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261210 - Richard Falk - La política del proceso de paz ha garantizado rotundamente que no existe la menor posibilidad de producir paz

 

Es sorprendente que a pesar de la descomunal distancia que hay entre el máximo que Israel está dispuesto a conceder y el mínimo que la Autoridad Palestina podría aceptar como base para la resolución final del conflicto, los dirigentes gubernamentales, especialmente en Washington, siguen tocando todos los resortes disponibles para volver a poner en marcha las negociaciones entre gobiernos.

 

No es bastante señal de la falta de capacidad o de deseo de Israel de acceder a prorrogar el congelamiento parcial de las colonias por otros 90 días a pesar de los escandalosos alicientes del gobierno Barack Obama (20 aviones de combate F-35 útiles en un ataque a Irán, una sin precedentes promesa por anticipado de vetar cualquier iniciativa en el Consejo de Seguridad que reconozca un Estado palestino y la garantía de que nunca más se pedirá a Israel que acepte una moratoria sobre las colonias) que se le ofrecieron para que suspendiera parcialmente su ilegal actividad de construcción de colonias.

 

En efecto, se le está pidiendo a un ladrón armado habitual que deje de robar unos pocos bancos durante tres meses a cambio de una descomunal compensación financiera. Se puede considerar este acuerdo una clarísima y descarada aceptación de la ilegalidad israelí en nombre de un proceso de paz que no tiene posibilidades de producir paz y mucho menos justicia.

Consideramos aquí justicia en relación a la satisfacción de los derechos palestinos, en especial el derecho a la autodeterminación que durante años se ha ido recortando.

La continua división de la Palestina histórica

Los palestinos aceptaron las fronteras de 1967 (una decisión ratificada por la OLP en 1988) como una base reducida unilateralmente de las reivindicaciones territoriales asociadas a la autodeterminación palestina, que es sólo el 22% de la Palestina histórica, lo que es menos de la mitad de los que la ONU había propuesto en su plan de partición de 1947, que en aquella época fue bastante razonablemente rechazado por los palestinos y sus vecinos árabes por ser una estratagema colonial en la que la población originaria palestina se vio afectada adversamente y nunca fue consultada al respecto.

En retrospectiva, la disposición palestina a conformarse con las fronteras de 1967 fue una concesión extraordinaria mucho antes de las negociaciones que nunca fue reconocida ni por Israel ni por Estados Unidos, lo que puso en duda que hubiera un compromiso creíble de acabar el conflicto por medio de la diplomacia.

La desvergüenza continúa. En vez de castigar a Israel por su negativa a mostrar siquiera una simulacro de flexibilidad pragmática que habría hecho que el enfoque de Obama pareciera ligeramente menos necio y regresivamente débil, el gobierno estadounidense simplemente anunció que abandonaba sus esfuerzos por persuadir a Israel de que amplíe la moratoria y que ahora se embarcaba en un reinicio de las negociaciones entre las partes sin ninguna condición previa, esto es, que la expansión de las colonias y la limpieza étnica podía ahora seguir sin traba ni cuestionamiento alguno.

La Unión Europea se hace oír sobre las colonias, pero no se pronuncia sobre el Estado palestino

Esto fue demasiado incluso para la normalmente pasiva Unión Europea. Hace unos días una reunión de los ministros de Exteriores de la UE emitió una declaración insistiendo en que cesara toda la actividad de Israel en los que se llamó las "colonias ilegales" y en que pusiera fin "inmediatamente" al bloqueo a Gaza por medio de la apertura de todos los pasos fronterizos a la ayuda humanitaria y a los productos comerciales, así como a la entrada y salida de personas.

Por una vez, la declaración de la UE era admirablemente franca: "Nuestra opinión acerca de las colonias, incluidas las de Jerusalén Oriental, es clara: son ilegales según el derecho internacional y un obstáculo para la paz".

Lamentablemente, la declaración de la UE no se pronunciaba acerca de la cuestión del reconocimiento de un Estado palestino, con lo que perdía la oportunidad de reforzar el simbólicamente importante paso diplomático dado por Brasil, Argentina y Uruguay de reconocer Palestina dentro de sus fronteras de 1967.

Con todo, la UE se distanció de Washington dejando así a
Estados Unidos en la molesta situación de su solitaria solidaridad con Israel. Al negarse a llegar a un acuerdo diplomático con Turquía tras el flagrantemente criminal ataque el pasado mes de mayo contra la Flotilla de la Libertad que llevaba ayuda humanitaria a la asediada población de Gaza, Israel confirma esta percepción de ser un Estado paria.

Bajo esas oscuras nubes de engaño y de falsas ilusiones, los y las palestinas de la ocupada Palestina así como los varios millones de refugiados soportan su dura existencia cotidiana mientras que el mundo observa y espera, al parecer impotente.

El enviado estadounidense al conflicto, George Mitchell, continúa afirmando que el objetivo de las negociaciones es “un Estado palestino independiente y viable [...] que viva al lado de Israel”. La incoherencia de semejante objetivo debería ser palmaria. ¿Cómo se puede calificar honestamente de “viable” a este Estado palestino que se prevé cuando los dirigentes estadounidenses están de acuerdo con Israel en que los “acontecimientos posteriores” (el término clave para las colonias, la apropiación de tierra, el muro, la limpieza étnica y la anexión de Jerusalén) se tienen que incorporar en el resultado de las negociaciones?

¿Y qué tipo de “independencia” se está contemplando si las fronteras palestinas seguirán estando controladas por las fuerzas de seguridad israelíes y se espera que una desmilitarizada Palestina viva al lado de un extremadamente militarizado Israel? La propuesta estadounidense juega con las vidas como juega con el lenguaje y, sin embargo, la mayoría de los medios de comunicación de la corriente dominante se tragan este último meandro del río sin siquiera inmutarse.

El valor de la retrospección

Estas consideraciones ignoran otros aspectos problemáticos del actual marco. El gobierno de Netanyahu exige a la AP reconocer a Israel como “un Estado judío” y pasar así por alto el derecho humano a vivir como ciudadanos en unas condiciones de no discriminación y dignidad de la minoría palestina en el Israel anterior a 1967, que son aproximadamente un millón y medio de personas o en torno al 20% de la población total.

A veces la historia es útil. Incluso la infame Declaración Balfour, una pura aserción de la prerrogativa colonial británica, prometía al movimiento sionista sólo “una patria” y no un Estado soberano. El funcionamiento de la guerra y de la geopolítica sumado a una propaganda inteligente fueron cambiando gradualmente los parámetros de la interpretación hasta permitir que una patria se transformara en un Estado soberano con una desastrosa cadena de consecuencias para la población originaria.

En este sentido, la más reciente postura de Hamás de negarse a reconocer a Israel al tiempo que accede al establecimiento de un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967 es un esfuerzo razonable por trazar una línea entre afirmar lo ilegítimo y aceptar las circunstancias políticas. Esperar más es arrojar a los palestinos a un inaceptable rincón de humillación aprobando, en efecto, la
Nakba y todo lo que ha venido después por la vía de la desposesión y el abuso.

Por supuesto, no son los no palestinos quienes tienen que decidir la cuestión de la autodeterminación. Por lo tanto, quienes apelan a Washington, incluso ahora y a pesar de su partidismo y de sus descarados alineamientos, para que imponga una solución están doblemente equivocados. Hasta Hilary Clinton reconoció hace unos días la imposibilidad de adoptar este enfoque.

Lo que parece claro actualmente es que tanto la AP como Hamás están dispuestos a aceptar un Estado propio dentro de las fronteras de 1967, más o menos a lo largo de las líneas establecidas en 1967 en la Resolución 242 del Consejo de Seguridad que sigue siendo un documento icónico que supuestamente cuenta con un continuo consenso internacional. Lo que pudiera significar en relación a su implementación es sin duda extremadamente polémico, especialmente en relación a los infames “acontecimientos posteriores”, que se deben entender como un cercenamiento generalizado de las perspectivas palestinas de tener un Estado aparte.

El sinsentido de la diplomacia

Muchas personas que forman parte de la diáspora palestina dudan de que la solución de los dos Estados sea alcanzable o deseable. En vez de ello reivindican un solo Estado laico, una Estado democrático binacional que tenga los mismos límites que el Mandato palestino y la capacidad inherente de reconciliar las ideas contemporáneas de democracia, derechos humanos y una tardía realización de los derechos palestinos, incluyendo las durante mucho tiempo pospuestas reivindicaciones de los refugiados palestinos.

La geopolítica es tozuda y no se mueve en direcciones esperanzadoras. Ahora la diplomacia estadounidense está forzando de nuevo las cosas en la región para reiniciar las negociaciones entre las partes sobre lo que se ha denominado las “cuestiones centrales” (fronteras, acuerdos de seguridad, Jerusalén, las colonias, los refugiados, las relaciones con los [países] vecinos).

Mientras estos hilos diplomáticos sin sentido siguen adelante, otros relojes siguen marcando las horas frenéticamente: las colonias se expanden a un ritmo acelerado, se están construyendo nuevas secciones del muro, se intensifica la limpieza étnica en Jerusalén Oriental, continúan endureciéndose las prácticas y estructuras de apartheid en Cisjordania, la atrapada y encarcelada población de Gaza vive continuamente al borde de una crisis de supervivencia y los refugiados en sus campos padecen su lóbrego e inaceptable confinamiento.

Netanyahu advierte atronadoramente que Jerusalén es la capital de Israel, que nunca se permitirá a un solo refugiado palestino retornar, que Israel es un Estado judío y todo aquello a lo que Tel Aviv califica de “seguridad” debe ser considerado “no negociable”. Dadas estas predisposiciones, unidas tanto a las disparidades en cuanto a poder negociador entre las partes como al sesgado papel hegemónico de Estados Unidos, ¿quién sino un loco puede pensar que una paz justa puede surgir de semejante modelo deformado de diplomacia geopolítica?

¿Acaso no es mejor en estos momentos confiar en el cada vez más fuerte Movimiento de Solidaridad con Palestina, en la paz desde abajo y en el éxito que relacionado con ello se está logrando en emprender la Guerra de Legitimidad contra Israel, lo que el propio Israel llama nerviosamente “el proyecto de deslegitimación”, que sus dirigentes y think tanks consideran una amenaza para sus ilícitas ambiciones que es con mucho mayor que la resistencia armada?

Richard Falk es profesor emérito de derecho internacional en la Universidad de Princeton y profesor invitado en estudios globales e internacionales de la Universidad de California, Santa Bárbara. Ha publicado numerosas obras a lo largo de cinco décadas, la más reciente de ellas International Law and the Third World: Reshaping justice (Routledge, 2008). Actualmente está en se tercer año de ejercicio, de un periodo de seis, como Enviado Especial de la ONU sobre los derechos humanos palestinos. - Aljazeera - Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


 

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