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El fundamentalismo económico en el mundo

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220910 - Roberto Torres Collazo - Hay un fundamentalismo del cual casi no se habla, el fundamentalismo económico. Este fundamentalismo tiene unas características similares al fundamentalismo religioso, como demuestra acertadamente Juan José Tamayo en su libro: “Fundamentalismos” (2004). Su dios es el dios dinero.

El fundamentalismo económico, léase capitalismo internacional, impone su visión de las cosas y no admite la disidencia, ésta es marginada o reprimida. Se muestra ciego para lo que es evidente para otros, actúa autoritariamente en la aplicación de su ideología. Se creen dueño de la verdad. Su prédica neoliberal formula leyes universales y eternas, de obligado cumplimiento en todo tiempo y todo lugar.

Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist y tantos otros anuncian el evangelio de la felicidad del neoliberalismo y defienden la privatización como solución a todos los males. Sus sacramentos de esta nueva religión son todos los productos comerciales a través de la publicidad con el propósito de crear el consumismo desmedido, creando necesidades artificiales y no tomando en consideración el ambiente. Su culto es el dios dinero.

Los templos del capitalismo son sus bancos, cuyos participantes se acercan al mostrador con la misma reverencia y respeto como si fueran a sus propias iglesias. Ofrece sus sacrificios en el altar de los 826 millones de seres humanos que se encuentran en riesgo de falta de mala alimentación y malnutrición. “Cada siete segundos un niño menor de diez años muere por efectos directos o indirectos del hambre en el mundo...” según Jean Ziegler, relator de la Organización de Naciones Unidas para la alimentación.

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, ex-vicepresidente del
Banco Mundial y ex-asesor económico en jefe bajo el gobierno de Bill Clinton, no duda en llamar al mercado de “fundamentalismo neoliberal” sobre todo por el dogmatismo del Fondo Monetario Internacional que pretende presentarse como la única y válida interpretación autorizada para dirigir la globalización. Por cierto, una globalización puramente financiera, sin alma y corazón.

El clero se hace presente en primer lugar bajo el “
Consenso de Washington”, el Banco Mundial y la organización Mundial de Comercio. Este clero predica insistentemente que hay que agarrarse con celo a los dictámenes de los grandes gurus del mercado. Sus cantos son variaciones sobre una misma canción “¡Fuera del capitalismo no hay salvación! ¡Viva el neoliberalismo!”. Se visten de piel de cordero pero son lobos feroces. Para este clero no hay alternativas fuera del capitalismo.

Sus valores son la competitividad y el individualismo. Todo en la sociedad es competencia, pasarle al otro por encima, perder o ganar, mostrar que eres el mejor sin importar las consecuencias éticas. El individualismo se manifiesta en pensar solamente en mí y los míos y el resto del mundo que se lo lleve el diablo. Yo primero, yo segundo y si sobra, yo también. La educación está bien condicionada de esos valores.

Este fundamentalismo capitalista es el principal responsable de la crisis económica que experimentamos y las guerras. Mata a millones sometiéndolos al hambre. Mueren 100,000 personas diariamente de hambre, según Ziegler. Desaloja a familias enteras de sus casas sin importar si hay enfermos, ancianos o minusválidos, no permite la emigración, pero permite la emigración de sus mercancías. Tira a la calle a millones de desempleados. No perdona la naturaleza. Su dios dinero es para las ganancias y el lucro de unos pocos mientras la mayoría del mundo vive en la pobreza y la miseria, sin agua potable, sin educación, sin viviendas, sin vestimenta o explotada en condiciones inhumanas de trabajo forzado. Estos son los frutos del fundamentalismo económico, “Por sus frutos les conocerán” dijo Jesús de Nazaret. También dijo el Maestro: “No se puede servir a Dios y servir al dinero”.

 


 

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