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Yorgos Papandreu: Primer Ministro Griego al servicio de los eurócratas de la UE

. Lo que de verdad hay detrás de la crisis económica en Grecia

150310 - Guillermo Almeyra - Grecia resiste con huelgas generales nacionales y combativas manifestaciones populares los terribles ajustes económicos que intenta aplicarle el capital financiero internacional.

En efecto, son brutales –un verdadero remedio de caballo– las medidas drásticas destinadas a reducir la deuda (que supera en 113 por ciento el producto interno bruto) y el déficit público (de 12,7 por ciento del PIB) para hacer que la economía helena cuadre con los parámetros de Maastricht, o sea, que el déficit público no vaya más allá de 3 por ciento anual (cosa que ni Francia ni Alemania cumplen).

 

La congelación de los salarios, la reducción de 10 por ciento en las pensiones y jubilaciones y en los ingresos de los empleados públicos –el Estado es, de lejos, el principal empleador del país–, la prolongación de 65 a 67 años de la edad para jubilarse (en un país donde la expectativa de vida de los varones apenas supera los 75 años), el aumento de tres puntos en el IVA, la parálisis de las obras públicas y la reducción de los aportes estatales para la sanidad, la educación y los servicios en general, son medidas que equivalen a una expropiación lisa y llana de sus asalariados (que constituyen un tercio de la población) y de los pequeños campesinos minifundistas, con tierras áridas y poco productivas, y los trabajadores por cuenta propia de los servicios que, con los rurales, representan tres cuartas partes de la población económicamente activa de Grecia.

Ésta, en efecto, si se exceptúa la industria de construcción naval, vive del turismo y de la pequeña producción semiartesanal, y su agricultura y su pesca están orientadas a satisfacer el mercado interno de un país que sólo tiene la mitad de la población del Distrito Federal mexicano.

Grecia se endeudó terriblemente con los gobiernos conservadores a los que la gran empresa financiera Goldman Sachs, una de las principales responsables de la crisis financiera mundial actual, prestó dinero con usura (garantizando sus préstamos ilegales, entre otras cosas, con los ingresos aduaneros o de la lotería griegos) y ahora la crisis le pasa la factura de la fiesta al gobierno socialdemócrata de Georgios Papandreou (que, por supuesto, no vacila cuando hay que optar entre la defensa del capital y la de los trabajadores y actúa como verdugo de los bancos). Hay que recordar que Atenas tuvo que comprar gran cantidad de armas a Alemania y a Francia para defenderse de Turquía, pero las finanzas europeas, como todos los banqueros, no tienen memoria para agradecer los buenos negocios sino sólo para cobrar hasta el último peso que se les debe.
Sin embargo, Italia tiene una deuda pública superior y España tiene seis puntos más de desocupación que la desdichada Grecia, pero la Unión Europea no les lanza ultimátum ni las pone en libertad vigilada, como hace con Atenas. Es que detrás del ataque contra Grecia se suma la ofensiva del capital especulativo estadounidense e inglés para poner en serias dificultades al euro y a la propia Unión Europea, más el deseo de la gran banca franco-alemana de poner un ejemplo con Grecia antes de que la crisis sea aún más grave en países más grandes, como Italia o España, o se extienda a los países-mendigos de Europa oriental recién incorporados a la UE, más la voluntad de los conservadores gobiernos alemán y francés de golpear a los socialdemócratas griegos (e, indirectamente, a los españoles y portugueses) y de poner en su lugar a los países meridionales segundones que, por su siglas en inglés, llaman PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain, o sea, España), es decir, cerdos.

Lo que pasa en Grecia, en resumen, forma parte de un plan angloestadunidense contra el
euro y contra la Unión Europea, y de un intento del gran capital europeo por inclinar aún más a su favor la relación de fuerzas entre trabajo y capital, aprovechando la reducida industrialización del país desde que su incipiente industria fuera devastada por la ocupación nazi-fascista de Mussolini-Hitler y por la guerra civil posterior para sacarse de encima la ocupación inglesa y la monarquía profascista.

Pero el capital no ha contado con la politización y las tradiciones del pueblo griego, que es el pueblo de Poliopoulos, el líder comunista partidario de León Trotski fusilado por los fascistas, y su arqueomarxismo, mayoritario entre el proletariado griego de antes de la guerra, el pueblo también de los kapetanios que durante la guerra civil dirigieron la insurrección contra los ingleses y la política stalinista de alianza con éstos y que sigue siendo un pueblo de izquierda y antimperialista.

Hoy los trabajadores griegos insurgen al grito: ¡que la crisis la paguen los plutócratas!, se movilizan y recurren a la acción directa y a la autoorganización, pasando sobre el gobierno de Papandreu. El pueblo griego resiste formando un frente único contra las resoluciones y las instituciones estatales y contra la UE (que es una alianza de los capitales europeos que desprecia la historia, la cultura, la sociedad) y la escasa energía de la policía y las vacilaciones en las fuerzas armadas indican que los trabajadores influencian, con su acción anticapitalista y antiimperialista, a las fuerzas nacionalistas presentes también en las clases medias griegas.

Las luchas aún no pasan del nivel de la oposición resuelta al de las propuestas de soluciones anticapitalistas alternativas. Pero esta necesidad flota ya en el ambiente y saca a luz los anteriores ejemplos históricos nacionales. Por eso, muy probablemente la Unión Europea no podrá sacar de Atenas su libra de carne cual nuevo Shylock, y tendrá que buscar aliviar la crisis para evitar que de Grecia, ese pequeño país casi latinoamericano instalado en el sótano de Europa, venga un ejemplo para Italia, España y el mundo, y se haga realidad eso de que la crisis la paguen los plutócratas, no sus víctimas - La Jornada


Lo que de verdad hay detrás de la crisis económica en Grecia, y qué enseña políticamente sobre la actual Unión Europea - Costas Douzinas

Grecia se está convirtiendo en un experimento para la nueva fase de la corrección de curso que el neoliberalismo se propone realizar aprovechando la estela de la crisis económica y financiera.

Paul Bremer, el primer virrey norteamericano, impuso a un estragado Irak políticas económicas que el Economist calificó como un régimen "de capitalismo de ensueño". Difícilmente se halla una locución mejor para describir las medidas del plan de "estabilidad" sometidas por Grecia a la aprobación de la Comisión Europea, y aprobadas ayer. El plan contempla una reducción del déficit presupuestario griego, que pasaría del actual 12,7% del PIB al 2,8% en 2012, prometiendo, además, inmediatamente, un recorte del 10% en el presupuesto ministerial, una congelación de las contrataciones de funcionarios públicos, la abolición de distintos impuestos directos y un incremento de la fiscalidad indirecta. Y por si eso no bastara, el primer ministro socialista George Papandreu anunció ayer, en un dramático discurso televisado a la nación, ulteriores medidas de austeridad sin precedentes, entre ellas, el aumento inmediato de los impuestos a los carburantes, el aumento de la edad de jubilación y recortes en la remuneración de los empleados públicos que significarán una disminución del 10% del salario para la mayoría de funcionarios del Estado, y del 40% en el caso de los académicos. Como en Gran Bretaña, las universidades reciben el primer golpe; la tan cacareada "economía del conocimiento" no es óbice para considerarlas un lujo de todo punto secundario.

Y todo eso va a ponerse por obra en el país más pobre de la vieja Europa, que cuenta con un desempleo juvenil del 25%, con un crecimiento estancado y con sus tradicionales sectores de la industria naviera, el turismo y la construcción sometidos a una indecible presión. Esas medidas cerrarán el círculo vicioso de creciente desempleo, menguantes ingresos fiscales y políticas económicas sometidas al capricho de la especulación en los mercados financieros. Empujarán a un país que se halla ya en profunda recesión al abismo de una depresión duradera y sin salida.

"Grecia se halla en el ojo del huracán de una tormenta especulativa", lamentó Papandreu en su comparecencia televisiva. Se estaba refiriendo a la degradación de la calificación del crédito griego por parte de tres empresas privadas de valoración de riesgos –ninguna de las cuales está sometida a control o supervisión algunos— y a la consiguiente especulación en los mercados en torno a la deuda pública griega destinada a financiar el déficit, especulación que elevó los tipos del empréstito soberano griego un 4% por encima de la línea de base. Se trata de una repetición intensificada del ataque que lanzó Soros contra la moneda británica en 1992 (que llevó al Reino Unido a su humillante salida del Mecanismo Europeo de Cambio) y del ataque de los especuladores a la banca británica en 2008. Y es índice capital de una desdichada situación galanamente aceptada por la Unión Europea y los gobiernos: un puñado de megacapitalistas fondos de cobertura hedge, que ya se han cargado con esa práctica a grandes bancos, apuesta ahora a la bancarrota de un país en la esperanza de que la propia apuesta ayude a cumplir la profecía y les permita ganar posiciones de ventaja en la venta cortoplacista.

No cabe la menor duda de que tanto Papandreu como Karamanlis, las dinastías políticas dominantes en la Grecia de posguerra, se han servido del empleo en el sector público y del mecenazgo para beneficio político propio, contribuyendo a aumentar monstruosamente el volumen de la deuda. No cabe la menor duda de que una substanciosa evasión fiscal, la corrupción y el clientelismo han contribuido significativamente a las actuales cuitas. Pero el remedio es mucho peor que la enfermedad, y será costeado, como siempre, por las usuales víctimas: trabajadores asalariados, grupos de bajos ingresos, campesinos con cultivos de subsistencia y desempleados.

En un horizonte más amplio, Grecia se está convirtiendo en un experimento para la nueva fase de la corrección de curso que el neoliberalismo se propone realizar en la estela de la crisis económica y financiera. Las medidas fiscales e impositivas de "estabilidad" vienen a continuar un conjunto de dogmas económicos milagreros que, aun si quebrados en 2008, siguen dominando el mundo mental de los dirigentes políticos europeos. La magia negra de la privatización, la desregulación y la financiarización ha sido teóricamente rechazada por muchos fieles de la primera hora, pero todavía impera en los ambientes de unas cuantas escuelas de negocios de elite y en la Comisión Europea. Obama lanzó el año pasado un estímulo fiscal de 787 mil millones de dólares, que incluían recortes fiscales, expansión de la cobertura del desempleo e incremento del gasto en educación, sanidad, infraestructuras y sector energético; la europea Grecia se ve condenada a la inanición fiscal. La deuda pública de Japón representa el 225% de su PIB, y se financia mediante empréstito interno, dejando sólo el 6% en manos extranjeras; Grecia se ve condenada a tomar préstamo en mercados extranjeros, sirviendo unos intereses que sólo pueden calificarse como usureros. El comisario económico Joaquín Almunia fue cínicamente claro respecto del propósito del plan de "estabilidad" al decir que Grecia necesita "más reformas en las pensiones, en la sanidad y en el mercado de trabajo". Es un desvergonzado intento de aprovechar un problema relativamente pequeño de deuda, a fin de alterar radicalmente los equilibrios de clase y la relación Estado/sociedad en un país conocido por su militancia sindical y la fortaleza de su izquierda radical.

La legitimidad de la Unión Europa se funda en principios de justicia social y de solidaridad. Joseph Stiglitz ha recordado a los europeos esas tradiciones en unas unas páginas recientes, llamando a una emisión de bonos en euros para salvar a Grecia y a otras economías endeudadas. Un paliativo inmediato así haría las veces de un trágico deus ex machina; lo que pasa es que el fantasma neoliberal ha expulsado a dios de la máquina.

Todavía hay un aspecto más preocupante en estos acontecimientos catastróficos. Papandreu resultó elegido hace cuatro meses sobre la base de un programa de redistribución y justicia social. Ahora acaba de aceptar un programa que es exactamente lo contrario. Y eso constituye un ataque radical a la política, y la mejor expresión del odio neoliberal a la democracia. El comisario Almunia aconsejó a los políticos y a la opinión pública de Grecia aceptar las medidas propuestas añadiendo una apenas disimulada amenaza reveladora de la asombrosa idolatrización de los mercados y la fingida naturaleza de la impotencia regulatoria. Pues lo cierto es que los mercados podrían especular con éxito contra los bonos griegos, llevando a cotas insostenibles el costo de los empréstitos, sólo porque la UE ha fijado un irrealista límite del 3% para el déficit presupuestario. El resultado es que la UE empuja a Grecia desde un extremo y el mercado, desde el otro. Es una tormenta perfecta, pero movida por mano humana. Los políticos y los eurócratas han aceptado el papel de jugadores de poca monta en una economía de casino que se declara por encima de los procesos políticos.

La violenta pauperización de las masas, la rampante privatización de los servicios públicos a través de la reducción radical del sector estatal, así como la creciente dependencia de los mercados exteriores en el servicio de la deuda, equivale a una pérdida de soberanía tal, que admite comparación con la de un Estado sometido a ocupación extranjera, y trae consigo una amplia reestructuración de los activos nacionales a favor del capital y una grave crisis de legitimación europea.

Los griegos son un pueblo orgulloso. Han sido masivamente sometidos al bombardeo de los medios de comunicación, del gobierno y de académicos adocenadamente sumisos, a fin de hacerles creer culpables de los fallos de un sistema al que nadie ha votado. En Gran Bretaña estamos ya muy acostumbrados a la retórica del TINA ["No-Hay-Alternativa", por sus siglas en inglés; T.]; pero también sabemos que siempre hay una alternativa. La situación por la que atraviesan los griegos les coloca en primera línea de un ataque en toda regla a los principios europeos de democracia, justicia social y solidaridad, principios que, aunque nunca dejaron de ser un poco retóricos, hoy se hallan quebrados por doquiera. Idealmente, lo que el gobierno griego debería hacer es olvidarse de la falsa ortodoxia que convierte a Grecia en una nación tan poco soberana como Irak y llamar a un frente nacional de resistencia frente al bárbaro ataque. Una iniciativa así movilizaría el orgullo y el sentimiento de injusticia de la nación. Apartaría al nacionalismo griego de su patológica evolución reciente hacia el extremismo derechista y xenofóbico y lo acercaría más a la tradición helénica, que es la de la defensa de la democracia. Islandia convocó un referéndum para decidir sobre la devolución de su deuda; lo mismo debería hacer Grecia.

Pero no es probable, porque el partido gobernante está demasiado comprometido con el viejo clientelismo y el neoliberalismo. La falta de una reacción encabezada por el gobierno aumenta los desafíos para la izquierda griega, una de las más fuertes de Europa. La izquierda tiene la responsabilidad histórica de movilizar a la opinión pública griega contra este tsunami de idiocia e injusticia antidemocráticas. Los griegos han demostrado que saben cómo resistir, desde Antígona hasta la Atenas de diciembre de 2008. Los campesinos ya han bloqueado varias rutas en dirección norte y Bulgaria, obligando a Barroso a amenazar con acciones legales. Se han convocado para el próximo mes huelgas de funcionarios públicos y una huelga general.

La izquierda debe ser capaz, además, de movilizar a la opinión pública europea. Si el ataque a las comunidades mineras y a la NUM [Unión Nacional de Mineros, por sus siglas en inglés; T.] resultó en Gran Bretaña emblemático del primer neoliberalismo, el ataque a Grecia representa el comienzo de su segunda fase. Si Grecia cae, no ofrece duda que los mercados pasarán a atacar a España, Portugal, Italia y Gran Bretaña, y la Comisión Europea vestida con la toga de un coro trágico y lavándose las manos como Poncio Pilatos. Lo que está en juego es el futuro de la democracia y de la Europa social; los griegos deben luchar por todos nosotros - The Guardian

Costas Douzinas es profesor de ciencias sociales en la Universidad de Birmingham en el Reino Unido.

 

 


 

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