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Las tres muertes del liberalismo

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291109 - Ilán Semo - Los orígenes del liberalismo se remontan al siglo XVIII. Sus formas más remotas e iniciales son un sinónimo de la crítica al antiguo régimen. Lo que el liberalismo critica en la monarquía a lo largo del siglo de Adam Smith y la ilustración escocesa no es la existencia misma del monarca, sino el hecho de que la ley que lo rige es distinta a la que rige a los súbditos. Hobbes habla de la monarquía como un cuerpo sin ley o por encima de la ley. Para acabar con este orden los liberales inventaron un método político basado en una resemantización de un viejo concepto aristotélico: la revolución.

Para Aristóteles la revolución era un ciclo que describía la antítesis de la evolución, es decir, una suerte de eterno retorno: el paso de la monarquía a la oligarquía, de ésta a la democracia, y finalmente el retorno al mandato del soberano único.
Cromwell empleó el término para describir no la simetría que llevaba al retorno sino un futuro abierto y lineal: el advenimiento de una sociedad basada en que ninguno de sus miembros, sobre todo el monarca, pudiera situarse por encima de la ley. Inglaterra devino, por la vía de una violencia inaudita, una monarquía constitucional, principio a veces (y a veces no) aceptado aunque siempre satisfactorio para la semiótica liberal.

Puesta en escena la utopía de Cromwell devino el espíritu central de la modernidad: la igualdad, no entre iguales, sino de todos frente a la ley. Fue una idea que inspiró la violencia de una revolución que pretendía acabar así con la violencia misma contenida en la aporía del orden monárquico.

El hecho de que esa utopía nunca se realizara, no impidió que imbuyera de entusiasmo, futuro y espíritu de sacrificio a todos sus fracasos. Un futuro que los liberales prometían como mejor y que acabó llamándose progreso.

Rousseau fue el primer crítico radical de esta ilusión. Su refutación del liberalismo es doble: a su idea del ser humano y a su idea del Estado. Pero el centro de esa crítica fue acaso el flanco más resquebrajadizo del orden liberal: la visión que guardaba en torno al tema de la representación. ¿Cómo asegurar en la práctica la igualdad frente a la ley si todos los poderes que la operaban eran desiguales entre sí? Su respuesta fue: la democracia. A diferencia de la idea de la revolución violenta, una idea profunda y dedicadamente liberal, el concepto de democracia reaparece en el siglo XVII como una refutación de aquella tradición liberal.

Para el autor del Contrato social, no la ley en sí, sino la sustitución del orden monárquico por el democrático se vislumbraba como una salida al dilema irresuelto del que hereda el primer liberalismo a la Ilustración.

En sus orígenes, el liberalismo no sólo es incompatible con el régimen democrático sino que es frecuentemente uno de sus más decididos adversarios.

Todo el siglo XIX habla abundantemente de esta aporía política: la relación entre la ley y el poder se resuelve como una permanente proclividad hacia el cesarismo o hacia la dictadura. Las dictaduras liberales de la segunda modernidad, como la de Porfirio Díaz, no son un caso excepcional: son la regla del imaginario liberal.

Lo que empezó a morir en México en 1910, muere simultáneamente en los campos de la Primera Guerra Mundial: la ilusión de que esa proclividad autoritaria podía responder efectivamente a la promesa siempre pospuesta de la mejoría. Cabe agregar acaso que desde esta historia el liberalismo muestra entre sus fundamentos a una aporía característica que lo acampanará durante toda su vida: la convicción de que el régimen de derecho se basa, en última instancia, en el derecho a suprimir todos los derechos para preservar la promesa del progreso.

Y habría que reflexionar si no está la auténtica esencia de una tradición que ha cambiado sensiblemente aunque ha conservado las improntas de su antiguo y sólido origen.

La segunda muerte del liberalismo fue, por decirlo de alguna manera, de orden económico. La crisis de 1929 mostró que el mercado contiene fuerzas que, de no inhibirse, pueden acabar con el mercado mismo. Desde ese año la tradición liberal se vio, durante casi medio siglo, encerrada en una suerte del minimalismo que le confería la incapacidad de establecer mecanismos que sirvieran como los garantes de la conciencia de sus propios límites.

¿Vivimos acaso la tercera muerte del orden liberal? Esta es muy distinta. Por primera vez en su historia, desde los ochentas la tradición liberal se encuentra con Rousseau, con la tradición democrática. ¿Pero se puede decir que fue un encuentro que acabó con su peculiaridad central? Si observamos el desliz autoritario del neoliberalismo, como sucede actualmente en Francia e Italia, la respuesta es pesimista. En rigor el neoliberalismo no es distinto al antiguo liberalismo: tiene una proclividad por defender la libertad con la constricción de las libertades

Tal vez el liberalismo sigue impregnado por su maquinaria básica, eso que lo hizo tan distintivo desde su origen: la fuerza y la decisión para anular (en aras de salvar a la libertad) el principio democrático como forma de representación -
La Jornada

 


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