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291109 -
Immanuel Wallerstein - Algo
extraño está ocurriendo en América Latina. Las fuerzas de
derecha en la región están emplazadas de tal modo que pueden
desempeñarse mejor durante la presidencia estadounidense de
Barack Obama
que durante los ocho años de
George W. Bush. Éste encabezaba un régimen de extrema
derecha que no tenía ninguna simpatía para las fuerzas populares
en América Latina. Por el contrario, Obama encabeza un régimen
centrista que intenta replicar la política del buen vecino que
proclamara
Franklin Roosevelt como forma de anunciar el fin de la
intervención militar directa de
EE.UU.
en América Latina.
Durante la presidencia de Bush, el único intento serio de golpe
de Estado con respaldo de Estados Unidos ocurrió en 2002 contra
Hugo Chávez en Venezuela
y tal asonada falló. Fue seguida de una serie de elecciones por
toda América Latina y el Caribe, donde los candidatos de
centro-izquierda ganaron en casi todos los casos. La culminación
fue una reunión en 2008 en Brasil
–a la que Estados Unidos no fue invitado y donde el presidente
de Cuba,
Raúl Castro, recibió trato de héroe virtual.
Desde que Obama asumió la presidencia, se ha logrado perpetrar
un golpe de Estado: en Honduras. Pese a la condena que expresó
el mandatario, la política estadounidense ha sido ambigua y los
líderes del golpe están ganando su apuesta de mantenerse en el
poder hasta las próximas elecciones para presidente. Hace apenas
muy poco, en Paraguay, el
presidente católico de izquierda
Fernando Lugo pudo evitar un golpe militar. Pero su
vicepresidente, Federico Franco, de derecha, está maniobrando
para obtener de un Parlamento nacional hostil a Lugo un golpe de
Estado que asume la forma de un enjuiciamiento. Y los dientes
militares se afilan en una serie de otros países.
Para entender esta aparente anomalía debemos mirar la política
interna de Estados Unidos, y cómo afecta la política exterior
estadounidense. De vez en cuando, y no hace tanto tiempo, los
dos partidos principales representaban a coaliciones de fuerzas
sociales que se traslapaban, y en los que el balance interno de
cada uno iba de una derecha, corrida del centro, en el caso del
Partido Republicano, a una cierta izquierda, corrida del centro,
para el Partido Demócrata.
Debido a que los dos partidos se traslapaban, las elecciones
tendían a forzar a los candidatos presidenciales de ambos
partidos más o menos hacia el centro, de modo de ganaban sobre
la fracción relativamente pequeña de votantes que eran los
independientes, situados en el centro.
Éste ya no es el caso. El Partido Demócrata es la misma
coalición amplia que siempre ha sido, pero el Partido
Republicano se ha desplazado más a la derecha. Esto significa
que los republicanos tienen una base menor. Lo lógico es que
esto significara bastantes problemas electorales. Pero, como
estamos viendo, no funciona exactamente de ese modo.
Las fuerzas de la extrema derecha que dominan el Partido
Republicano están muy motivadas y son bastante agresivas. Buscan
purgar a todos y cada uno de los políticos republicanos a
quienes consideren demasiado moderados e intentan forzar a los
republicanos en el Congreso a una actitud negativa uniforme
hacia todas y cada una de las cosas que proponga el Partido
Demócrata y en particular el presidente Obama. Los arreglos
políticos de compromiso ya no se ven como políticamente
deseables. Por el contrario. A los republicanos se les presiona
para marchar al ritmo de un solo tamborilero.
Entretanto, el Partido Demócrata opera como siempre ha operado.
Su amplia coalición va de la izquierda a una cierta derecha del
centro. Los demócratas en el Congreso invierten casi toda su
energía política en negociar unos con otros. Esto implica que es
muy difícil aprobar legislaciones significativas, como vemos
actualmente con el intento de reformar las estructuras de salud
estadounidenses.
Entonces, ¿qué significa esto para América Latina (y de hecho
para otras partes del mundo)? Bush podía conseguir casi todo lo
que quería de los republicanos en el Congreso, en el cual tuvo
una clara mayoría durante los primeros seis años de su régimen.
Los debates reales ocurrían en el círculo ejecutivo interno de
Bush, dominado básicamente por el vicepresidente Cheney durante
los primeros seis años. Cuando Bush perdió las votaciones para
elegir congresistas en 2006, la influencia de Cheney declinó y
las políticas públicas cambiaron ligeramente.
La era de Bush estuvo marcada por una obsesión con Iraq y en
menor medida con el resto de Medio Oriente. Algo de energía
quedaba para lidiar con China y Europa occidental. Desde la
perspectiva del régimen de Bush, Latinoamérica se desvanecía
poco a poco hacia el fondo. Para su frustración, la derecha
latinoamericana no obtuvo el tipo común de involucramiento en su
favor que esperaban y deseaban por parte del gobierno
estadounidense.
Obama se enfrenta a una situación totalmente diferente. Tiene
una base diversa y una agenda ambigua. Su postura pública se
bambolea entre una firme posición centrista y unos moderados
gestos de centroizquierda. Esto vuelve su posición política
esencialmente débil. Obama desilusiona a los votantes de
izquierda que movilizó durante las elecciones, y que en muchos
caso se retiran de lo político. La realidad de una depresión
mundial hace que algunos de sus votantes centristas se aparten
de él por miedo a una deuda nacional creciente.
Para Obama, igual que para Bush, América Latina no está en la
cúspide de sus prioridades. Sin embargo, Obama (a diferencia de
Bush) está luchando duro por mantener la cabeza arriba del agua
política. Está muy preocupado por las elecciones de 2010 y 2012.
Y esto no es algo insensato. Entonces su política exterior está
influida considerablemente por el impacto potencial que tenga
ésta en dichas elecciones.
Lo que la derecha latinoamericana hace es sacarle ventaja a las
dificultades políticas internas de Obama para forzarle la mano.
Se percatan de que no cuenta con la energía política disponible
para atajarlos. Además, la situación económica mundial tiende a
redundar en contra de los regímenes en el cargo. Y en la América
Latina de hoy son los partidos de centroizquierda los que están
en el cargo. Si Obama lograra triunfos políticos importantes en
los próximos dos años (una ley de salud decente, una auténtica
retirada de Iraq, una reducción del desempleo), esto mellaría,
de hecho, el retorno de la derecha latinoamericana. ¿Pero
logrará tales triunfos? -
La Jornada
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein
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