólo el general Eisenhower condenó espontáneamente el uso de la terrible bomba contra un núcleo habitado, considerando que tal demostración no era necesaria para derrotar a Japón.  Pero la inmensa mayoría -como dijo Raymond Cartier- «no vio en la aparición del arma nuclear otra cosa que el fin rápido de la guerra y la economía de sangre americana que ello reportaba. »

No obstante, había algo más: ante la configuración del mundo de la posguerra y la emergencia de la Unión Soviética como gran potencia, la horrible demostración de Hiroshima perseguía el evidente fin de intimidar a Stalin y hacerle más razonable.  Yalta y Potsdarn estaban perfilando una posguerra en la que los ocasionales aliados de ayer iban a dividir el mundo en dos bloques antagónicos.

Sin embargo, como era de esperar, las previsiones en cuanto a lo resolutivo de la bomba se cumplieron: el día 7, Japón se dirigió a la Unión Soviética para que mediara ante Estados Unidos en busca de un armisticio.  Los rusos contestaron declarando la guerra a Japón y desencadenando de inmediato una gran ofensiva en Manchuria.  El día 9, otro B-2 l Bockscar, pilotado por el mayor Sweeney, lanza otra bomba nuclear -ésta de plutonio- sobre Nagasaki.  La «implosión» - pues éste fue el sistema practicado para provocar la reacción en cadena del plutonio activado- estuvo a punto de desintegrar la superfortaleza que efectuó el lanzamiento.  Los efectos, debido a la topografía de Nagasaki, no fueron tan espantosos como los del ataque precedente.  Pero fueron suficientes para que, a las 2 de la madrugada del día 10, el Consejo Supremo de Guerra japonés, presidido insólitamente por el emperador Hiro Hito -que, ante lo gravísimo de los momentos, había decidido descender de sus divinas alturas -, se dirigiera a Estados Unidos pidiéndole el cese de las hostilidades y aceptando la rendición incondicional exigida por los aliados.

La capitulación se firmaría el 2 de septiembre de aquel mismo año: la Segunda Guerra Mundial había terminado, tras 6 años y 1 día de duración.  Pero queda por reseñar lo sucedido en la ciudad mártir, tras de recibir su bautismo de fuego atómico.

 

Una explosión de 20 kilotones

La bomba lanzada en Hiroshima tenía una potencia equivalente a 20 kilotones, es decir, a veinte veces la explosión de mil toneladas de TNT.  Los efectos mortales de esta bomba podían proceder de tres causas distintas: la acción mecánica de la onda expansivo, la temperatura desencadenada y la radiactividad.

El calor generado por la energía liberada se elevó a temperaturas capaces de fundir la arcilla, alcanzando decenas de miles de grados.  Este colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación, para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora.  El terrible soplo produjo presiones de hasta 10 toneladas por metro cuadrado.

El detalle de estos efectos sobre la ciudad llega a lo indescriptible: trenes

enfermedades derivadas de la hecatombe nuclear.

que vuelcan como golpeados por un gigante, tranvías que vuelan con una carga de cadáveres hechos pavesas, automóviles que se derriten, edificios que se desintegran y se convierten en polvo incandescente, manzanas de viviendas que desaparecen por un ciclón de fuego.

Toda una zona de 2 km de radio se transformó en un crisol, que la dejó arrasada como si un fuego infernal y un viento cósmico se hubieran asociado apocalípticamente.  Y en kilómetros a la redonda, incendios y más incendios atizados dramáticamente por un vendaval de muerte.  Por los restos de lo que fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras, unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones.  Los que murieron en el acto, sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro.  Tan sólo alguno, situado junto a un muro que resistió la onda expansiva, dejó una huella en la pared, una silueta difuminada de apariencia humana, como una sombra fantasmagórica, que fue en lo que vino a quedar el inmolado.  Otros se vieron lanzados, arrastrados por un rebufo arrollador, y se encontraron volando por el aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval.  Alguno fue a parar milagrosamente a la copa de un árbol, a muchos metros de distancia de su lugar de arranque.

En los alrededores de] punto cero, todo quedó carbonizado.  A 800 metros, ardían las ropas.  A dos kilómetros, ardían también los árboles, los matorrales, los postes de¡ tendido eléctrico, cualquier objeto combustible.  Tal era la fuerza del contagio ígneo.

 

El sol de la muerte

Pero quedaba el tercer y más traicionero efecto: el «sol de la muerte», como llamaron los japoneses al efecto radiactivo que provocó la acción de los rayos gamma, delta y alfa.  Las personas, según su cercanía al punto de caída de la bomba atómica, aparecían llagados, llenos de terribles ampollas.  Todos los supervivientes, en un radio de 1 km a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las radiaciones.  Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación.  Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de los efectos radiactivos.

Junto a los millares de muertos instantáneamente y de los que con posterioridad fallecieron de resultas de las quemaduras o de la radiación, se registraron hechos singulares.  Por ejemplo, algunos habitantes se salvaron por haberles sorprendido los efectos de la explosión con vestimenta clara; en cambio, los que vestían de oscuro murieron rápidamente, por la capacidad del color negro de absorber el calor.  Esta misma capacidad de absorción de las ondas calóricas por los cuerpos opacos ocasionó otro sorprendente fenómeno: la fotografía atómica.  Hombres desintegrados, así como objetos diversos, dejaron su sombra grabada sobre los muros de las paredes en cuya cercanía se encontraban en el momento de la explosión, como hemos mencionado antes.  La onda calórica siguió exactamente los contornos de una silueta y la grabó, para siempre, sobre la piedra.

 

El holocausto

Y cuando los supervivientes se recuperaron del horror y los servicios de socorro empezaron a prodigar sus cuidados a los heridos y a los quemados, se produjo la caída de una lluvia viscosa, menuda y pertinaz, que hizo a todos volver los ojos al cielo: el aire devolvía a la tierra, hecho toneladas de polvo y ceniza, todo lo que había ardido en aquel horno personas y cosas - y que las corrientes ascendentes habían succionado hasta las nubes.

Al día siguiente del bombardeo, un testigo presencial que recorrió la ciudad explicó el espeluznante panorama de desolación que constituía la visión de una población arrasada, sembrada de restos humanos que estaban en espantosa fase de descomposición, entre un olor nauseabundo a carne quemada.  Una zona de 12 kilómetros cuadrados, en los que la densidad de población era de 13.500 habitantes por kilómetro cuadrado, había sido devastada.  La llegada de un grupo de científicos confirmó que el explosivo lanzado era una bomba de uranio.  La energía atómica había entrado en la historia por la puerta del holocausto.

Según los datos más fiables, el número de víctimas sacrificadas en Hiroshíma fue de 130.000, de las que 80.000 murieron.  Unos 48.000 edificios fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar


Principal-|-Consulta a Avizora-|-Titulares-| Clima-|-Sugiera su Sitio
Temas Que Queman | Periodísticos Selectos | Libros Gratis | Publicaciones | Glosarios
Desarrollo Web | Libro de Visitas |-Chat-| Horóscopo


AVIZORA
Tel: +54 (3492) 434313 /+54 (3492) 452494 / +54 (3492) 421382 /
+54 (3492) 15 612463 ARGENTINA
webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m. Avizora.com