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210910 - Juan José Téllez - País hermoso, fascinante y cuajado de contrastes, desde el Bósforo a las chimeneas de las hadas que emergen de una Capadocia surrealista. ¿Qué pasaría en Taxin en el caso de que Turquía ingresara en la Unión Europea? ¿Imaginan bajo nuestras leyes del silencio a ese bullicioso barrio musical de Estambul, con edificios en donde se arraciman garitos de música tradicional, de jazz, de rock and roll o de humorismos varios, donde come y bebe una muchedumbre gritona? Habrá quien diga, y con razón, que peor sería admitir como socio de la Unión a un país que sigue machacando sistemáticamente a los kurdos: por cierto que, condenado en primera instancia, aún sigue en la cárcel el joven de dicha etnia que lanzó un fallido zapatazo en Sevilla contra el primer ministro Recept Tayyip Erdogan durante su reciente visita a la capital de Andalucía.

(Ver: Elecciones 2011: Amplia victoria de Erdogan)

Erdogan está que se sale. Tras su victoria en las urnas del pasado domingo, en el referéndum sobre la reforma constitucional que limita el poder intervencionista del ejército, ha instaurado una democracia a la turca, por usar la misma expresión que el golpe de Estado supuestamente incruento que protagonizó el Ejército de dicho país en 1980 y que dicen que inspiró nuestro castizo 23-F del año siguiente. Por no hablar de la intervención militar en Chipre allá por 1973 so pretexto de evitar su anexión por Grecia. Ahora, en ese primer mundo que exporta libertades prêt-a-porter, hay quien se rasgas las vestiduras porque se luche contra el golpismo porque los militares turcos eran los presuntos garantes de la laicidad del Estado frente al peligro islamista en el país de la alianza de civilizaciones. O sea que, ¿para impedir que los yihadistas lleguen al poder debemos aceptar la hipótesis del ruido de sables en vez del ruido de votos?

Es cierto que las enmiendas aprobadas el fin de semana fueron presentadas por el partido gobernante, AKP, islamista moderado. A juicio de la oposición, peligra el actual sistema judicial y el Estado puede terminar siendo confesional, algo que no ocurre en la Turquía que, a comienzos del siglo XX, reformó poderosamente Mustafá Atatürk, en ese eterno viaje hacia Occidente por parte de ese antiguo imperio cuya geografía se debate entre Europa y Africa. En cierta medida, Erdogan le ha enmendado la plana a aquel gran renovador de la realidad turca.

Pero el referéndum encierra muchas otras claves: hasta ahora, Turquía mantenía una estructura política similar a la de Francia con un claro reparto de poderes entre el primer ministro y el presidente de la República, un tal Abdullah Gül que hace poco ruido y que fue elegido por el Parlamento en 2007. Erdogan llegó al poder en 2003 y sus críticos le señalan ahora como un nuevo sultán cuya reforma constitucional puede deparar serios tijeretazos al poder legislativo del Parlamento. Para ello, pretende aprobar una Carta Magna de claro contenido presidencialista, con mayores poderes para el jefe de Estado, un puesto al que presumiblemente aspiraría. El empoderamiento de Erdogan podría vestir de democracia lo que en rigor constituiría una inercia con tufillo totalitario.

Sorprendentemente, todo esto parece haber satisfecho a la Unión Europea que viene ralentizando la posibilidad de que Turquía se sume a tan selecto club. En realidad, en materia de Derechos Humanos y a la vista de lo que viene ocurriendo en Italia y en Grecia durante los últimos años, no se sabe muy bien quien se está acercando a quién. Somos muchos quienes deseamos que un país de mayoría islamista enriquezca la heterodoxia cultural y religiosa del continente. Y no tememos como otros países comunitarios la competencia que pueda plantear su numerosa población a nuestros mercados comunes. Sin embargo, lo suyo sería que en materia de democracia, todos volviéramos a parecernos a la antigua Europa de la imaginación al poder, del bienestar y la libertad, la igualdad y la fraternidad; que en paz descanse. - Periodismo Humano


 

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