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050310 -
Paul Craig Roberts -
El Washington Times es un periódico que mira con benevolencia
las guerras de agresión en Oriente Próximo de
Bush/Cheney/Obama
y los neoconservadores y está a favor de que sean los
terroristas los que paguen por el
11-S. Por ello, me sorprendió
el 24 de febrero que la historia más popular en el sitio en el
Internet del periódico durante los últimos tres días haya sido
el informe “Explosive News” de “Inside the Beltway” [Dentro de
Washington DC], sobre las 31 conferencias de prensa en ciudades
en EE.UU. y en el extranjero realizadas el 19 de febrero por
Arquitectos e Ingenieros por la Verdad sobre el
11-S, una
organización de profesionales que ahora tiene más de 1.000
miembros.
Más aún me sorprendió que la información tratara seriamente las
conferencias de prensa.
¿Cómo se desintegraron repentinamente en polvo fino tres
rascacielos del World Trade Center (WTC)? ¿Cómo fallaron
repentinamente macizas vigas de acero como resultado de
incendios breves, aislados y de baja temperatura? Mil
arquitectos e ingenieros quieren saberlo y llaman al Congreso a
que ordene una nueva investigación sobre la destrucción de las
Torres Gemelas y del Edificio 8,” informa el Washington Times.
El periódico informa de que los arquitectos e ingenieros han
concluido que la Agencia Federal para Manejo de Emergencias (FEMA)
y el Instituto Nacional de Normas y Tecnología (NIST por sus
siglas en inglés), suministraron “informes insuficientes,
contradictorios y fraudulentos sobre las circunstancias de la
destrucción de las torres” y “llaman a una investigación de gran
jurado de los funcionarios del NIST.”
El periódico informa de que Richard Gage, el portavoz de los
arquitectos e ingenieros dijo que: “Los funcionarios
gubernamentales serán notificados de que el “Encubrimiento de la
traición”, Código 18 de Estados Unidos (Sección 2382) es un serio delito
federal, que requiere que los que tienen evidencia de traición
actúen como corresponda. Las implicaciones son enormes y podrían
tener profundo impacto en el próximo juicio de Khalid Sheik
Mohamed.”
Existe ahora una organización, Bomberos por la Verdad sobre el
11-S. En la principal conferencia de prensa en San Francisco
Eric Lawyer, jefe de la organización, anunció el apoyo de los
bomberos a las exigencias de los arquitectos e ingenieros.
Informó de que no se realizó una investigación forense de los
incendios que supuestamente destruyeron los tres edificios y que
el que no haya tenido lugar constituye un crimen. No se
siguieron los procedimientos especificados, y en lugar de
preservar e investigar, la escena del crimen fue destruida.
También informó de que existen más de cien miembros de los
organismos de emergencia que oyeron y vieron explosiones y que
existe evidencia de explosiones en transmisiones de radio, audio
y vídeo.
El físico
Steven Jones también presentó en la conferencia de
prensa la evidencia de nano-termita en los residuos de los
edificios del WTC, hallada por un panel internacional de
científicos dirigidos por el nano-químico de la Universidad de
Copenhague, profesor Niels Harrit. Nano-termita es un
explosivo/pirotécnico de alta tecnología capaz de fundir
instantáneamente vigas de acero.
Antes de que gritemos “teoría conspirativa” deberíamos saber que
los arquitectos, ingenieros, bomberos y científicos no presentan
ninguna teoría. Suministran evidencia que disputa la teoría
oficial. Esa evidencia no va a desaparecer.
Si el hecho de que exprese dudas o reservas sobre la historia
oficial en el Informe de la Comisión del 11-S convierte a una
persona en un chiflado por las teorías conspirativas, tenemos
que incluir a ambos copresidentes de la Comisión del 11-S y al
asesor legal de la Comisión, todos los cuales han escrito libros
en los que declaran claramente que funcionarios del gobierno les
mintieron cuando realizaron su investigación, o, más bien,
cuando presidieron la investigación realizada por el director
ejecutivo Philip Zelikow, miembro del equipo de transición del
presidente
George W Bush y del Consejo Consultor de
Inteligencia Exterior y coautor de la secretaria de Estado de Bush Condi Rice.
Siempre habrá estadounidenses que crean cualquier cosa que les
diga el gobierno, sin importar que sepan que el gobierno les ha
mentido en numerosas ocasiones. A pesar de costosas guerras que
amenazan la Seguridad Social y Medicare, guerras basadas en
armas iraquíes de destrucción masiva inexistentes, en conexiones
no existentes de
Sadam Hussein con al-Qaida, en una
participación afgana inexistente en los ataques del 11-S, y en
las bombas atómicas iraníes inexistentes que son exageradas como
motivo para la próxima guerra de agresión de EE.UU. en Oriente
Próximo, más de la mitad de la población estadounidense sigue
creyendo la historia fantástica que el gobierno les ha contado
sobre el 11-S: una conspiración musulmana que fue más lista que
todo el mundo occidental.
Además, a esos estadounidenses no les importa la frecuencia con
la que el gobierno cambia su versión. Por ejemplo, los
estadounidenses oyeron hablar por primera vez de
Osama
Bin Laden
porque el régimen de
Bushl o culpó de los ataques del 11-S. Con
el pasar de los años se presentó al crédulo público
estadounidenses vídeo tras vídeo con declaraciones de
Osama
Bin Laden.
Los expertos descartaron los vídeos como falsificaciones, pero
los estadounidenses siguieron siendo tan crédulos como siempre.
Luego, repentinamente el año pasado, un nuevo “cerebro” del 11-S
apareció para tomar el sitio de bin Laden, el cautivo Khalid
Sheik Mohamed, el detenido sometido 183 veces a la tortura de
asfixia simulada con agua hasta que confesó haber planeado y
organizado el ataque del 11-S.
En la Edad Media las confesiones obtenidas mediante la tortura
constituían evidencia, pero la auto incriminación ha sido
rechazada en el sistema legal de EE.UU. desde su fundación. Con
el régimen de Bush y los jueces federales republicanos, quienes
habían prometido que defenderían la Constitución de EE.UU., la
autoincriminación de Sheik Mohamed representa actualmente la
única evidencia que posee el gobierno de ese país de que los
terroristas musulmanes llevaron a cabo el 11-S.
Al considerar las proezas atribuidas a Khalid Sheik Mohamed se
ve que son simplemente increíbles. Sheik Mohamed es un
superhéroe brillante y más capaz que ‘V’ en la película
fantástica, “V de venganza.” Sheik Mohamed fue más listo que
todas las 16 agencias de inteligencia de EE.UU. junto con
aquéllas de todos los aliados o títeres de ese país, incluido el
Mosad de Israel. Ningún servicio de inteligencia del mundo, o
todos ellos combinados, pudo compararse con Sheik Mohamed.
Sheik Mohamed fue más listo que el Consejo Nacional de Seguridad
de EE.UU., Dick Cheney, el Pentágono, el Departamento de Estado,
NORAD, la Fuerza Aérea de EE.UU., y el Control de Tráfico Aéreo.
Llevó la Seguridad de Aeropuertos a fracasar cuatro veces en una
sola mañana. Llevó al fracaso de las defensas aéreas con
tecnología de vanguardia del Pentágono, permitiendo que un avión
comercial secuestrado, que estuvo desviado de su rumbo toda la
mañana, se estrellara contra el Pentágono, mientras la Fuerza
Aérea de EE.UU., por primera vez en la historia, fue incapaz de
enviar aviones de intercepción.
Sheik Mohamed fue capaz de realizar esas proezas con pilotos no
calificados.
Sheik Mohamed, incluso como detenido torturado, logró impedir
que el FBI diera a conocer los numerosos vídeos confiscados que
mostraban, según la versión oficial, al avión secuestrado
estrellándose contra el Pentágono.
¿Cuán ingenuo hay que ser para creer que algún ser humano, o si
se quiere un personaje de fantasía de Hollywood, sea tan
poderoso y capaz?
Si Sheik Mohamed tiene esas capacidades sobrehumanas, ¿cómo lo
capturaron los incompetentes estadounidenses? Este sujeto es un
chivo expiatorio torturado para que confiese a fin de conseguir
que los ingenuos estadounidenses crean la teoría conspirativa
del gobierno.
Lo que pasa es que el gobierno de EE.UU. tiene que terminar con
el misterio del 11-S. El gobierno tiene que juzgar y condenar a
un culpable para poder cerrar el caso antes que estalle.
Cualquiera, torturado 183 veces, confesaría cualquier cosa.
El gobierno de EE.UU. ha reaccionado ante la evidencia que se
acumula contra su descabellada teoría conspirativa del 11-S
mediante la redefinición de la guerra contra el terror de
enemigos externos a internos. La secretaria de seguridad
interior, Janet Napolitano, dijo el 21 de febrero, que
extremistas estadounidenses constituyen ahora una preocupación
tan grande como los terroristas internacionales. Extremistas,
claro está, son los que interfieren en los planes del gobierno,
como los 1.000 Arquitectos e Ingenieros por la Verdad sobre el
11-S. El grupo lo formaban 100, ahora son 1.000. ¿Y si llegan a
ser 10.000?
Cass Sunstein, funcionario del régimen de Obama, tiene una
solución para los escépticos respecto al 11-S: Infiltrarlos y
provocarlos para que hagan declaraciones y acciones que puedan
ser utilizadas para desacreditarlos o arrestarlos. Pero librarse
de ellos a toda costa.
¿Por qué emplear medidas tan extremas contra presuntos chiflados
si sólo producen entretenimiento y risas? ¿Está preocupado el
gobierno por que hayan encontrado algo?
En lugar de proponer semejantes medidas, ¿por qué no enfrenta
simplemente el gobierno de EE.UU. la evidencia presentada y
responde a ella?
Si los arquitectos, ingenieros, bomberos, y científicos son sólo
chiflados, será algo simple reconocer su evidencia y refutarla.
¿Por qué es necesario infiltrarlos con agentes de la policía y
tenderles trampas?
Muchos estadounidenses responderían que “su” gobierno no soñaría
con matar estadounidenses secuestrando aviones y destruyendo
edificios para promover sus planes. Pero el 3 de febrero, el
director nacional de inteligencia Dennis Blair dijo al Comité de
Inteligencia de la Cámara de Representantes que el gobierno de
EE.UU. puede asesinar a sus propios ciudadanos cuando están en
el extranjero. No precisa de arresto, juicio o condena por un
crimen castigado con la pena capital. Es simplemente un
asesinato.
Obviamente, si el gobierno de EE.UU. puede asesinar a sus
ciudadanos en el extranjero también puede asesinarlos en el
país, y lo ha hecho. Por ejemplo, 100 davidianos fueron
asesinados en Waco, Texas, por el gobierno de Clinton sin una
razón legítima. El gobierno simplemente decidió utilizar su
poder a sabiendas de que podía salirse con la suya, y así lo
hizo.
Los estadounidenses que piensan que “su” gobierno es una especie
de operación moralmente pura harían bien en familiarizarse con
la Operación Northwoods. La Operación Northwoods fue un complot
urdido por el Estado Mayor Conjunto de EE.UU. para que la
CIA
cometiera actos de terrorismo en ciudades estadounidenses y
preparara evidencia culpando a Castro para que EE.UU. pudiera
conseguir apoyo interno e internacional para un cambio de
régimen en Cuba. El plan secreto fue rechazado por el presidente
John F. Kennedy y fue desclasificado por el John F. Kennedy
Assassination Records Review Board. Se encuentra en línea en el
Archivo de Seguridad Nacional. Existen numerosos informes en
línea, incluyendo Wikipedia. El libro de James Bamford “Body of
Secrets,” también resume el complot:
“La Operación Northwoods, que tenía la aprobación escrita del
jefe (general Lemnitzer) y de cada uno de los miembros del
Estado Mayor Conjunto, requería que se matara a tiros a gente
inocente en las calles de EE.UU.; que se hundiera en alta mar
botes con refugiados que huían de Cuba; que se lanzara una ola
de terrorismo violento en Washington, D.C., Miami, y otros
sitios; que se acusara a gente de atentados que no habían
cometido; que se secuestrara aviones. Utilizando evidencia
falsa, se acusaría de todo a Castro, dando así a Lemnitzer y su
conciliábulo la excusa, así como el respaldo público e
internacional, que necesitaban para lanzar su guerra.”
Antes del 11-S los neoconservadores estadounidenses fueron
explícitos en que las guerras de agresión que querían lanzar en
Oriente Próximo necesitaban “un nuevo Pearl Harbor.”
Por su propio bien y el del mundo en general, los
estadounidenses tienen que prestar atención al creciente grupo
de expertos que les dicen que la versión del 11-S del gobierno
no pasa su investigación. El 11-S lanzó el plan neoconservador
para la hegemonía mundial de Estados
Unidos Mientras escribo estas
líneas el gobierno de EE.UU. está comprando el acuerdo de
gobiernos extranjeros fronterizos con Rusia para que acepten
bases de intercepción de misiles estadounidenses. EE.UU. quiere
cercar a Rusia con sus bases de misiles desde Polonia pasando
por Europa central y Kosovo hasta Georgia, Azerbaiyán y Asia
Central. [Vea www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=17709]
El enviado de EE.UU., Richard Holbrooke declaró el 20 de febrero
que al-Qaida está penetrando antiguas partes constituyentes
centroasiáticas de la Unión Soviética, como Tayikistán,
Kirguistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajstán. Holbrooke está
solicitando bases en esas antiguas repúblicas soviéticas bajo
capa de la “guerra contra el terror” en permanente expansión.
Estados Unidos ya ha rodeado
Irán con bases militares. El gobierno de EE.UU. se propone neutralizar a
China apoderándose de Oriente
Próximo y cortándole el acceso al
petróleo.
Este plan presupone que Rusia y
China, Estados con armas
nucleares, serán intimidados por las defensas anti-misiles de
Estados Unidos y aceptarán su hegemonía y que a China le faltará
petróleo para sus industrias y sus fuerzas armadas.
El gobierno de EE.UU. delira. Los dirigentes militares y
políticas de Rusia han respondido a la obvia amenaza declarando
que la
OTAN constituye una amenaza directa para la seguridad de
Rusia y anunciando un cambio en la doctrina de guerra rusa hacia
el lanzamiento preventivo de armas nucleares. Los chinos son
demasiado seguros de sí mismos como para ser intimidados por una
“superpotencia” estadounidense acabada.
Los imbéciles en Washington van lejos con la idea de la guerra
nuclear. El impulso demencial por la hegemonía estadounidense
amenaza la vida en la tierra. El pueblo estadounidense, al
aceptar las mentiras y engaños de “su” gobierno, facilita ese
resultado -
Global Research
-
Traducido del inglés para
Rebelión por
Germán Leyens
© Copyright Paul Craig Roberts, Global Research, 2010
- El Dr. Paul
Craig Roberts es norteamericano, economista y un
republicano bien conocido. Fue Secretario del Tesoro Asistente
durante el gobierno de
Ronald Reagan y ha sido columnista editorial del Wall Street
Journal, Business Week y el Scripps Howard News Service. En 1992
recibió el premio Warren Books a la excelencia en periodismo y
ha sido calificado entre los 7 mejores periodistas de Estados
Unidos. Es co-autor del libro "La tiranía de las buenas
intenciones" (The Tyranny of Good Intentions).
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