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250810 -
Michael Bronner -
Secretos de la banca suiza al descubierto. La traición del banquero de UBS
Nacido en Boston, el banquero de altos vuelos Bradley Birkenfeld
trabajaba para la principal institución financiera de Suiza, UBS,
y ha tenido acceso al tipo de información bancaria secreta con
la que sueñan las fuerzas de seguridad occidentales: datos sobre
cuentas de terroristas, dictadores, traficantes de armas,
padrinos de la mafia y ricos evasores fiscales que han confiando
durante décadas en esa fortaleza de confidencialidad que promete
la banca helvética.
Cajas fuertes subterráneas a prueba de bombas y sistemas de
seguridad de alta tecnología son las trampas superficiales de la
banca suiza, pero la piedra angular de la protección que ofrece
a sus clientes es el sistema de cuentas numeradas, cuya
privacidad está totalmente garantizada. O eso es lo que
pensaban.
En UBS, los nombres de los clientes y la información de sus
cuentas está guardada de forma separada, en sistemas
informáticos independientes y en lugares secretos. Aunque un
hacker de altísimo nivel lograse entrar en los archivos
electrónicos del banco, identificar a quién pertenece una cuenta
es literalmente una misión imposible: los nombres de los
titulares y los números de las cuentas no aparecen en ninguna
parte relacionados.
La única vulnerabilidad de UBS es algo tan poco vanguardista
como el viejo sistema de tarjetas que se puede encontrar en
cualquier biblioteca local.
Al inicio de cada jornada, los banqueros privados se presentaban
ante Birkenfeld, antaño director de la división de gestión de
patrimonio de UBS, y accedían a unas cajas fuertes con código
secreto para extraer sus “ficheros” (unas bandejas con tarjetas
de papel de 4×5 que son el talón de Aquiles del secreto bancario
suizo). En cada tarjeta confidencial figuran escritos en
caracteres normales, sin ningún tipo de encriptado, el nombre
del titular, su número de cuenta y el de sus cajas de depósitos,
las tarifas que paga, su dirección particular y las claves
secretas (frases que tan solo conocen el banquero y el cliente y
que son utilizadas para verificar su identidad por teléfono,
como “Rosa y Águila”).
“Si fuese malvado… simplemente habría llevado mi bolsa del
gimnasio, metido las tarjetas, salido por la puerta y me habría
metido en un avión”, bromea Birkenfeld.
Se habría ahorrado un montón de problemas si lo hubiese hecho:
48 horas después de nuestra entrevista mantenida en enero, este
fornido y energético banquero medio calvo tenía que presentarse
en una prisión federal de Pennsylvania, su última parada en un
peligroso baile con la Justicia de
Estados
Unidos: 40 meses de condena.
En junio de 2007, un cauteloso Birkenfeld estaba a punto de
embarcar en un avión en el aeropuerto de Ginebra. No llevaba
consigo tarjetas de clientes, pero sí numerosos documentos
incriminatorios de UBS que se había quedado al dejar el año
anterior su puesto como directivo del banco: correos
electrónicos, manuales de formación, presentaciones en
PowerPoint y listados telefónicos que detallaban la mecánica de
un fraude masivo de impuestos.
De hecho, ya había empezado a trasladar parte de esos documentos
a abogados privados en Washington D.C. En junio de 2007 estaba a
punto de viajar para conocerles en persona. Caminando por la
terminal, echó un vistazo a su reloj Audemars Piguet de 50.000
dólares (sólo se han fabricado 750, aclara), pero
fundamentalmente lo que hacía era mirar por encima del hombro.
“Di por supuesto que me estaban siguiendo”, dice, refiriéndose a
sus antiguos jefes en UBS. Una asunción lógica dado que los
jefes de gestión de patrimonio de UBS están versados en multitud
de estratagemas.
El banco había organizado sesiones de formación para banqueros
internacionales sobre cómo eludir los controles de seguridad del
FBI y de la Aduana de
Estados
Unidos
cuando viajan con documentos
bancarios sensibles; cómo ocultar información de clientes en PDA
y en ordenadores portátiles encriptados, y otros sistemas de
ocultación que no se suelen asociar con una forma honesta de
hacer banca. Birkenfeld tenía PowerPoints que lo demostraban.
Los abogados del Departamento de Justicia de
Estados
Unidos
no sabían el
nombre de Birkenfeld ni el del banco para el que trabajaba antes
de reunirse con él. Tan sólo sabían que iban a recibir pruebas
irrefutables: “Confiad en mí, os encantará este caso”, les dijo
en un correo electrónico el abogado de Birkenfeld. “Quizás
tengáis que viajar mucho a Suiza”.
La información que aportó finalmente Birkenfeld, primero al
Departamento de Justicia y después al Senado de
Estados
Unidos,
desencadenó una cascada de investigaciones penales y civiles
contra UBS que en dos años acabó tumbando toda su división
bancaria internacional en
Estados
Unidos
y forzó duras negociaciones al
más alto nivel con el Gobierno de Suiza.
El banco tuvo que admitir que burló intencionadamente las leyes
fiscales de
Estados
Unidos
y que defraudó al Gobierno, utilizando para
ello a docenas de banqueros no registrados (entre ellos a
Birkenfeld) que realizaron miles de viajes ilegales al país para
facilitar la evasión de impuestos de sus clientes ricos. El
fraude sirvió para ocultar unos 20.000 millones de dólares
(15.100 millones de euros) en cuentas opacas no declaradas en
Suiza, y UBS obtuvo por ello unas ganancias de cerca de 200
millones de dólares (151 millones de euros) al año.
Para evitar la persecución judicial y la eventual ruina, el
banco aceptó pagar una multa de 780 millones de dólares (589
millones de euros) y, lo que resultó aún más polémico, entregar
al fisco los nombres de miles de propietarios de cuentas
estadounidenses, una traición que en Suiza es algo así como un
pecado original. El acuerdo fue aprobado por el parlamento
helvético en junio, lo que ha despejado el camino para la
aportación de esos nombres y podría suponer aclarar miles de
casos pendientes.
Eventualmente, el Gobierno suizo tuvo que ceder ante el peso de
las evidencias acumuladas contra UBS, y en discusiones de alto
nivel con el Departamento de Estado de
Estados
Unidos
acabó negociando
para evitar que el principal banco helvético perdiese su
licencia para hacer negocios con
Estados
Unidos.
Mientras tanto, las investigaciones han sacado a la luz a unos
15.000 estadounidenses que evadieron al fisco (la mayoría de
ellos titulares de cuentas sin declarar en UBS), y que han
aceptado una oferta de amnistía del Gobierno a cambio de pagar
miles de millones en impuestos y multas para evitar un juicio.
“Esto abre un enorme hueco en el secreto bancario”, afirmó
recientemente el comisionado del IRS (equivalente en
Estados
Unidos
a la
Agencia Tributaria) Doug Shulman. “Desde que existen las
retenciones fiscales no hemos tenido acceso a las cuentas
bancarias en Suiza, y ahora estamos cambiando toda esa
dinámica”. Pero el que cambió realmente el juego fue Birkenfeld.
“Birkenfeld debe de ser considerado como uno de los mayores
chivatos de toda la historia”, escribieron los editores de Tax
Notes, un arcano e influyente diario del sector fiscal, en un
artículo en el que designaban a Birkenfeld como Personaje de
2009. “Él solo hizo que 2009 fuese el año en que el mundo
finalmente se tomó en serio poner fin a la evasión fiscal”.
Nunca antes en los 150 años de historia de UBS un empleado había
dado la espalda al banco, y parece ser que esta traición ha
abierto las puertas para que el Departamento de Justicia estudie
también las operaciones de Credit Suisse y HSBC. Alemania
también ha logrado información interna, y en una ofensiva contra
la evasión fiscal agentes de policía, fiscales e inspectores de
finanzas registraron todas las oficinas de Credit Suisse en el
país a mediados de julio.
Da la impresión de que la era del secreto bancario suizo está
llegando a su fin, y que gran parte de ello se debe a
Birkenfeld. Kevin Downing, el abogado del DOJ que encabezó la
investigación contra UBS, reconoció dicha contribución.
“Tengo que decir que si el señor Birkenfeld no hubiese cruzado
la puerta del Departamento de Justicia el verano de 2007 dudo
que este enorme fraude hubiese sido detectado por el Gobierno de
Estados
Unidos”, aseguró Downing ante un juzgado federal el año pasado, en
un juicio en el que Birkenfeld se declaró culpable por un cargo
relacionado con su participación relativamente menor en el
fraude.
Sin embargo, en un giro que asombró a todo el mundo presente en
la sala, Downing le dio de repente la espalda a su informador
estrella. “Pedimos una condena de cárcel”, dijo al juez William
Zloch, algo apenas visto en un caso de ese tipo (los chivatos
casi nunca son perseguidos, y menos enviados a la cárcel). A
continuación, acusó a Birkenfeld de engañar al Departamento de
Justicia, intentando planear un complejo fraude mientras estaba
cooperando con los fiscales.
Al poco tiempo, el juez Zloch condenó a Birkenfeld a tres años y
cuatro meses en una prisión federal. En las imágenes de
televisión se pudo ver a un tembloroso Birkenfeld salir
literalmente corriendo del tribunal tras oír la sentencia.
El National Whistleblowers Center in Washington, que defiende a
Birkenfeld, ha contactado con el presidente Barack Obama para
pedir su indulto.
Sin embargo, a medida que se acercaba el día de su ingreso en
prisión, el pasado 8 de enero, ni llegaba el indulto
presidencial ni una última aparición de Birkenfeld en un
programa de máxima audiencia de televisión logró ablandar al
juez Zloch, que rechazó una última petición para retrasar su
encarcelamiento.
Sentado en la suite de un hotel de Boston donde se realizó esta
entrevista, Birkenfeld parecía triste pero desafiante. “Cogí al
mayor banco del mundo y los tumbé, y cogí al mayor Gobierno del
mundo y expuse su corrupción, y me recompensan con la cárcel”,
dice, entrecerrando sus profundos ojos azules. Aún así, “lo
volvería a hacer de nuevo”, asegura. -
ATTAC España
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