Dimensión
psicológica de la Intifada
En el año de 1987, patrullas israelíes atropellaron
indiscriminadamente a un grupo de palestinos. El hecho fue presenciado por
un grupo de niños que quedaron atónitos ante el hecho y comenzaron a
lanzar piedras al ejercito sionista. Este estallido inédito de los jóvenes
de los territorios ocupados fue el estallido de los años de maltrato y
frustración sufridos bajo la ocupación violenta de su tierra, casa,
cultura y dignidad. Desde ese día el “levantamiento” (Intifada) no se
calmó y la desobediencia civil fue el arma nueva de los palestinos. Ahora
tenían por qué luchar, pues la intifada le dio sentido a sus sueños de
independencia y el mismo ejercito que borró del mapa a Palestina en 1948 y
1967 y que destruyó el armamento de los demás países árabes, llegó a tener
miedo de aquellos que estaban dispuestos a darlo todo por la patria.
Desde octubre pasado, el denominado proceso de paz
palestino-israelí ha vuelto a tornarse en conflicto y agresión,
devolviendo esta cuestión al estadio anterior a Oslo. Pero lo que está
ocurriendo en la actualidad no es una simple revuelta cuya solución
consista en resolver una crisis en términos de seguridad —como la
repetida focalización en el "cese el fuego" se empeña en
plantear—, sino que es, ante todo, un síntoma político, y su resolución
debe ser fundamentalmente pensada en términos políticos.
La provocación consentida de
Ariel Sharon y la —desde un primer
momento— desmedida represión de las fuerzas militares y de seguridad
israelíes han prendido la mecha de una frustración y descontento cuyo
poso ha ido alimentándose de manera intensiva en los años precedentes,
fruto de un marco negociador que se ha traducido mucho más en seguridad
que en territorios, y en el que los palestinos nunca han sido vistos como
socios, sino como un riesgo para la seguridad que había que contener.
En consecuencia, territorialmente, el proceso de paz se ha centrado en
satisfacer la concepción de seguridad israelí. Esto es, conservar
territorio sin población palestina y aislar los pedazos de territorio
bajo control palestino. El reducido traspaso territorial a la Autoridad
Nacional Palestina (ANP) se ha limitado al 60% de la banda de
Gaza y a las
siete principales ciudades de Cisjordania (3% del territorio, donde se
concentra el 70% de la población), mientras que en Hebrón, habitado por
140.000 palestinos, Israel ha conservado el 20% de la ciudad para una
colonia de 400 judíos instalados en pleno centro urbano.
En el 24% restante de Cisjordania, a los palestinos sólo se les ha
concedido la gestión municipal, en tanto que Israel conserva la
seguridad. En consecuencia, Israel ha conservado el control absoluto sobre
el 69% del territorio cisjordano, donde sólo habitan unos 2.000
palestinos, y el 30% del de Gaza, donde 6.000 colonos controlan el 42% de
las tierras cultivables (y el 58% restante es para 1.200.000 palestinos).
Mientras tanto, se ampliaban las colonias judías y se construían más
carreteras para colonos, encerrando aún más el territorio bajo control
palestino en islotes inconexos.
En los acuerdos de Wye Plantation (1998), Israel no cumplirá el repliegue
acordado para ampliar el territorio palestino de Cisjordania hasta el 13 ,
pero Arafat sí cumplirá con celo los acuerdos sobre seguridad allí
decididos, por los cuales la ANP se comprometió, a petición de Israel y
con ayuda de la CIA, a perseguir y encarcelar a los contrarios a Oslo,
principalmente los militantes de Hamás (en tanto que en Israel los
contrarios al proceso de paz son invitados a formar parte de los
Gobiernos).
En conclusión, a la exigüidad del territorio devuelto a los palestinos
se sumará su extrema discontinuidad y fragmentación en pequeñas
porciones, de manera que se va a reducir drásticamente la libertad de
desplazamiento de los palestinos fuera de los islotes bajo control de la
ANP, en tanto que aumentará la capacidad israelí de aislar y encerrar a
dichos palestinos no ya dentro de Cisjordania y Gaza como antes, sino
incluso en su minúscula aldea o ciudad. El numantino sitio al que Israel
está sometiendo a los palestinos actualmente así lo demuestra,
excediendo con mucho la situación vivida en los peores momentos de la
anterior Intifada entre 1987 y 1993.
Por ello, la aparentemente generosa propuesta que se dice que Barak hizo a
Arafat en Camp David no podía tener viabilidad para los palestinos. Según
publicó el periódico israelí Haaretz, la propuesta israelí se basó en
la oferta del 90% de Cisjordania a cambio de anexionarse un 10% en el que
se agruparía el 80% de los colonos (y 40 pueblos palestinos con 80.000
habitantes de futuro incierto).
Otros 40.000 colonos quedarían en lo que se denominó settlement clusters
, que son aquellos situados en el centro de los territorios palestinos y
que quedarían como islas de soberanía israelí. De acuerdo con este
plan, Palestina sería un conglomerado de guetos territoriales separados
por colonias, carreteras y controles israelíes con capacidad para sitiar
a los palestinos cuando la seguridad israelí lo decidiese; además, esta
propuesta israelí iba unida a que los palestinos renunciasen al control
de las principales arterias de transporte y del valle del Jordán.
Para mayor inri, ningún reconocimiento de los refugiados palestinos por
parte israelí se consiguió en Camp David. Así, llegado ese momento, se
podría decir que la cuestión de Jerusalén no fue más que el escenario
grandilocuente tras el que se levantaba un proyecto americano-israelí de
una Palestina inviable.
Pero esa inviabilidad no es sólo político-territorial, sino también
económica. En el proceso de paz, los israelíes han cedido a los
palestinos la jurisdicción en los ámbitos de sanidad, educación y
bienestar social, de manera que se han desembarazado de dichos gastos y
responsabilidades, pero se han negado a la creación de un banco central
palestino y a la emisión de una moneda palestina propia, manteniéndose
el shekel israelí como moneda de curso legal.
Se aceptó la construcción de un aeropuerto y de un puerto en Gaza (con
financiación europea), si bien el atraque de buques y el vuelo de aviones
sigue sometido a la autorización israelí. El sistema fiscal acordado
establece que el 60 de los impuestos que deben ser recaudados por los
palestinos es recogido en primera instancia por Israel y transferido
posteriormente a la Autoridad Nacional Palestina.
De esta situación se deriva una insoportable dependencia Palestina de
Israel, que retrasa o suspende las transferencias según su criterio, como
está haciendo en la actualidad. A esto se añade que en torno al 92% de
las tierras agrícolas y el 80% de los recursos hídricos de los
territorios palestinos siguen bajo dominio israelí.
El control en materia de empleo y comercio por parte de Israel sigue
siendo también una constante. Los territorios palestinos son un mercado
cerrado al comercio exterior y una cantera de mano de obra barata para
Israel supeditada a su sistema productivo (más del 40 de los trabajadores
palestinos ganan sus salarios en este país en sectores poco cualificados,
como construcción, industria textil y agricultura).
Su escasa productividad procede de la imposición israelí de normas que
protegen la potencial competencia palestina para sus industrias. Así,
mientras las exportaciones palestinas a Israel son muy reducidas, el gran
contingente de importación que los palestinos tienen que realizar procede
en su 90% de Israel. De ahí la capacidad israelí de estrangular económicamente
a los palestinos como está ocurriendo hoy día, pudiendo desencadenarse
un escenario catastrófico de hambre y enfermedades.
Los colonos, población judía civil armada, han incentivado sus
agresiones no sólo contra la población palestina, por supuesto, sino
también contra los campos de olivos en plena campaña de recogida de la
aceituna, clave en la economía palestina, y mientras Israel pide a la ANP
que contenga las manifestaciones, los palestinos no ven que los militares
contengan la violencia de los colonos.
Y no hay que olvidar que esa población de colonos está implantada ilegítimamente
en territorio palestino y que sus miembros provienen de los sectores
fundamentalistas judíos más ultras de Israel, con una mentalidad
violentamente antipalestina y que disponen de un amplio armamento y
protección militar. Es decir, no se trata de una pobre población acosada
por elementos invasores que les atacan —a ellos y a "sus"
tierras—, tal y como la propaganda israelí, en su siempre muy diestra
habilidad para lograr invertir la realidad, ha logrado filtrar en muchos
medios de comunicación.
Es por todas estas recalcitrantes realidades lo que plantear el
enderezamiento de la situación actual en función de recuperar la
cooperación palestino-israelí en materia de seguridad y de encarrilar a
la población rebelde palestina en el marco de los acuerdos de Oslo y las
propuestas de Camp David es, además de vergonzante, muy poco realista.
Es el rechazo a este marco, utilizado como camuflaje para perpetuar la
ocupación y control israelíes, lo que ha precipitado la Intifada actual.
Dicha Intifada, lejos de ser objeto de la manipulación de un perverso
Arafat que sacrifica a sus niños para perjudicar la imagen de Israel,
como han expuesto también muchos medios de comunicación voluntariamente
manejados por el influyente lobby israelí, ha procedido tanto de un
movimiento de masas políticamente desorganizado, compuesto principalmente
por jóvenes entre 15 y 25 años, como de sectores armados irregulares
(armados quiere decir que tienen pistolas y metralletas frente a los
tiradores de elite y los sofisticados tanques, helicópteros y mísiles
israelíes).
La estructura organizativa del levantamiento está siendo provista por un
bloque de fuerzas de oposición nacionalistas e islamistas en conjunción
con Al Fatah, que viene a ser algo así como el partido gubernamental
palestino. Esta coalición está dominada por el sector Tanzim de Al Fatah
sobre la base de un entendimiento informal con la oposición. Las
relaciones entre dicha coalición y el Gobierno palestino no son de
independencia, pero tampoco de subordinación; más bien varían según la
zona y según las circunstancias lo piden o permiten.
Probablemente, Israel está determinado a continuar las radicales
presiones políticas, económicas y militares hasta que la ANP acepte
volver al marco de Camp David o logre imponérselo con la ayuda
estadounidense y la hiriente ausencia europea como parte de pleno derecho
en la mediación. En ese punto, los palestinos estarán cada vez más
decididos a convertir el levantamiento en una auténtica guerra de
liberación nacional de grandes consecuencias en la zona.
Gema Martín Muñoz es profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico
de la Universidad Autónoma de Madrid
La dimensión
psicológica de la Intifada - Entrevista a Eyad El-Sarraj por
Linda Butler "Quienes cometen
los atentados suicidas en esta Intifada son los niños de la primera,
personas que han sufrido demasiados traumas en la infancia. Así que al
crecer, su propia identidad ha emergido con la identidad nacional de la
humillación y la derrota, y se vengan de esa derrota a nivel personal y
nacional", dice Eyad El-Sarraj, psiquiatra palestino, quien sostiene
que de no hallarse una solución al conflicto, la siguiente Intifada será
incluso peor de lo que hemos visto en los últimos dos años
-En el período de
vigencia de los Acuerdos de Oslo, mucha gente comentaba la buena voluntad
de los palestinos para "perdonar y olvidar" la ocupación y
superar el pasado. Hoy, a la luz de lo que ha ocurrido, especialmente en
Cisjordania, ¿será eso tan de fácil?
-Por supuesto que la
desconfianza y el odio son más profundos ahora. Una de las grandes
victorias de Sharon es el modo en que ha incrementado el nivel de odio en
ambas partes. Si la estrategia era destruir cualquier posibilidad de paz,
ha logrado un gran éxito. Sin embargo, si se halla una solución justa -y
quiero decir volver a las fronteras de 1967, una Jerusalén compartida,
una verdadera solución para los refugiados, el desmantelamiento de los
asentamientos- creo que los palestinos la aceptarán y los israelíes
también. Si eso ocurriera, cambaría enormemente la psicología de la
gente en ambos lados. Pero si los palestinos terminan por percibir que han
sido derrotados, la solución no durará. Habrá nueva violencia, incluso
una violencia aún mayor, tal como cada ciclo resulta más violento que el
anterior.
-A ese respecto, ¿podría
comparar las dos Intifadas?
-Déjeme decirle primero
que la gente que comete los atentados suicidas en esta Intifada son los niños
de la primera, personas que han sufrido demasiados traumas en la infancia.
Así que al crecer, su propia identidad ha emergido con la identidad
nacional de la humillación y la derrota. y se vengan de esa derrota a
nivel personal y nacional. Esta es una primera observación.
El aumento del nivel de la
violencia es increíble. En la primera Intifada había piedras como mucho.
En esta Intifada hay armas de fuego y morteros caseros y explosivos y,
especialmente, bombas humanas. La siguiente Intifada que, de no hallarse
solución, tendrá lugar sin dudas dentro de otros cuatro o siete años,
será incluso peor de lo que hemos visto en los últimos dos años.
-Además de las armas,
¿a qué atribuye esta extraordinaria escalada de violencia en la segunda
Intifada?, ¿tiene una dimensión psicológica también?
-Por supuesto. A la
desesperación. A la desesperanza que surge de una situación que empeora,
una desesperación en la que vivir no es distinto de morir. La desesperación
es una fuerza muy poderosa -aunque no es sólo negativa. Incita a la gente
a acciones o soluciones que previamente hubieran resultado impensables. Lo
que es impensable hoy se hace aceptable mañana. ¿Quién hubiera
imaginado bombas suicidas en Palestina hace diez años? No existen
precedentes en nuestra sociedad. A eso me refiero cuando digo que si esto
continúa habrá nuevos métodos de escalada de violencia demasiado
horribles incluso para imaginarlos hoy.
Mire, en el último
levantamiento, los niños solían jugar un juego llamado "Intifada".
Era una especie de juego de indios contra vaqueros -más concretamente, de
soldados israelíes contra palestinos que lanzaban piedras- en el que los
niños adoptaban el papel de soldados armados con palos que representaban
armas de fuego y palestinos con kufiyas [el pañuelo tradicional que usan
los hombres palestinos] y piedras. Muchos niños de aquel tiempo preferían
jugar como judíos, básicamente porque los judíos con las armas
representaban el poder. Este juego ha desaparecido por completo. Hoy, el símbolo
del poder es el martirio. Si en la actualidad le pregunta a un niño de
Gaza qué quiere ser de mayor, no dirá que quiere ser médico o soldado o
ingeniero. Dirá que quiere ser un mártir.
-¿Cómo ha ocurrido
esto, pasar de identificarse con el poder, incluso con el opresor, a
querer morir?
-La gente, incluida la
gente joven, necesita sentirse respetada. Quieren un reconocimiento en su
sociedad. Hoy se glorifica el martirio. Para ellos, el mártir es el poder
de la gente, el poder de vengarse en nombre de las víctimas. Tienen todas
estas nociones románticas. Contemplan al mártir como un valiente que se
sacrifica a si mismo (sea hombre o mujer) por el bien de todos, como un símbolo
de la lucha por la libertad porque por esto es por lo que lucha este
pueblo.
Todo esto son diferentes
formas de poder, especialmente ante la destrucción de la imagen del padre
a los ojos del niño. Durante la primera Intifada, algunos estudios
demostraron que el 55% de los niños habían sido testigos de las
humillaciones o las palizas que padecieron sus padres por parte de los
soldados israelíes. El impacto psicológico que esto acarrea es
impresionante. El padre, normalmente la figura [que representa] la
autoridad comienza a ser visto como alguien impotente, que ni siquiera
puede protegerse a si mismo -mucho menos a sus hijos. De modo que los niños
se hacen más militantes y más violentos. La gente es el producto de su
entorno. Los niños que han visto demasiada realidad inhumana, básicamente
las políticas de la ocupación, salen inevitablemente con respuestas
inhumanas. Así es como hay que entender realmente las bombas suicidas.
-Por supuesto en este último
análisis, las bombas suicidas han dado a los israelíes una excusa para
seguir. Siendo así, ¿existe una reacción popular contra las bombas
suicidas como factor que contribuye a su sufrimiento?
-Bien, verá, las bombas
suicidas y todas esas formas de violencia -y aquí hablo como psiquiatra-
son solo los síntomas, la reacción a este proceso crónico y sistemático
de humillación popular con el fin de destruir su esperanza y su dignidad.
Esa es la enfermedad, y a menos que se resuelva y se trate, habrá más y
más síntomas de la patología.
Antes de salir de Gaza esta
última vez, uno de nuestros psiquiatras infantiles de la clínica me habló
de cómo algunos de los niños que está tratando le han dicho que pasan
su tiempo no con juegos sino figurando hacer morteros, imaginándose cómo
podrían hacerlos a mano. Uno puede imaginarse que alguno de ellos podría
empezar a pensar en armas químicas o proyectiles de bombas suicidas.
-Habla usted de las
bombas humanas como si de alguna forma fuese una respuesta psicológica a
la ocupación, pero hasta qué punto los suicidas son manipulados por
Hamas y otros grupos similares?
-Hamas tienen su propia
ideología. Sinceramente no estoy versado en ella, pero hasta lo que
conozco, tiene una ideología que reclama un Estado islámico en Palestina
mediante la guerra santa y el asesinato del enemigo. Creen que los israelíes
sólo pueden escuchar el lenguaje de la fuerza. Por ello, están
dispuestos a usar cualquier método incluido el de las bombas suicidas. Y
existen muchos voluntarios...
-¿Pero Hamas anima a
esos niños a que sean voluntarios? Cuando la Fundación Tierra Santa, una
importante institución de caridad musulmana en EEUU, fue clausurada por
el presidente Bush tras el 11 de septiembre, una de las razones argüidas
fue que la organización financiaba instituciones de caridad apoyadas por
Hamas, y que, según los informes, exaltaba las bombas suicidas en las
escuelas y a través del reclutamiento activo.
- Eso es falso, desde
luego. Los norteamericanos también hablan del modo en que el curriculum
vitae palestino promueve el odio contra los judíos. Pero si examina ambos
curricula verá que no hay nada que enseñe ese odio. No hacen falta
escuelas para eso, sólo te hace falta ver a los soldados israelíes
humillando a tu padre, o los Phanton 16 destruyendo tu casa, y el mensaje
está listo. Hamas no necesita reclutar. Uno de mis colegas me habló de
un paciente que cayó en una depresión cuando no fue aceptado como bomba
suicida; había perdido la oportunidad de ser un mártir.
Quizá esto resulte difícil
de entender en Occidente, aunque en Occidente, también, se glorifica a
vuestros muertos de guerra, se construyen memoriales por aquellos que
cayeron por la nación. En cada sociedad, esa gente es respetada. Pero a
ello hay que añadir el nivel de amarga desesperación que existe en los
Territorios Ocupados, la falta de esperanza. Y unido a ello, está la noción
religiosa de que la vida comienza con la muerte. Eso es lo que la gente
religiosa cree. Los militantes creen que si mueren como luchadores
suicidas en la lucha por la justicia, están triunfando ante la derrota y
la muerte, creen que no mueren, que con la muerte comienzan a vivir
(aunque toda esa patraña de las vírgenes del paraíso es falsa y ninguno
lo hace por eso). Si la vida es intolerable, sin esperanza, y si existe
una promesa de que si mueres como un mártir alcanzarás una nueva y mejor
vida, ¿por qué no aprovechar la oportunidad?
Por supuesto, en el Islam
el suicido por razones personales es un pecado; está prohibido. Pero el
martirio es otra cosa. Y hay tantas interpretaciones sobre las bombas
suicidas debido a que, obviamente, no existía en la época del profeta
Mahoma -de hecho, es un fenómeno completamente nuevo en el Islam. La
primera vez que fue practicado fue por Hizbollah tras la ocupación israelí
del sur de Líbano en 1982, y las más altas autoridades religiosas de
Egipto y Arabia Saudí se han pronunciado en su contra. Así que es una
cuestión muy debatida en el Islam: ¿es una forma de sacrificarse uno
mismo por Dios?, ¿es aceptable asesinar a civiles? Los militantes
islamistas consideran que todos los israelíes son militares, incluidas
las mujeres. Otro argumento, incluso para Hamas es que ellos no convertirían
sus cuerpos en bombas si tuvieran F-16, helicópteros Apache, tanques, una
mínima fracción de las armas que Israel obtiene de EEUU. Consideran que
si quieres atacar a un soldado israelí -quien es absolutamente
invulnerable en su bunker o en su tanque- ¿de qué otro modo puedes
hacerlo? Para ellos, los israelíes tienen el poder de los F-16, mientras
nosotros tenemos el poder de morir. Así se ha alcanzado esta posición de
profunda paranoia.
Personalmente estoy
absolutamente en contra de las bombas suicidas por principios, por una
cuestión moral. Creo que el Islam está por la vida. El Islam nos enseña
que en tiempo de guerra debemos proteger a las mujeres y a los niños,
incluso a los árboles. Esas son las palabras del profeta Mahoma.
Entonces, ¿cómo desde el Islam se pueden matar a si mismos y a civiles
inocentes de esta forma? Sin embargo los militantes musulmanes tienen
interpretaciones diferentes.
-Algunos informes de
prensa aquí ofrecen a menudo la impresión de una especie de atmósfera
de celebración dentro de las familias cuyos hijos han muerto como bombas
suicidas, lo que refuerza la idea de que, al contrario de los israelíes,
a los palestinos no les preocupa demasiado la vida humana o ni siquiera su
propia carne y sangre. Existen también rumores de reconocimientos económicos,
de que las familias obtienen dinero.
-Cualquiera que crea
realmente tal interpretación está en un proceso de deshumanización
racista. ¿Cómo se puede creer en la propia humanidad si no se cree en la
humanidad del enemigo?
Sobre esa atmósfera de
celebración que menciona, esa es la forma en que nuestra cultura
reacciona ante la muerte en cualquier circunstancia. En nuestra tradición,
cuando alguien muere la gente va a ver a la familia durante días para
mostrar su respeto. Las formulas de la costumbre dicen que ese hombre o
mujer ha sido bendecido, ha sido llamado por Dios, y por tanto no debemos
estar tristes sino que de hecho debemos sentirnos felices por esa persona
que ahora está con Dios. Todo el mundo dice esas cosas a la familia para
ayudarlas a superar su sentimiento de pérdida y dolor. Y así se expresa
ese apoyo durante cuarenta días; esa es la tradición.
Ahora bien, cuando se trata
de una persona -hombre o mujer- que se ha sacrificado a sí mismo por
Dios, son incluso más respetados. Adquieren un reconocimiento de santidad
a los ojos de la gente por las razones que ya he descrito. Y el abrumador
apoyo de la sociedad ayuda a la familia a sobrellevar la pérdida. Existe
el heroísmo de morir por otros, el de no aceptar la humillación y la
derrota, y más que eso, de estar apoyado por Dios, y lo que quiera que
nos pase es una prueba de nuestra fe. Tenemos que ser buenos musulmanes
para agradar a Dios. Y el último extremo de ser un buen musulmán
-piensan ellos- es morir por Dios.
Esa es la atmósfera. Más
tarde, por supuesto, las familias comienzan a sentir lo que llamamos
reacción retardada del dolor. Una vez que todo ese apoyo social y
solidario pasa y se quedan solos comienzan a darse cuenta: ¿dónde está
mi hijo? Y sienten la pena como cualquiera.
En relación con el dinero,
por supuesto que la gente apoya a las familias de los mártires. Yo mismo,
estando firmemente en contra de las bombas suicidas apoyo también a las
familias. Como palestino, como árabe, como musulmán y como ser humano me
siento en la obligación de apoyarles. No puedo dejar a sus hijos en medio
de la pobreza -tengo que hacer lo que pueda para dejarles algo de
esperanza y de dignidad. Por eso apoyamos a las familias, no para animar a
las bombas suicidas. Ninguna persona se convierte en bomba suicida por esa
razón.
-Se dice que existe en
la sociedad palestina un debate sobre la militarización de la segunda
Intifada y especialmente el fenómeno suicida, que hay quienes piensan que
eso ha causado un gran perjuicio.
-Existe un debate entre los
intelectuales pero entre la gente no se da todavía, no en esta atmósfera,
cuando la gente se encuentra sometida a los cierres, bajo ataques. Hay una
profunda amargura, un desafío, de modo que incluso aún cuando la gente
sabe que esas tácticas no traerán la solución, las apoyan a pesar de
todo. Se trata de una reacción emocional.
Existe un debate en los círculos
políticos palestinos. No sobre moralidad; es político: ¿se logra algo
con las bombas suicidas o no? Creo que cada vez más y más personas
comienzan a darse cuenta de que son contraproducentes, desastrosas y que,
políticamente todo lo que hacen es radicalizar a los israelíes, quienes
siguen apoyando a Sharon -que se alimenta de eso- y le justifican para
hacer todo lo que se le antoja. Más y más gente opina así, pero hasta
ahora ocurre en círculos intelectuales.
-¿Hay estudios acerca
de los efectos a largo plazo de este tipo de violencia en la sociedad, por
ejemplo en Bosnia?
-No he visto ningún
estudio sobre Bosnia pero todo lo que hay que hacer es mirar a aquellos
lugares donde ha existido un régimen colonial particularmente brutal y
ver que ocurrió allí. La violencia en los municipios negros de Sudáfrica
tras la independencia. Y Argelia, donde el nivel de brutalidad y atrocidad
que ejercieron los franceses fue casi inimaginable -asesinatos masivos,
destrucción de pueblos enteros y otras cosas. Estaban determinados a
arrasar la cultura argelina. Todo eso se posó en la psique del pueblo
argelino y hoy podemos ver toda esa rabia contenida que se ha vuelto
contra si mismos.
-Todo esto no presagia
nada bueno...
-Lo que significa esto es
que hay una necesidad absoluta de un completo y profundo proceso de
reconciliación nacional que permita a los palestinos asumir su dolor, su
trauma, su pena y su pérdida -lo mismo para los israelíes, por cierto.
Pero no podrá ocurrir sin que se de primero una solución política justa
y digna que dé esperanza.
-Entonces, ¿qué
significa esto a largo plazo para los palestinos? Algunas personas han
escrito durante algún tiempo sobre un resurgimiento de la violencia en
Gaza, incluso de cierta desintegración de la sociedad?
-No hay duda de que la
violencia se ha incrementado pero hay que darse cuenta de que ha comenzado
con un umbral muy bajo: si conocía Gaza antes de 1967, el homicidio era
prácticamente inaudito, como mucho uno cada pocos años. Pero con el paso
de los años, la violencia de la ocupación y la violencia que trajo a la
sociedad ha aumentado: violencia política, violencia contra la mujer y
otros tipos. Pero hay que decir que la violencia se restringe al nivel político
o dentro de la red social. La violencia se da dentro de la familia, dentro
de la tribu o entre las tribus. Si tu eres una persona corriente que no se
mete en política o en asuntos tribales, estás absolutamente a salvo. Aquí
no hay violencia anónima, o casual, o caótica. Eso no ha cambiado.
Y no se puede decir que la
sociedad se esté desintegrando porque las estructuras de clanes o
tribales se mantienen todavía intactas. Es la estructura en la que la
gente confía para sentirse seguros, para buscar protección apoyo y
ayuda.
-¿Usted lo ve de alguna
manera como una fuente de esperanza?
-No, no es una fuente de
esperanza; es una fuente de resistencia. Cuando haya paz será algo que
deberemos dejar atrás para aprender verdaderas nociones de ciudadanía.
Pero en tiempos de bloqueo, bajo condiciones de extrema dureza, permite a
la gente vivir, sobrevivir. Esta es la historia de Gaza donde el estado ha
sido siempre un extraño. Este es el modo en que la gente ha vivido
durante siglos, confiando en si mismos y en su clan. Ello es la razón en
parte de la extraordinaria resistencia del pueblo. Gaza no ha estado
sometida al cerco como Cisjordania, pero incluso aquí no te puedes mover
de un lado a otro, estás bajo cierre, la electricidad está cortada, el
agua escasea, no puedes llegar a los hospitales. Y aún así la gente se
apaña; logran salir adelante. Bajo la dura nube de desesperación,
frustración y desesperanza, existe todavía una profunda convicción y un
muy fuerte sentimiento de desafío emparejado a un sentimiento de que Dios
está con nosotros, que nos está probando pero que vendrá en nuestra
ayuda. Todo eso quiere decir que la gente puede aguantar todavía y
asegura que ante las nuevas leyes de la confrontación, si esto continua,
el pueblo seguirá estando allí.
Este pueblo puede con
mucho, se lo aseguro. Puede con mucho más, mucho más. Por eso, en lo más
profundo, resiste todavía.
-¿Ve Vd. esperanza a
largo plazo?
-¡Sí, por supuesto! Creo
en la humanidad básica de nuestro pueblo. Y creo que habrá paz porque no
hay otra opción. Más y más gente se dará cuenta de que las muertes y
los asesinatos no son la solución. Incluso los expertos militares israelíes
como Benjamin Ben Elizer, afirman que no hay solución militar. Cada vez más
gente entenderá esto. Lo que espero es que ocurra más pronto que tarde
para poder salvar las vidas de tanta gente que no necesita morir, eso es
lo que espero. Es posible que haya todavía unos pocos más de cientos por
cada lado pero si al final alcanzamos una solución pacífica basada en lo
que ya sabemos, ¿por qué debe haber más muertes?
La fuente: Eyad El-Sarraj es psiquiatra palestino, fundador
y director del Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza, en cuya
clínica se tratan gratuitamente a uno de cada diez residentes de la
Franja. El-Sarraj es también secretario general de la Comisión Palestina
Independiente para los Derechos de los Ciudadanos, habiendo sido
galardonado con el premio 'Médicos por los Derechos Humanos' en 1997 y el
premio 'Martín Ennals' de defensa de los derechos humanos en 1998. El artículo,
publicado en Journal of Palestine Studies, fue traducido por Loles Oliván
para el Comité de Solidaridad con la Causa Arabe (www.nodo50.org/csca).
Publicado: 02-12-2002
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