|
141007 - Es mejor
evitar Pakistán en agosto, cuando llegan las lluvias y
transforman las llanuras en una gigantesca sauna. Cuando yo viví
allí huíamos a las montañas, pero este año me quedé. Lo que te
mata de verdad es la humedad. El alivio llega al final en
pequeñas eclosiones: una calma súbita seguida del oscurecimiento
del cielo, truenos como explosiones en la distancia y finalmente
la pesada lluvia. Los ríos y sus afluentes pronto se desbordan;
rápidas inundaciones hacen intransitables las ciudades. Las
aguas residuales recorren tanto los barrios pobres como los de
los ricos. Incluso si te mueves directamente de una habitación
con aire acondicionado a un coche con aire acondicionado no
puedes librarte del olor. En agosto de hace sesenta años,
Pakistán fue separado del subcontinente. Este verano, a medida
que el poder parecía escapársele a Pervez Musharraf, el cuarto
dictador militar que ha tenido el país, fue instructivo observar
el proceso desde primera fila.
La desilusión y el resentimiento son generalizados. Cultivar los
sentimientos anti-indios y anti-hindús, en un intento de
fomentar la cohesión nacional, ha dejado de funcionar. Las
celebraciones del 14 de agosto conmemorativas del aniversario de
la independencia son más artificiales e irritantes que nunca.
Una cacofonía de eslóganes sin sentido que a nadie impresionan,
incontables clichés en los suplementos de los periódicos que
compiten con las rancias fotografías del Fundador (Muhammad Ali
Jinnah) y el Poeta (Iqbal). Debates banales son recuerdan lo que
dijo o no dijo Jinnah. El pérfido Lord Mountbatten y su
“promiscua” esposa, Edwina, son acusados de haber favorecido a
India cuando fue el momento de repartir el botín. Es cierto,
pero no podemos echarles la culpa del posterior naufragio
sufrido por Pakistán. Por supuesto, en privado hay mucha
recapacitación, y una sorprendente cantidad de gente cree hoy
que el estado de debería haber sido fundado nunca.
Varios años después de la separación de 1971 de Bangaldesh
escribí un libro para Penguin llamado Can Pakistan Survive?
(“¿Puede sobrevivir Pakistán?”). Fue públicamente difamado y
prohibido por el dictador de turno, el general Zia-ul-Haq, pero
salieron varias ediciones pirata. Yo había sostenido que si el
estado seguía actuando de la misma forma que siempre, algunas de
las provincias con minorías que se estaban dejando atrás podían
también desertar, dejando el Punjab solo, pavoneándose como un
gallo en lo alto de un estercolero. Muchos de los que en ese
momento me acusaron de traidor y renegado ahora se hacen la
misma pregunta. Es demasiado tarde para lamentos, les digo. El
país está para quedarse. Y no es la religión o la mística
“ideología de Pakistán” lo que garantiza su supervivencia, sino
su capacidad nuclear y Washington.
En el 60 aniversario del país (como en los 20 y 30
aniversarios), un régimen militar asediado lucha por su
supervivencia. Hay una guerra en su frontera occidental,
mientras en casa es atormentado por yihadistas y jueces. Nada de
esto sin embargo pareció afectar mucho a los jóvenes montados en
motocicletas que se lanzaron a las calles de Lahore en su
carrera suicida anual. Parece que la única cosa que vale la pena
celebrar es el derecho morir. Este año sólo había cinco
participantes, bastantes menos que en las últimas cinco
ediciones. Tal vez esta sea una forma racional de señalar un
conflicto en el que más de un millón de personas se machacaron
unos a otros hasta la muerte mientras el decadente Imperio
Británico se preparaba para escabullirse hacia casa. En la
víspera de la partición una reunión de gabinete en Londres trató
sobre la creciente crisis en India. Las actas dicen: “El señor
Jinnah fue muy áspero y parecía muy decidido. Al secretario de
estado le pareció como si fuese un hombre que sabe que será
asesinado y por ello insistía en suicidarse para evitarlo”. No
fue el único.
Y ahora otro déspota uniformado era saludado en un desfile
militar para conmemorar el día de la independencia en Islamabad,
soltando un mal discurso escrito por un burócrata aburrido, que
resulta incapaz de contener los bostezos del resto de la corte
de aduladores. Incluso los F-16 orgullosamente en formación no
consiguieron entusiasmar a la audiencia. Había escolares
ondeando banderas, una banda tocaba el himno nacional… todo el
espectáculo se retransmitió en directo y luego se acabó.
Los periódicos europeos y norteamericanos dan la impresión de
que el problema principal, sino el único, que afronta Pakistán
es el creciente poder de los fanáticos barbudos que merodean por
el Hindu Kush, quienes tal cómo lo ven los periódicos están a
punto de tomar todo el país. Desde esta perspectiva, lo único
que hay entre el botón nuclear y los dedos de los yihadistas es
Musharraf. Pero ¡ay!, ahora parece que se ha sumido en un mar de
problemas así que el siempre servicial Departamento de Estado ha
optado por apoyar una nueva y sobre-dimensionada plataforma
centrada en la figura de Benazir Bhutto.
En realidad, la amenaza de que los yihadistas tomen Pakistán es
remota. No hay ninguna posibilidad de que los extremistas
religiosos tomen el poder a no ser que el ejército lo quiera,
como en los ochenta, cuando el general Zia-ul-Haq entregó los
Ministerios de Educación e Información al Jamaat-e-Islami, con
resultados nefastos. Hay importantes problemas en Pakistán, pero
éstos suelen ser ignorados en Washington, tanto por la
administración como por las instituciones financieras. La falta
de una infraestructura social básica fomenta el abatimiento y al
desesperación, pero sólo una minúscula minoría opta por la yihad.
En los períodos de gobiernos militares en Pakistán se unen tres
grupos distintos: líderes militares, una corrupta camarilla de
políticos prevaricadores y hombres de negocios que huelen
contratos jugosos o acceso a las tierras propiedad del estado.
La elite que gobierna el país se ha pasado los últimos sesenta
años defendiendo unos privilegios y una riqueza conseguidos
injustamente, y el Líder Supremo (uniformado o no) resulta
invariablemente intoxicado por su adulación. La corrupción
envuelve a Pakistán. Los pobres cargan principalmente con ello,
pero la clase media también se ve afectada. Abogados, médicos,
profesores, pequeños empresarios y comerciantes son dañados por
un sistema dónde el clientelismo y el soborno son garantía de
éxito. Algunos logran escapar – solamente en EEUU hay 20.000
médicos pakistaníes trabajando – pero otros llegan a un acuerdo
con el sistema, aceptan un cierto compromiso que los lleva a ser
extremadamente cínicos consigo mismos y con quienes les rodean.
El vacío moral resultante se llena con películas porno y
religiosidad de diferentes tipos. En algunas áreas la religión y
el porno van de la mano: las mayores ventas de películas porno
son en Peshawar y Quetta, bastiones de los partidos religiosos.
Los líderes talibanes en Pakistán van a por las tiendas de
porno, pero los vendedores sencillamente se pasan al mercado
negro. Y tampoco debe uno suponer que la mayoría del porno venga
de occidente. Hay una floreciente industria clandestina en
Pakistán, con sus propias estrellas locales, tanto hombres como
mujeres.
Mientras tanto los islamistas están ocupados reclutando apoyos.
Los insistentes y despiadados misioneros de Tablighi Jamaat (TJ)
son especialmente eficientes. Pecadores de todos los grupos
sociales, desesperados por lograr la purificación, hacen cola
para unírseles. El cuartel general de los TJ en Pakistán está
situado en una enorme misión en Raiwind. Lo que una vez fue una
minúscula aldea rodeada de trigales, campos de maíz o de
semillas de mostaza, ahora es uno de los suburbios de Lahore más
de moda, donde los hermanos Sharif construyeron un palacio como
los del Golfo Pérsico cuando estuvieron en el poder durante los
noventa. Los TJ fueron fundados en los años veinte por Maulana
Ilyas, una clérigo que se formó en los seminarios Sunni
ortodoxos de Deoband, en Uttar Pradesh. Al principio sus
misioneros se concentraban en el norte de India, pero hoy en día
hay importantes grupos también en norte América y Europa
occidental. Los TJ esperan obtener el permiso para construir una
mezquita en el East London al lado de las instalaciones
olímpicas. Sería la mayor mezquita de Europa. En Pakistán, la
influencia de los TJ es generalizada. Penetrar en la selección
nacional de cricket ha sido su éxito más notorio: Inzamam-ul-Haq
y Mohammed Yousuf son activistas que defienden la causa en casa
mientras Mushtaq Ahmet trabaja duro por sus intereses en Gran
Bretaña. Otro gran éxito fue el reclutar tras el 11S a Junaid
Jamshed, el caristmático cantante y líder del primer grupo pop
que ha triunfado en Pakistán, Vital Signs, el cual renunció a su
pasado y ahora sólo canta composiciones piadosas – llamadas
naats.
Los Tablighis subrayan su no-violencia e insisten en que están
aquí para diseminar la verdadera fe y así ayudar a la gente a
encontrar el buen camino en su vida. Puede que sea así, pero es
evidente que algunos hombres jóvenes recientemente reclutados,
aburridos de tantos dogmas, rituales y ceremonias, están más
interesados en poner sus zarpas sobre un Kalashnikov. Mucha
gente cree que los campos de misioneros Tablighi son fértiles
terrenos de entrenamiento para grupos armados que actúan en el
Frente Occidental y en el Kashmir.
La clase dirigente ha sido muy lenta a la hora de cuestionar la
interpretación del Islam que sostienen grupos como los Tablighi.
Musharraf aconsejó a la gente a que fuese a ver Khuda Kay Liye
(‘En el nombre de Dios’), una nueva película de Shoaib Mansoor
(quién escribió y produjo algunas de las canciones de Vital
Signs de más éxito). Esto puede que no ayudase a la película o
al Islam moderado que promueve, ya que la popularidad de
Musharraf en estos momentos es similar a la de Osama bin Laden
(según una reciente encuesta), pero yo fui a un primer pase en
Lahore y el cine estaba a rebosar de gente joven. La película
tiene buenas intenciones, aunque también es larguísima y dura.
Sin embargo ha tenido algo de impacto. Pone de relieve algunas
ideas, algo insólito en un país dónde la industria
cinematográfica no produce nada más que basura estilo Bollywood,
incluso si esas ideas se limitan a los estereotipos del buen
musulmán y el mal musulmán. La violencia de la Yihad es mala. La
música es buena y no es algo anti-islámico. La violencia y las
violaciones en los desiertos de la frontera entre Pakistán y
Afganistán se entremezcla con escenas de los EEUU de después del
11S, donde los servicios secretas se llevan a un músico
pakistaní inocente y lo torturan (estas escenas duran de hecho
demasiado). La moraleja es que cada bando retroalimenta al otro.
Es una película algo mojigata y la fila de jóvenes sentados
detrás de mi querían claramente más acción en lo tocante al
sexo. Cuando una estudiante blanca de Chicago le da un regalo al
músico pakistaní, uno de ellos comentó: “le ha dado su número de
teléfono”. Si los acomodadores no les hubiesen dicho a los
chavales que se callaran posiblemente me lo habría pasado mejor
con la película.
Una de las principales amenazas a la autoridad de Musharraf es
la judicatura del país. El 9 de marzo, Musharraf cesó a Iftikhar
Muhammad Chaudhry, el presidente del Tribunal Supremo, estando
pendiente una investigación. Las acusaciones contra él estaban
en una carta de Naeem Bokhari, un abogado del Tribunal Supremo.
Curiosamente, la carta se hizo circular extensamente – yo mismo
recibí una copia por e-mail. Me pregunté si tal vez había algo
tramándose, pero finalmente decidí que no había nada más tras la
carta. Y no fue así: era parte de un plan. Después de algunos
reproches a título personal, empezaba a leerse una retórica
extravagante:
“Su Señoría, la dignidad de los abobados resulta repetidamente
violada por usted. Se nos trata secamente, grosera y
bruscamente, o con crueldad. No se nos escucha. No se nos
permite exponer nuestro caso. Hay muy poco margen para el
ejercicio de la abogacía. La expresión que se usa en el bar para
el Juzgado nº 1 es ‘el matadero’. Se nos amenaza desde el
Tribunal, presidido por usted. Todo lo que obtenemos de usted es
arrogancia, agresión y beligerancia.”
El siguiente pasaje debería haberme alertado de lo que se estaba
cociendo:
“Se me humilla en público en casos juzgados por Su Señoría en el
Tribunal Supremo sobre cuestiones de Derechos Fundamentales. Los
casos expuestos al Tribunal Supremo se pueden remitir
conveniente y fácilmente a los Jueces de Distrito o de Sesión.
Además también se me humilla con la cobertura mediática sobre el
Tribunal Supremo en una cuestión de restitución a una mujer. En
el bar, a esto ya se le llama un ‘circo mediático’.”
El Presidente estaba empezando a avergonzar al régimen. Había
fallado contra el gobierno en varias cuestiones clave, incluida
la rápida privatización de la compañía Pakistan Steel Mills de
Karachi, un proyecto personal del Primer Ministro Shaukat (“El
Atajo”) Aziz. El caso recordaba a la Rusia de Yeltsin. Los
economistas habían estimado que la empresa valía unos 5 mil
millones de dólares. El 75% de las acciones se vendieron por 362
millones de dólares durante una subasta que duró 30 minutos,
adjudicándose a un consorcio amigo compuesto por Arif Habib
Securities (Pakistán), al-Tuwairqi (Arabia Saudí) y Magnitogorsk
Iron & Steel Works Open JSC (Rusia). La privatización no hizo
quedar bien a los militares, y el presidente saliente, Haq Nawaz
Akhtar, se quejó de que “la planta podría haber dado más dinero
si se hubiese vendido como chatarra”. La percepción general fue
que el Presidente y el Primer Ministro habían sencillamente
echado una mano a sus amigos. Un habitual de la Bolsa me comentó
en Karachi que Arif Habib Securities (que es propietario del
20%) se constituyó para ser una empresa pantalla de Shaukat Aziz.
El gigante del acero saudí (que tiene el 40%), se sabe
perfectamente que se lleva muy bien con Musharraf, quién resulta
que abrió una fábrica de acero construida por el grupo en 220
acres de tierra alquilados a la colindante Pakistan Steel Mills.
Ahora ya son propietarios de toda ella.
Después de que el Tribunal Supremo insistió en juzgar los casos
de activistas políticos “desaparecidos” y se negó a desestimar
demandas por violaciones, aparecieron dudas en Islamabad sobre
si el máximo tribunal podría incluso declarar la presidencia
militar inconstitucional. Y se instaló la paranoia. Había que
tomar medidas. El general y su gabinete decidieron intimidar a
Chaudhry con su cese. El Presidente del Supremo fue confinado en
aislamiento durante varias horas, custodiado por oficiales de
los servicios de inteligencia, y difamado en la televisión
estatal. Pero en lugar de derrumbarse, renunciar a su puesto y
aceptar un generoso retiro, el juez insistió en su defensa,
poniendo en marcha un movimiento remarcable a favor de la
independencia de la judicatura. Esto es sorprendente. Los jueces
pakistaníes son considerablemente conservadores y han legitimado
cada golpe de estado con un falaz “la doctrina de la necesidad
manda” (aunque algunas se negaron de hecho a realizar un
juramento de lealtad a Musharraf).
Cuando visité Pakistán en abril las protestas crecían día a día.
Si al principio se limitaba a los 80.000 abogados del país y a
algunas docenas de jueces, el descontento se extendió
rápidamente, lo que era raro en país cuya gente ha ido quedando
cada vez más alienada del gobierno de las elites. Pero los
juristas se movilizaban para defender la separación
constitucional de poderes. Había algo de maravillosamente
anticuado en esta contienda: no implicaba ni dinero ni religión,
sino principios. Los arribistas de la oposición (algunos de los
cuales habían organizado duros asaltos al Tribunal Supremo
cuando estuvieron en el poder) intentaron apropiarse de esta
causa. “No creas que todos esos han cambiado así por las
buenas”, me dijo Abid Hasan Manto, uno de los juristas más
respetados del país. “En cambio, cuando llega el momento casi
cualquier cosa puede ser la chispa necesaria”.
Entre la burocracia de Islamabad pronto quedó claro el calibre
de su metedura de pata. Pero como suelo ocurrir en medio de una
crisis, en lugar de reconocerlo y actuar para corregirlo, sus
autores materiales decidieron hacer una exhibición de fuerza.
Las primeras víctimas fueron las cadenas de televisión
independientes. En Karachi y en otras ciudades del sur tres
canales quedaron mudos de repente tras haber estado informando
sobre las manifestaciones. Hubo indignación generalizada. El 5
de mayo Chaudhry estuvo conduciendo desde Islamabad hasta Lahore
para dar un discurso, parando en cada pueblo que encontraba para
reunirse con sus simpatizantes; le tomó 26 horas llevar a cabo
un viaje que suele durar 4 o 5. En Islamabad planeaban su
contra-golpe.
El juez debía visitar Karachi, la mayor ciudad del país, el 12
de mayo. Ahí el poder político está en manos del MQM (Muttahida
Qaumi Movement/United National Movement), una desagradable
estructura creada durante una dictadura anterior y famosa por
involucrarse en cobros por protección y otras actividades
violentas. Ha apoyado a Musharraf con absoluta lealtad durante
cada crisis. Su líder, Altaf Hussain, guía al movimiento desde
una posición segura en Londres, temeroso de posibles represalias
de sus enemigos si decidiese volver. En un video destinado a sus
seguidores en Karachi dijo: “si se urden conspiraciones para
acabar con el actual gobierno elegido democráticamente entonces
todos y cada uno de los trabajadores del MQM… se mantendrán
firmes y defenderán al gobierno democrático”. Era típico de él.
Siguiendo instrucciones de Islamabad, los líderes del MQM
decidieron evitar que el juez pronunciase su discurso en
Karachi. No se le permitió salir del aeropuerto. Sus seguidores
en distintas partes de la ciudad fueron atacados. Casi 50
personas fueron muertas. Después de que el alcance de la
violencia se mostró en Aaj TV, la emisora fue asaltada por
voluntarios del MQM armados, quienes dispararon al edificio
durante 6 horas y prendieron fuego a los coches en el
aparcamiento.
La dirección de la emisora de televisión no consiguió,
misteriosamente, ponerse en contacto con los altos cargos de la
policía, el primer ministro o el gobernador. La gente entendió
el porqué, de modo que hubo a continuación una huelga general
que aisló aún más al régimen. Un informe devastador, Carnage in
Karachi (Matanza en Karachi), publicado en agosto por la Human
Rights Commission of Pakistan (Comisión para los Derechos
Humanos en Pakistán), confirmó con todo detalle lo que todo el
mundo ya sabía: se había dado órdenes a la policía y al ejército
de mantenerse al margen mientras miembros armados del MQM
arrasaban la ciudad.
Musharraf, tratando desesperadamente de mantener el control
sobre el país, no tuvo otra alternativa que reconocer la
derrota. La apelación de Chaudhry contra su propia suspensión
fue finalmente admitida y discutida en el Tribunal Supremo. El
20 de julio y por unanimidad se decidió que debía ser
restituido, mientras los avergonzados abogados del gobierno
salían a toda prisa del recinto. Un revigorizado tribunal volvía
al trabajo. Hafiz Abdul Basit era un prisionero acusado de
terrorismo y “desaparecido”. El presidente del Supremo llamó a
declarar a Tariq Pervez, el director general de la Agencia
Federal de Investigación de Pakistán, y le preguntó educadamente
dónde se retenía al prisionero. Pervez contestó que no tenía ni
idea y que nunca había oído hablar de Basit. El presidente dio
instrucciones al jefe de la policía para que trajese a Basit
ante el tribunal en un plazo de 48 horas: “O me trae al detenido
o prepárese para ir a la cárcel”. Dos días después se trajo a
Basit y luego se le liberó, después de que la policía no lograse
presentar en su contra ningún tipo de evidencia. Washington y
Londres no estaban contentos. Estaban convencidos de que Basit
era un terrorista que debería haber sido encarcelado
indefinidamente, como habría ocurrido con toda seguridad si
hubiese estado en Gran Bretaña o en los EEUU.
El Tribunal Supremo está en estos momentos tomando en
consideración otras seis peticiones que desafían la decisión de
Musharraf de presentarse a la presidencia del país sin renunciar
a su mando sobre el ejército. Hay mucho nerviosismo en
Islamabad. Los seguidores del presidente temen que haya
consecuencias desastrosas si la corte falla en su contra. Pero
para declarar el estado de emergencia habría que contar con el
apoyo del ejército, y me han dicho que algunos sondeas
informales ponen de manifiesto que los generales son más bien
reacios a una intervención. Sus excusas formales fueron que
estaban demasiado ocupados con la “guerra al terror” para ser
capaces de dedicarse a preservar la ley y el orden en las
ciudades.
Pero tan pronto como la crisis judicial parece por el momento
haber amainado, otra mucho más sombría se está entretejiendo. La
mayoría de los actuales grupos yihadistas son la descendencia
mestiza de las agencias de inteligencia pakistaníes y
occidentales, nacidos durante los ochenta cuando el general Zia
estaba en el poder y secundaba alegremente la guerra de
Occidente contra los desalmados rusos, que en esos momentos
ocupaban Afganistán. Ahí fue cuando empezó el patrocinio estatal
de los grupos islamistas. Uno de los clérigos que se benefició
fue Maulana Abdullah, al que se le dio unos terrenos para
construir una madrassa en el corazón de Islamabad, no muy lejos
de los edificios gubernamentales. En poco tiempo esa área creció
tanto que se pudo construir dos edificios separados (para
hombres o mujeres estudiantes), junto con una Lal Masjid (o
Mezquita Roja) ampliada. Se dispuso de fondos estatales para
todo ello, y el gobierno es técnicamente el propietario de las
instalaciones.
Durante los ochenta y los noventa este complejo se convirtió en
un campo de entrenamiento para jóvenes yihadistas que irían a
luchar en Afganistán y, más tarde, en el Kashmir. Abdullah no
escondía sus creencias. Estaba de acuerdo con la interpretación
Saudí-Wahhabi del Islam y durante la guerra entre Irak e Irán
estaba encantado de instigar el asesinato de los “herejes” Shia
en Pakistán. Fue su patrocinio de los grupos terroristas
ultra-sectarios y anti-Shia lo que llevó a que lo asesinaran en
octubre de 1998. Miembros de una facción Musulmana rival
acabaron con él justo después de que terminase la plegaria en su
propia mezquita.
Sus hijos, Abdul Rashid Ghazi y Abdul Aziz, tomaron el control
de la mezquita y las escuelas religiosas. El gobierno aceptó que
Aziz iba a liderar la congregación de los viernes y dar el
sermón semanal después de las plegarias del viernes. Sus
sermones solían ser en apoyo a al-Qaida, aunque se volvió más
cauteloso con su lenguaje después del 11S. Altos cargos del
funcionariado y oficiales militares suelen atender las plegarias
de los viernes. Rashid, más educado y de lenguaje más suave, con
su expresión enjuta y demacrada y su barba andrajosa, quedó con
las funciones de “spin-doctor”. Se suponía que debía encandilar
a los peridositas extranjeros o locales, y cumplía con creces.
Pero después de noviembre del 2004 cuando el ejército, bajo gran
presión de los EEUU, lanzó una ofensiva sobre las zonas tribales
de la frontera con Afganistán, las relaciones entre los hermanos
y el gobierno se tensaron. Aziz en particular estaba furioso.
Puede que no hubiese hecho nada al respecto pero, según Rashid,
“un coronel retirado del Ejército Pakistaní se dirigió a
nosotros con una petición por escrito pidiendo una fatwa que
clarificase la perspectiva de la Sharia respecto a la acción del
ejército lanzando una guerra contra la población tribal”. Aziz
no perdió el tiempo. Proclamó una fatwa declarando que el
asesinato por parte de un ejército musulmán de su propia gente
es haram (“prohibido”), que “a ningún oficial del ejército
muerto durante esa operación debería dársele un funeral
musulmán” y que “los milicianos que murieron luchando contra el
Ejército Pakistaní son mártires”. Pocos días tras su publicación
la fatwa ya había sido apoyada públicamente por casi 500
“académicos religiosos”. Y a pesar de las fuertes presiones por
parte de los dueños de la mezquita del ISI, la inteligencia
militar de Pakistán, los hermanos no quisieron retirar la fatwa.
La respuesta del gobierno fue sorprendentemente débil. Se puso
fin al estatus oficial de Aziz como imán de la mezquita y se
proclamó una orden de arresto contra él, pero nunca se llevó a
cabo y se permitió a los hermanos seguir como de costumbre. Tal
vez el ISI pensó que aún podían resultarles útiles.
Con anterioridad ese mismo año el gobierno declaró que se había
destapado un plan terrorista para atentar contra instalaciones
militares el 14 de agosto, incluyendo el GHQ y otros edificios
estatales. Se hallaron ametralladoras y explosivos en el coche
de Abdul Rashid Ghazi. Se dictaron nuevas órdenes de captura
contra los hermanos y fueron arrestados. En ese momento el
ministro de asuntos religiosos, Ijaz-ul-Haq, el hijo del general
Zia, persuadió a sus colegas para que perdonasen a los clérigos
a cambio de una disculpa por escrito dónde prometiesen que no se
involucrarían en la lucha armada. Rashid dijo que toda la
historia se había fraguado para contentar a occidente, y en un
artículo de periódico pidió al ministro de asuntos religiosos
que diese pruebas de que él hubiese aceptado el compromiso que
supuestamente había pedido el ministro. No hubo respuesta
alguna.
En enero de este año, los hermanos decidieron cambiar sus
prioridades de la política internacional a la doméstica y
exigieron una implementación inmediata de la Sharia. Hasta el
momento se habían contentado con denunciar la política de los
EEUU en el mundo musulmán y criticar al peón nacional de América
que es Musharraf por ayudar a desmantelar el gobierno talibán en
Afganistán. Públicamente no habían apoyado los tres intentos
previos de atentar contra la vida de Musharraf, pero no era un
secreto que lamentase que saliese ileso. La proclama que
anunciaron en enero era una clara provocación hacia el régimen.
Aziz anunció su programa: “nosotros nunca vamos a permitir el
baile y la música en Pakistán. Todos aquellos que estén
interesados en ese tipo de actividades deberían irse a India.
Estamos hartos de esperar. O es la Sharia o el martirio”. Se
sintieron atacados por la demolición ordenada por el gobierno de
dos mezquitas que habían sido construidas ilegalmente en suelo
público. Cuando se enteraron de que se iban a demoler partes de
la Mezquita Roja y del seminario de las mujeres los hermanos
enviaron a docenas de mujeres estudiantes vistiendo burqas
negros para que ocupasen una biblioteca infantil cercana al
seminario. Las agencias de inteligencia parecían desconcertadas,
pero rápidamente se negoció el final de la ocupación.
Los hermanos siguieron poniendo a prueba a las autoridades. Se
llevó a cabo la Sharia y hubo una quema pública de libros, CDs y
DVDs. Después las mujeres de la madrassa dirigieron su fuego
contra los caros burdeles de Islamabad e yendo a por Aunty
Shamim, una conocida madame que procuraba chicas “decentes” para
actividades indecentes, y entre cuyos clientes se contaban los
“grandes” y “buenos” del lugar (algunos de ellos líderes
religiosos moderados). Aunty regía el burdel como si se tratase
de una oficina: tenía una horario de oficina y cerraba los
viernes al mediodía para que los clientes pudiesen ir a la
mezquita más cercana, que resulta que era la Lal Masjid. Las
brigadas de la moralidad arrasaron el burdel y “liberaron” a las
mujeres. La mayoría de las chicas eran personas educadas,
algunas madres solteras, otras viudas, pero todas iban
desesperadamente mal de ingresos. El horario de oficina les
convenía. Aunty Shamim huyó del lugar, y sus trabajadoras
buscaron empleos parecidos en cualquier otro sitio, mientras las
chicas de la madrassa celebraban una fácil victoria.
Envalentonadas por su triunfo, decidieron ir a por las salas de
masaje de los barrios ricos de Islamabad, de los cuales no todos
ofrecían servicios sexuales y algunos eran regentados por
ciudadanos chinos. Seis mujeres chinas fueron raptadas a finales
de junio y llevadas a la mezquita. Al embajador chino no es que
le gustase. Informó al presidente Hu Jintao, al que le hizo aún
menos gracia, y Beijing dejó claro que quería a sus ciudadanos
libres inmediatamente. Los miembros del gobierno que iban a
solucionar el asunto llegaron a la mezquita alegando la
importancia estratégica de las relaciones sino-pakistaníes, y se
liberó a las mujeres. El sector del masaje prometió que a partir
de ahora sólo habría hombres masajeando a otros hombres. El
honor estaba satisfecho, incluso aunque el trato contradijese
directamente el mensaje del Corán. La prensa liberal pintó la
campaña anti-vicio como la talibanización de Pakistán, lo que
molestó a los clérigos de Lal Masjid. “Rudy Giuliani, cuando se
convirtió en alcalde de Nueva York, cerró los burdeles”, dijo
Rashid. “¿Eso también fue talibanización?”
Furioso y avergonzado por el secuestro de las mujeres chinas,
Musharraf exigía una solución al problema. El embajador saudí en
Pakistán, Ali Saeed al-Awad Asseri, llegó a la mezquita y pasó
noventa minutos con los hermanos. Fue bienvenido pero le dijeron
que lo único que querían era la aplicación de las leyes saudíes
en Pakistán. ¿Él estaría de acuerdo, no? El embajador rechazó
hablar con la prensa tras la reunión, así que no tenemos
registrada su respuesta. Al fallar su mediación, se puso en
marcha el plan B.
El 3 de julio, las tropas de asalto paramilitares empezaron a
plantar alambre de espino al final de la calle que hay frente a
la mezquita. Algunos estudiantes de la madrassa abrieron fuego,
mataron a un soldado, y paso prendieron fuego al Ministerio de
Medioambiente que estaba al lado. Las fuerzas de seguridad
respondieron esa misma noche con gas lacrimógeno y
ametralladoras. A la mañana siguiente el gobierno declaró el
toque de queda en esa zona y empezó el asedio a la mezquita que
duraría una semana, con las cadenas de televisión mandando
imágenes a todo el mundo. A Rashid debe haberle gustado. Los
hermanos pensaron que retener a mujeres y niños como rehenes en
el interior podría salvarles. Pero se liberó a algunos de ellos
y Aziz fue arrestado cuando trataba de huir bajo un burqa. El 10
de julio, los paracaidistas finalmente barrieron el complejo.
Abdul Rashid Ghazi y al menos cien personas más murieron durante
el choque. Once soldados fueron también muertos y más de
cuarenta resultaron heridos. Varias comisarías de policía fueron
atacadas y hubo quejas en las zonas tribales que no presagian
nada bueno. Maulana Faqir Mohammed, una líder del movimiento de
apoyo a los Talibanes, decía a los miles de milicianos armados
de las tribus: “Pedimos a Alá que destruya a Musharraf y
buscaremos venganza por las atrocidades de Lal Masjid”. Esta
postura fue repetida por Osama bin Laden, que declaró a
Musharraf un “infiel” y dijo que “eliminarle es ahora un
imperativo”.
Yo estaba en Karachi durante la última semana de agosto, cuando
las bombas suicidas volaban objetivos militares, entre ellos un
autobús que llevaba a empleados del ISI, para vengar la muerte
de Rashid. En el resto del país la reacción fue débil. Los
líderes del MMA, una coalición de partidos religiosos que
gobierna en la provincia de la frontera y comparte el poder en
Baluchistan, hizo algunas feas declaraciones pero no tomó
iniciativa alguna. Solamente unas mil personas marcharon durante
la manifestación que se organizó el Peshawar el día después de
las muertes. Esta fue la mayor de las manifestaciones, e incluso
en este caso el ambiente era apagado. No hubo una glorificación
estridente de los mártires. El contraste con la campaña para que
se readmitiese al Presidente del Supremo no podía ser más claro.
Tres semanas más tarde, más de 100.000 personas se juntaron en
la ciudad de Punjabi llamada Kasur para asistir al 250
aniversario de la muerte del gran poeta del siglo XVII Bulleh
Shah, miembro de una distinguida línea de poetas sufí que
denunciaban a la religión organizada y la ortodoxia. Para él un
mullah podía compararse con un perro ladrando o un pollo
pavoneándose.
El hecho pues es que los yihadistas no son populares en la mayor
parte de Pakistán, pero tampoco lo es el gobierno. El episodio
de la Mezquita Roja dejó demasiadas preguntas sin responder.
¿Por qué el gobierno no actuó en enero? ¿Cómo consiguieron los
clérigos acumular tal cantidad de armas con el desconocimiento
del gobierno? ¿El ISI estaba al corriente de que había un
arsenal oculto dentro de la mezquita? Y en ese caso, ¿por qué se
mantuvieron en silencio? ¿Cuál era la relación entre los
clérigos y las agencias del gobierno? ¿Por qué se liberó a Aziz
y se le permitió volver a su pueblo sin cargos? Ha decidido el
estado renunciar a su monopolio sobre la violencia?
Mucho de esto tiene que ver con Afganistán. El fracaso de la
ocupación de la OTAN ha dado alas a los Talibanes y ha revivido
el comercio de heroína, y ha desestabilizado el noroeste de
Pakistán. Los bombardeos indiscriminados de la aviación
norteamericana han matado a demasiados civiles inocentes, y la
cultura de la venganza sigue arraigada en la región. La
corrupción y el amiguismo del gobierno de Karzai ha alienado a
muchos afganos, que agradecieron la caída del Mullah Omar y
esperaban la llegada de mejores tiempos. En su lugar, han sido
testigos de apropiaciones de tierra y de la construcción de
casas de lujo por parte de los colegas de Karzai. Y
permanentemente hay rumores de que el hermano menor de Karzai,
Ahmad Wali Karzai, se ha convertido en uno de los mayores capos
de la droga de todo el país. Las tribus pashtún nunca han
reconocido la Línea Durand, la frontera entre Pakistán y
Afganistán impuesto por los británicos. Así que cuando las
guerrillas huyen a las zonas tribales bajo control pakistaní no
se las entrega a Islamabad, sino que se les da comida y ropa
hasta que vuelven a Afganistán o se les protege como a los
líderes de al-Qaida. Washington cree que los tratos de Musharraf
con los ancianos de las tribus rozan la capitulación ante los
Talibanes y está molesto porqué los actuaciones militares de
Pakistán son financiadas por EEUU y sienten que no reciben nada
a cambio por el dinero. Eso sin mencionar los 10 mil millones de
dólares que Pakistán a recibido desde el 11S por unirse a la
“guerra contra el terror”.
El problema es que algunos en la inteligencia militar pakistaní
creen que podrán retomar el control sobre Afganistán una vez la
operación Enduring Freedom haya terminado. Es por ello que se
niegan a abandonar sus vínculos con los líderes de la guerrilla.
Incluso creen que los EEUU puede que algún día apoyen esa
política. Yo dudo de que eso vaya a ocurrir: la influencia de
Irán es muy fuerte en Herat y el oeste de Afganistán; la Alianza
del Norte recibe armas de Rusia e India es la mayor potencia de
la región. Un hipotético acuerdo deberá incluir una garantía
regional de la estabilidad afgana y la formación de un gobierno
nacional una vez la OTAN se vaya.
Incluso si Washington aceptase una versión edulcorada de los
Talibanes, el resto de países involucrados no lo harían, y una
nueva serie de conflictos civiles sólo llevarían a la
desintegración. Si esto ocurriese, los Pashtún en ambos lados de
la Línea Durand puede que opten por crear su propio estado.
Puede sonar algo exagerado, ¿pero qué ocurriría si la
confederación de tribus que es hoy Afganistán terminase por
dividirse en microestados, cada uno bajo la protección de una
potencia mayor?
De vuelta al corazón de Pakistán la cuestión más difícil y
explosiva es la desigualdad social y económica. Y esto no es
independiente del incremento en el número de madrassas. Si
hubiese un sistema estatal de educación mínimamente decente, las
familias pobres puede que no se viesen obligadas a entregar un
hijo o una hija a los clérigos con la esperanza de que al menos
uno de los hijos tenga para comer y vestirse y esté educado. Si
hubiese algo ni remotamente parecido a un sistema sanitario
público se evitaría que mucha gente caiga enferma como resultado
de la fatiga o la pobreza. Ningún gobierno desde 1947 ha hecho
mucho para reducir la desigualdad. La idea de que la próxima
vuelta de Benazir Bhutto, de la mano del mismo Musharraf,
implica cierto progreso es tan hilarante como el que Nawaz
Sharif imaginase que millones de personas irían a recibirle
cuando llegó al aeropuerto de Islamabad el mes pasado. Están
previstas elecciones generales a finales de este año. Si se
amañan tan extensivamente como ocurrió con las últimas, el
resultado será una creciente alienación del proceso político.
Las perspectivas son sombrías. No hay ninguna alternativa
política seria al gobierno militar.
Pasé mi último día en Karachi con pescadores de un pueblecito
cerca del arroyo de Korangi. “Atajo” Aziz ha renunciado a los
manglares donde abundan el marisco y las langostas, y el suelo
se pide para la construcción de Diamond City, Sugar City y otras
monstruosidades que siguen el modelo del Golfo. Los pescadores
han estado movilizándose en contra estos abusos, pero con poco
éxito. “Necesitamos un tsunami” medio bromea uno de ellos.
Hablamos de sus condiciones de vida. “Todo con lo que soñamos
son escuelas para nuestros hijos e hijas, medicinas y clínicas
en nuestros pueblos, agua limpia y electricidad en nuestras
casas”, dijo una mujer. “¿Es eso pedir demasiado?”. Nadie
mencionó la religión para nada.
*
Tariq Alí es
Historiador y novelista británico. Ha publicado más de una
docena de libros sobre historia y política mundial y cinco
novelas. Su libro más reciente es The Clash of
Fundamentalisms: Crusades, Jihads and Modernity
(Londres: Verso, 2002). Ali es editor y asiduo contribuidor de
la revista New Left
Review. Escribe también en
Monthly Review,
Z
Magazine y
Counterpunch. Ha publicado en español las siguientes
novelas: A la Sombra del Granado: Una Novela de la España
Musulmana (Barcelona: Planeta-De Agostini, 1999),
El Libro de Saladino (Barcelona: Edhasa, 1999) y
La Mujer de Piedra (Barcelona: Edhasa, 2001).
|