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La Primavera Árabe de 2011. Parte 1

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3005
- Samir Amin - Traducido para Rebelión por S. Seguí y Caty R.

 

El año 2011 comenzó con una serie de explosiones de ira atronadoras de los pueblos árabes. ¿Va a dar inicio, con la primavera, una segunda fase del despertar del mundo árabe? ¿O bien estas revueltas van a ser pisoteadas y al final abortadas, como sucedió en el primer momento evocado en mi libro L’éveil du Sud (El despertar del Sur)? En el primer caso, los progresos registrados en el mundo árabe serán necesariamente parte del movimiento de superación del capitalismo y el imperialismo en todo el mundo. Su fracaso mantendría al mundo árabe en su estado actual de periferia dominada, que le impediría erigirse en agente activo de la configuración del mundo.

(Ver: Se avecina una nueva crisis global)

Siempre es peligroso generalizar cuando se habla del mundo árabe, en la medida en que se ignora así la diversidad de las condiciones objetivas que caracterizan a cada país dentro de este conjunto. Por consiguiente, centraré mis siguientes reflexiones en Egipto, país del que podemos reconocer sin dificultad el importante papel que siempre ha desempeñado en la evolución general de la región.

Egipto fue el primer país de la periferia del capitalismo mundial que intentó «emerger». Mucho antes que Japón y China, desde principios del siglo XIX, Mohamed Alí había diseñado e implementado un proyecto de renovación de Egipto y sus vecinos en el Mashreq árabe. Esta experiencia de gran envergadura duró dos tercios del siglo XIX y sólo perdió fuerza al final de la segunda mitad del reinado del Jedive Ismail Pachá, durante la década de 1870. El análisis de su fracaso no puede ignorar la violencia de la agresión externa a cargo de la gran potencia del capitalismo industrial de la época, Gran Bretaña. En dos ocasiones, 1840 y más tarde en la década de 1870 al tomar el control de las finanzas de Egipto, y por último con la ocupación militar en 1882, Inglaterra persiguió con obstinación su objetivo: abortar el surgimiento de un Egipto moderno. Sin duda el proyecto egipcio tenía sus límites, los que definen la época, puesto que fue, obviamente, un proyecto de emergencia en y por el capitalismo, a diferencia del proyecto del segundo intento egipcio (1919-1967), sobre el que volveré más adelante. Sin lugar a dudas las contradicciones sociales específicas del proyecto, como las ideas políticas y las bases ideológicas y culturales en las que se desarrolló, comparten la responsabilidad del fracaso. El hecho es que sin la agresión del imperialismo estas contradicciones probablemente podrían haberse superado, como sugiere el ejemplo japonés.

Este Egipto emergente derrotado fue sometido durante casi cuarenta años (1880-1920) al estado de periferia dominada, cuyas estructuras se volvieron a diseñar completamente para ajustarse al modelo de acumulación capitalista-imperialista de la época. La regresión impuesta golpeó, más allá del sistema de producción del país, sus estructuras políticas y sociales, y siempre trató de reforzar las concepciones ideológicas y culturales retrógradas y reaccionarias útiles para mantener al país en su condición de subordinación.

Egipto, es decir, su pueblo, sus élites, la nación que representa, nunca ha aceptado esta condición. Esta obstinada negativa motivó una segunda oleada de movimientos de carácter ascendente y que cubrió el siguiente medio siglo (desde 1919 hasta 1967). En efecto, entiendo este período como un tiempo de lucha continua y avances importantes. El objetivo era triple: democracia, independencia nacional y progreso social. Estos tres objetivos –por limitadas y confusas que hayan sido en ocasiones sus formulaciones– son inseparables. Esta interconexión de los objetivos es de hecho la expresión de los efectos de la integración del Egipto moderno en el sistema del capitalismo imperialista globalizado de la época. En esta lectura, el capítulo abierto por la cristalización nasserista (1955-1967) no es otra cosa que el último capítulo de este tiempo largo de flujo ascendente de las luchas inaugurado por la revolución de 1919-1920.

(Ver: Primavera Árabe: Revoluciones, mentiras e Intervención)

El primer momento de este medio siglo de progresión de las luchas de emancipación en Egipto tiene como objetivo –con la formación del partido Wafd en 1919– la modernización política, mediante la adopción de una forma burguesa de democracia constitucional, y la recuperación de la independencia. La forma democrática imaginada permitía un avance de la secularización –no era plenamente laica– simbolizada por la bandera, que ostentaba una combinación de la media luna y la cruz (bandera que ha reaparecido en los acontecimientos de enero y febrero de 2011). Las elecciones «normales» permitían en esa época no sólo la elección de coptos por parte de mayorías musulmanas, sino también el ejercicio de altos cargos del Estado por estos mismos coptos, sin que esto plantease problemas.

Toda la fuerza del poder británico, con el apoyo activo del bloque reaccionario compuesto por la monarquía, los terratenientes y los campesinos ricos, se empleó en el intento de hacer retroceder los avances democráticos del Egipto wafdista. La dictadura de Sedki Pachá en la década de 1930 (que abolió la constitución democrática de 1923) se enfrentó al movimiento estudiantil, que en esa época era la vanguardia de las luchas democráticas antiimperialistas. No es casualidad que, para reducir el peligro, la embajada británica y el palacio real apoyaran activamente la creación de los Hermanos Musulmanes (1927), grupo inspirado en el pensamiento islamista en su arcaica versión salafista wahabí formulada por Rachid Reda, es decir, la versión más reaccionaria –antidemocrática y en contra del progreso social– del nuevo Islam político.

Ante la conquista de Etiopía por Mussolini y la posibilidad de una guerra mundial, Londres se vio obligado a hacer concesiones a las fuerzas democráticas, lo que permitió el regreso de los wafdistas en 1936 y la firma del Tratado anglo-egipcio del mismo año; un Wafd, dicho sea de paso, mucho más «prudente» que en su época anterior. La Segunda Guerra Mundial constituyó una especie de paréntesis. Pero el flujo ascendente de las luchas se reanudó, a partir del 21 de febrero de 1946, con la creación del bloque obrero-estudiantil, fortalecido en su radicalización por la aparición de los comunistas y el movimiento obrero. Una vez más, las fuerzas de la reacción egipcia, con el apoyo de Londres, se opusieron violentamente y movilizaron a los Hermanos Musulmanes en apoyo de una segunda dictadura de Sedki Pachá, aunque sin conseguir silenciar el movimiento. Con el Wafd de regreso al gobierno, su denuncia del Tratado de 1936 y el comienzo de la guerrilla en la zona del Canal aún ocupada, sólo pudieron ser derrotados por el incendio de El Cairo (1951), una acción en la que estuvieron involucrados los Hermanos Musulmanes.

El primer golpe de Estado de los oficiales libres (1952), pero sobre todo el segundo con la toma del poder por Gamal Abdel Nasser (1954), coronó este periodo de flujo ascendente de las luchas, según algunos, o acabó con ellas, según otros. El nasserismo sustituyó la lectura que propuse del despertar egipcio por un discurso ideológico que borraba de un plumazo toda la historia de los años 1919-1952 hasta poner como fecha inicial de la revolución egipcia julio de 1952. En ese momento, muchos de los comunistas habían denunciado este discurso y entendían que los golpes de 1952 y 1954 tenían como objetivo acabar con la radicalización del movimiento democrático. No se equivocaban, porque el nasserismo sólo cristalizó como proyecto antiimperialista después de Bandung (abril 1955). En ese momento, el nasserismo realizó lo que podía ofrecer: una postura internacional resueltamente antiimperialista (asociada con los movimientos panárabe y panafricano) junto a reformas sociales progresistas (pero no socialistas). Todo ello, organizado de arriba abajo, no sólo sin democracia (prohibición de que las clases populares se organizasen para y por sí mismas), sino suprimiendo toda forma de vida política. El vacío así creado invitaba al llamado Islam político a llenarlo. Así el proyecto agotó su potencial progresista en un corto período de tiempo: diez años, desde 1955 hasta 1965. La pérdida de impulso ofreció al imperialismo, ahora dirigido por Estados Unidos, la oportunidad de quebrar el movimiento mediante la movilización de su instrumento miliar regional: Israel. La derrota de 1967 marcó el final de este avance de medio siglo. El reflujo lo inició el propio Nasser, eligiendo para ello el camino de las concesiones a la derecha (la infitah, es decir, la apertura, entendida como apertura a la globalización capitalista) en lugar de la radicalización por la que lucharon, entre otros, los estudiantes (cuyo movimiento ocupó un lugar central en 1970, poco antes y después de la muerte de Nasser). Su sucesor, Anuar Sadat, acentuó la deriva a la derecha e integró a los Hermanos Musulmanes en su sistema autocrático. Mubarak seguiría después la misma línea.

El siguiente período de reflujo (1967-2011) abarca casi medio siglo. Egipto, sujeto a las exigencias del liberalismo globalizado y a las estrategias de Estados Unidos, dejó de existir como agente activo a escala regional e internacional. En la región, los principales aliados de Estados Unidos –Arabia Saudí e Israel– ocuparon el centro de la escena. Israel pudo así avanzar por la vía de la expansión de su colonización de la Palestina ocupada, con la complicidad de Egipto y los países del Golfo.

El Egipto de Nasser había establecido un sistema económico y social criticable pero coherente. Nasser optó por la industrialización como medio de superación de la especialización internacional impuesta por el colonialismo, que limitaba al país al papel de exportador de algodón. Este sistema industrializador potenció una distribución del ingreso en beneficio de las clases medias en expansión, sin que ello significara el empobrecimiento de las clases populares. Sadat y Mubarak procedieron al desmantelamiento del sistema productivo egipcio, que fue sustituido por otro completamente incoherente, basado exclusivamente en la búsqueda de rentabilidad de las empresas, en su mayoría subcontratistas del capital de los monopolios imperialistas. Las tasas de crecimiento supuestamente elevadas de Egipto, alabadas desde hace treinta años por el Banco Mundial, no tienen ningún significado. El crecimiento egipcio es extremadamente vulnerable, y además ha ido acompañado de un increíble aumento de la desigualdad y el desempleo, que afecta a la mayoría de los jóvenes. La situación era explosiva... y explotó.

La aparente estabilidad del régimen que Washington tanto elogiaba se basaba en una maquinaria policíaca monstruosa (1.200.000 hombres frente a sólo 5.000.000 en el ejército), que perpetraba el abuso criminal cotidiano. Las potencias imperialistas afirmaban que este régimen protegía a Egipto de una alternativa islamista, lo que no es más que una burda mentira. De hecho, el régimen había incorporado plenamente al Islam político reaccionario (según el modelo wahabí del Golfo) en su sistema de poder, al concederle la gestión de la educación, la justicia y los grandes medios (la televisión en particular). El único discurso permitido era el asignado a las mezquitas salafistas, lo que les proporcionaba la ficción de intentar presentarse como la oposición. La duplicidad cínica del discurso del establishment estadounidense (y en este sentido Obama no es diferente de Bush) sirve perfectamente a sus objetivos. El apoyo de facto al Islam político destruye la capacidad de la sociedad para hacer frente a los desafíos del mundo moderno (que está detrás de la degradación catastrófica de la educación y la investigación), mientras que la denuncia ocasional de sus abusos (el asesinato de coptos, por ejemplo) sirve para legitimar las intervenciones militares de Washington, dedicado a la llamada «guerra contra el terrorismo». El régimen egipcio podía parecer tolerable mientras funcionó la válvula de seguridad de la emigración masiva de las clases medias y bajas a los países petroleros. El agotamiento de este sistema (la sustitución de trabajadores de los países árabes por inmigrantes asiáticos) ha llevado al resurgimiento de las resistencias. Las huelgas obreras de 2007 –las más importantes del continente africano en 50 años–, la resistencia obstinada de los pequeños agricultores amenazados de expropiación por parte del capitalismo agrario, la formación de círculos de protesta democrática en las clases medias (los movimientos Kefaya y Seis de abril) anunciaban la inevitable explosión, que los egipcios esperaban aunque sorprendiera a los llamados observadores internacionales. Estamos entrando pues a una nueva fase de aumento de las luchas de liberación, de las que tendremos que analizar su dirección y desarrollo.

Los componentes del movimiento democrático

La revolución egipcia en curso ilustra la posibilidad del anunciado fin del sistema neoliberal, objeto de cuestionamiento en todas sus dimensiones: política, económica y social. Este masivo movimiento del pueblo egipcio combina tres componentes activos: los jóvenes «repolitizados» por propia voluntad y en formas «modernas» que ellos mismos han inventado, las fuerzas de la izquierda radical y las fuerzas reunidas por los demócratas de clase media.

Los jóvenes (en torno a un millón de activistas) han sido la punta de lanza del movimiento. A ellos se unieron de inmediato la izquierda radical y los demócratas de clase media. Los Hermanos Musulmanes, cuyos dirigentes habían llamado a un boicot de las protestas los primeros cuatro días (persuadidos de que la represión las barrería) sólo aceptaron el movimiento más tarde, cuando la llamada, oída por todo el pueblo egipcio, había producido ya grandes movilizaciones de 15 millones de manifestantes.

Los jóvenes y la izquierda radical persiguen tres objetivos comunes: la restauración de la democracia (fin del régimen militar y policial), la instauración de una nueva política económica y social favorable a las clases populares (ruptura con las exigencias del liberalismo globalizado) y una política internacional independiente (ruptura con la sumisión a las exigencias hegemónicas de Estados Unidos y al despliegue de su control militar sobre el planeta). La revolución democrática a la que convocan es una revolución democrática, antiimperialista y social. Aunque el movimiento juvenil sigue diversificado en su composición social y sus expresiones políticas e ideológicas, en su conjunto se sitúa a la izquierda. Las rotundas manifestaciones espontáneas de simpatía con la izquierda radical dan testimonio de su orientación.

Globalmente, las clases medias se ubican en torno a un único objetivo de democracia, sin poner necesariamente en cuestión el mercado en su estado actual o el alineamiento internacional de Egipto. No debemos ignorar el papel de un grupo de blogueros que participan –a sabiendas o no– en una verdadera conspiración organizada por la CIA. Sus dirigentes son en su mayoría jóvenes de clase alta, americanizados en extremo, que sin embargo adoptan la pose de contestatarios contra las dictaduras existentes. El tema de la democracia, en una versión impuesta manipulada por Washington, domina sus intervenciones en la red. Con ello participan en la cadena de actores de las contrarrevoluciones orquestadas por Estados Unidos, bajo el disfraz de revoluciones democráticas, según el modelo de las revoluciones de colores de Europa del Este.

Sin embargo sería erróneo sacar la conclusión de que este complot es la causa de las revueltas populares. La CIA sigue tratando de torcer el sentido del movimiento, de alejar a los militantes de sus objetivos de transformación social progresista y encaminarlos hacia otros terrenos. Las posibilidades de éxito de este complot son altas si el movimiento en su conjunto fracasa en la construcción de convergencias entre sus diferentes componentes, en la identificación de objetivos estratégicos comunes y en la invención de formas de organización y acción efectivas. Hay ejemplos de este fracaso en Filipinas e Indonesia, por ejemplo. Es interesante señalar aquí que nuestros bloggers, que se expresan en inglés en vez de árabe, lanzados en defensa de la democracia a la americana, exponen con frecuencia argumentos de legitimación de los Hermanos Musulmanes.

La llamada a la protesta que hicieron los tres componentes activos del movimiento captó rápidamente los oídos de todo el pueblo egipcio. La represión, de una violencia extrema los primeros días (más de un millar de muertos) no desanimó a los jóvenes y sus aliados (que en ningún momento llamaron en su ayuda a las potencias occidentales como hemos visto en otros lugares). Su coraje fue el factor decisivo que llevó la protesta a todos los barrios de las ciudades, grandes y pequeñas, y pueblos; quince millones de manifestantes de manera permanente, durante días y días (y a veces noches). Este éxito político fulminante tuvo sus efectos: el miedo había cambiado de bando. Hillary Clinton y Obama descubrieron entonces que tenían que abandonar a Mubarak, a quien hasta entonces habían apoyado, mientras que los líderes del ejército salían del silencio, se negaban a tomar el relevo de la represión –poniendo a salvo así su imagen– y finalmente deponían a Mubarak y a algunos de sus principales secuaces.

La generalización del movimiento a todo el pueblo egipcio es en sí misma un reto positivo. Pues este pueblo, como todos los demás, está lejos de formar un conjunto homogéneo. Algunos de los segmentos que lo componen refuerzan, sin duda, la perspectiva de una radicalización posible. La entrada en la lucha de la clase trabajadora (alrededor de 5 millones de trabajadores) puede ser decisiva. Los trabajadores en lucha en las numerosas huelgas han hecho avanzar las formas de organización iniciadas en 2007. En la actualidad ya hay más de de cincuenta sindicatos independientes. La tenaz resistencia de los pequeños agricultores a las expropiaciones, que se ha hecho posible gracias a la cancelación de la ley de Reforma Agraria (los Hermanos Musulmanes en el parlamento votaron a favor de leyes injustas, argumentando que la propiedad privada es sagrada para el Islam y que la reforma agraria está inspirada por el demonio comunista), también contribuye a la radicalización del movimiento. Sin embargo queda una enorme masa de pobres que participaron activamente en los acontecimientos de febrero de 2011 y que se encuentran a menudo en los comités populares formados en los barrios para defender la revolución. Estos pobres pueden dar la impresión (por las barbas, los velos, la vestimenta) de que el país profundo es islámico o está movilizado por los Hermanos Musulmanes. De hecho su aparición en la política se impuso al liderazgo de la organización. Así pues, se ha dado ya la señal de salida a la carrera: ¿quién conseguirá formular alianzas eficaces con las masas desorientadas, y eventualmente «encuadrarlas», término que personalmente rechazo: los Hermanos y sus islamistas asociados (salafistas) o la alianza democrática?

Se están dando pasos significativos en la construcción de un frente unido de fuerzas democráticas y trabajadores. Cinco partidos de orientación socialista, el Partido Socialista Egipcio, la Alianza Popular Democrática –en su mayor parte ex miembros del partido Tagammu– el Partido Democrático de los Trabajadores, el trotskista Partido Socialista Revolucionario y el Partido Comunista egipcio, ex componente de Tagammu, formaron en abril de 2011 una alianza de las fuerzas socialistas y se comprometieron a continuar luchando en conjunto a través de ella.

Mientras tanto se ha formado un Consejo Nacional (Maglis Watany) constituido por todas las fuerzas políticas y los actores del movimiento (partidos de orientación socialista, diversos partidos democráticos, sindicatos independientes, organizaciones campesinas, redes de jóvenes y numerosos grupos sociales.) Los Hermanos Musulmanes y los partidos de derecha se han negado a participar en este Consejo, reafirmando lo que ya sabemos: su oposición a la continuación del movimiento. El Consejo reúne aproximadamente a 150 miembros.

Frente al movimiento democrático, el bloque reaccionario

Al igual que en el pasado período de crecimiento de las luchas, el movimiento democrático antiimperialista y social se enfrenta en Egipto a un bloque reaccionario de gran poder. Este bloque puede identificarse en términos de sus componentes sociales (de clases, obviamente), pero también debe identificarse en relación con los que definen sus medios de acción política y el discurso ideológico al servicio de dicha acción.

En términos sociales, el bloque reaccionario está dirigido por la burguesía egipcia en su conjunto. Las formas de acumulación dependiente de los últimos 40 años han propiciado la aparición de una burguesía rica, beneficiaria exclusiva de la desigualdad escandalosa que acompaña a este modelo liberal-globalizado. Se trata de decenas de miles no de empresarios creativos –como el discurso del Banco Mundial los presenta– sino de millonarios y multimillonarios que deben su fortuna, todos ellos, a su connivencia con el aparato político (la corrupción es un componente orgánico del sistema). Esta burguesía compradora (en el actual lenguaje político de Egipto la gente los llama parásitos corruptos) apoya activamente la inclusión de Egipto en la globalización imperialista contemporánea y es aliada incondicional de Estados Unidos.

Esta burguesía tiene en sus filas a muchos generales del ejército y la policía, a civiles vinculados con el Estado y el partido gobernante (Nacional Democrático), creado por Sadat y Mubarak, a religiosos (los líderes de los Hermanos Musulmanes y los jeques de Al-Azhar, todos ellos multimillonarios). Ciertamente, todavía hay burguesía compuesta de pequeños y medianos empresarios activos. Pero éstos también son víctimas del sistema de extorsión creado por la burguesía compradora, y están con frecuencia reducidos a la condición de subcontratistas dominados por los monopolios locales, que a su vez son correas de transmisión de los monopolios extranjeros. En el sector de la construcción hay un principio casi universal: los «grandes» consiguen las adjudicaciones de obras, que luego subcontratan a los «pequeños». Esta burguesía de empresarios emprendedores ve con verdadera simpatía el movimiento democrático.

La vertiente rural del bloque reaccionario no es menos importante. Se compone de campesinos ricos que han sido los principales beneficiarios de la reforma agraria nasserista, y que sustituyeron a la antigua clase de los grandes terratenientes. Las cooperativas agrícolas creadas por el régimen nasserista asociaban a los pequeños agricultores y los campesinos ricos, con un funcionamiento que beneficiaba principalmente a éstos. Sin embargo, el régimen tomaba medidas para limitar los posibles perjuicios a los pequeños agricultores. Más tarde, estas medidas fueron abandonadas por Sadat y Mubarak, por recomendación del Banco Mundial, y el campesinado rico aceleró la desaparición de los pequeños agricultores. Los campesinos ricos siempre han sido una clase reaccionaria en el moderno Egipto, y ahora lo son más que nunca. También son el apoyo principal del Islam conservador en el campo y, a través de su estrecha relación (a menudo familiar) con los representantes del aparato del Estado y la religión, (Al Azhar es el equivalente de una iglesia musulmana organizada) dominan la vida social rural. Además gran parte de las clases medias urbanas (no sólo los oficiales del ejército y la policía, sino también los tecnócratas y profesionales) han surgido directamente del campesinado rico.

Este bloque social reaccionario dispone de instrumentos políticos a su servicio: el ejército y la policía, las instituciones del Estado, un partido político privilegiado –el Partido Nacional Democrático, creado por Sadat, y partido único de facto–, el aparato religioso (con su centro en Al Azhar) y las corrientes del Islam político (los Hermanos Musulmanes y los salafistas).

La ayuda militar concedida por Estados Unidos al ejército egipcio (1.500 millones de dólares anuales) nunca estuvo destinada a fortalecer la capacidad defensiva del país, sino, al contrario, a aniquilar este peligro mediante la corrupción sistemática, no sólo conocida y tolerada sino también apoyada de manera positiva, con auténtico cinismo. Esta supuesta ayuda ha permitido a los oficiales de más alto rango apropiarse de grandes sectores de la economía egipcia compradora, hasta el punto de que en Egipto se habla de la sociedad anónima-militar (Sharika al geish). El mando del ejército que ha tomado la responsabilidad de dirigir el período de transición no es por lo tanto neutral, aunque haya tomado la precaución de parecerlo, al desvincularse de la represión. El gobierno civil a sus órdenes (cuyos miembros han sido nombrados por el alto mando), integrado en parte por hombres del antiguo régimen elegidos entre las personas de más bajo perfil, ha tomado una serie de medidas perfectamente reaccionarias para frenar la radicalización del movimiento.

Entre estas medidas figura una perversa legislación contra la huelga, so pretexto de reactivar la economía; además de una ley que impone severas restricciones a la formación de partidos políticos a fin de permitir la entrada en el juego electoral únicamente a las corrientes del Islam político (los Hermanos Musulmanes en particular) ya bien organizadas gracias al apoyo sistemático del régimen anterior. Y sin embargo, a pesar de todo esto, la actitud del ejército sigue siendo en última instancia impredecible. Porque, a pesar de la corrupción de sus cuadros (los soldados son conscriptos, pero los oficiales son profesionales), el sentimiento nacionalista no está ausente en todos los casos. Además, el ejército lamenta haber sido prácticamente descartado del poder en beneficio de la policía. En estas circunstancias, y dado que el movimiento ha expresado firmemente su deseo de separar al ejército de la dirección política del país, es probable que el alto mando considere en un futuro permanecer entre bastidores, renunciando a presentar a sus hombres en las próximas elecciones.

Si bien, obviamente, el aparato policial se mantiene intacto (no se contemplan actuaciones judiciales contra sus funcionarios), tal como el conjunto del aparato estatal (los nuevos gobernantes son todos del antiguo régimen), el Partido Democrático Nacional ha desaparecido en la tormenta y su disolución ha sido sancionada por los tribunales. Sin embargo, podemos tener confianza en la burguesía egipcia: no cabe duda de que sabrá hacer revivir a su partido bajo nuevos nombres.

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