|
141107 - Señal de Alerta -
Desde Perú - Para decirlo de un modo más sencillo:
¿conoce alguno que diga la verdad? Hay excepciones sin duda y ni
la edad ni el tiempo les ha amilanado en el ejercicio limpio de
decir lo que piensan, pero el porcentaje de embusteros,
vendedores de sebo de culebra y de mentirosos es demasiado
abrumador. No sé si ocurrirá igual en otros países, para los
fines y cometidos de esta crónica, basta y sobra lo aquí
ambiente.
¿Qué es lo que aprende como prioridad fundamental de su futuro
el recién llegado a la política?: a mentir. Es adiestrado en la
gravedad de tonos para, según la ocasión, lanzar el sofisma:
solemne si es una idiotez de "Estado"; optimista si revela un
"éxito". O dramático si tiene que rebuscar algún circunloquio
con el cual envolver a su oyente o auditorio cautivo, si ya está
saliendo de amateur. La mentira es su
divisa.
No sólo los legiferantes se hacen llamar políticos. Son los más
visibles porque salieron del anonimato eterno de sus pueblos o
distritos para dar testimonio de vida, diciendo cualquier cosa,
en la capital y desde los miedos de comunicación. En cuanto uno
de estos constate la existencia de hablantines les "consulta"
para toda naturaleza de eventos. Hay ignorantes ilustres a los
que se conocen declaraciones sobre la rotación de la Tierra y, a
la vez, acerca del frío en la altiplanicie sureña. La
incontinencia, con tal de salir ante cámaras, micrófonos o por
escrito, es una tara a la que reputan como virtud.
Para muestra un botón bastante conocido. Cuando el político
mentiroso asegura que va a una cita, es casi seguro que ocurrirá
todo lo contrario. Ni siquiera pide disculpas o da una excusa
atendible, simple y llanamente se zurra en él o los
interlocutores. A veces envía en su reemplazo a un asesor,
eufemismo simpático para aludir al cargador del maletín lleno
de papelería inane o al verdadero investigador de proyectos
de ley que cobra la cuarta parte del sueldo asignado porque
el parlamentario tiene una querida, un primo y una parte es
para él, asignados matemáticamente bajo ese renglón
remunerativo.
No causa sorpresa entonces que el público común y corriente odie
a los
políticos. Los congresistas no son los únicos de esta naturaleza
proterva. También los burócratas de alto rango que se hacen
esperar
horas de horas para, al final del día, comunicar vía sus
secretarias
que "no pueden atender" o cosas indignantes por el estilo. La
devoción
a quienes les pagan sus sueldos, es letra muerta.
¿Preparan los partidos políticos a los futuros líderes? En
realidad no
existen los llamados grupos así. Hay clubes electorales que
reconocen
amiguismos como estructuras y sociedades plenas en compinches y
partícipes de negocios múltiples. Depende el éxito de las
gestiones,
del adentramiento que tenga cada quien con tal o cual capitoste.
Y,
además, el asunto camina por montos y de lo que se trata. No es
lo
mismo una carretera que un contrato de concesión para alguna
minera de
esas que coimean a diestra y siniestra. Hay un escalafón no
escrito de
la inmoralidad en Perú. Que todos respetan religiosamente, con
Ave
Marías y liturgias múltiples. La santidad del delito es arropado
con
la ley de los abogángsteres, especie que aquí producimos a
niveles de
exportación.
El joven que adviene a la vida cívica lo hace en términos de
profundo
desconcierto. Le bombardean el cerebro inculcándole que la
política es
sucia per se, pero mañosamente no se alude al político
mentiroso,
fuente cancerosa de esta desviación abominable. Le enciman
tildando de
infecta a la política, pero le castran la ambición de servir a
la
patria a través de un ejercicio político limpio y basado en el
respeto
a los contribuyentes. Es cierto, el 90% de nuestros políticos
fue
antes cualquier cosa, menos gente dedicada al ejercicio cívico
de
construir un país. Sin mayor constitución histórica o
intelectual,
llegado por el fasto de la casualidad del voto, su ejercicio
casi es
un meretricio porque funda su base de dudosa legitimidad en la
dinámica de quien o quienes ejerzan presión para tal o cual
cometido.
Es obvio que si estamos como estamos, en no poco se lo debemos a
las
castas políticas con, dijimos antes, honorables y muy raras
excepciones.
Si al ladrón, al caco, al criminal, se le engrilleta privándole
de
libertad por la comisión delictiva de sus actos nocivos, ¿qué se
hace
con el político mentiroso? ¿se le corta la lengua o se le fusila
moralmente? Imprescindible no olvidar que detrás de estos
políticos
hay una taifa de periodistas, empresarios, publicistas,
negociantes,
burócratas tan o más inmorales porque cohonestan este juego
sucio y
perverso.
¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!
¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!
¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
¡Sólo el talento salvará al Perú!
Lea www.redvoltaire.net
- hcmujica.blogspot.com - Skype: hmujica
|