200807
- Desde Perú -
Codalco -
Donde
se
reflexiona acerca de la realidad peruana
Hace unos días
revisaba mi correo de Hotmail, cuando de pronto alguien pide ser
agregado al chat. Usualmente lo hacen quienes desean conversar conmigo
por Internet, de modo que le di clic y vaya sorpresa, el tema era
verdaderamente peliagudo. Se refería a uno de mis recientes comentarios
en red y me pregunta:
-
¿Es Ud. honesto, veraz y formal?
Pues le dije que
si y que siempre fue así
Luego de
repetirme casi todo un comentario que había leído, en donde me refiero a
diversos temas en Perú sucedidos recientemente y que subo a la página
ATAJO me vuelve a preguntar:
-
Pero… ¿Ud. se considera una persona
confiada y cumplidora de sus promesas? Y vive en Perú, ¿Verdad?
Le dije
nuevamente que si, entones el me espetó lo siguiente:
-
Disculpe amigo, pero Ud. no es más que un
pobre y triste imbécil…
Pues esto si me
chocó y tardé en reaccionar, pero con la misma entereza de siempre y sin
acusar la ofensa le pregunté:
-
¿Por qué se refiere de esa manera, con esos
gruesos adjetivos hacia mi persona?
-
Pues, sencillamente porque no entiendo –me
dice- ¿Cómo es posible que en medio de toda esa informalidad,
incertidumbre y retraso, donde la deslealtad y el engaño es pan del día,
pueda Ud. seguir viviendo con tanta tranquilidad.
Pues le dije que
no estaba tranquilo, ni me sentía del todo feliz, pero tenía que aparte
de ser tolerante, resistir esta situación, ya que no tenía otra
alternativa, por mi estado de salud y mi edad, sobre todo por que tenía
escasos recursos, todo esto unido me impedía tomar la decisión que tomó
él, que vivía ya hace 12 años en los Estados Unidos. Eso me refirió en
algún momento de la conversación, que es peruano y viajó al país del
norte el año 1995.
Lo cierto es que,
en cierta manera él tenía razón, no me refiero a los adjetivos que
dirigió hacia mí, sino a los argumentos que luego desenvolvió en una
larga conversación
Me decía, ¿cómo
es posible que Ud. pueda permanecer impávido, ante tanta desvergüenza;
cómo era posible que pueda ser veraz, en un medio donde todo era mentira
cotidiana; cómo podía pensar en la justicia, donde para un juez es tan
fácil prevaricar y fabricar sentencias; cómo podía ser leal, donde la
deslealtad está en el acto desleal, incluso del que dice ser mi amigo.
Es cierto, me
resultaba de mucho sacrificio poder con honestidad y esfuerzo, tener lo
suficiente para cubrir una canasta familiar exigua, pero que un juez
simplemente le bastaba una firma para embolsicarse miles de dólares, o
para un congresista resultaba sencillo esquilmar al estado, nombrando a
personas dependientes de él como asesores o técnicos de su despacho,
personas con las cuales compartía los ingresos, que el estado desembolsa
para dicha persona.
Me presionaban
los comentarios del reciente amigo, pero eran ciertos, me decía ¿cómo
es posible que pueda aun creer en una policía que se colude con los
mismos delincuentes?, ejemplo de ello ha sido lo concerniente al
traslado de todo un conjunto de suboficiales y oficiales, incluyendo a
su comisario jefe, de un distrito de Lima a otro, lo que es peor, la
noticia de generales involucrados en negociados de combustible,
comisiones dadas a empresas por concederles la buena pro en la compra de
vehículos patrulleros, es decir la podredumbre saltaba por cualquier
lado.
Me sigue
presionando con argumentos válidos, por ejemplo, qué confianza tiene Ud.
en los religiosos que están dispersos en todo el territorio nacional, en
parroquias, colegios, monasterios, capillas, etc. y que toman parte de
la educación de niños y jóvenes, incluso de manera sesgada en los
asuntos políticos del estado, cuando este clero han sido duramente
cuestionado por sus costumbres pederastas, violaciones y otros asuntos
nada santos.
Continúa
diciéndome que cómo puedo confiara mis hijos a una masa de educadores
con escasa preparación y a un sistema educativo inmoral, donde se
negocian los traslados, los ascensos y el manejo de vacantes y
nombramientos, con un ministerio incapaz de superar el atraso, en el
desarrollo de una curricula acorde a los tiempos, que sea capaz de
superar el subdesarrollo de millones de estudiantes de todo el país.
Continúa diciendo
que solo soy un pobre y triste imbécil, confiando en quienes dicen ser
mis representantes en el parlamento, cuando esa gente lo único que hace
es darnos la espalda y servir a sus promotores, a quienes capitalizaron
su ascenso al poder, cómo puedo confiar en gobernantes, que sólo
dilapidan el erario nacional en su sensual vida, en mantener sus vicios
y status, burlándose de la masa sufriente que escasamente puede llevarse
un pan a la boca, subiendo los precios, creando impuestos y congelando
sueldos, persistiendo en la inestabilidad laboral, favoreciendo a
mineras, trasnacionales y empresas de “servicios” en manos de
extranjeros, quienes se sienten protegidos por estos políticos, que
lejos de velar por la patria y los ciudadanos que le eligieron, vuelven
su mirada a quienes les obsequian fajos de dólares para corromper su
voluntad.
Por eso me decía
que era un “pobre y triste imbécil”, por seguir siendo un tolerante
ciudadano, mantenerme en la pobreza y no hacer uso de la criollada para
lograr objetivos. Me decía: ¡Miente, finge, sustrae, no podrás de otra
manera resistir más, llegará el momento en que el sufrimiento te
aplastará…!
Le dije que en
cierta manera puede tener razón en cuanto al sufrimiento que todo esto
ocasiona, pero que esa no es la disculpa para olvidar los principios y
valores aprendidos, sobre todo a lo que se concientemente que es
correcto y válido, que no podría traicionar por nada en el mundo lo que
aprendí de niño, lo que me inculcaron nobles maestros, quizá muy
diferentes a los que hoy existen, a lo que viví cuando la época del “huayruro”,
aquel policía a quien uno con toda confianza podría confiarle la
vida, la casa, el barrio; de aquellos dirigentes y políticos que sufrían
cárcel y persecución manteniendo sus principios e ideales.
Que es cierto,
hay quienes tuercen los valores aprendidos y se ríen a nuestras
espaldas, le conté de quienes merecieron mi lealtad, mi entrega en el
trabajo y dedicación, que a mis espaldas usufructuaban beneficios que no
compartían conmigo, con quien les dio la oportunidad de trabajar con mis
ideas e impulsé en momentos que necesitaban, para después de engañarme,
volverme la espalda y durante todo ese tiempo se rieron de mi confianza
y lealtad, la misma que no correspondieron. Quienes me conocen y saben
de ello me dicen:
-
¡Déjalos, no podrás hacer nada ahora, pero
a su tiempo lo pagarán!
De modo que esa
esperanza me queda, el que obra mal, tendrá que pagar las consecuencias
de su engaño y deslealtad, pero mientras tanto el país sucumbe ante la
inconducta y la informalidad, que se da incluso en las esferas
gubernamentales, me avergüenzo de convivir con esta sociedad, pero no me
queda alternativa, no puedo elegir otra, no puedo a viajar ni aspirar a
una nueva sociedad contexto de nuevas esperanzas y materialización de
ilusiones, aquí actúo, para buscar cambios, por lo menos en mi barrio,
en el ámbito donde alterno con otras personas, en busca de ideales y
recobrar valores que para muchos están perdidos.
Lo peor de todo
es que estas incorrecciones se dan a niveles insospechados, no es
característica de un lumpen o de aquellos que no accedieron a la
educación superior, es justamente allí donde se da con mayor frecuencia,
en aquellos que se vanaglorian de títulos y diplomados, de aquellos que
aspiran a maestrías y doctorados. He conocido decanos que gustaban de
hacer el “perro muerto”, de médicos que desdecían del juramento
hipocrático, de abogados, que lejos de amar la justicia vivían de las
injusticias fabricadas en sus despachos.
De modo que si
esto significa ser un “pobre y triste imbécil”, el seguir siendo leal,
transparente y veraz, pues le dije que no puedo dejar de serlo, y si
esos adjetivos merezco por ello, no hay manera de cambiarme.
Al final, me da
cam y con una límpida sonrisa me pide disculpas, y me aclara que no es
lo que en realidad pensaba él de mí, y muy por el contrario, simplemente
puso a prueba mis ideales y escritos y estaba firmemente convencido que
tenía de mí el mejor de los conceptos y que le disculpe las expresiones,
que en todo caso si así lo conceptúa alguien, quizá aquellos que se ríen
a mis espaldas, allá ellos, que siga siendo como soy que solo así
podremos reconquistar algún día lo perdido.
Me quedé pensando
el resto del día en esta conversación y después de haberlo compartido
con mi familia y verdaderas amistades, realmente me sentí mejor y con
ganas de ayudar, a que otros recuperen lo perdido y puedan esparcir cual
semillas, los beneficios de ser así, no importa que otra persona pueda
pensar que solo soy “un pobre y triste imbécil”, los que en verdad me
aman celebran conocerme así, mis hijos, mi esposa los que siempre me
aman y no de aquellos que circunstancialmente dicen quererme, los que
dicen falsas palabras, cuando en realidad en lo más hondo de su ser
piensan lo contrario.
Podrá la enfermedad haberme marcado
con trazos desagradables, pero eso puede superarse, las marcas de
conciencia, del alma, no se las quita nada ni nadie, con ellas perviven
y con ellas morirán. Quizá la edad, tal vez mi estado sea razón de
rechazarme, como sucedió con el Apóstol Pablo y lo dijo por escrito,
pero guardo tesoros que me hacen dichoso y puedo cada noche colocar la
cabeza en la almohada, dormir con las satisfacción de haber vivido un
buen día y con las ansias de despertar a uno nuevo, para seguir viviendo
de esa forma.
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