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Bicentenario: festejo fallido

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. La Iglesia ante el bicentenario

150910 - La manera fallida, inconsistente, frívola y hasta contradictoria en que han sido organizados los actos conmemorativos por el 200 aniversario del inicio de la guerra de Independencia es expresión de la circunstancia crítica que vive el país y, también, de las carencias e incapacidades de la autoridad para comprenderla y atenderla.

Por principio de cuentas, resulta paradójico que la conmemoración por los 200 años de la gesta independentista se produzca en el contexto de una soberanía nacional severamente acotada. Lo anterior se expresa con particular claridad en el sometimiento, desde hace más de dos décadas, al modelo neoliberal dictado por Washington, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; en la posterior suscripción del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); en la grave circunstancia de dependencia alimentaria que afecta a México; en el abandono del campo, de la industria y de la planta productiva nacional; en el deterioro deliberado de la industria petrolera y la entrega de sectores estratégicos, como la banca y la generación de energía eléctrica, a empresas trasnacionales. El adelgazamiento” del Estado –realizado con ostensible corrupción–, el afán privatizador desmedido de las últimas cuatro administraciones federales, y la entrega de potestades nacionales a corporaciones y gobiernos extranjeros, colocan al país en situación de lamentable dependencia.

Otro tanto puede decirse de la suscripción de acuerdos como la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte –conocida también como el “TLCAN militarizado”– y la Iniciativa Mérida: tales convenios representan para México claudicaciones inadmisibles en materia de soberanía y seguridad nacional. Por añadidura, el desdén gubernamental a la observancia de los derechos fundamentales de mexicanos y ciudadanos de otros países da cuenta, dentro y fuera del país, de la incapacidad del Estado mexicano para cumplir con algunas de sus obligaciones fundamentales.

Tales situaciones coinciden, por lo demás, con un escenario marcado por el acoso de la criminalidad y el cotidiano baño de sangre que padece el país. La “guerra contra el narcotráfico”, declarada por el gobierno calderonista hace casi cuatro años, no sólo ha tenido un costo inaceptable en vidas humanas, sino que ha significado una alteración profunda de la normalidad social e institucional en varias regiones del territorio: reflejo de ello es la cancelación de la ceremonia del Grito de Independencia en al menos una decena de municipios de Chihuahua y Tamaulipas, como consecuencia de la inseguridad.

En otro sentido, tras la insustancialidad, la opacidad y el dispendio que han caracterizado la conmemoración oficial del bicentenario, puede percibirse la incomodidad ideológica que genera, en un grupo gobernante conservador, el recuerdo de los procesos revolucionarios de hace 100 y 200 años. Para colmo, el discurso gubernamental ha sido manejado en forma contradictoria: si durante meses la población fue sometida a un bombardeo mediático que invitaba a sumarse a las festividades patrias, ahora las propias autoridades –federales y capitalinas– recomiendan a la ciudadanía que se quede en casa y vea la ceremonia correspondiente por la televisión, y advierten que el ingreso al Zócalo estará limitado a 50 mil personas.

Hace unos días el titular del Ejecutivo federal, Felipe Calderón Hinojosa, fustigó a quienes han criticado los festejos oficiales y los acusó de estar “siempre orientados a demoler el ánimo nacional”. Pero a la luz de las consideraciones señaladas, ha sido el propio gobierno el que ha estrechado los márgenes del festejo hasta convertir la perspectiva de una celebración popular, nacional y jubilosa –como la que la ocasión ameritaba– en una ceremonia gubernamental anticlimática, fallida, carísima y vacía.  La Jornada

La Iglesia ante el bicentenario - Bernardo Barranco V.

La Iglesia católica ha tenido un bajo perfil en estas celebraciones del bicentenario. No sólo es marginación”, como acusa Valdemar, sino que ha llegado a esta celebración muy erosionada. Pese a su intención original, ha perdido una oportunidad para analizar con una mirada diferente el papel que ésta ha jugado en nuestra historia.

Cabe señalar que la historiografía oficial, marcada por el liberalismo, posteriormente por la visión de revolucionarios e intelectuales socialistas en el siglo XX, han estigmatizado a la Iglesia a contracorriente de la historia. La visión oficial, pese a 10 años de gobiernos panistas, es el de la Iglesia reaccionaria que ha abanderado causas a contramano del progreso y del devenir de nuestro desarrollo como país moderno. Sin embargo, pese al actual reconocimiento a las diversidades existentes, la conformación de nuestra cultura está marcada también por el influjo religioso. Ya lo señalaba Jean Meyer: “Después del milenarismo franciscano elucidado por John Phelan, vino el guadalupanismo, estudiado por David Brading, que presentó a la Nueva España a México como el hijo predilecto de la Virgen María: Non fecit taliter omni nationi. Desde el estandarte del cura Hidalgo hasta las banderas zapatistas y cristeras, desde los sermones de fray Servando hasta el discurso de Casauranc en Celaya y la construcción de la nueva basílica, bajo la protección del presidente Luis Echeverría; todos los políticos lo saben. Esa estrecha relación entre la Virgen morena y la nación mexicana llevó a Altamirano a escribir: ‘el día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mexicana, sino hasta el recuerdo de los moradores del México actual’.” (Nexos, 03/10). Si bien esta última frase puede resultar exagerada, personalmente me quedo con la obra del historiador David Brading, quien enmarca que detrás del nacionalismo político en el pensamiento de Hidalgo y Morelos, se ubica el avivamiento guadalupano y la creatividad del patriotismo criollo.

El martes 30 de agosto de 2010, la Conferencia del Episcopado Mexicano presentó la carta pastoral: “Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra patria”. En un intento muy ambicioso para un texto pequeño, la jerarquía católica se abre para dialogar y discernir sobre su papel no sólo en la conformación de nuestra historia, sino ante los actuales debates sobre el futuro del país y la construcción de un proyecto de nación. Ya desde 2008, cuando anunció la realización de un programa de conmemoraciones, sectores salieron críticamente a discutir ¿qué iba a festejar la Iglesia? Por ejemplo, la historiadora Patricia Galeana cuestionaba el hecho de que la Iglesia quiera cambiar la historia y se refirió a los intentos de recuperar a Juárez como católico y guadalupano, y sobre todo la polémica viva en ese momento en torno a la excomunión de Miguel Hidalgo; señaló que aun cuando los religiosos sostengan que Miguel Hidalgo murió en el seno de la Iglesia, “esto es parte del maniqueísmo neoconservador… fue excomulgado porque se revelaba contra la corona española, es decir, tenía una finalidad evidentemente política” (Milenio, 18/11/08).

A pesar de la sugerente intención de los obispos para remirar la historia con una nueva actitud, la carta pastoral no ha tenido eco. El documento tuvo competidores internos; ya en la presentación del texto fue estropeado por las tronantes declaraciones, justo en la víspera, de Hugo Valdemar, que eclipsaron la expectativa del acto; enganchado en su querella contra Marcelo Ebrard, la atmósfera era crispante; inmediatamente después del acto, las declaraciones desafortunadas e inoportunas de Onésimo Cepeda ensombrecieron mediáticamente toda posibilidad para que las propuestas de la carta tomaran vuelo y propiciaran una reflexión más profunda en la sociedad. Las quejas y reclamos de los voceros sobre la “marginación a la Iglesia” de los festejos del bicentenario son bien poco autocríticos, pues no pueden abstraerse del clima tirante y tenso de un 2010 azaroso entre la jerarquía católica frente a importantes sectores de la sociedad. Si bien esta atmósfera negativa que ha envuelto a la Iglesia, fruto de las acusaciones de pederastia, encubrimientos, revelaciones sobre las patologías de Marcial Maciel y de los legionarios, las polémicas poco venturosas en torno al aborto y uniones gays, han cobrado una factura innegable. También denota que las agendas y cronómetros de la jerarquía tienen compases distintos o de plano se pone en evidencia las diferencias existentes en su seno. Igualmente es reprobable que los medios se hayan dejado llevar más por las “jaladas” de Onésimo Cepeda y dejaran a un lado un debate de fondo que tienda a mirar la historia con nuevos ojos. Las propuestas de la carta pastoral dan para un debate intenso, sin embargo, el relativo silencio también refleja el bajo o pobre nivel con el que la sociedad mexicana asume su bicentenario en general. Quizá sea mejor quedarnos sólo con la parte festiva, dada la atmósfera generalizada de desánimo y de “implosión social”, usando el concepto de Roger Bartra.

La carta pastoral propone circunscribirse a los eventos Independencia y Revolución. Pero dedican largos párrafos a la primera evangelización y al hecho guadalupano y dejan prácticamente en blanco el papel de la Iglesia en la Inquisición, la participación del clero en la guerra de Reforma y la cristiada. El texto tiene poca fuerza, la autocrítica es tenue y en verdad con pocas aportaciones pese a que fue precedido de muchos coloquios y reuniones de especialistas. La carta pastoral no termina de revisar la historia ni aportar contundentemente los temas centrales en la agenda actual. Demasiados propósitos y manos para un solo texto. Sin embargo, queda abierta la puerta de parte de los obispos para revisar con otros ojos, con nuevas actitudes y relecturas la larga historia de conflictos en que la Iglesia ha intervenido, pese a todo, formando parte de la construcción de nuestra identidad como nación. Las heridas históricas aún no han cicatrizado y menos en un año como 2010

 


 

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