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171109 -
Stephen Mihm - Hyman Minsky, el
economista que vio venir el desplome aún veía otro problema en
el horizonte: su repetición
Desde que el sistema financiero mundial empezara a
deshilacharse hace dos años, los distinguidos economistas han
sufrido su propia crisis particular. Profesores de la Ivy League
que habían anunciado con fanfarrias el albor de una nueva era de
estabilidad se ven en apuros a la hora de explicar cómo, por
decirlo con exactitud, la peor crisis financiera desde la
Gran Depresión ha
cogido en paños menores a su profesión entera.
Entre el suplicio y la autoflagelación, algunos comentaristas,
algo más cerebrales, han comenzado a hablar de la llegada del
“momento Minsky”, y un número cada vez mayor de personas con
acceso a información privilegiada incluso empiezan a advertir de
la llegada de un “colapso Minsky.”
“Minsky” es el diminutivo de Hyman Minsky, un macroeconomista
desconocido hasta la fecha que murió hace ya más de una década.
Muchos economistas nunca habían oído hablar de él cuando estalló
la crisis, y sigue siendo en gran medida una figura oscurecida
en el gremio. Pero últimamente ha comenzado a emerger como el
más aventajado pensador sobre los sucesos en desarrollo. Un
economista a contracorriente en la conformidad de la
Norteamérica de la posguerra, un experto en los campos de las
finanzas y las crisis, entonces tan poco de moda, Minsky fue uno
de los economistas que vio lo que se avecinaba. Predijo, hace
decenios, casi con toda exactitud, el tipo de desplome que ha
sacudido a la economía mundial recientemente.
En los últimos meses la estrella de Minsky no ha hecho más que
brillar. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de
incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen
copias de sus libros que se venden estupendamente bien. Ha
pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en
el debate sobre cómo solucionar el sistema financiero.
Pero si Minsky estaba en lo cierto, como parece que así fue, la
noticia no es algo que precisamente anime. Él creía en el
capitalismo, pero también creía que tenía una flaqueza en su
genética: las modernas finanzas, dijo, estaban muy lejos de ser
la fuerza estabilizadora que la economía al uso retrataba. Es
más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de
estabilidad mientras creaba simultáneamente las condiciones para
un desplome inevitable y dramático.
En otras palabras, la única persona que predijo la crisis
también creía que el sistema financiero contenía las semillas de
su propia destrucción. “La inestabilidad”, escribió, “es una
imperfección inherente al capitalismo de la que éste no puede
escapar.”
Puede que la visión de Minsky fuera sombría, pero él no era
ningún fatalista: creía que era posible diseñar políticas que
pudiesen atemperar los daños colaterales causados por las crisis
financieras. Pero con un número cada vez mayor de economistas
prestos a declarar que la recesión ya ha terminado, que hemos
dejado a la crisis misma detrás nuestro, estas políticas pueden
demostrarse tan poco cómodas como las que acaba de reemplazar.
Más aún: a medida que los economistas van adoptando los juicios
proféticos de Minsky, parece que están muy lejos de recordar
todo lo que ello implica.
En un mundo ideal, una profesión dedicada al estudio del
capitalismo sería tan irresponsable e innovadora como el objeto
de su estudio. Pero los economistas han estado a menudo sujetos
a poderosas ortodoxias, y nunca lo estuvieron tanto como cuando
Minsky entró en escena.
Esa ortodoxia, nacida en los años posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, era conocida como “síntesis
neoclásica.” La vieja creencia en un mercado libre que se
autoregulaba y se estabilizaba a sí mismo había absorbido
selectivamente algunas de las teorías de
John Maynard Keynes, el gran economista de la década de los
treinta que escribió extensivamente sobre cómo el capitalismo
puede fracasar a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría
de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre
era, en lo fundamental, una base estable para la economía,
aunque gracias a
Keynes, algunos ahora reconocían que el gobierno podía bajo
ciertas circunstancias jugar un papel central en la economía –y
en el empleo– para mantener la estabilidad del sistema.
Economistas como Paul Samuelson se convirtieron en el rostro del
nuevo establishment: él y otros, procedentes de contadas
universidades de elite, terminaron siendo inmensamente
influyentes en Washington. En teoría, Minsky podría haber sido
una estrella académica en el nuevo establishment. Como Samuelson,
se doctoró en economía por la Universidad de Harvard, donde
estudió con el legendario economista austriaco Joseph Schumpeter,
así como el futuro premio Nobel Wassily Leontief.
Pero Minsky estaba cortado por otro patrón. Descendiente de
inmigrantes de Minsk, actual Bielorrusia, Minsky vino al mundo
entre paños rojos, hijo de socialistas mencheviques. Mientras
que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y
sesenta estudiando penosamente modelos matemáticos, Minsky hizo
una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede
considerarse el no va más para los economistas. Con sus largos
cabellos blancos, Minsky se encontraba más cerca de la
contracultura que de la economía al uso. Era, según recuerda el
economista L. Randall Wray, un antiguo estudiante, “todo un
personaje.”
Así que mientras sus colegas de universidad iban ganando premios
Nobel y escalando posiciones en la Academia, Minsky palidecía.
Fue sin rumbo de trabajo en trabajo, de Brown a Berkeley, y de
ahí a la Universidad de Washington. Aún peor: muchos economistas
ni siquiera conocían su obra. Una reseña sobre Minsky publicada
en 1997 anotaba simplemente que “su obra no ha ejercido una
influencia a tener en cuenta en las discusiones macroeconómicas
de los últimos treinta años.”
Con todo, se mantuvo ocupado. Además de la pobreza, Minsky
empezó a ahondar en el estudio de las finanzas, las cuales, a
pesar de su aparente importancia, no ocupaban ningún lugar en
las teorías formuladas por Samuelson y otros. También empezó a
formular una pregunta simple e inquietante: “¿'Eso' podría
volver a ocurrir?”, donde “eso” era, como Voldemort, la némesis
de Harry Potter, lo innombrable: la Gran Depresión.
En sus escritos, Minsky miraba hacia su héroe intelectual,
Keynes, razonablemente el mayor economista del siglo XX.
Pero donde la mayoría de economistas extraían una lección, por
lo demás muy simple, de
Keynes (a saber, que el gobierno podía dar un paso al frente
y microgestionar la economía, limar las asperezas del ciclo
económico y mantener las cosas en funcionamiento), Minsky no
tenía ningún interés en lo que él y otros economistas disidentes
llegaron a definir como “keynesianismo bastardo.”
En vez de eso Minsky extrajo sus propias y mucho más sombrías
conclusiones de los principales escritos de
Keynes, en los que no sólo trató los problemas del
desempleo, sino también del dinero y la banca. Aunque
Keynes nunca lo afirmó explícitamente, Minsky sostuvo que
toda la obra de
Keynes conducía a la conclusión de que el capitalismo era
por su misma naturaleza inestable y propenso a su desplome.
Lejos de dirigirse hacia algún tipo de estado de equilibrio
mágico, el capitalismo podía hacer justamente lo contrario.
Podía ir dando bandazos por un acantilado.
Este análisis llevaba la marca de su consejero Joseph Schumpeter,
el reputado economista austriaco hoy famoso por documentar el
incesante proceso de “destrucción creativa” del capitalismo.
Pero Minsky se pasó más tiempo pensando en la destrucción que en
la creación. Al hacerlo, formuló una intrigante teoría: no sólo
el capitalismo era propenso al desplome, escribió, sino que
precisamente eran sus períodos de estabilidad económica los que
allanaban el camino a crisis monumentales.
Minsky llamó a esta idea “la hipótesis de la inestabilidad
financiera.” En el despuntar de una depresión, observó, las
instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras,
como lo son los negocios. Con los prestatarios y prestamistas
alimentando la economía con sus acuerdos de alto riesgo, las
cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre
a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el
mundo le va bien. Este éxito, empero, inevitablemente anima a
los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la
razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky,
“el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso.”
Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, una
“economía eufórica” se desarrolla finalmente, alimentada por el
crecimiento de prestatarios que emprenden riesgos -lo que
denominó prestatarios especuladores, cuyos ingresos cubrirían
los intereses pero no las deudas principales; y aquellos a
quienes denominó “prestatarios Ponzi”, que ni siquiera cubrirían
los intereses y sólo podrían pagar sus facturas pidiendo nuevos
préstamos. A medida que los miembros de estas últimas categorías
creciesen, la economía general se desplazaría de un ambiente
conservador pero rentable a un sistema mucho más irresponsable
dominado por agentes cuya supervivencia no depende solamente de
planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de
créditos a libre disposición.
Una vez desarrollada una economía como ésta, cualquier pánico
podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una
sola empresa, por ejemplo, o la revelación de un fraude
asombroso podrían disparar el miedo y un repentino y
generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda.
Este hito -que más tarde recibiría el nombre de “momento Minsky”-
crearía un ambiente profundamente inhóspito para todos los
prestatarios. Los especuladores y prestatarios
Ponzi serían los primeros en venirse abajo, a medida que
pierden acceso al crédito que necesitan para sobrevivir. Incluso
los agentes más estables pueden encontrarse en la situación de
no ser capaces de afrontar sus deudas sin vender sus activos.
Esta venta de activos forzada haría entrar el valor de los
mismos en una espiral descendente e inevitablemente el agrietado
edificio financiero empezaría a venirse abajo. Los negocios se
tambalearían y la crisis se extendería a la economía “real”
dependiente del sistema financiero ahora en desplome.
Desde los sesenta en adelante Minsky trabajó en esta hipótesis.
En aquella época creyó que este desplazamiento estaba ya
produciéndose: la estabilidad de posguerra, la innovación
financiera y el reflujo del recuerdo de la Gran Depresión
estaban gradualmente estableciendo las bases para una crisis de
proporciones épicas. La mayor parte de lo que dijo fue a caer en
oídos sordos. Los sesenta fueron una época de sólido
crecimiento, y aunque el estancamiento económico de los setenta
fue un duro golpe para el grueso de la economía neokeynesiana,
los responsables de la política económica no acudieron raudos a
Minsky. En vez de eso, el fundamentalismo de libre mercado echó
raíces: el gobierno era el problema, no la solución.
Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de
estabilidad. El período de finales de los ochenta hacia adelante
ha recibido el nombre de la “gran moderación”, una época de
recesiones poco profundas y de una gran capacidad de
recuperación en la mayor parte de las mayores economías
industriales. Las cosas nunca habían sido tan estables. La
posibilidad de que “eso” ocurriese de nuevo parecía una broma.
Y a pesar de todo, en este período el sistema financiero -no la
economía, sino las finanzas como industria- estaba creciendo a
pasos agigantados. Minsky se pasó los últimos años de su vida, a
principios de los noventa, advirtiendo de los peligros de la
titulización y otras formas de innovación financiera, pero pocos
economistas le escucharon. Tampoco prestaron atención a la
creciente dependencia de los consumidores y empresas de la
deuda, y el empleo creciente del apalancamiento en el sistema
financiero.
Para finales de siglo XX, el sistema financiero del que Minsky
había advertido se había ya materializado, completado con
prestatarios especuladores, prestatarios
Ponziy unos pocos prestatarios conservadores que completaban
el esquema y eran los cimientos de una economía verdaderamente
estable. Después de décadas, habíamos olvidado de verdad el
significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras de
varios pisos de altura empezaron a derrumbarse, enviando señales
a través de la economía “real”, sus predicciones comenzaron a
parecerse mucho a un mapa de carreteras.
“No fue un momento Minsky”, explica Randall Wray. “Fue medio
siglo Minsky.”
Ahora Minsky hace furor. Hace un año un influyente columnista
del Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de
la “obra maestra” de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable
Economy (Estabilizando una economía inestable)- “me había
ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis.” Otros se
unieron al coro sin tardanza. A principios de este año, dos
pesos pesados de la economía –Paul
Krugman y Brad DeLond– se quitaron el sombrero ante él en
foros públicos. Es más, el ganador del premio Nobel Paul Krugman
tituló una de sus conferencias en la London School of Economics
“The Night They Re-read Minsky.” (La noche en que releyeron a
Minsky)
Hoy la mayoría de los economistas, qué duda cabe, están leyendo
por vez primera a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan
poco convencionales, en los andamiajes teoréticos de su
profesión. Si Minsky viviera, sin duda hubiera aplaudido este
reconocimiento tardío, aún produciéndose a un terrible costo.
Como observó irónicamente en una ocasión, ¿acaso nos es Minsky
de alguna ayuda? Si el capitalismo es un sistema inestable e
inherentemente autodestructivo -más allá de que produce
desigualdades y desempleo, como observó Keynes-, ¿ahora qué?
Después de haber empleado su vida advirtiendo de los peligros de
la complacencia en lo que se refiere a la estabilidad -y que
dieron en oídos sordos-, Minsky fue razonablemente pesimista en
cuanto a la posibilidad de cortocircuitar el trágico ciclo de
booms y pinchazos. Pero sí que creía que se podían hacer muchas
cosas con el fin de sortear el peligro.
Para evitar que el momento Minsky se convirtiese en una
calamidad nacional, parte de su solución (que era compartida por
otros economistas) era que la Reserva Federal -que él gustaba en
llamar “Big Bank”- se adentrase en la brecha y actuase como
prestamista en última instancia para las empresas bajo asedio.
Inyectando liquidez a las empresas en zozobra, la
Reserva Federal podría romper el ciclo y estabilizar el
sistema financiero. Fracasó a la hora de hacerlo en la Gran
Depresión, cuando se quedó a un lado y dejó que la crisis
bancaria entrase en una espiral fuera de todo control. Esta vez,
bajo la dirección de Ben Bernanke –como Minsky, un académico de
la Depresión– ha tomado un acercamiento diferente,
convirtiéndose en el prestamista en última instancia de todo,
desde hedge funds a bancos de inversión y fondos monetarios.
La otra solución de Minsky, no obstante, era considerablemente
más radical y políticamente un sapo difícil de tragar. La
táctica favorita de sacar a la economía de la crisis estaba –y
está– basada en la noción keynesiana de “bombear el inflador” (priming
the pump) enviando dinero para emplear a grandes masas de mano
de obra cualificada y sindicada en la construcción de una línea
de ferrocarril, por ejemplo.
Minsky, sin embargo, defendió un acercamiento del tipo
“burbuja”, que enviase primero dinero a los pobres y los obreros
no cualificados. El gobierno –o como él prefería llamarlo, el
“Gran gobierno”– debería convertirse en “última instancia en el
empleador”, dijo, ofreciendo trabajo a cualquiera que quisiera
ejercer uno a partir de un salario mínimo que sería pagado a los
trabajadores que proporcionasen cuidados a los niños, limpiasen
las calles o proporcionasen servicios que dieran a los
contribuyentes pruebas visibles de la inversión de sus dólares.
Disponibles para todos, sería incluso más ambicioso que el
New Deal, reduciendo considerablemente las cuentas del
estado de bienestar al garantizar un empleo para cualquiera que
fuese capaz de trabajar. Un programa como éste no sólo ayudaría,
según él creía, a los pobres y a los trabajadores no
cualificados, sino que también pondría una red de seguridad
debajo del salario de todos los demás, previniendo que los
salarios de los trabajadores más cualificados cayese
precipitadamente, y enviando los beneficios a lo largo de toda
la escalera socioeconómica.
Mientras los economistas acaso reconozcan algunos de los
análisis de Minsky respecto a la inestabilidad financiera,
parece que puede afirmarse con seguridad que incluso los
responsables políticos más liberales están muy lejos de pensar
un papel para el gobierno americano tan expansivo. Un caro
programa de pleno empleo estaría demasiado cerca del socialismo
como para que fuese cómodo para los políticos. Por su parte,
Wray piensa que los críticos están dispuestos a interpretar
incorrectamente a Minsky: “él vio estas ideas como perfectamente
consistentes con el capitalismo”, dice Wray. “Harían que el
capitalismo funcionase mejor.”
Pero no a la perfección. Si hay que extraer alguna conclusión de
las obras completas de Minsky, es que la perfección, como la
estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió
la extraña creencia de su profesión de que todo podía ser
reducido a un pequeño modelo o a una teoría fácil. La suya era
una especie de economía existencial: el capitalismo, como la
vida misma, era difícil, e incluso trágica. “No hay ninguna
respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo”,
escribió Minsky. “No hay ninguna solución que pueda
transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes
carteles.”
Es un sentir que puede limitar el que Minsky se convierta en
parte de una nueva ortodoxia. Pero eso es probablemente lo que
él hubiera preferido, según creía el economista James
Galbraith. “Creo que se resistiría a ser domesticado”, dijo
Galbraith. “Se pasó toda su carrera aislado profesionalmente.”
Stephen Mihm
es profesor de historia en la Universidad de
Georgia y autor de A Nation of Counterfeiters (Una nación de
falsificadores), Harvard, 2007.
Traducción para
SinPermiso:
Àngel Ferrero
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