|
. Deflación
. PBI
300409 - Osvaldo Martínez -
A partir del verano del 2008 la crisis económica capitalista
ha avanzado con rapidez desde una crisis sectorial de valores
inmobiliarios en Estados Unidos,
que devino poco después crisis financiera en ese país, para
extenderse de inmediato a todo el mercado financiero globalizado
y por último, revelarse como la crisis económica global que hoy
envuelve a la economía real y hace sentir sus efectos a escala
mundial.
En ese turbulento período inferior a un año fueron derrumbándose
varias falacias que habían adquirido valor de supuesta ciencia
en los largos años de esplendor del
Consenso de Washington, la desregulación y el estado
considerado el villano de la economía siempre que interviniera
en ella. No pocos neoliberales doctrinarios de ayer, son hoy
críticos de la desregulación y se han pasado a las filas de los
keynesianos, partidarios de la regulación estatal. La retórica
del mercado "libre" ha sido sustituida por la retórica del
mercado regulado, pero poco o nada se ha regulado.
La crisis es ya la más profunda desde la ocurrida en los años
treinta y probablemente pueda hablarse ya de una depresión en
curso, que sería la etapa más cruda de ella y estaría
caracterizada no solo por el desplome de valores financieros,
sino por la paralización del crédito, la caída del comercio
mundial, el descenso de la producción industrial, la merma en
las ventas y el aumento alarmante del desempleo, que en
Estados Unidos
está devorando más de 600 000 puestos de trabajo cada mes. Y se
dibuja en el horizonte la tendencia que podría marcar su máxima
intensidad: la deflación.
Hasta ahora, la crisis ha alcanzado una intensidad tal que
arrasó las versiones tranquilizadoras emitidas por el Fondo
Monetario Internacional (FMI)
cuando aseguraba que ella sería breve y de escasa intensidad.
Descenso del 6,3% en el PIB de
Estados Unidos,
del 4% en Europa, y del 10% en Japón en el primer trimestre del
2009, disminución del comercio mundial, acelerado aumento del
desempleo que alcanza 8,5% en
Estados Unidos
y hasta 15% en España, caída en
la producción industrial que tiene como símbolo la postración de
General Motors, Ford, Chrysler, son algunos de los indicadores
que ilustran su gravedad y su carácter global.
Dos preguntas centrales se plantean gobiernos, empresarios,
sindicatos y personas de cualquier país ante ese proceso que va
abarcando y golpeando a todos: ¿cuánto durará la crisis? Y
¿hasta dónde llegará su intensidad?
La primera pregunta ha recibido variadas respuestas, algunas de
valor nulo por su evidente intención de tranquilizar, en un
remedo de la orquesta del Titanic lanzando alegres notas
mientras bajaban los escasos botes de salvamento. Un ejemplo es
la opinión de Ben Bernanke, el presidente de la
Reserva Federal de
Estados Unidos,
al decir que la crisis se resolverá en el 2009 y el año próximo
todo volverá a marchar igual.
El
FMI,
esa calamidad global que el
G-20 pretende erigir en baluarte y salvadora de la economía
mundial, ha hecho piruetas con sus pronósticos. A principios del
2008 decía que no habría crisis y que la economía mundial,
actuando como casino de juego global, continuaría con buena
salud. En noviembre del 2008, con la crisis ya en curso,
pronosticó un crecimiento mundial del 2,2% en el 2009. En enero
del 2009 lo redujo al 0,5% y en marzo admitió que sería
negativo, en un alarde de consistencia y exactitud.
La realidad es que el
FMI,
el
Banco Mundial, y la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico (OCDE) ni fueron capaces de pronosticar la
crisis que era ya inminente y evidente, ni saben ahora cuánto
podrá durar y hasta dónde podrá llegar su intensidad.
No lo pueden saber por tres razones esenciales: no entienden la
etiología de la crisis y al no tener la comprensión de sus
causas profundas es imposible aplicar la terapia adecuada, pero
además esta crisis no es otra igual a las anteriores, sino mucho
más compleja, y por último, la desregulación neoliberal creó un
monstruo especulativo tan gigantesco en su tamaño como experto
en ocultarse, que hoy nadie es capaz de cuantificar con
exactitud el monto de valores "tóxicos" que circulan por los
entresijos del mercado financiero globalizado.
LOS PLANES DE RESCATE
Los diversos planes de rescate norteamericanos, europeos y
japoneses, puestos en práctica unos tras otros durante el último
medio año han movilizado cifras en apariencia enormes (no menos
de 8 billones de dólares), pero sus resultados han sido nulos
como freno para la crisis y en cambio, han revelado al desnudo
la inmensa hipocresía de negar cifras ínfimas para la ayuda al
desarrollo —como la solicitud de la FAO por 30 000 millones de
dólares para resolver los problemas de la agricultura en el
Tercer Mundo— y destinar sumas enormes para salvar la
estructura financiera que se ha desplomado.
Esos planes de rescate en apariencia formidables, pero
inefectivos hasta el momento, lo son debido a su insuficiencia
cuantitativa y aun más por su vicio de origen dado por el
compromiso con los oligarcas financieros quebrados, más que con
los desempleados, los amenazados de desalojo de sus hogares, la
gente común que sufre la crisis.
El keynesianismo, al cual ahora todos se adhieren de palabra,
tiene una fórmula para situaciones como esta: aumentar el gasto
público en actividades que generan o conservan empleos, para
suplir la caída del sector privado y así estimular la demanda
solvente para sacar a la economía del colapso. Pero, el grueso
del gasto público destinado a los planes de rescate no ha ido a
estos fines, sino a salvar a las instituciones y los personajes
que protagonizaron la debacle especulativa.
Las cifras comprometidas en los planes de rescate son pequeñas
en relación con el tamaño gigantesco que alcanzó la masa de
productos financieros moviéndose por el mercado financiero
globalizado. Según algunos autores esa masa alcanza los 600
billones y otros la estiman en hasta 1 000 billones y la
pregunta sin respuesta es cuánto de esas fabulosas cifras
representan valores "tóxicos", carentes de respaldo real,
incobrables. Y la capacidad de los gobiernos de Estados Unidos,
Europa y Japón para continuar expandiendo el gasto en nuevos
planes de rescate ni es infinita, ni es inofensiva para esos
países.
Los planes de rescate planteados antes de la Cumbre del G-20 en
Londres se caracterizaron por inyectar liquidez a los bancos e
instituciones financieras golpeadas por la crisis, para
restablecer el crédito, pero en la práctica, aquellos lo que
hicieron fue utilizar el dinero público para mejorar sus estados
financieros, para repartir escandalosas regalías a ejecutivos en
pago por su fracaso o en comprar y absorber otros bancos en
situación más precaria aun, pero el crédito no se restableció.
En Europa se ha aplicado alguna nacionalización parcial de
bancos en crisis, pero en Estados Unidos ni
George W. Bush ni tampoco
Barack Obama aceptaron siquiera alguna forma de
nacionalización parcial, alegando
Obama
que tal acción era rechazada por la cultura política
estadounidense. El resultado hasta ahora ha sido la entrega sin
control a la oligarquía financiera privada de grandes montos de
dinero, sin lograr que el crédito fluya de nuevo.
Ese compromiso esencial con los intereses oligárquicos se
refleja en el más reciente plan de rescate de
Obama.
En él se asume que los activos "tóxicos" o incobrables
reflejados en los estados financieros, valen mucho más de lo que
el mercado está dispuesto a pagar por ellos ahora, y que si
pudieran alcanzar su verdadero valor, los bancos no tendrían
problemas y todo volvería a la normalidad de precrisis.
Entonces, el plan es utilizar el gasto público para empujar al
alza el precio de los activos incobrables hasta que alcancen su
"verdadero valor". En época de
Bush
el gobierno debía comprar directamente los activos. En época de
Obama
el procedimiento se hace más complejo, aunque igualmente
encaminado a favorecer a los especuladores fracasados, mediante
la acción del gobierno prestando dinero a inversionistas
privados para que a su vez compren dichos activos y de ese modo,
utilizar el dictamen infalible del mercado para hacer justicia
al valor de los activos depreciados.
Pero, este aparente recurso a la experiencia del mercado no es
más que un subterfugio para hacer que los afortunados
inversionistas no solo reciban el préstamo, sino que siempre
ganen, pues el plan establece que si el valor de los activos
aumenta, aquellos se benefician, pero si no lo hacen, el
gobierno asume la pérdida, por lo que no se trata de otra cosa
más que subsidiar la compra de activos incobrables, asegurándole
a los voraces tiburones financieros una ganancia financiada con
el dinero de los contribuyentes.
Muchos millones de personas afectadas por la crisis económica en
cualquier lugar del planeta, se preguntan de dónde sale el
dinero para nutrir estos planes de rescate y si ellos pueden
continuar aumentando en una danza de billones y billones de
dólares en tanto crecen el desempleo, la pobreza, el hambre.
Estados Unidos,
el país donde detonó la crisis y el de mayor responsabilidad en
los desequilibrios y las políticas que contribuyeron a
desatarla, se vale de tres vías para lanzar dinero en los planes
de rescate. Una de ellas es la impresión de mayor cantidad de
dólares, aprovechando el privilegio de que su moneda nacional
sea también moneda de reserva internacional. Es lanzar papeles a
la circulación para atender el corto plazo, sin pensar mucho en
los efectos que a mediano y largo plazos esto tendrá.
Desde marzo del 2006 la
Reserva Federal
de
Estados Unidos
no publica la cifra de dólares que circulan en forma de
billetes, monedas y depósitos a la vista, lo cual pretende
esconder el crecimiento acelerado de la masa de dólares en
circulación. Según informaciones del Fondo Monetario
Internacional, solo en los tres últimos meses del 2008 la
Reserva Federal
ordenó imprimir 600 000 millones de dólares nuevos. Esto no es
un elástico que se pueda alargar sin límites. La emisión alegre
de dólares mientras la economía norteamericana cae, los planes
de rescate que comprometen sumas que en buena parte no
retornarán al Tesoro, el crecimiento desmesurado del déficit
presupuestal que se estima alcanzará 1,7 billones de dólares en
el 2008-2009 (12,3% del PIB), minan la escasa confianza todavía
existente respecto al dólar. No es necesario ser experto en
finanzas para comprender que emitir billetes sin respaldo en
crecimiento productivo, conduce a la depreciación de cualquier
moneda.
La
Reserva Federal
de
Estados Unidos
no crea más valor imprimiendo billetes sin respaldo como
fortaleza efectiva de su economía, sino que reduce el valor real
de ellos, de la misma forma en que no es posible multiplicar los
panes sin pasar por la panadería.
Otra vía para echar dinero en planes de rescate es el mayor
endeudamiento externo de
Estados Unidos
mediante la colocación de bonos y otros títulos de deuda, que a
la postre debilitan y hacen más dependiente a esa economía.
Una tercera vía es el cobro de impuestos a los ciudadanos
norteamericanos o la renuncia a gastos públicos que significan
ingresos para la población como la salud, la educación y las
pensiones.
Los planes de rescate no han sido efectivos en su objetivo
principal de frenar la crisis y tampoco son inocuos para el
capitalismo en crisis, además del desgaste de credibilidad que
implica el anuncio solemne de sucesivos planes salvadores que
fracasan uno tras otro.
MISIÓN IMPOSIBLE: EL FMI COMO SALVADOR DE LA CRISIS
La
Cumbre del G-20
en Londres agregó otra pieza de convicción para entender cómo la
desorientación guía las decisiones de los principales gobiernos
que proclaman enfrentar la crisis y aseguran poder vencerla. De
esa Cumbre sobresalen dos resultados: la resurrección del FMI y
el planteo de una nueva retórica "regulacionista" que contrasta
con la anterior retórica del "libre mercado" y convierte en
keynesianos reales o aparentes incluso a los ayer neoliberales.
Hasta ahora esa nueva retórica no ha aportado ninguna regulación
coherente más allá del proteccionismo comercial y financiero
expresado en comprar sólo a empresas nacionales y darles crédito
solo a ellas.
El papel central concedido al Fondo Monetario Internacional es
el intento de revivir un cadáver y no cualquier cadáver, sino al
peor de ellos. Es insensato triplicar los recursos manejados por
el
FMI
y convertir a esta desprestigiada institución en centro ejecutor
de un supuesto plan concertado entre los grandes de la
globalización, para sacar a la economía mundial de la crisis.
Esa institución es el símbolo mayor de la política de ajuste
neoliberal, de la ortodoxia monetarista más estrecha y de la
rigidez doctrinal ante el desarrollo de los países pobres y el
manejo de crisis económicas.
En América Latina su nombre se asocia a la "década perdida" de
los años ochenta, a la crisis de la deuda externa y la
imposición del ajuste neoliberal para sacrificar el desarrollo
al pago de la deuda y establecer el neoliberalismo como triste
lastre en casi toda la región.
En los años de la crisis asiática (1997-1998) el
FMI
desempeñó un destacado papel en agravarla al eliminar las
restricciones a los movimientos de capitales especulativos,
colocar erróneamente a la inflación como el problema a resolver,
recortar el gasto público necesario para compensar la caída y
entregar miles de millones de dólares no al rescate de las
economías en crisis, sino a tapar las pérdidas de empresas
financieras de países desarrollados.
Nada ha cambiado en esencia en el
FMI,
bien conocido por sus gruesos errores de política y su
reaccionaria ideología. Los acuerdos con el
FMI
siguen teniendo como base la contracción del gasto público, el
aumento de la tasa de interés y la reducción salarial; recetas
todas venenosas en un contexto de crisis global.
Hasta la absurda decisión revitalizadora del
G-20,
el
FMI
se encontraba agonizando, bajo la influencia de una triple
crisis: institucional, de financiamiento y de pensamiento.
La crisis institucional era evidente en la renuncia el pasado
año del español Rodrigo Rato como director gerente, en una
acción entendida como el abandono de un barco que se hunde.
La crisis de financiamiento era grave y se basaba en que varios
países —hastiados de la condicionalidad y rigidez del
FMI—
decidieron liquidar sus deudas con esa institución y no aceptar
nuevos préstamos de ella. Venezuela,
Argentina,
Brasil, Tailandia, Indonesia lo
hicieron, y otros países prefirieron no contraer nuevas deudas
con el Fondo.
Esto provocó una crisis financiera a la institución, pues sus
ingresos dependen del cobro del servicio de sus préstamos y debe
sostener una abultada nómina de miles de bien pagados empleados,
comenzando por su director gerente que gana medio millón de
dólares libres de impuestos al año.
La crisis de pensamiento es la crisis del neoliberalismo, que en
el
FMI
adquiere la forma extrema de ortodoxia monetarista.
Es a esta institución fallida, absolutamente antidemocrática,
donde
Estados Unidos
tiene poder de veto en las decisiones, donde dos terceras partes
de los puestos del Directorio permanecen invariables en manos de
norteamericanos y europeos, a la que el G-20 asigna el papel
central en el plan para dejar atrás la crisis económica global.
Alguna prensa y algunos pocos economistas exaltados han
presentado a la reunión del
G-20
en Londres como un "nuevo
Bretton Woods", pero hay grandes distancias entre aquella
reunión que en julio de 1944 intentó diseñar con cierta seriedad
el funcionamiento de la economía mundial de posguerra y la
apresurada e insustancial reunión en Londres.
En
Bretton Woods",
aún en plena guerra mundial, se reunieron 44 países, que no eran
pocos, teniendo en cuenta que la cantidad de países soberanos
era entonces muy inferior porque no había ocurrido la
descolonización de las décadas siguientes. Allí los
representantes de gobiernos sesionaron durante 21 días de
complejos debates que llevaron al surgimiento de nuevas
instituciones multilaterales y reglas para el funcionamiento del
mundo de posguerra.
En Londres se reunieron 20 países que pretenden tomar decisiones
cerradas sobre asuntos que afectan a los 192 gobiernos
representados en la Asamblea General de
Naciones Unidas, y apenas sesionaron unas pocas horas sin
otro resultado que darle respiración artificial a una
anquilosada institución como el
FMI.
Mientras tanto, la crisis continúa su curso destructor. A fines
de marzo
Barack Obama
creyó encontrar "ligeros signos de mejoría" al disminuir
levemente los pedidos de subsidio por desempleo, pero los datos
dados a conocer en la primera semana de abril sobre la
disminución de las ventas minoristas en la economía de
Estados Unidos,
altamente dependiente del consumo, borraron la pequeña luz de
esperanza y trajeron de nuevo la dura realidad de una crisis que
no revela hasta cuándo podrá durar y hasta dónde alcanzará su
intensidad.
Comienza a perfilarse en la realidad económica de
Estados Unidos
una peligrosa combinación de factores que podrían marcar una
fase más aguda aún: es la combinación de la paralización del
crédito, y la disminución de la demanda solvente que puede abrir
paso a la deflación, esto es, al descenso generalizado de todos
los precios en una espiral depresiva que en la crisis de los
años treinta significó la mayor intensidad y crudeza de ella.
En ese país se está acumulando una gran masa de dinero por vía
de la emisión y el crecimiento de un enorme déficit fiscal, en
tanto que el crédito continúa paralizado. Los bancos no dan
crédito y ciertas empresas todavía no en quiebra tampoco quieren
pedirlo, porque ante la desaparición de la ganancia y el recorte
de la demanda solvente, no se sienten estimuladas a producir y
prefieren atesorar o congelar el capital en forma de dinero, en
una actitud de espera. Algo similar ocurre a nivel individual,
pues los consumidores que aún conservan sus ingresos, no quieren
endeudarse para nuevas compras, prefieren ahorrar lo que antes
gastaban con creces y el resultado es una caída generalizada de
la demanda y la deflación consiguiente.
Esa deflación no significaría ventajas para los trabajadores por
la reducción de los precios de sus medios de vida, porque el
descenso incluye sus salarios, los que generalmente caen con
mayor velocidad.
La crisis de 1929-1933 duró cuatro años, aunque en rigor, diez
años después, en 1939, en vísperas de la
Segunda Guerra Mundial, no se habían recuperado del todo los
niveles de actividad económica de 1928. Solo la destrucción
ocasionada por la guerra y la posterior reconstrucción, fueron
capaces de dejar atrás la crisis. La actual recesión no tiene
que seguir el mismo patrón de duración, pero la historia sirve
para refutar a los que siguen sosteniendo que en unos meses todo
volverá a ser como antes.
Es mucho más complicado pronosticar el curso de una gran crisis
económica capitalista, que el curso de un huracán tropical. No
existen radares, barómetros o modelos matemáticos que abarquen
la enorme complejidad de este fenómeno en el cual convergen y
estallan las contradicciones de fondo del capitalismo, las
políticas económicas que las agravan, la suicida agresión que el
lucro del capital le hace al medio ambiente global, en el
vórtice de una crisis que no es una más, sino la más grave de
todas.
Ella es destructora, pero también puede ser creadora, si los
humanos la aprovechan, no simplemente para salir de ella, sino
para salir del capitalismo que las engendra. -
Granma
* Presidente de la Comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea
Nacional del Poder Popular de la República de Cuba
Nota de Atajo
Deflación
Es un fenómeno contrario a la
inflación.
La deflación es la baja general del nivel de precios de bienes y
servicios en una economía.
Una situación económica en la que los precios disminuyen es
producida por una falta de demanda, y es mucho más maligna, y
temida por los empresarios que la inflación.
La deflación puede desencadenar un círculo vicioso: Los
comerciantes tienen que vender sus productos para cubrir al
menos sus costes fijos (entendiendo que el precio ya no alcanza
para pagar los costes variables), por lo que bajan los precios.
Con los precios bajando de forma generalizada, la demanda
disminuye más, porque los consumidores entienden que no merece
la pena comprar si mañana todo será todavía más barato. En la
inflación, sin embargo, ocurre todo lo contrario, dado que los
consumidores prefieren comprar antes los bienes de larga
duración, para anticiparse a subidas de precios.
Dado este círculo vicioso, la deflación se convierte en causa y
efecto de la falta de circulación del dinero en la economía,
porque todos prefieren retenerlo.
Al final, la economía se derrumba, dado que la industria no
encuentra salida a sus productos y sólo consigue pérdidas.
PBI
También se lo denomina Producto Bruto Interno (PIB).
El PIB es el valor monetario de los bienes y servicios finales
producidos por una economía en un período determinado.
Producto se refiere a valor agregado; interno se refiere a que
es la producción dentro de las fronteras de una economía; y
bruto se refiere a que no se contabilizan la variación de
inventarios ni las depreciaciones o apreciaciones de capital.
|