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1005 - Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
El intríngulis borrascoso del Perú de nuestros días es, qué
duda cabe, moral y no político. No hay país que pueda impulsar una
velocidad de crucero en su devenir como colectivo social si carece de
líderes y ejemplos. Hoy tenemos un jefe de Estado ilegítimo, prófugo y
delincuente. Socio de hampones como Vladimiro Montesinos y en connivencia
con rufianes de saco y corbata, uniforme y traje, en las Fuerzas Armadas,
en el Congreso, en las municipalidades, en la administración pública.
Organismo purulento, la administración fujimorista arrasó con todos los
límites posibles de una irrefrenable carrera suicida hacia los fondos más
tenebrosos. Desde el palaciego impostado por la engañifa y fraude hasta el
más humilde funcionario, todos han hecho del robo un credo, un catecismo,
una repugnante forma de vida.
Desde 1930 cuando el país amaneció esperanzado ante la noticia del
derrumbe leguiísta y la epopeya social que aconteció después con la
incorporación del pueblo en la lucha por la conquista de sus ideales,
hemos venido discurriendo de tumbo en tumbo, de un lado a otro, en el
tránsito de los clásicos movimientos pendulares de las sociedades
latinoamericanas. Pero con una diferencia espectacular: el equipo
dirigente de entonces tenía personalidades excepcionales que lideraron la
lucha social hacia metas mediatas e inmediatas. Probablemente muchas de
sus propuestas doctrinarias no fueron entendidas del todo, pero había
garra, emotividad, pasión, entereza y, sobre todo, moralidad a prueba de
balas.
Han pasado 70 años, innumerables huelgas, levantamientos, crímenes,
alegrías y tristezas y el espectáculo no puede ser más despreciable:
dirigentes que venden sus honras por puestos parlamentarios y por sueldos
abultados, ministros bocatanes que ni siquiera saben por dónde huye su
jefe pandillero, gorilas de uniforme enlodados en la miasma de
complicidades evidentes e inequívocas, opositores profundamente idiotas
que no entienden al país y menos sueñan con una nación, medios de
comunicación aherrojados a sus profundas cobardías y autocensuras, poderes
públicos infestados de malandrines uno peor que el otro, abogados
dispuestos a poner al demonio de testigo con tal de ganar juicios
amañados, partidos políticos envilecidos que no dejan paso a la eclosión y
remozamiento de cuadros dirigentes. ¿Qué más? La lista es interminable.
Mientras tanto, los llamados a unirse en una gran concertación política
con candidatos absolutamente calificados e inmáculos, se dividen y
atomizan. Resulta que la dictadura y su juego siniestro alienta la
formación de más y más candidaturas y ello promueve que el fifí soplón de
Francisco Tudela, vergonzoso parlamentario que bailó en las tarimas junto
al delincuente Fujimori, gastándose la plata del pueblo, aparezca como una
opción electoral para el futuro cercanísimo. ¿Cómo puede ser posible esto?
¡Gracias a la inacción opositora, por causa de esta maldición sempiterna
de ser siempre una diáspora de opciones y no una sola, fuerte, integrada y
extraordinaria!
¡Hay que dignificar la política y su ejercicio serio y a cargo de hombres
y mujeres limpios! Los que han estado inmersos en los enjuages de la mesa
dialoguera, en el vergonzante Congreso que hoy se maquilla en el rostro de
Valentín Paniagua, todos los que han ocupado puestos, deberían irse de la
cosa pública y retirarse a sus negocios y permitir que el relevo, a cargo
de gente moral, sea una alternativa de auténtica raigambre popular. Pero
no. Allí estan, como perros merodeando las migajas. Como cacos al acecho
del viandante que no barrunta siquiera su porvenir asaltable. Como hienas
dispuestas a carroñear los resabios de un país llamado Perú. ¡Esto es
inmoral, a todas luces!
El Perú necesita una revolución moral. Hombres y mujeres de todos los
partidos, de la multitud de colectivos, de las diferentes congregaciones
religiosas y laicas, de todas las edades, de todos los confines, de todas
las sangres, tienen el imperativo imperioso de pelear por la unidad y
presentar una faz depurada como sólida frente a los fantasmones que quiere
imponer la dictadura fujimorista. ¡Basta de candidaturas presidenciales!
¡Hagamos una sola que garantice el éxito! ¡Paremos a los esquiroles
amantes de la figuración enfermiza! ¡Seamos dignos de nuestra historia
haciendo historia y no pesadilla diaria que averguence a las próximas
generaciones!
Si no entendemos que podemos empezar a levantar el edificio de la
revolución moral a través de la unidad política, estamos simplemente en el
despeñadero más suicida y estúpido que pueblo alguno pueda padecer. Seamos
el país que desciende de las culturas preíncas. Renovemos el pacto
justiciero de igualdad que alentaron los jefes incas. Hagámonos
portaestandartes de un país posible y juremos, hoy y siempre, extirpar del
país, a la basura convertida en seres humanos que nos han llevado a donde
estamos. ¿Es mucho pedir que cuidemos el futuro de nuestros hijos? ¿O que
el Perú sea madre y no madrastra de sus hijos por voluntad integérrima y
libre de sus habitantes?
Herbert Mujica Rojas
es investigador peruano
hmujica@suisse.com
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